La incorporación de la historia reciente en la formación institucional militar es “importantísima” para “actuar de aquí en adelante”, dice la antropóloga Virginia Rial, que enseña en las tres áreas formativas del Ejército y advierte que “no se trata de señalar culpas, porque las instituciones no tienen culpas, tienen responsabilidades los sujetos que las integran”
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa revisión de la formación militar ha estado últimamente en el foco de la discusión académica e institucional del Ejército. En estos últimos años se organizaron charlas, foros y debates sobre la incorporación del estudio del pasado reciente, a iniciativa del Ejército, y también actividades conjuntas con la Universidad de la República (Udelar). Esta apertura se reflejó en la reformulación de programas y planes de estudios de las instituciones de educación militar.
Una de las profesionales que impulsó estos proyectos y ofició de nexo entre la academia universitaria y militar es la antropóloga Virginia Rial, única docente civil egresada de la Udelar que trabaja en las tres instituciones de formación del Ejército: el Liceo Militar, la Escuela Militar y el Instituto Militar de Estudios Superiores (IMES).
Hija de una científica, médica, colorada y católica y de un artista plástico comunista, ateo y masón, Rial se dice “católica y masona”; de hecho es fundadora de la Gran Logia Femenina del Uruguay (2004). Pero ante todo se define “muy humanista” y de ahí su inclinación por la historia y los mensajes simbólicos.
“Yo sí creo que el pasado también le pertenece a los (civiles y militares) de ahora, y que el concepto de ‘cargar con la mochila’ es parte de la historia que somos todos”, dice la antropóloga, y agrega: “No podemos cargar con los actos de algún sujeto en particular, pero sí hay que conocer todo lo que se hizo, porque si no tendríamos una desmemoria tremenda”.
Sigue un resumen de la entrevista de Rial con Búsqueda.
—Usted es docente de la Udelar desde 1996 y de la Escuela Militar desde 2009 —en las materias de Metodología de la Investigación y Sociología Militar— y enseña en el Liceo Militar y en el IMES. ¿Cómo ha sido su experiencia entre el mundo civil y militar en estos 13 años?
—Todo eso te da una perspectiva bien interesante del proyecto de la trayectoria de formación civil y militar. No solamente en el aula, sino por la posibilidad de hacer mucha investigación. No vengo de afuera a entrevistar (a los oficiales), sino que convivo con ellos, dentro de las posibilidades de un civil, en una institución con características muy particulares, para mejorar el proceso de sus trayectorias de formación. Eso es lo diferente. Yo además me formé en un entorno muy variado en lo político y religioso, y esa diversidad me marcó una capacidad de curiosidad y tolerancia. Desde el jardín hasta que entré a Humanidades me formé en un colegio católico francés; por lo que ya venía con esos conceptos del trabajo, de la comunidad, del otro, de la verdad, de las ideas de libertad, igualdad, fraternidad y libre pensamiento. Y continué en esa línea, como docente y antropóloga de la Udelar. Pero además como católica y masona, entre otras cosas (ríe).
—No debió ser fácil acceder al mundo militar como mujer, civil, hija de comunista y además docente y antropóloga de la Udelar, en tiempos en que colegas suyos removían tierras del Batallón 14 al lado de la Escuela Militar, en busca de restos de detenidos desaparecidos. ¿Cómo y por qué se acercó al mundo militar?
—Al principio me sentí un poco sapo de otro pozo (ríe). Venía como de un universo bien diferente. Yo tenía una formación y una historia familiar, ya conocía todo lo que pasó, y me planteaba eso de “¿traiciono o no traiciono?”. Era algo que sentía. Y también sentía gran curiosidad personal y académica por ese universo desconocido para mí. En ese momento la Udelar no estaba presente allí; la Udelar era yo (ríe). Tampoco trabajaba el tema militar, aunque estuve casada con un marino militar, que sí fue un contacto con ese mundo. Pero no es fácil llegar a una institución tan endogámica donde los espacios de socialización y de intercambio con el mundo civil son limitados. Eso sigue siendo así, aunque ha cambiado un poco en los últimos años.
—¿Y cuánto influyó su condición de masona en esa adaptación a una institución tan endogámica?
—Decir que en mi caso eso no tuvo que ver es mentir… Mi condición de masona jugó su partido. Era algo visible, aunque para algunos sea un tabú. Se ha escrito mucho sobre la masonería. Hay mucha película (ríe). Mucho de lo que sale me lo tomo con humor y lo adjudico en parte al desconocimiento. Pero la masonería fue una institución que en cierto sentido habilitó mi ingreso. No voy a decir quiénes ni nada más, pero es algo que atraviesa mi experiencia. No es nada negativo, solo se va dando con parte de la organización en distintos niveles y eso genera una comodidad de trabajo real. De hecho, la aceptación de mi incorporación fue mucho más rápida desde los militares que quizás desde los civiles.
—¿Y cómo se dio concretamente?
—Yo fui convocada en 2009 para integrar un equipo multidisciplinario de investigación en la Escuela Militar, encabezado por la capitán Cecilia Molina, licenciada y con maestría en Educación, e interesada en lo que podía aportar la antropología para dar una mirada distinta sobre la cultura institucional. Trabajamos problemáticas emergentes sobre temas de abusos, causales de baja de la Escuela Militar, también en el campo de género, maltrato y el currículum oculto militar, esa transmisión de conocimientos no formalizados en los programas oficiales, que se da al convivir en ese sistema de internado: el casino, el mundo de las distintas armas, cultura y tradiciones particulares que se transmiten entre las generaciones militares. El impulsor del equipo fue el entonces jefe de estudios y hoy director de la Escuela Militar, el coronel Fernando Moura, que coordinó esta investigación. Formamos el área de extensión de la Escuela Militar como uno de los ejes centrales y desde la Cátedra de Antropología de la Udelar procuramos actividades conjuntas entre ambas instituciones. De esos hallazgos surgieron los insumos que movieron esta idea de incorporar el tema del pasado reciente en la formación militar.
—¿A qué actividades entre la Udelar y Escuela Militar se refiere?
—Una de las primeras actividades la coordinamos con Sonnia Romero, entonces directora del Instituto de Antropología de la Udelar, para la materia de Etnología. Fuimos a la Escuela Militar y hubo una clase con los alumnos de la facultad y los cadetes. El tema tenía que ver con la participación de los militares uruguayos en las misiones de paz y los contextos étnico-culturales. Hicimos ese encuentro muy despacito y en silencio, porque, como decías, en aquel momento colegas antropólogos estaban trabajando en las excavaciones del Batallón 14. Y entonces no era sencillo estar en ese contexto como antropóloga. Ese primer año lo pasé bajo una mirada con la gran pregunta: “¿Qué va a hacer esta mujer acá adentro, mientras ahí al lado están excavando?”.
—“¿Qué revolverá acá?”.
—Tal cual. Si bien hay distintas posiciones, existe una línea que transmite esa idea del enemigo potencial. Esa idea persiste aunque ya no con aquella intensidad. Yo también representaba a ese otro cuando entré: era de la Udelar, la antropóloga, todo eso. Pero, seguramente, también lo masón me habilitó, no voy a negarlo porque es así. Pero insistimos en la idea de ir desde la universidad hacia la Escuela Militar, desde 2017 y 2018. Y todo ese trabajo cristalizó gracias a la Red de Laicidad de la Udelar, coordinado por Andrea Díaz Genis, directora del Instituto de Filosofía de la Educación en la Facultad de Humanidades.
—¿A qué se refiere?
—El 11 de diciembre de 2020 invitamos al comandante en jefe del Ejército y al coordinador del programa del pasado reciente a un encuentro de trabajo en la sala Maggiolo de la Udelar. Fue una reunión cerrada pero muy significativa en la que participó el rector Rodrigo Arim y otras autoridades universitarias y militares. Fue un primer encuentro para conocernos y ahí surgió la posición de la Udelar de apoyar en los programas, en capital humano y continuar las instancias de trabajo conjuntas. Y eso es lo que estamos haciendo. Udelar ha tenido una política de mano tendida y abierta al Ejército.
—¿De esos encuentros surgió la idea de la incorporación de la historia reciente en la formación del Ejército?
—La iniciativa fue del Ejército, de la Escuela Militar, que es el ámbito de formación de grado como lo es la Udelar, y del IMES, equivalente al centro de posgrados de cualquier universidad. Ya se estaba trabajando en distintas instancias el tema del pasado reciente. Yo propuse como evaluación del curso la idea de que los militares salieran a entrevistar a otros militares, civiles y académicos sobre cómo vivieron el proceso del período de facto, la dictadura y después. Pero eso trascendió lo institucional, con el proceso del encuentro con “el otro”, que tiene que ver con la formación porque implica quitar tabúes y reconocer a ese otro delante tuyo, que no es un enemigo y que no tiene una forma, color o matera con un sticker determinado.
—¿Esa idea permeaba en la oficialidad?
—Sí, existía como una reproducción institucional más desde “el anti”. En una entrevista con un general, me dijo: “A nosotros nos formaron antitupa, anticomunista, antitodo”. Eso me dijo: “Basta, tenemos que generar otra cosa”. Eso me quedó muy claro, porque en muchas cosas también yo era el enemigo, y no tenía nada que ver.
—¿Y cree que se logró, de verdad, esa apertura?
—Eso es fundamental si queremos seguir construyendo ciudadanía, republicanismo, democracia con humanismo, no solo dentro del aula. Hicimos otras actividades de arqueología militar; por ejemplo, en Ciudad Vieja, con los cadetes recorriendo la ciudad, con la intención de que pudiera incorporarse de a poco la idea del uniforme en la calle, porque algo que vimos es que ellos habían dejado de usar el uniforme.

—El uso del uniforme militar en la calle sigue siendo un estigma, dijeron a Búsqueda tiempo atrás cadetes de la Escuela Militar. ¿Por qué cree que subsiste eso entre las nuevas generaciones, que son insultados hasta en ?los desfiles?
—Sí, pasa aún algo de eso. Pero es como una percepción demasiado exagerada desde mi experiencia de estos años en contacto con ellos. Hay un cierto relato exagerado que se transmite y se reproduce sobre el estigma del uniforme que ya no es tan así. Y además hay que aclarar que una cosa sucede en Montevideo y otra en el interior. Pero hoy los cadetes de la Escuela salen uniformados. Y se superó esa vergüenza o temor de portar el uniforme en la calle.
—¿De donde proviene ese “relato exagerado”, de la sociedad o de la propia corporación militar?
—De ambas partes. Existe esa percepción pero está como amplificada. Por eso se fueron dando estas instancias en el proceso de formación, más allá del aula, para ir sanando detallecitos. Por eso era necesario sumar lecturas. Había una reproducción de dos vertientes quizás demasiado recortadas sobre la historia, específicamente sobre la historia reciente en la trayectoria de la formación militar, para poner al día las materias y los contenidos con las nuevas perspectivas locales y mundiales, no solo dirigido a los oficiales, sino también a todo el Ejército.
—¿En qué cambió su idea del mundo militar en estos años?
—Debería estar cargada de prejuicios por mi historia familiar: un padre del Partido Comunista, destituciones, detenciones, etcétera; todo eso. Y sin embargo, esencialmente tengo una perspectiva muy humanista que me moviliza. Trato de ver todos los elementos que intervienen en la historia. Y yo sí creo que el pasado también les pertenece a los de ahora, y que el concepto de “cargar con la mochila” es parte de la historia que somos todos. Sin memoria, sin historia, sin hechos y experiencias, viviremos en una falla continua. Por eso, la incorporación de lo sucedido en el pasado reciente en la formación institucional es importantísima para poder actuar de aquí en adelante. No se pueden cargar los actos de algún sujeto en particular, pero sí hay que conocer todo lo que se hizo, porque si no estaríamos en una desmemoria tremenda. Y no se trata de señalar culpas; las instituciones no tienen culpas, tienen responsabilidades los sujetos que las integran. Y se puede avanzar sin echar la culpa a los que están ahora. No es fácil. Pero estas experiencias han servido como punto de encuentro. Lo más significativo del encuentro del 11 de diciembre de 2020, cuando el Ejército visitó la Universidad de la República, fue que, como dijo alguien en ese momento, los militares ya habían visitado la Udelar, pero institucionalmente la última vez había sido para ocupar la universidad, en 1973.