Cincelado en la llanura
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl recorrido por esta muestra bien podría acompañarse escuchando la canción Hacia el gaucho de Amalia de la Vega: Señor de la patria vieja / no se concibe el paisaje / sin el perfil de tu imagen / cincelado en la llanura. La exposición se llama Caudillos y Silencios y reúne obras al óleo de Rodolfo Arotxarena (Arotxa) en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), con curaduría de Óscar Larroca y Jorge Cancela.
Si bien los caudillos no son nuevos en la obra del artista, quien ya los había expuesto en 2001 en la parroquia de San Pedro de Durazno, para algunos visitantes la primera sorpresa puede ser encontrarse con el “otro” Arotxa, el que desde hace años viene trabajando un camino diferente o paralelo al de su larga trayectoria de caricaturista de prensa, y eligió la profundidad del campo para pintar personajes anónimos que surgen del fondo de la tierra y de la historia. A sus caudillos, les sumó ahora sus pinturas de paisajes (realizados mayormente entre 2008 y 2016), que retratan la inmensidad con cielos siempre cambiantes, tumbas, taperas, arbolitos solitarios y aguaceros como cortinas espesas. El caudillo está implícito en esos paisajes, pero no aparece en las pinturas. El campo está implícito en los caudillos, pero tampoco aparece de fondo. Lo dicen los versos de Amalia de la Vega: son rostros de la patria vieja, cincelados por el paisaje.
“Aquellos que contemplen los integrantes de esta procesión de sombras, de este revoltijo de ojillos de coatí, barbas hirsutas y pelambres de bicho de monte tal vez piensen que se enfrentan a una muchedumbre de soledades. Pero no es así. Todas juntas, aunque no revueltas, esas soledades expresan la variedad tipológica de la etnia oriental”, escribió Daniel Vidart en su artículo Cien caudillos, una sola patria, a propósito de la muestra de 2001.
Arotxa prefirió el nombre caudillo al de gaucho o paisano para estas obras. La palabra le resultó más contundente para nombrar a sus personajes. “No es el gaucho, es un canario —o como decía Borges, un rústico— que tenía la capacidad de darles lineamiento a otros paisanos”, explicó en una presentación de su exposición en el MNAV. “Sentí la necesidad de hacer algo con estos anónimos, algo generado por lo que se me venía a la cabeza. Un ejercicio de libertad, diría que, por momentos, casi subversivo”.
Esta hilera de hombres recios y adustos que avanza sobre un ala de la Sala 5 del museo son seres sin nombre y de edad indefinida y boca sin sonrisa. Hay una sola mujer de rostro fruncido y vestido prolijo. Los “ojillos de coatí” que graciosamente señalaba Vidart son en algunos de ellos unas líneas muy finas, en otros, simplemente desaparecen en huecos oscuros. No se sabe qué piensan, pero parecen estar “midiendo” a quien los mira. Inspiran respeto, y un poco de temor. Gaucho de humilde ropaje / que fue armado caballero / para pasearse altanero por la senda del coraje, canta Amalia de la Vega en la banda sonora imaginaria de esta muestra.
En la presentación, Arotxa contó diferentes reacciones que provocaron estos caudillos. El primero que pintó tuvo como primera “prueba” la mirada de su madre. “Tenía una sabiduría de analfabeta. Era una persona muy particular y con un humor raro. Cuando le mostré el cuadro, se quedó seria y se le empañaron los ojos con un brillito y me dijo: ‘Ah, es otra gente, otra época. Sí, yo conocí estos personajes’. Mi mamá murió con 95 años, quiere decir que estaba bastante más cerca que yo de todos estos bichos de monte”. Otra anécdota con estos cuadros ocurrió en Durazno, cuando un señor, visiblemente emocionado quiso sacarse una foto con Arotxa al lado del cuadro de su abuelo. “Estaba convencido de que uno de esos caudillos era su abuelo. Qué le podía decir yo”. Más reciente fue la reacción de una señora que al entrar a la sala del MNAV le dijo: “Hay olor a caña y tabaco negro, ¿eh?”. Es que los caudillos de Arotxa pueden olerse aunque estén en el museo. Entre ellos hay hombres de ceño fruncido, otros de traje sin cara ni expresividad, hay uniformados de barba espesa y greñudos aindiados con su melena como cortada a machete.
Yo soy cardo de estos llanos / totoral de esos esteros / ñapitá de aquellos montes / piedra mora de mis cerros. Ahora Amalia podría estar cantando Como yo lo siento, para acompañar el recorrido por los paisajes de Arotxa.
El grueso de estas pinturas tiene grandes dimensiones en las que el cielo suele dominar la tierra. Pero no hay un cielo de Arotxa igual a otro, como no hay una luna de Cuneo igual a otra. En Noche de verano, la inmensidad es de un azul profundo y allá abajo, entre un pequeño montecito, parece haber una edificación. En Panteón de los cardos, la tumba quedó sola en medio de la nada y un cielo nuboso, igual que sucede con Tapera de Amalia, que recuerda que en esas soledades alguna vez hubo alguna actividad humana.
El campo de Arotxa no tiene ni hombres, ni mujeres, ni vacas, ni caballos ni pájaros. Es de una hermosura desoladora, sin embargo, dan ganas de estar allí, en medio de ese silencio de colores cambiantes.
“Más allá de que algún primer vistazo a sus obras pueda evocar que está influenciado inconscientemente por un figarismo tardío, Arotxta se desprende de toda historia de la pintura nacional para sumar, con sus estampas, otra mirada sobre la campiña uruguaya. Dicho esto, nunca le interesó cobijarse bajo estéticas foráneas o producir las propias de forma oportunista. Esa actitud serena le permitió cultivar, precisamente, un lazo imperecedero, libre y calmo con la tierra que habita”, escribió Larroca en el catálogo de la muestra.
Para Arotxa, Pedro Figari “es el mejor” y ve en sus obras rasgos de caricatura, como en su representación de los caballos. “Las proporciones que tienen son absolutamente deformes, y logra algo muy importante: sus caballos en el medio del campo están aburridos, y mostrar ese aburrimiento es muy difícil”.
Hay una frase famosa que Juan Carlos Onetti, que con su profundo escepticismo escribió en El pozo: “Detrás de nosotros no hay nada. Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos”. Esa cita adquiere otro sentido en el análisis que de esta muestra hace Silvia Guerra, que pone el foco en lo que está, aunque no se ve, en los paisajes de Arotxa. “Hay un campo abandonado atrás que nos precede, hay un gaucho. Habrá chinas también, ya mucho más difíciles de determinar, ya mucho más difíciles de visualizar, pero que, obviamente, también allí estuvieron, sosteniendo de igual modo esa trama de atrás”.
Caudillos y Silencios, que irá hasta comienzos de agosto, es una muestra diferente que puede evocar en quien la visita recuerdos y emociones inesperados. Algún atardecer en la carretera, algún chaparrón sorpresivo, alguna ventolera en el descampado o las manos ásperas que trabajan la tierra. Lo cierto es que nadie sale indiferente del museo.
A Arotxa le gusta sentirse oriental porque considera que somos una provincia guacha, que el uruguayo surgió después de los orientales. “Nosotros somos un pedazo de tierra devenido en país, nos guste o no nos guste y tenemos el mismo tango, jugamos el mismo truco con algún cambio, y bailamos el pericón como en Argentina. Me enorgullece cuando dicen ‘este es un oriental’, como me ha pasado en Argentina”.
En la banda sonora imaginaria, Amalia canta Debajo de este arbolito suelo amarguear en silencio, y quien está recorriendo la muestra tal vez busque cuál de todos esos únicos arbolitos será el que acompañe el canto. Posiblemente sea el que está al lado de La sola, una casita allá perdida, en la penillanura tan leve, tan oriental, tan hermosa.