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    ¿Cómo se dice “Go home” en chino?

    Eduardo Lorier, quien debido a su desvencijado físico y a su pronunciada confusión mental cada día se parece más al Caballero de la Triste Figura, se opuso recientemente a que un documento del Frente Amplio sostenga que China representa una forma de imperialismo. Pero como el camarada Lorier sigue defendiendo las condiciones de vida en Cuba y también alaba las bellezas del socialismo soviético (el cual cayó como un castillo de naipes porque la gente evidentemente no quiere ser feliz) es imposible creerle ni cuando asegura que está lloviendo en la esquina de su casa.

    Docenas de nombres verdaderamente pesados dentro del firmamento internacional, ex creyentes en la revolución maoísta muchos de ellos, han especificado los motivos por los cuales China es, sin lugar a dudas, el verdadero imperialismo del siglo XXI. Este fenómeno es especialmente diáfano en el continente africano.

    Hace un tiempo señalé en este espacio que Pekín mantenía un millón de ciudadanos en África. Se trata de operarios, técnicos, expertos y militares encargados de defender los intereses chinos en el continente negro. La presencia de esa masa inmensa de gente no es ni podría ser secreta. Vale la pena recorrer la documentación y los testimonios que ocupan cientos de páginas en Internet, leer lo escrito por periodistas y analistas y también la documentación que presentan las embajadas, los consulados y las empresas comprometidas para concluir en que hoy, más de un millón de chinos trabajan para más de 2.000 empresas chinas en África.

    ¿Qué hace China en África? China hace hoy en África lo que Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos hicieron en gran parte del mundo desde el siglo XIX: otorgar préstamos (generosos en el volumen pero maquiavélicos en sus condiciones de pago) a gobiernos corruptos a cambio de la extracción de materias primas necesarias para el propio desarrollo y de la apertura del mercado de los países endeudados a sus productos manufacturados. El “abc” del imperialismo.

    Para lograr esa ecuación, China repite el ejemplo británico, que es el clásico, tanto en la cuestión de los préstamos como en la construcción de una telaraña de comunicaciones (carreteras, puentes, represas, vías férreas, puertos y aeropuertos) necesarias para el traslado de las materias primas a sus puertos. Dicho en otras palabras: los gobiernos africanos se endeudan para que los saqueen mejor.

    Las consecuencias son tremendas. Un ejemplo: el mercado africano ha sido inundado por telas “típicamente africanas” producidas en China según los modelos que diseñan artesanos africanos residentes en ese país. De esa manera, la incipiente industria textil africana murió ahogada antes de aprender a nadar. Lo mismo sucede con muchas otras actividades.

    Las inversiones, por otra parte, responden directamente a los intereses chinos. Según las cifras oficiales, los 114.000 millones de dólares invertidos por 800 empresas estatales chinas en África durante los últimos cinco años se dividen de la siguiente manera: 30,3% en el sector energético (petróleo y gas); 28,8% en transportes; 18,1% en otras materias primas (principalmente minerales); 11,4% en construcción; y 7,6% en agricultura (se trata de la ocupación, mediante contrato, de grandes territorios destinados a la producción de alimentos para el mercado chino).

    Viendo estas cifras no debe llamar la atención que China, desde 2009, es el principal socio comercial de los países africanos. El proceso ha sido raudo y contundente. En el año 2000, ese volumen comercial alcanzó los 10.000 millones de dólares. En el 2012, llegó a los 200.000 millones de dólares. El tipo de intercambio es, como señalamos, netamente imperialista, pues China importa materias primas y exporta productos manufacturados.

    Al estudiar estas relaciones entre Pekín y África, teóricos que continúan llamándose “de izquierda” llegan a la siguiente conclusión: si en vez de China ponemos otro nombre (Estados Unidos, Japón, Inglaterra o Francia), nadie dudaría en condenar este tipo de actividades como netamente imperialistas; pero como se trata de un país gobernado por el Partido Comunista, muchos prefieren mirar para otro lado en búsqueda de argumentos que les permitan concluir en que el accionar chino en África no es “del todo” imperialista.

    La conclusión que sacan esos mismos teóricos es clara: las relaciones entre China y los países africanos se basan en una clásica relación de explotación imperialista, un imperialismo crudo, además, sin ningún lavado de cara o maquillaje.

    Hay que ser muy burro o muy cretino para no reconocer que China es, hoy, el gran imperialismo mundial. Y digo mundial pues si bien nos hemos concentrado en África, ese accionar imperialista de Pekín florece por todas partes en el mundo subdesarrollado. También por América Latina.