Él no recuerda exactamente por qué empezó a gustarle el tango a una edad en la que los adolescentes cuelgan afiches de bandas de rock en sus cuartos. Lo cierto es que cuando a los 14 años escuchó La última grela, José Arenas (Montevideo, 1989) empezó un camino que nunca abandonó. Ese camino lo llevó a ganar concursos como letrista de tango, a vincularse con poetas y músicos argentinos y después con uruguayos, y en 2010 a ser seleccionado por Horacio Ferrer para integrar una antología: El libro de oro del tango nuevo. Como poeta publicó libros de títulos arrabaleros, como Fueye hembra (2014) o Sofía, el tango y otros desaciertos (2015). Estudió canto, piano, flauta traversa, y es profesor de flauta dulce. Hizo un año en la Escuela Universitaria de Música, es estudiante de Literatura en el IPA y ha escrito artículos en varios medios. Es además performer y ha organizado recitales de tango y poesía. “Tuve novias y novios. Me gustan mucho, pero mucho, los chicos dark. Son mi perdición. Odio la palabra gay, soy militante de la palabra puto. Pienso vivir, más o menos, hasta los 40 años, no mucho más”, escribió en un fragmento a modo de autobiografía. Pasó su infancia y su adolescencia en Nueva Helvecia, una ciudad que quedó plasmada en Papeles suizos (Pez en el Hielo, 2019), donde juega con el formato de la novela histórica. Antes había publicado Con un hilo de voz (Yaugurú, 2019), novela que surgió de fragmentos publicados en Facebook. Sobre algunas de sus múltiples facetas, conversó por videollamada con Búsqueda.
—La infancia fue como un período de curiosidad hacia las costumbres y códigos de la ciudad. Mi familia no viene de colonos, y eso en una colonia suiza te deja por fuera. Cuando era chico mi pregunta era por qué quedábamos fuera. En la adolescencia no me interesaba mucho, pero ese desinterés también te lo cobra la comunidad. Es una sociedad que tiene orgullo de ser elitista y conservadora. No es algo que se niegue.
—Puedo estar de acuerdo con el concepto de autoficción, sobre todo si está bien escrito. Pero ese auge también deformó la autoficción y la llevó hacia eso que también se llama “la literatura del yo” en la que los autores se ponen a sí mismos como personajes y por momentos pareciera que están por encima de la obra. A mí eso no me interesa. Prefiero concebir lo que hago como literatura, como creación, aunque pueda tener algunos aspectos reales. Por ejemplo, en las redes sociales hay autores que escriben sus historias y juegan a si eso les pasó o no les pasó. A mí eso no me interesa. Si está bien escrito, no me importa si le sucedió o no y si está mal escrito, menos me importa.
—Con un hilo de voz fue primero un relato fragmentario en Facebook…
—En algún momento se tomó como que estaba escribiendo una novela de autoficción, pero no lo era. Porque para mí las redes son ficción. Siempre cuento que con esa novela hubo gente muy cercana que no disociaba lo que era mentira y lo que era real. Pensé entonces en el poder que tienen las redes para que algo exista o deje de existir. Hay partes en esa novela que son reales porque siempre trato de escribir sobre lo que conozco, de recurrir a lo que ya he explorado.
—El protagonista detesta a los veganos, el Carnaval, el fútbol, tiene una visión ácida de la sociedad y le atrae lo under. En algo hace pensar a Gustavo Escanlar, que de hecho lo nombrás. ¿Te influyó su literatura?
—Es curioso lo que sucede con Escanlar. Mucha gente me ha marcado lo mismo. No creo tener influencia, aunque leí casi todo lo que escribió. Me encantaban sus notas periodísticas, sobre todo sus críticas literarias. Pero no encuentro puntos de conexión con su ficción, mejor dicho, a la hora de escribir no los busco. En una época estuve muy interesado en la generación McOndo, que integraron entre otros los escritores Alberto Fuguet, chileno, y Edmundo Paz Soldán, boliviano. Escanlar era el uruguayo que estaba ahí, entonces me dediqué mucho a estudiarlo. En una época leí La Alemana, Oda al niño prostituto, Estocolmo, y se me metió mucho. Pero la identificación viene de la estética de los escritores de McOndo. Me parece que se me identifica con Escanlar porque es el único escritor uruguayo pesado de esa movida y por la visión ácida sobre la sociedad.
—¿Diste alguna vez clase de literatura?
—No me recibí todavía, y no me interesa demasiado dar clase porque hay un enfoque de la enseñanza de la literatura arcaico y aburrido. Me gustaría meterme a romper ese enfoque, pero después pienso que es una batalla que voy a perder de antemano. Hay, sin embargo, iniciativas potentes como las de algunos profesores que impulsaron la poesía ultrajoven. Es importante, porque la parte conservadora y miedosa no está en los docentes que se están por jubilar, sino en los que recién arrancan. La formación del IPA no colabora demasiado.
—¿Te considerás un humorista?
—Más o menos. Algo de lo que hago puede hacer reír, pero no es una finalidad, más bien sale solo.
—Y por tu experiencia, ¿de qué se ríen los uruguayos?
—En general el uruguayo tiene un humor ácido, pero me parece que hay una especie de doble moral con respecto al humor. Lo que he visto es que muchos se ríen de todo menos de sí mismos, y eso es lo que más me molesta. Para reírte de otros lo primero que hay que hacer es entender tus características risibles. Últimamente he estado pensando en las nuevas sensibilidades, que también tendrían que ser parte del humor. Me ha pasado que a mis novelas, que entrarían en la categoría queer, algunas personas militantes las toman en serio. Pero yo no milito con la literature; entonces cuando vieron que me reía de ciertas situaciones no les gustó mucho. El humor siempre implica la degradación de algo, pero cuando hago parodia de una tragedia, estoy haciendo ficción. Es diferente a hacer una burla agresiva. Algunos se quejan de que ya no se pueden hacer más chistes de gordos o de trolos, lo que no entienden es que se puede hacer dentro de la ficción.
—En la adolescencia te sentiste atraído por el tango. ¿De dónde surgió esa atracción?
—Nunca sé de dónde surgió, porque en mi casa nadie escucha tango, ni siquiera mis abuelos. Lo que puedo recordar son dos cosas. Una es que tenía un amigo que estudiaba piano, y un día me dijo que estaba aprendiendo El choclo, de Ángel Villoldo, y me encantó cuando lo escuché. Lo otro que recuerdo es que una profesora en primero de liceo llevó a la clase la letra de Cambalache y me pareció un tango extraordinario. Pero no solo fue que me gustó. Desde los 14 años empecé consciente y trabajosamente a meterme en el mundo de las letras y de la música. No sé bien por qué, tal vez porque siempre me gustó la estética dark, y el tango es muy oscuro. Todo lo que me gusta está en el tango. La densidad filosófica, poética y creativa está ahí.
—Al comienzo tuviste más entrada en Argentina. ¿Cómo se dio ese acercamiento?
—Cuando vivía en Nueva Helvecia había visto en un programa argentino a Javier González y Patricia Barone, que son dos referentes muy fuertes del tango pos-90. Los temas que tocaron en la tele me quedaron muy presentes. Entonces me contacté con ellos y a su vez ellos me contactaron con poetas con los que trabajaban y que fueron de alguna forma mis maestros. A partir de ahí conocí músicos argentinos y así la red se fue extendiendo por ese lado. En ese momento tenía 16 años y a los 18 me vine a Montevideo. Cuando llegué acá, empecé de nuevo a mostrar las letras.
—¿Qué importancia tuvo Horacio Ferrer?
—Siempre digo que entendí qué es la poesía por Horacio Ferrer. Cuando a los 14 años escuché en la radio La última grela, entendí por qué lo poético es poético. Ahí empecé a meterme en las obras de Ferrer y de Piazzolla. Hasta que en 2009 conocí a Ferrer y él me incluyó en una antología que se editó en España y que nunca vi, El libro de oro del tango nuevo. Después coincidimos muchas veces, pero en cuestiones académicas. En 2017 hice un espectáculo totalmente dedicado a Ferrer que se llamó Poeta de las tres de la mañana, acompañado en el piano por Álvaro Hagopián y por Jorge Alastra.
—En la última década ha crecido una nueva concepción del tango. ¿Hacía falta?
—Sí, hacía falta porque hasta hace relativamente poco parecía que no existían los tangos uruguayos, no había conciencia de los cantores ni de los músicos ni de la necesidad de un nuevo repertorio. De pronto fue Gustavo Nocetti el primer actor de esa movida, con su militancia fervorosa por un nuevo tango y un repertorio renovado. Claro que el tango nuevo que él promovió ahora ya queda un poco viejo, pero él fue fundamental. A partir de 2010 se hacen visibles grupos como el Cuarteto Ricacosa y aparece la posibilidad de otras letras. De todas formas aún hace falta un movimiento que pueda perdurar y que no sea un despunte del vicio de la composición.
—¿En qué cambiaron las letras de tango?
—Los temas son los mismos, como sucede en la literatura y en el arte en general. Lo más valioso de la nueva lírica tanguera es la incorporación de la historia más reciente. El tango tuvo desde su inicio un desfasaje con el tiempo histórico. En 1927 Gardel grabó el tango A la luz del candil, que dice: “¡Arrésteme, sargento, y póngame cadenas!”, y en el mismo año Alfredo Mario Ferreiro publicó El hombre que se comió un autobús. Si se comparan los textos, parece que el de Gardel hubiera sido escrito en el siglo XIX, porque el tango siempre estuvo a contramano de la historia. En algún punto fue beneficioso, pero lo dejó muy distanciado de la realidad. En 1969 cuando se estrenó Balada para un loco, lo que se hace explícito es que la historia podía atravesar al tango. Lo mismo cuando se estrenó en 1998 Pompeya no olvida, de los argentinos Alejandro Szwarcman y de Javier González, sobre una abuela que busca a su nieta desaparecida. Más allá de la temática, se ve la historia metida en el tango. Eso que es muy lógico en otros géneros, para el tango resulta muy novedoso. Se mantiene una base en la tradición pero con nuevos temas al servicio de la lírica. Ahora, cuando uno se dedica a componer, se da cuenta de que lo más importante es crear un elemento bello, de carga estética que trascienda la pura crónica.