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    ¡Culpas propias y ajenas!

    ¡Ya quedamos prematuramente afuera del Mundial! Algo que no imaginábamos en lo previo, pero que resulta lógico tras el muy pobre desempeño del equipo Celeste en su serie clasificatoria. De manera paradójica, la eliminación se produjo tras la única victoria en el último cotejo ante Ghana, resultado que de nada sirvió, pues, simultáneamente, el anticipado ganador del grupo, Portugal, no pareció demasiado interesado en su partido ante Corea del Sur, que se quedó con una agónica victoria y en consecuencia —por tener un gol más en su haber— con el restante cupo en disputa.

    Dolidos, como fervientes hinchas de la Celeste, estamos ante la computadora, apenas concluido el partido, sin saber cómo encarar una columna que recién llegará a nuestros lectores casi una semana más tarde, cuando es probable que estén ya saturados por un sinfín de opiniones al respecto. Aun así, optamos por aportar ahora mismo la nuestra, teñida por una mezcla de bronca y decepción.

    Sin duda alguna, la consigna era salir a ganar este último compromiso al precio que fuere. Algo que —como lo dijimos oportunamente— implicaba que Diego Alonso dejara de lado los planteos conservadores de los dos encuentros anteriores y le diera cabida en el equipo a algunos futbolistas que, a nuestro juicio, estaban siendo relegados de manera injusta. Y cabe admitir que —en líneas generales— ambas cosas se dieron. Tras un comienzo parejo y anodino, un muy dudoso penal sancionado a Rochet pareció que iba a complicar nuestra suerte en el partido; pero el golero, en notable esfuerzo, se quedó con el remate desde los 11 pasos. Y esa zozobra —felizmente conjurada— vino a tonificar la moral del equipo Celeste, que adelantó sus líneas en el terreno y, sin llegar a un nivel superlativo, tomó las riendas del cotejo. Bentancur empezó a gravitar en el centro de la cancha, De Arrascaeta (por fin incluido por Alonso como titular) se encargó de clarificar el fútbol ofensivo, aparecieron muy activos Pellistri por la derecha y Darwin por el centro del avance, y Luis Suárez se encargó —con su oficio y una entrega sin límites— de comandar el asedio contra el arco rival. Y así llegaron los goles, que habían faltado en los dos compromisos anteriores, separados por apenas seis minutos, anotados ambos por el tan postergado volante del Flamengo. Así, al término del primer tiempo clasificábamos como segundos en el grupo, pues empatando Portugal y Corea del Sur en un gol por bando, nuestro puntaje superaba al del equipo asiático.

    Estaban pues dadas las circunstancias, más allá de la importantísima baja por lesión de Bentancur promediando la etapa inicial, para que en el complemento el equipo Celeste completara su faena, ante un rival claramente inferior. Pero, de forma incomprensible, aquel impulso que nos permitió en un santiamén volcar el tanteador a nuestro favor se fue desdibujando poco a poco. Y sin llegar a inquietar a nuestra defensa, Ghana se fue adueñando de la iniciativa. Aquel fútbol fluido e incisivo del cierre del primer tiempo dejó paso a un transitar impreciso y anodino, como si la cómoda ventaja obtenida fuera suficiente para ganar el partido y clasifica a la segunda ronda. Así las cosas, a falta de 10 minutos para el final del partido, el banco Celeste se estremeció con la noticia de que Corea del Sur había pasado a ganar su cotejo ante Portugal, por lo que —al igualar nuestro puntaje— el acompañante de este debía decidirse por los goles a favor. Y de ahí en más, todo fue desconcierto y desesperación para lanzarse en busca de ese gol que nos clasificara. En ese dramático y corto lapso, con Coates como delantero y los apurados ingresos de Maxi Gómez y Agustín Canobbio, se registraron un par de situaciones propicias para conseguir ese salvataje in extremis; una de ellas fue un penal dudoso en perjuicio de Cavani que el juez pasó por alto, pero que debió ser revisado por el VAR, tal como había ocurrido con el de Rochet. Lamentablemente, nuestro impetuoso aunque tardío esfuerzo resultó en vano: el tanteador permaneció incambiado y así, por sorpresa, Corea del Sur terminó clasificando a octavos de final.

    Con las cartas a la vista, y cuando la desazón nos embarga, nos ratificamos en lo ya señalado en nuestra columna anterior, en cuanto a que la responsabilidad mayor —por encima del sorprendente opaco rendimiento de algunos futbolistas— le cabe al técnico Alonso por sus planteos conservadores en los primeros dos partidos de nuestra serie y también en buena parte del segundo tiempo ante Ghana, previo a ese aviso del posible naufragio. En un grupo donde ninguno de los rivales tenía potencialmente un poderío superior al nuestro, solo hubo un enfoque ambicioso y con atisbos de buen juego, en unos pocos minutos ante Portugal y en la primera mitad de este último partido ante Ghana. Se respetó en demasía a Corea del Sur —con lo importante que es debutar ganando— sin perjuicio de reconocer que un par de remates en los palos pudieron cambiar el resultado. Asimismo, Alonso fue renuente para incluir como titular a Giorgian De Arrascaeta (de brillante presente en el fútbol brasileño), quien recién bajó a la cancha promediando el segundo tiempo ante Portugal. Y cuando por fin lo colocó como titular ante Ghana, este le respondió con dos golazos. En este último partido rechina que se haya conformado con la clara ventaja del primer tiempo, sin exigirle a sus dirigidos en el complemento dejar de lado el toque intrascendente y procurar algún otro gol que conjurara el riesgo latente de que Corea del Sur anotara uno más y nos dejara afuera del Mundial, como al final aconteció (¿o acaso no estaba al tanto de esa forma de definición?). Y tampoco compartimos que, cuando nos ganó la desesperación en esos últimos minutos, viendo cómo se nos escurría la clasificación, ni De Arrascaeta ni tampoco Suárez se mantuvieran en la cancha.

    Cierto es que en estos partidos hubo fallos arbitrales que nos perjudicaron; pero, en general, los planteos de nuestro técnico —a diferencia de lo ocurrido en las últimas Eliminatorias— fueron conservadores en extremo, y por lo general sin acertar en la mejor conformación del equipo titular ni en las modificaciones ulteriores. Que hubo también rendimientos menores a lo que se esperaba (al caso de Valverde es significativo) nadie lo discute, pero en ello también influyó el no ubicar a algunos futbolistas en los lugares o funciones en los que mejor rinden, en aquellos equipos en que militan.

    En suma: ¡nos fuimos del Mundial antes de lo que debíamos!; en un grupo que se demostró era perfectamente accesible (igual, si pasábamos como segundos, ¡es factible que Brasil nos mandara de vuelta!). Y, por cierto, también duele que la “generación dorada” no haya tenido ese final feliz que tanto merecía, por su inquebrantable adhesión a la “causa Celeste”, en tantas jornadas para el mejor recuerdo.

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