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    “Doblar películas al idioma oficial es una herencia fascista”

    Con el cineasta español Fernando Trueba

    Los Angeles, 1986. El cineasta de origen austríaco Billy Wilder recibe el premio a la trayectoria de toda una vida de parte del American Film Institute. Cerca del final de su discurso, dice: “Llevo aquí más de 50 años, más de medio siglo. Y a lo largo de todos esos años vi a esta ciudad vacilar entre la desesperación y el temor. Primero iba a ser el sonido el que iba a matarnos. Luego la televisión. Luego el video, la tele por cable, la pornografía. Y ahora, esa nueva palabra terrorífica: el microchip. Me han dicho que esa gente que trabaja en Silicon Valley cree realmente que no se necesitarán las salas de cine, ni los estudios. Habrán inventado pantallas minúsculas, que se podrán pegar al volante, o grandes pantallas, de seis metros, en el techo del dormitorio. Y entonces algún día alguien apretará un botón y mandará una señal a un satélite que a su vez iluminará cinco millones de pantallas, desde Albania hasta Zanzibar. Fantástico, ¿no? Increíble. Todo el hardware está ahí, orgullosamente programado. Excepto un pequeño detalle. El contenido. ¿Qué hay del contenido? ¿Qué va a verse en todas esas pantallas? ¿Quién lo va a escribir, quién lo va a dirigir, quién lo va a interpretar? Por lo que yo sé, esos tipos están intentando ahora mismo suplantar el factor humano. Microchips que reemplazarán el cerebro y el corazón humano. Juguetes mecánicos que pueden simular emociones (sueños, risas, lágrimas), hasta ahora no han tenido éxito. No todavía. Así que tranquilos, relájense, compañeros cineastas, no somos prescindibles”.

    Ahora es 1993. El realizador español Fernando Trueba recibe el Oscar a la mejor película de habla no inglesa por Belle Époque, premio que le entrega el británico Anthony Hopkins. Trueba siente muchos nervios, mucha felicidad, mucha tensión. A pesar de ser uno de los reconocimientos más altos a los que un director puede aspirar, el madrileño desea que pase pronto, ha dicho, del mismo modo que uno desea que pase una súbita borrachera que altera la percepción del tiempo y el espacio. Todo eso ocurre por dentro. Por fuera, Trueba (Madrid, 1955) se ve tranquilo. En un inglés sereno agradece a quienes formaron parte del proyecto. Y a pesar de que en su interior lo devoran los nervios, finaliza el discurso con emocionante calma y seguridad. “Quisiera creer en Dios para darle las gracias, pero solo creo en Billy Wilder, él es mi verdadero Dios”, dice. “Gracias, mister Wilder”.

    Varios años y otros tantos premios después, este creyente y alumno aventajado de Wilder se encuentra con otro fan del director de El apartamento y Una Eva y dos Adanes: el uruguayo Pablo Stoll. “Nos conocimos en el festival de Guadalajara, cuando estaba presentando su primera película, 25 watts”, cuenta Trueba. “Vi Whisky cuando se estrenó en Madrid. Pero es aquí donde hemos podido hablar más”.

    —Ayer Pablo me contó lo que está sucediendo aquí con el doblaje. Hace unos minutos en una entrevista también me han preguntado por eso. Odio el doblaje. Nunca veo una película doblada. Hace 40 años que no veo una película doblada. Prefiero no verla. Para mí, una película doblada no es una película. Es un artefacto extraño. Es como que si alguien coge Las Meninas, de Velázquez, se pone a pintar por encima, y te dice: “Mira, Las Meninas de Diego de Velázquez”. Creo que hay un argumento que todavía no se ha usado contra el doblaje. Un argumento legal. Y es que se trata de una publicidad engañosa, un delito en muchos países, supongo que aquí también. Si en el anuncio de una película tú pones que trabaja Ryan Gosling y el que habla es Juan Pérez, estás engañando al que va a ver a Ryan Gosling. Anunciar a uno y que hable otro es una estafa. Creo que una manera de escapar es si ponen “Una película con Ryan Gosling y Juan Pérez”. Y Juan Pérez incluso en un tamaño más grande, porque la voz es lo más importante de un actor, más importante incluso que el físico, que no siempre está en pantalla. No digo que el físico no tenga valor, algo que se nota en los saltos, las piruetas y tal. No digo que la expresión, los gestos, tampoco lo sean. Pero si lo evalúa un jurado de actores, diría que la voz, la manera como dice el diálogo, es lo primero, es el 70% de la interpretación. Entonces, para no cometer un delito, los responsables, las majors, los que estén haciendo este negocio, tendrían que poner el nombre del doblador más grande que el del actor. Y habría que ver si son capaces de hacerlo. Es algo que lo he hablado con amigos, cenando, pero no lo he dicho públicamente. Recién ahora en Uruguay lo estoy haciendo.

    —¿Por qué?

    —Creo que en las entrevistas nunca salía lo del doblaje porque no es un tema en España. Aquí lo es porque es reciente. Está ocurriendo. No sé si sirve de algo este argumento, me encantaría que alguien lo usara. En España hemos crecido con el doblaje, una imposición que surgió por una ley de Franco. Mussolini hizo una igual en Italia y Hitler lo mismo en Alemania. Evidentemente es algo ligado al nacionalismo. Los países que tienen tanto doblaje son los que han convivido más tiempo con el fascismo, que siempre es muy nacionalista. Doblar películas al idioma oficial es una herencia fascista. En España ha tenido un efecto nefasto: ha habido varias generaciones sordas para los idiomas. Aquí lo deberíais tener en cuenta. Es un proceso de sustitución que empobrece la cultura. Limita la percepción del mundo, quita libertad. ¿Por qué generaciones de españoles son tan malos hablando idiomas? ¿Por qué no hablan bien el inglés o el francés? Sencillamente porque no estaban acostumbrados a oírlos. Hay una nueva generación de españoles que hablan idiomas. Y lo hacen porque, con Internet, ven las películas y las series en inglés. Rechazan el doblaje.

    Tiene siete hermanos, el menor de ellos, David, escritor, periodista, director, guionista y actor de cine. Es padre de Jonás, también guionista, también director. Además del premio de la Academia de Hollywood, Trueba ha sido distinguido con una decena de premios Goya. Guionista, director y productor, trabajó como crítico de cine y dirigió varios cortometrajes antes de debutar con Ópera prima en 1980, la primera de una filmografía que incluye ficción, documental y ficción animada. Y un suicidio comercial en forma de thriller negrísimo titulado El sueño del mono loco (1989), que es brillante y con el que ganó también varios Goya. Con la comedia El año de las luces (1986) conquistó el Oso de Plata en el Festival de Berlín. Belle Époque sigue siendo su gran hit. Y La niña de tus ojos (1998), vibrante comedia protagonizada por Penélope Cruz y Antonio Resines, sobre un equipo de cineastas españoles que ruedan dos versiones de una misma película —una para España, otra para Alemania— en los años del nazismo, ganó siete Goya de las 18 nominaciones recibidas.

    —Con la velocidad de los avances tecnológicos, en muy poco tiempo el cine ha experimentado cambios importantes. ¿Cómo se siente en este contexto?

    —Hay una aceleración de acontecimientos. Primero fue el cambio del negativo a lo digital, con todo lo que ha supuesto en la realización, la distribución y la forma de consumo de las películas. Internet, las plataformas de streaming, contribuyen a esa aceleración, al cambio de cómo se ven el cine y la televisión. Y también a cómo se vive la experiencia. Creo que llegará un momento, que no debe estar muy lejos, en el que todo se colocará en su sitio, que ya no es el sitio de antes, obviamente, sino un nuevo escenario. Lo que ocurre es que al final lo que importa siempre es lo mismo: quién es el que cuenta historias, quién las cuenta mejor, quién es el actor al que el público quiere ver, dónde está el talento. Puede haber un público que quiera ver a un determinado actor, otro público que siga a otro y tal, da igual que proyectes una película en tu casa, que la veas en una plataforma desde tu teléfono o que vayas al cine, al final lo que importa es qué vas a ver y quién lo hace. Netflix, HBO, Amazon se encuentran que, tarde o temprano, tienen que comprar talento. Ya lo había dicho Wilder cuando le dieron el premio en 1986. Y fíjate que con lo viejo que era, qué visión tan lúcida y optimista: no se estaba quejando de que el mundo cambiara ni llorando ni lamentándose, sino que estaba diciendo que el que sabe contar una historia es el que manda.

    —Usted tampoco es nostálgico, ¿o sí?

    —No lo soy en la vida. A veces sí tengo nostalgia de cosas. Por ejemplo, llegar a Nueva York y que no haya tiendas de discos. Ver que en España, desde hace dos años o tres, cada día se cierran dos librerías. Eso me produce nostalgia y tristeza.

    —¿Cómo es su estado mental, emocional, cuando inicia un proyecto?

    —Por un lado es una mezcla como de respeto hacia el proyecto y de cierto miedo de saber que no te puedes despistar, que tienes que estar ahí, concentrado. Tienes que estar preparado, en forma, como un deportista que se prepara para las olimpíadas. Y a la vez es un estado de excitación. Porque dirigir una película, trabajar con tu equipo, con tus actores, es hermoso. Cada vez que puedo hacer una película siento que es un regalo que me hace la vida.

    —Con La reina de España regresó a los personajes de La niña de tus ojos. Ya por 2012 se mencionaba la posibilidad de una secuela o una continuación de la película de 1998. ¿Cómo fue ese reencuentro?

    —Fue como cuando en Los Blues Brothers dicen: “Vamos a juntar a la banda”. Eso fue lo que hice con La reina de España. Fui John Belushi. A cada uno le decía: “Oye, si escribo esto, ¿te gustaría?”. Y todos daban volteretas. Con La reina de España regresé a los personajes y a las personas. Quería juntar a mi equipo otra vez, juntar a la banda. Creo que se empezó a hablar del asunto luego de que lo solté en un festival, en San Sebastián, tal vez presentando El artista y la modelo (2012). Alguien me preguntó si tenía algún proyecto en mente y yo, que llevaba años dándole vueltas, dije que quería reunir a la banda. Y se montó la de Dios. Empezaron a preguntar y tal. Todavía no había empezado a escribir, en ese momento solo era el deseo y algunas ideas en la cabeza. Recuerdo que hubo gente que me regañó por haberlo dicho cuando todavía no tenía nada empezado. Pero es que soy un bocazas. A veces digo que mis películas las hago charlando con los amigos. Les voy contando una idea, una historia, y cada vez que cuento una escena, una anécdota, le añado detalles que voy probando con ellos, con mis amigos. Los uso de cobayas, pero no de una manera planificada, simplemente es mi manera de actuar. Así como otros no cuentan nada y ya lo tienen todo escrito en su cabeza, yo lo voy echando así. También hay gente que le gusta trabajar con el plató cerrado. Yo, en cambio, prefiero los rodajes abiertos. La gente entra y sale y viene a vernos. Es el caos. Y me encanta. Quizás porque crecí en una casa de ocho hermanos, una casa llena de niños y los amigos de todos, con lo cual aquello era el caos. Me gusta el jaleo, la gente, la risa, la confusión. Rodando La reina de España, mi ayudante de dirección me regañaba: “¿Cómo puedes trabajar así?, ¿cómo puedes, con todo el mundo dando gritos y riéndose? Esta es una película complicada, muy seria”. A mí me encantaba ese ambiente de felicidad en el plató. Hay directores que ponen música. Yo no. Ya tengo bastante lío, bastante jaleo sin música.

    —Trabaja mucho en los guiones, ¿verdad?

    —Sí. Disfruto mucho, sobre todo, escribir comedia. Es algo muy excitante. La comedia te requiere manejar un tipo de argumentos bastante complicados, los personajes tienen que estar muy bien definidos, los diálogos tienen que tener chispa. Es muy divertido.

    Y difícil.

    —Difícil, sí, porque ser divertido no es algo que se pueda estudiar en la universidad. Tú puedes hacer 27 carreras y ocho cursos de escritura creativa, puedes aprender algunos trucos del oficio, incorporar algunas herramientas, pero eso no te va a hacer divertido, porque eso es algo que se tiene o no se tiene.

    —Como espectador, como lector, ¿qué le divierte hoy?

    —Creo que cada vez hay menos buenas comedias. Este año Larry David ha vuelto a hacer una nueva temporada de Curb Your Enthusiasm. Ese tipo es muy divertido. Woody Allen es alguien que puede ser muy divertido. Mi hermano David, a quien admiro, es tremendamente divertido; lo es en la vida y también en lo que escribe, aunque no todo lo que escribe es de humor. Tanto en sus series, sus libros y sus películas, algo que me gusta mucho es la mezcla de tristeza, una cierta melancolía, incluso, con el humor. Es algo que lo emparenta con los escritores judíos, con la mejor tradición americana y judía, de Bashevis Singer a Saul Bellow, que me divierten y me gustan mucho. También hay cosas que me gustan mucho y que no son comedia. Ahora, David ha trabajado en el guion de la nueva película de Asghar Farhadi, que está rodando en estos días. Farhadi me parece que es un gran director y creo que La separación es una de las mejores películas de las últimas décadas. La he visto tres veces. En esta época hay muy pocas películas que uno llegue a ver tres veces. Si alguien me pregunta cuál es la última obra maestra que has visto en cine, yo digo La separación.

    —¿Qué es lo que la hace una obra maestra?

    —La separación se queda contigo. Tú sales del cine, luego de verla, y puedes estar horas hablando sobre ella, la historia, la narración, los personajes. Y pasa un año y sigues pensando en ella, no se te ha olvidado. La mayoría de las películas que vemos son fáciles de olvidar. Sales del cine, te vas al bar y al rato te preguntas de qué era la película que viste. La separación es de una complejidad tremenda a nivel humano. Es una obra que te pone en un dilema moral. Te muestra dónde están distintos personajes en un conflicto que es cómo vivir con los demás, el gran conflicto del ser humano. Es el gran problema de la existencia, la empatía, la convivencia, la democracia: cómo gente bien distinta y que tiene formas de ver o de actuar diferentes, credos o morales distintas, pueden convivir. Lo bueno de Farhadi es que te muestra todos esos puntos de vista y te coloca a ti en un dilema moral. ¿Cuándo fue la última vez que una película te metió en un dilema moral? Me quito el sombrero y aplaudo ante ese señor. Y eso que trabaja en un país donde hay una dictadura islámica, donde no hay libertad. Todos los demás tenemos muchísima libertad y no hacemos algo tan complejo y tan rico. La libertad es lo primero, es importantísima para vivir, es por lo que hay que pelear, pero no es todo ni te garantiza todo.

    Vida Cultural
    2017-11-02T00:00:00

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