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    “El cuerpo es la cáscara, adentro está la chispa, el tesón, la terquedad”

    “Este año viene más rápido que el año pasado”, dice Rosina Gil Banchero, la bailarina uruguaya que tras vivir varios años a ritmo de vértigo en la élite mundial de las artes escénicas, pandemia mediante, en 2020 vio cómo su reloj se detenía y el tiempo transcurría más lento que nunca: el Cirque du Soleil, donde estaba enrolada, paralizó su actividad —por razones de pública notoriedad— y debió atravesar varios meses de total incertidumbre sobre su futuro artístico, hasta que sobre fin de año recibió una llamada que le devolvió la sonrisa. María Noel Riccetto, ya designada para dirigir el Ballet Nacional del Sodre, la convocó para el rol de primera bailarina desde este año, y no dudó en dar el sí.

    Gil es una de las más destacadas bailarinas uruguayas de los últimos 15 años. Formada en la Escuela Nacional de Danza, en sus primeros años como profesional integró el viejo Cuerpo de Baile del Sodre y varias compañías en Paraguay y España hasta que en 2010 acudió al primer llamado del BNS, dirigido por Julio Bocca, que integró desde el día uno. En sus primeras seis temporadas fue protagonista en todos los grandes montajes de la compañía, y se convirtió rápidamente en una de sus principales figuras, junto con Giovanna Martinato y Vanesa Fleita, y desde 2013, durante tres temporadas, con Riccetto. Además encarnó el personaje principal en el documental Avant, de Juan Álvarez, magnífico retrato fílmico de los primeros años de rodaje del BNS.

    En 2015 fue convocada en forma directa, sin audición previa, por la brasileña Deborah Colker para integrar su compañía de danza contemporánea, una de las principales referentes a nivel mundial en ese género, a cargo de las ceremonias de los Juegos Olímpicos de Río 2016 y creadora y directora de Ovo (invitada por el Cirque du Soleil), título que en 2019 estuvo en cartel en el Antel Arena. Con Colker, Gil protagonizó Tatyana y Cão sem plumas. En 2018 se convirtió en la primera artista uruguaya en ser reclutada por el Cirque du Soleil. Allí integró del elenco de Volta, una de las varias producciones que el imperio circense fundado en Canadá en los años 80 tenía en gira permanente por Norteamérica. Hasta que el coronavirus arrasó con todas las carpas.

    Rosina asegura que está más preparada que nunca para hacer el papel de Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo, la versión en clave de ballet contemporáneo creada por el coreógrafo argentino Mauricio Wainrot, basada en la obra teatral de Tennessee Williams, próximo estreno del BNS, desde el 18 de marzo. Además de haberlo bailado en su primera puesta uruguaya, en 2011, el año pasado estaba pronta para subir a escena, como invitada. Le tocaba debutar el sábado 14 de marzo. Pero el viernes 13 pasó lo que pasó y Rosina, en su plenitud artística, quedó varada en su propia ciudad. De hecho, Varada es el título de la obra que creó en su casa durante el confinamiento, en clave contemporánea, y que dirigirá este año con un elenco independiente, en lo que será su carta de presentación coreográfica.

    Su tercera etapa en el Sodre comenzó el 1° de febrero, con tiempo más que suficiente como para bailar en inmejorables condiciones. “Lo tenía ensayado el año pasado y estaba para función. Lo bueno es que ahora lo puedo pulir mucho más, tengo todo el tiempo para eso, y siento que está mejor que un año atrás”, dijo a Búsqueda, sin disimular su alegría por volver a su casa.

    ¿Cómo se dio tu nuevo desembarco en la compañía?

    —Recibí la propuesta con mucho agradecimiento porque estaba en un momento muy difícil y porque me permitía volver a trabajar en mi país. Y que fuera como primera bailarina lo sentí como un premio, un reconocimiento a mi carrera, acá y en el exterior. Eso fue lo que me dijo Riccetto al hacerme la propuesta. A ella la conozco desde que tengo ocho años. Es cuatro años mayor, hicimos la escuela en forma paralela. Cuando yo entré, ella estaba en cuarto, y desde entonces fuimos muy amigas. Siempre mantuvimos el vínculo, y cuando ella volvió de Estados Unidos (en 2013) estuvimos varios años juntas, incluso en el mismo camarín, y compartimos los mismos roles. Hasta bailamos juntas en Don Quijote: ella hizo Kitri y yo Mercedes. Me dijo que sentía que yo podía ser un pilar de la compañía, que podía aportar versatilidad y experiencia.

    Hiciste este mismo papel en 2011 cuando el BNS lo hizo por primera vez. Tenías menos experiencia, pero estabas saliendo a comerte el mundo. ¿Será muy diferente esta Blanche?

    —¡Lo de comerme el mundo sigue en pie! (ríe) Sigo con el mismo ímpetu. Siempre trato de dar el 120%, y con mucha pasión. La diferencia es que creo que estoy más madura, he vivido otras cosas y puedo ver el personaje desde otra óptica. El mundo cambió respecto a la violencia de género. Ahora se habla mucho más. Ahora la mujer puede vivir con una mayor libertad sexual. En 2011 veía a Blanche sintiéndose culpable todo el tiempo por su “pasado oscuro” en los clubes nocturnos como el Tarántula. En cambio ahora, cuando lo volví a leer, cuando ella le dice a Mitch: “Sí, lo hice, lo necesitaba, era lo que me hacía sentir viva, lo que me hacía sentir deseo”, después de vivir una gran represión por el suicidio de su marido y la muerte de sus padre, lo veo desde otro lado. No la culpo, entiendo por qué hizo esto o aquello, veo más profundo el personaje, con más capas. Cuando era más chica y estaba acostumbrada a hacer las historias más típicas del ballet, no llegaba a ver esos otros niveles ocultos, como por ejemplo en Stanley (Kowalski), el Polaco. Ahora que viajé, estuve en Nueva Orleans, y me cerró mejor lo que siente Blanche cuando llega a esa ciudad desde un estatus social más alto. También entendí mejor en estos años la xenofobia que sufre Stanley por ser polaco.

    Estás hablando como una actriz. Tanto en la danza clásica como en la contemporánea, tu acercamiento a los personajes tiene mucho de teatral. Y esta obra tiene una potente dimensión psicológica. De hecho aprovechaste la pandemia para empezar a formarte en dramaturgia...

    —Sí, con el curso que dieron Gabriel Calderón, Santiago Sanguinetti, Anthony Fletcher y Laura Pouso. Y sigo porque ahora hicieron un extra y los que quedamos copados seguimos. Fue hermoso, y me sirvió para esta obra que estoy armando, que también tendrá texto, así que será una obra de danza, pero con algo de teatro. Quiero proponer eso para la danza. Y este personaje del Tranvía tiene una gran profundidad. También depende mucho del intérprete. En cada obra tengo que poner un poco de mi historia. Tengo que interesarme y estudiar la historia y el contexto de la obra. Por ejemplo, Lucía Chilibroste (autora de El equilibrio de bailar, la biografía de Riccetto) siempre está dando cursos sobre historia de la danza. Siempre trato de vincular la danza con mis vivencias. Qué es lo que yo viví y puedo colocar en el personaje. Lo puedo hacer en Blanche, pero en la danza clásica es distinto porque es más difícil acercarte a una princesa porque nunca lo viví. Igual trato de que sea una princesa humanamente interesante.

    Estás hablando de las contradicciones del Tranvía, que redoblan su interés, y de que si bien la obra es la misma, el mundo y uno mismo siguen cambiando...

    —Exacto. Blanche llega y no puede creer cómo Stanley trata a Estela. Tenés que salir de ahí, le dice. Pero en paralelo se siente atraída por ese hombre, por esa brutalidad. Ahí aparece otra capa en este entramado. Pero además la versión de Mauricio Wainrot empieza con ella desquiciada en el manicomio, y desde ahí ella va recordando todo. Y eso, a nivel coreográfico me permite movimientos mixtos entre los gestos más contemporáneos y lo neoclásico. Estamos en puntas bastante tiempo, pero igual tiene una gran plasticidad en torso, brazos, cabezas, a diferencia del ballet clásico, que es más lineal, y más de “esto está bien” y un poquito más acá “está mal”. En cambio, este lenguaje te da una mayor libertad para moverte de un modo mucho más personal. Las diferentes Blanches hacemos un brazo diferente porque nos queda mejor así.

    Podés salirte de la matriz...

    —No mucho, porque después te ve Mauricio y te mata (ríe). Pero la obra permite que veamos la Blanche de Rosina, la Blanche de Vanessa (Fleita), la Blanche de Melissa (Oliveira).

    Sos una bailarina alta. ¿Cómo influye esa cualidad en tu modo de bailar?

    —Por mi complexión, parezco más de lo que soy. Mido uno 66. No me ha condicionado para nada. Puede que a veces precise un bailarín algo más alto. Proporcionalmente hablando, tengo las piernas y los brazos largos y eso me lleva a explotar esa expresividad, a una mayor expansión del cuerpo, a poder proyectarme más. Me siento agradecida por eso.

    ¿En parte esas condiciones te llevaron a recorrer el mundo?

    —Puede ser, aunque un bailarín no es solo su cuerpo. El cuerpo es la cáscara, adentro está la chispa, el tesón, la terquedad. Obvio que el cuerpo te impulsa, pero hay gente que lo tiene todo y no lo aprovecha, o no quiere aprovecharlo.

    En tus años con Deborah Colker y luego en el Cirque du Soleil habrás conocido mundos totalmente nuevos. ¿Qué cosas te deslumbraron y en qué te diste cuenta de que acá no estamos tan mal?

    —En ambas compañías los intérpretes en escena utilizan mucho el apoyo en estructuras escenográficas muy grandes y potentes. No son solo decorados, son plataformas, son fundamentales desde antes de la obra, en la exploración de los movimientos. Y en eso creo que se podría incursionar más acá. Algo de eso hubo en La tregua, donde se jugó bastante con la escenografía, había ruedas, movimiento, bailarines que subían y bajaban. En las obras de Deborah eso se usa mucho, es su especialidad. Igual creo que acá se está creciendo en estos recursos. Tendría que ver más cosas para opinar mejor.

    Estuviste en lugares donde el circo es central, protagónico, como Montreal, donde está la sede del Cirque du Soleil, y muy cerca está la universidad estatal de circo y un gran teatro circular exclusivamente dedicado a la cultura circense, con amplio apoyo público. ¿Aquí el circo sigue siendo valorado desde el prejuicio, como algo marginal?

    —Falta apoyo, sin dudas. Con más financiamiento podríamos ver cosas mucho más desarrolladas, otras estructuras, otro cuidado, otra protección, otro tipo de espectáculo, que fue lo que sucedió en Canadá con el Cirque du Soleil, que cambió el paradigma del circo y lo llevó a un lugar de excelencia, donde cada detalle está llevado a su máximo potencial. Pero aquí hay cosas muy buenas, como Alebrije, de Patricia Dalmás, una obra para niños hermosa porque seguía una línea de principio a fin, muy teatral, pero también acrobática, espectacular.

    Entre los personajes que hiciste con Colker está Tatyana, esa versión contemporánea de Onegin, y en el Cirque estuviste en Volta, donde interpretabas dos personajes: Ballerina y Ella.

    —Sí, era una bailarina de ballet clásico, la madre del personaje principal cuando era niño. Actuábamos los solos, en simultáneo, y también había escenas de dúo. Cada uno con su elemento: él con su bicicleta y yo con el ballet. También interpretaba otro personaje llamado Ella, el otro personaje principal femenino.

    ¿Cómo recordás el desembarco, en la sede central del Cirque en Montreal, donde hacés la formación inicial de ingreso a la compañía y te escanean todo el cuerpo para hacerte los trajes a la medida exacta?

    —Lo primero que hice después de audicionar y quedar fue viajar de Río a Montreal. Ahí se ensaya, ahí están los talleres donde se confecciona todo; los trajes, los telones, los zapatos, las pelucas. También está la escuela de circo y la residencia para los artistas, donde me quedé. Primero me escanearon el rostro completo para hacer los cascos y las máscaras, te miden todo el cuerpo, te detectan el tono de piel exacto para después teñir los trajes en ese tono, superpersonalizado y que no se note la diferencia. Mi traje de licra de la madre tenía tonos verde agua y en algunas partes era del color de mi piel, lo que generaba un efecto increíble. Cuando llegué tenía el pelo bien corto, al estilo de la compañía Colker. Entonces al llegar a Montreal me hicieron una peluca hermosa de pelo natural, con la línea tal cual mi pelo cuando está largo. Al final no la usamos porque a la directora de Volta finalmente le gustó más que estuviera con mi pelo corto.

    ¿Cómo te subiste a esa montaña rusa que implica hacer decenas de funciones por semana y recorrer Estados Unidos de costa a costa sin parar de actuar, casi sin saber en qué ciudad estás?

    —Es todo muy intenso, esa es la palabra. Tenés que estar muy concentrada en cuidarte, en descansar y comer bien, estar saludable física y mentalmente. Porque a veces hacer todos los días lo mismo durante meses y meses te puede trastornar. Lo que te salva es el contacto permanente con el público, que es distinto en cada función. Te recarga la energía de un modo muy poderoso. Y en el Circo está muy presente el afán de superación. Al principio lo veía en mis compañeros y con el tempo lo reconocí en mí misma. Es clarísimo: voy a hacer lo mismo, pero lo voy a hacer cada día mejor. No me puedo conformar con la rutina. Si un día hacía dos piruetas, bueno al otro trataré de hacer tres y después cuatro y después cinco. Un día los ves haciendo un doble mortal, después los ves que entrenan, entrenan, entrenan, y al poco tiempo ves al mismo haciendo un triple. Hacen varias funciones y cuando crees que ya está, van por el cuádruple. La rutina es superarse y eso me superinteresó.

    ¿Sentías algo especial por ser la primera uruguaya en esa rosca vertiginosa?

    —Estaba muy contenta, me hacían sentir como una embajadora. Mandaron hacer una bandera de Uruguay y el día que la pusieron los técnicos me llamaron para que los acompañe. Para ellos también era un día especial. Una bandera nueva, una persona nueva. Me di cuenta de que Uruguay es muy querido. Sienten mucho aprecio y admiración. Más de lo que nos imaginamos, por política, por fútbol, por varios temas. Me sentí muy querida entre ellos por ser uruguaya.

    ¿Cómo se usa el tiempo cuando tenés un día de descanso entre tanta vorágine?

    —Lo principal es lavar ropa e ir al súper (ríe). Conocés muy poco de los lugares adonde vas. Por otra parte, además de mi número tenía una tarea como asistente coreográfica del elenco, entonces el tiempo apenas me daba para salir a caminar por un parque, conocer algún museo.

    ¿Esa asistencia te sumó experiencia en este tipo de puestas en escena?

    —Sí, mucha. Mi cargo se llamaba Artistic Dance Coach. A cada integrante nuevo le enseñaba la coreografía. Había un número con una chica que se suspendía desde el pelo y mi tarea era mejorar su número, darle matices, ponerle el toque clásico, mejorar los pasajes, los brazos, las cabezas. Fue un enorme aprendizaje trabajar en la puesta en escena del Circo.

    Cinco años después de haberte ido, ahora venís con un bagaje de coreografías propias creadas en los últimos tiempos. ¿Pensás que podés aportar piezas tuyas al BNS?

    —Ojalá que sí. Me encantaría. Cuando se dé estaré fascinada de poder hacer una obra mía en el Ballet. Sería un sueño, como lo pudo lograr hace poco Marina Sánchez. Ahora se está por hacer un workshop coreográfico, al que el año pasado no llegué a presentarme porque estaba en el Circo. Así que me presentaré. De todos modos tengo un proyecto independiente para este año, que es una obra que creé el año pasado durante la pandemia, en casa. Se llama Varada, ya está definido gran parte del elenco y la estrenaremos en el teatro Macció de San José, ya que ganamos un fondo concursable regional con ese proyecto. La idea es que parte del elenco sea con bailarines de San José, para lo que haremos audiciones. Queremos dar oportunidad a este intercambio de experiencias. Después, cuando giremos, la idea será tener una estructura del elenco e ir agregando bailarines locales de cada lugar donde la hagamos.

    Está claro que la figura de primera bailarina del Sodre es un lugar con un gran potencial de popularidad, con un intenso ida y vuelta con el público. ¿Te preparás para eso o dejás que fluya?

    —Es algo que me motiva y me ilusiona. Hace diez años, cuando empezó Julio, también se dio algo de eso conmigo y con Giovanna (Martinato) y (Vanesa) Fleita. Fue el empujón inicial. Siento que tengo gente que me sigue y que me quiere. Vengo a darlo todo y a bailar, y creo que eso se va a dar de una forma muy natural.

    Vida Cultural
    2021-02-24T23:25:00

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