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La Copa América, tan esperada por los amantes del fútbol de estas latitudes, ya finalizó con la esperable coronación del linajudo dueño de casa. Y con ella también quedaron atrás varias cosas. La primera, la esperanza de ver un gran torneo, tanto en los campos de juego como fuera de estos. Es que no hubo un nivel elevado por parte de las selecciones participantes, ni siquiera las que llegaron a las instancias decisivas. Y sorpresivamente —en un país tan futbolero como Brasil—, los partidos disputados en sus ciudades más importantes no lograron siquiera alterar el habitual ritmo de vida de sus habitantes. A ello cabe agregar el pésimo estado de los distintos campos de juego y también una muy cuestionada organización, tanto por parte del país anfitrión como de las propias autoridades de Conmebol, que proclamaron previamente que esta iba a ser la mejor edición en la muy larga historia de este torneo.
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¿Acaso faltaba algo para que esta copa —ganada por un relativamente modesto equipo brasileño— estuviera en boca de todos los aficionados de la región? Sí, claro: el VAR. O, más precisamente, la forma en que esta moderna tecnología se aplicó (o se dejó de aplicar) en varios partidos del reciente certamen.
Pero antes de ingresar a este último punto, permítasenos algunas pinceladas de lo que este torneo nos dejó. Como uruguayos, una sensación de genuina decepción. Porque en lo previo, mucha gente nos ungía como favoritos para ganarlo, y aunque por modestia o genuina incomodidad hacíamos como que no éramos merecedores de tamaño halago, una vez iniciado el certamen empezamos a creérnoslo. Porque el debut ante Ecuador resultó ser uno de los mejores que un equipo celeste ha tenido en un torneo trascendente. Pero luego vino el inesperado empate ante Japón, y ese buen juego apenas apareció por ráfagas, solo en aquellos dos pasajes del partido en que logramos remontar la circunstancial ventaja que nos había sacado el rival. Y finalmente, la agónica victoria ante Chile, muy especialmente festejada. No tanto por la labor que se había desplegado, que no había tenido mayor lucimiento, sino por esta reciente rivalidad prefabricada por los hermanos trasandinos, una vez obtenidas sus primeras dos copas, tras un largo reguero de frustraciones.
Clasificamos primeros en el grupo y el panorama que teníamos por delante parecía promisorio. Nuestro rival Perú, clasificado in extremis, no parecía aún repuesto de la muy severa goleada que Brasil le infligiera en su debut, y no aparentaba constituirse en un obstáculo serio en nuestro futuro derrotero. Los cálculos previos a este respecto nos daban bien. Después de los incaicos, nos toparíamos otra vez con los chilenos (un rival bien conocido, y al que ya le habíamos ganado) y si luego, en la final, nos tocaba enfrentar probablemente al dueño de casa, este parecía estar algo lejos del nivel de algunas formaciones de otrora. Aun con el aliciente de jugar con todo el público a favor, no aparecía pues como un equipo invencible ni mucho menos, y la posibilidad de un nuevo maracanazo resultaba seductora.
¡Pero entonces entró en escena el VAR, y el castillo de naipes se vino al suelo! ¿También por nuestra propia responsabilidad? Sí, claro, pero con algunas salvedades. Porque —como ya lo dijimos en nuestra última columna— no nos parece que haya sido una mala actuación del equipo celeste (tampoco una de las mejores), pues impuso una neta superioridad ante un rival que solo atinó a defenderse desde el arranque mismo del partido. Y aunque nuevamente existieron problemas para abastecer adecuadamente a los hombres de punta, igual se generaron varias situaciones de gol. Y más aún: tres de ellas, muy bien elaboradas, culminaron con la pelota en el fondo del arco peruano, aunque luego resultaran invalidadas, por una poco clara interacción entre el extremo celo de la terna arbitral brasileña y la pasividad cómplice de quienes operaban el VAR. Aun así, si algo puede reprochárseles a nuestros jugadores, es que les faltó resto físico o bien una mayor precisión para intentar una agónica embestida en procura de ese gol (el cuarto de la tarde) que finalmente nos colocara en la final.
Entre tanto —y con Uruguay ya eliminado— el tema del VAR fue acaparando los comentarios de toda la gente de fútbol. Muy en especial cuando su polémica incidencia también se hizo presente en la propia definición del torneo, en donde varias jugadas que hubieran merecido ser dilucidadas con su concurso, sin embargo no lo fueron por causas que curiosamente, aún a esta fecha, no se han podido esclarecer.
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Seguimos creyendo que el uso del VAR es provechoso para asegurar la justicia de los resultados de un partido, permitiendo —revisión mediante— superar las consecuencias de los errores arbitrales. Y así lo afirmamos en la primera columna publicada en Búsqueda. Pero —tal como ocurriera en aquellos países que primeramente lo implantaron— su aplicación práctica no está exenta de controversias. Sabido es que solo determinadas jugadas pueden ser consultadas, y que en ese ámbito acotado, el juez del partido es libre de apelar o no al respaldo del VAR. También que quienes operan esa tecnología están facultados, bien que en ese reducido marco, a advertir al juez acerca de sus decisiones presuntamente erróneas. Y es también claro que —aun cuando esa consulta se haya efectivizado— es enteramente suya la decisión de mantener o revocar su fallo inicial.
Lo que no es admisible es que el juez decida arbitrariamente requerir o no el auxilio del VAR ante jugadas dudosas o cuestionadas por los actores, ni que quienes operan el VAR decidan aleatoriamente avisarle o no al juez aquellas jugadas dudosas que merecerían ser revisadas. Esto pasó y no debería pasar; pero no es culpa de la tecnología sino de la falibilidad del factor humano que la opera. También sería bueno que —tal como ocurre en el rugby— la revisión de las imágenes dubitadas llegue al unísono al público y al televidente, para transparentar el proceso; y que en todo caso (y con la mayor prontitud) el juez siempre vea por sí mismo la jugada controversial, antes de decidir al respecto.
Tras este reciente experimento en la Copa América, hay muchos quejosos y doloridos. Y con razón. Al menos el gol de Cavani ante Perú fue mal anulado, y decidió la suerte de nuestra Selección. A Argentina no le revisaron dos presuntos penales en el área adversaria, que pudieron cambiar el curso de su semifinal ante Brasil. Y tal fue el despojo, que el indolente Messi se convirtió en una suerte de Maradona redivivo, (aunque afuera de la cancha) embistiendo furioso contra la cúpula de la Conmebol.
Cabría entonces preguntarse: ¿qué se está haciendo mal, como para que ya se esté añorando lo lindo que era el fútbol cuando era injusto?