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    “El lenguaje inclusivo es una torpeza ideológica”

    Carlos López Puccio, el cerebro musical de Les Luthiers, que vuelve con Gran reserva, en el Sodre

    Sus visitas a Uruguay son incontables. “Vamos desde los albores del grupo. Recuerdo haber actuado en el Stella muy a principios de los 70. Compartimos el mismo español, nuestro humor es directo en Uruguay, cosa que no pasa en ningún otro país de América ni España”, dice Carlos López Puccio, uno de los tres miembros de Les Luthiers que permanecen en la formación del grupo desde la fundación en 1967 (junto a Marcos Mundstock y Jorge Maronna) y que lleva 7.500 funciones y nueve millones y medio de espectadores. Con su inconfundible melena y bigote canos, en escena suele permanecer en segundo plano. “Mi gloria siempre fue escribir música y humor y dejar que los buenos actores se lucieran al frente”, sentencia al otro lado del teléfono, y la charla deriva inevitablemente en el recuerdo de Daniel Rabinovich, el gran capocómico del conjunto, fallecido hace tres años. Desde el miércoles 26 al sábado 29 Les Luthiers presentarán Gran reserva en el Auditorio Adela Reta, con entradas en Tickantel de $ 1.500 a $ 3.000. A continuación, una síntesis de la charla de Búsqueda con este músico que reparte su tiempo entre Les Luthiers y la dirección del Estudio Coral de Buenos Aires, grupo vocal que fundó en 1981.

    —¿Cómo describe Gran reserva?

    Es la tercera antología consecutiva que hacemos, después de Chist! y Viejos hazmerreíres. Creo que esta es mejor, aunque no fue demasiado intencional. Las otras tenían un hilo conductor que le daba coherencia pero quitaba variedad. Esta no tiene hilo y si se quiere es menos pretenciosa. Pero es divertidísima. Tiene una enorme variedad, estamos toda la función a los saltos. Creo que con los años fuimos mejorando nuestra calidad humorística. Tal vez la calidad en general. Ahora sabemos hacer mejor lo que antes queríamos hacer con menos éxito.

    —El humor se lleva muchos laureles en Les Luthiers, pero el repertorio denota una constante actualización musical. Están al tanto con lo que suena a escala global. Así como la música disco en los 70, la balada melódico-internacional en los 80 o últimamente el reguetón…

    —Inevitablemente uno está al tanto, y si es músico, más. Siempre está cerca la música de consumo, berreta. En cierto modo somos unos vengadores del mundo musical. Usamos la música de moda porque en el aspecto paródico es muy importante compartir el código con el público, y sin dudas que esos géneros son ampliamente más compartidos que si te ponés a hacer una parodia de Schönberg.

    —Más allá del humor, un show promedio de Les Luthiers tiene una enorme variedad tímbrica y estilística...

    —No te voy a desmentir, porque es así (ríe). No es casual nuestro origen, casi todos venimos de conservatorios. Siempre quisimos ser algo más que un conjunto humorístico, y siempre nos importó cuidar al máximo lo musical y por supuesto la calidad del humor. Porque al final, lo que más valora nuestro público es si se divierte.

    —¿Cómo ve el panorama musical global actual?

    —No soy el más indicado para responder. No escucho casi nada nuevo. Escucho música clásica encerrado en mi torre de marfil. Y algo de música académica. Y después escucho mucha música coral con la que trabajo en el Estudio Coral de Buenos Aires, con el que estuvimos en el Solís el año pasado.

    —¿Cómo describe su participación en este espectáculo, y especialmente en el rap Los jóvenes de hoy en día?

    —Efectivamente, tengo un papel descollante, me revelo como un increíble rapero bailarín (ríe). Nunca he sido un gran protagonista en escena. Mi gloria siempre fue escribir música y humor y dejar que los buenos actores se lucieran al frente. Ahí estuvieron siempre Daniel y Marcos. Ahora está Martín O’Connor, que ha ocupado muy bien el lugar de Daniel.

    Ha creado una infinidad de arreglos instrumentales y corales para Les Luthiers. Y esos arreglos pueden tener un humor intrínseco. O jugar con un clarinete de fondo o un violín que por su efecto melódico ya induce a la risa. ¿Cómo se hace humor únicamente desde la composición?

    —Es todo un aprendizaje. Humor desde la composición y composición para el humor. Cuando ponés en música un texto donde se supone que hay chistes, tenés que respetar el ritmo de las risas que supuestamente van a aparecer. Y tenés que administrar la música de manera que esas risas no tapen el chiste siguiente. Está todo vinculado, notas y palabras. Como en Felisa y Abelardo, con el violinista gitano que interrumpe un diálogo amoroso, tocando sobre la oreja del comensal que le habla a la chica sobre el momento en que finalmente puedan consumar esa pasión. “No sé qué me va a pasar”, decía el tipo, y en ese momento el violinista hacía un glisssando descendente. El chiste se materializa en la cabeza del espectador.

    'No creo que el humor se vea resentido. La infinita cantidad de memes que vemos a diario en el teléfono demuestra que la gente hace humor expansivamente y lo comunica. Cambió el canal y el formato'.

    —¿Recuerda otro ejemplo?

    —En La carta de Elizabeth, que era una composición que escribía Mastropiero en escena, hacíamos la música que él iba imaginando, en tiempo real. O lo que nosotros nos imaginábamos sobre lo que decía esa carta. Era difícil pero muy linda de hacer. O la máquina de escribir de Yogurtu, que era un recurso inventado por Gerardo Masana (el fundador de Les Luthiers) que se usó en varias obras.

    —¿Y en el Vals del segundo?

    —También. Esa depende mucho de que el oyente conozca que existía un Vals del minuto. Deja de ser un capricho si es el remedo o una parodia de algo que ya existe. Aislado funciona, pero el antecedente refuerza el humor. Te lo juro desde la experiencia.

    —Como orfebres de la palabra, ¿cómo se llevan con el lenguaje inclusivo? ¿Han escrito algo al respecto?

    —No quiero ni pensar en el tema. Es tentador el chiste le mer estebe serene. Pero siento que pronto habrá centenas.

    —¿Les parece que está acorralando al humor?

    —No creo que el humor se vea resentido. La infinita cantidad de memes que vemos a diario en el teléfono demuestra que la gente hace humor expansivamente y lo comunica. Cambió el canal y el formato. Hoy el chiste es gráfico y audiovisual. Pucha, hoy hay mucho humor, yo no me quejaría.

    —¿Y qué opina de la imperiosidad del uso del lenguaje inclusivo?

    ¡Querés que hable de eso! (ríe) El lenguaje inclusivo es una torpeza ideológica. Una vez más, es un error confundir la gramática con la discriminación. Es mezclar la ideología con el lenguaje. Creo que el idioma tiene mucho por delante para vivir. Pero bueno, que cada uno haga lo que quiera. Yo no lo voy a usar.

    —¿Cuáles son sus referentes en la música orquestal y en el canto coral?

    —Mi plan de joven era ser director de orquesta, y eso estudié. Pero terminando la carrera me volqué a la dirección coral y he dirigido orquestas ocasionalmente. Incluso me atreví a dirigir ópera tres o cuatro veces, la mayoría de Gluck. No sé si era porque es uno de mis favoritos o porque me lo encajaban porque yo era el-tipo-que-hace-Gluck. Lo estudié bastante y lo entendía.

    'El lenguaje inclusivo es una torpeza ideológica. Una vez más, es un error confundir la gramática con la discriminación. Es mezclar la ideología con el lenguaje'.

    —¿Y por qué le parece que hay tanta gente en estos países que canta en coros sin esperar rédito económico por ello?

    —Hay una explicación simplista pero real. Cantar en coros es un tubo para aproximarte vertiginosamente al hacer música, y hacerlo con otros. La inmersión en la experiencia polifónica es única y el que la conoce una vez no la deja más. Es muy fuerte estar en una masa coral y de pronto estar rodeado de voces de todo tipo y color. Comprendés el mecanismo íntimo de la música. Se aprende a escuchar muy profundamente. Se vuelve adictivo, y ahí está la clave de que haya tantos coros. De infinitos niveles, porque además, a no engañarse, el coro es ante todo una institución social, es muy lindo para compartir. Y puede ser que haya más pasión por compartir con gente que por vivir esa experiencia. Igual, dentro de los coros se puede emprender una experiencia artística muy refinada. Es difícil contárselo a alguien que no está en ese mundo. Es fascinante.

    —¿Cómo procesó el grupo la muerte de Rabinovich y la decisión de seguir?

    —Mal que mal, somos una pequeña empresa, vivimos de esto y siempre tuvimos la actitud de seguir adelante. No es lindo poner un reemplazante, pero si es necesario lo hacemos. Siempre tenemos uno o dos actores prontos para sustituir a quien hiciera falta, como sucedió en Montevideo en 2014 cuando Daniel tuvo un infarto. Esa fue una emergencia tremenda. Sobre Daniel puedo decir muchas cosas. Fue mi gran amigo en Les Luthiers. Estuvimos 50 años juntos, vivimos un montón de cosas juntos. En giras y en nuestras casas, porque nuestras familias están muy unidas. Daniel es indeleble en el escenario. Te diría que sigue estando. Tengo pantallazos suyos a mi lado, con el esmoquin, permanentemente. Igual lo extraño más afuera de escena que adentro. Fue una muerte muy anunciada. En lo profesional, nos fuimos preparando para lo inevitable. Pero en lo humano, bueno, cada uno lo soporta como puede.

    Vida Cultural
    2018-09-20T00:00:00

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