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    “El puente exacto entre la ciencia y el Sorocabana”

    Columnista de Búsqueda

    Además de director de cine y de comerciales, de conferencista, escritor y músico, Pablo Casacuberta es responsable, junto a la coreógrafa Andrea Arobba, del Centro de Artes y Ciencias GEN. Quizá por eso no es raro encontrarlo como realizador del documental Clemente, sobre la vida del investigador Clemente Estable. Tampoco es raro descubrir que este documental es parte de una idea más amplia sobre cómo deberían ser las relaciones entre la ciencia, la cultura y la sociedad en el Uruguay de hoy. En paralelo a su formación artística y profesional, Casacuberta se viene interesando desde hace tiempo por la ciencia y su vínculo con la identidad y la cultura. En esta charla expone algunas de sus ideas y de cómo estas encajan en su documental, que se estrena hoy jueves 28 en la Sala Nelly Goitiño del Sodre.

    —¿Por qué Clemente Estable y no cualquier otra figura de la ciencia local?

    —En GEN tenemos un interés en redimensionar el sentido social o patrimonial del conocimiento reciente, generado en los siglos XX y XXI, y Clemente Estable es un personaje que parece diseñado por Scorsese. Es el noveno hijo de 14, en una familia de inmigrantes italianos analfabetos, en el campo uruguayo. Y decide ser maestro entre otras cosas porque el magisterio era básicamente el camino para estudiar, tratándose de una persona de su estrato social. Y como maestro se torna un autodidacta de la ciencia. Y siendo un autodidacta, va ganando ascendiente hasta que obtiene una beca y termina por ser la mano derecha de Santiago Ramón y Cajal, que es quien describió la funcionalidad de la neurona. Estable vuelve a Uruguay, sigue redefiniendo la neurona, contradice algunos de los preceptos de Cajal y los amplía. Aun así, se tarda 20 años en asignársele la autoría de cambios en la neurofisiología. Y al mismo tiempo es un sabio en el sentido del siglo XIX, dedica cuatro, cinco o seis años a desarrollar un área de conocimiento y después se mueve a otra área. Y deja atrás un reguero de trabajos publicados e inéditos. Es un sujeto que participó en la clasificación de especies uruguayas y de su sistema nervioso, fue fundador de la Sociedad Linnea­na y es un miembro privilegiado de cenáculos culturales. Es un interdisciplinario por antonomasia. Si tuvieras que elegir el puente exacto entre la ciencia y el Sorocabana, ese es Clemente Estable. Es la figura más decididamente interdisciplinaria del Uruguay en el siglo XX. Es un sujeto que a la vez tiene una proyección internacional del carajo. Era un personaje de referencia. Lo importante es que creó las instituciones que se necesitaban para que pudiera florecer lo que él consideraba que debía florecer. Cada vez que veía un claro en el desarrollo de las ciencias, generaba las instancias institucionales en donde ese claro podía subsanarse. Y lo mismo hizo en la educación. Él desde el año veintipico se preocupó de escribir qué cambios eran necesarios en la educación. Y a partir del año 40 muy decididamente se dedicó a implementarlos. Generó islotes de una educación muy adelantada para su época. De hecho, si ves los Objetivos del Milenio que lanza la Unesco a finales del siglo XX, se superponen de una forma acalambrante con las ideas de Estable.

    —¿Qué importancia le atribuís a este documental?

    —Uruguay tiene una relación muy deficitaria con los modelos de rol. A los niños se les presenta el conocimiento como algo independiente de las figuras intelectuales, con las cuales ellos no tienen mayor relación en términos de identidad. Es muy difícil que en la escuela se te presente un crack que no sea un prócer. A Estable vos lo ves y entendés perfectamente que se trata de un crack. De hecho, hasta antes de la dictadura, formaba parte de los álbumes de figuritas, era algo que el Uruguay tenía para decir sobre sí mismo, llamémosle un modelo aspiracional: Mirá vos, podés ser un tipo como este señor, que salió del medio del campo, de una familia que no tenía un mango y llegó a ser una figura de referencia en la ciencia internacional.

    —El conocimiento como, entre otras cosas, ascensor social…

    —No tanto en el sentido del ascenso en la escala socioeconómica, porque Clemente Estable siempre fue manifiesta y decididamente pobre. Era un sujeto que viajó en ómnibus siempre, que no tenía demasiado interés por el ascenso material. Y en cambio fue ganando un montón en términos de influencia científica.

    —¿Y ese cambio en la mirada tiene que ver con Uruguay? Me refiero a eso que hace 50 años era visto como un territorio a conquistar y que ahora es parte del paisaje: un relativo Estado de bienestar, un vínculo con el conocimiento, etc.

    —Creo que hay algo más que un acostumbramiento al conocimiento científico. De hecho, muy rara vez se lo considera patrimonio cultural o identitario en el público uruguayo. La razón por la que hemos olvidado un montón de referencias en el conocimiento académico tiene que ver con aspectos sociopolíticos de época. Al salir de la dictadura se produjo un cambio en la sensibilidad general de la izquierda. Antes de la dictadura tenías una izquierda que era procientífica. Y a la vuelta, una izquierda mucho más imbuida por la ideología posmoderna. Y con una disposición a cuestionar y hasta negar la idea de progreso, que está asociada a lo académico. No es la única izquierda, es más diversa que eso. Ocurre que el discurso vinculado al futuro empieza a estar desvinculado de la idea de progreso. A pesar de que la acumulación de saberes científicos vive su esplendor actualmente: Uruguay produce mucho más ciencia ahora que en la época de Estable. Pero hay una dificultad social para evaluar esos progresos propios. Y eso a pesar de que la ciencia se financia con recursos públicos. Hay muchas razones por las cuales los científicos se han visto rehenes de esta situación. A pesar de los esfuerzos de divulgación, se está todavía muy detrás de la necesidad de esta para que el público se informe de ese conocimiento generado.

    —La idea de que lo creado en el ámbito científico no es entendido como parte del patrimonio, ya que el patrimonio suele entenderse como algo fijado en el pasado…

    —En Uruguay se ha producido lentamente un corrimiento que también viene ocurriendo en América Latina y en buena medida en todo el mundo, que es una transición a considerar la identidad como equivalente a la tradición. Algo así como que lo que nosotros somos es fundamentalmente lo que nosotros éramos. O aquello de lo que éramos que sigue vivo. Eso es casi una receta para el subdesarrollo. Hay una frase de un ideólogo cubano que me parece muy juiciosa: “El subdesarrollo es la incapacidad para acceder a la experiencia”. Cuando vos privilegiás fundamentalmente aquello que ocurrió por encima de aquello que ocurre, lo que estás diciéndole en forma velada a la ciudadanía es que lo que la ciudadanía produzca es menos valioso en términos patrimoniales que lo que alguna vez se hizo. Ese proceso es casi una receta para la victoria de los populismos. Es decir, generás la idea de que hacia adelante hay menos para mirar que hacia atrás. Justamente, una de las frases que más me gustan de Clemente Estable es cuando dice que en caso de conflicto entre el futuro y el pasado, hay que elegir el futuro. Se refiere a que el pasado es patrimonial pero no es lo que tenés, lo que tenés para hacer, lo que vas a hacer. Y el otro problema es que es una mirada que privilegia ser por encima de hacer. Es decir: decime quién sos y te voy a decir de lo que sos capaz. En vez de instar a las personas a hacer cosas nuevas, sos lo que hiciste. Uruguay es además un país donde las tradiciones son nuevas, no han parado de institucionalizarse. En general, no se presenta a los niños la idea de que Uruguay no está terminado, de que hay que terminarlo. Que hay que producirlo.

    —La idea “es más que Uruguay” es algo que hay que retomar del pasado.

    —Claro, retomar la idea de algo que anduvo bien. En realidad, desde el punto de vista del PBI, la época de las vacas gordas es ahora, no el pasado. Uruguay tuvo momentos de esplendor para generar consenso para lograr obras, como el Estadio Centenario, el Palacio Salvo, el edificio del BROU, pero eso no quiere decir que tuviéramos una economía más grande. Éramos un país más pequeño en todo sentido.

    —Quienes lograron esos consensos y construyeron todo eso no pensaron que había que buscar referencias en el Uruguay del siglo XIX. ¿Por qué a pesar de la prosperidad actual no hay más de ese empuje hacia adelante?

    —Es un tema multidimensional que obviamente supera mi capacidad. Dicho eso, por un lado creo que hay instalados una serie de mitos. Por ejemplo, que Uruguay es muy joven. Y eso es una media verdad; institucionalmente Uruguay es anterior a Italia o Alemania. Por otro lado, en general la idea de que tener una identidad fragmentada es un problema. Eso no lo es en otros países. Ha habido un deseo enorme ideológico de igualar en Uruguay. Que ha tenido resultados positivos, eso de que “naides es más que naides” y que está en el corazón de la cultura democrática del país. Pero por otro lado, provoca un ascenso problemático en la estima social. Creo que lo que pasaba en otras décadas en que Uruguay tuvo una interacción, digamos más épica con su presente, es que había una necesidad de adaptar y coordinar una población de muy distintos orígenes y procedencias. Hubo una época en que Uruguay proyectaba una gráfica muy esperanzada. No era una locura creer que el país iba a crecer así, que la población iba a ser de muchos millones. De hecho, el crack del 29 cae como una sorpresa. Fue una bomba para un país pensado para un modelo de crecimiento que se interrumpió y de afluencia migratoria que al cabo de un tiempo también se interrumpió. De hecho, ahora que Uruguay está asistiendo a una nueva oleada migratoria, no parece estar psicológicamente preparado para alojar de una forma armónica a los latinoamericanos que vienen a aportar mano de obra, conocimiento y experiencias diversas, que es lo que aportaron los primeros inmigrantes que tuvo Uruguay. Una vez que se construyó ese discurso nacional, del ser nacional, de próceres, de gauchos matreros, que son rebeldes, o la imagen del indio a caballo, se generó una dificultad. En ambas figuras hay una exaltación del carácter indómito, que seguro tuvo sentido en una época en que estábamos entre dos potencias expansionistas. Esa identidad es comprensible a comienzos del siglo XX. Pero en el siglo XXI no nos ayuda a comprender nuestra historia y tornan nuestra timidez actual para emprender grandes cambios. Si tuviéramos una visión más histórica, comprenderíamos qué fue lo que nos alentó y nos desalentó entonces.

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