—En Sombras rusas se escucha tu voz interior, como si fueras hablando contigo misma, y eso es un recurso literario. ¿Te costó llegar a esa voz?
—Me llevó muchos años adquirirla. Hay una primera versión del libro que son todas crónicas periodísticas y se llamaba Moscú no cree en lágrimas, como el capítulo final de la primera parte. La gente que lo leyó me decía que estaba bien, pero que no se entendía qué estaba haciendo yo en Moscú. “Vos quedás fuera”, me decían. Cuando ya tenía pronto ese libro, empecé a hacer un taller literario con Damián Ríos, el editor, porque quería corregir las crónicas. Al principio pensé en hacerle una especie de introducción en la que explicara por qué estaba en Moscú. Pero al empezar a escribirla aparecieron mis recuerdos, y el libro original se transformó en otra cosa.
—Hebe Uhart habla de la importancia de los detalles en una narración. ¿Cuánto influyó en tu escritura asistir a su taller?
—En las agencias de noticias en las que trabajé, escribía sobre temas políticos y solo podía incluir historias de la vida cotidiana si tenían que ver con el acontecimiento político. Por ejemplo, un chiste sobre Yeltsin. Pero yo era y soy de tomar notas. Siempre ando con una libretita en la cartera, pero lo que anotaba quedaba allí y no sabía para qué. Nunca pensé en escribir libros, ni siquiera cuando vivía en Moscú. Para mí fue una casualidad, porque me seguía sintiendo arquitecta. Cuando comencé a ir al taller de Hebe y a leer sus relatos y crónicas, me di cuenta de que había un lugar para el detalle, algo que no permite la crónica de la agencia de noticias. Hebe me preguntaba mucho por Rusia, y cuando yo le decía qué le interesaba, me contestaba: “A mí me interesan las personas”. Entonces empecé a trabajar algunas crónicas con personajes, aunque no todas las incluí en el libro.
—El acápite de Sombras rusas dice: “Rusia es rehén de sus distancias”. ¿Lo primero que sentiste fue lo inabarcable de ese país?
—Cuando uno llega a Rusia, y más con la idea de vivir allí, es diferente a cuando uno va como turista o de paso. La extensión, la historia, la cultura, la literatura, el idioma: todo parece inabarcable. El libro es un poco más positivo que mis primeras impresiones. Después llegó la época del acostumbramiento y de la crítica. En el libro traté de sacar la crítica que en esa época sentía. Me pasaba preguntando por qué los rusos son así, por qué el clima, por qué el idioma, por qué no sonríen. Me sirvió mucho empezar a trabajar como periodista. El carné de prensa te abre muchas puertas, te permite hacer preguntas aunque no te las contesten, entrar a lugares que de otra forma no entrarías.
—Te convertiste en periodista por una confusión…
—Me confundieron con una periodista en una fiesta donde eran todas esposas de diplomáticos, todas “mujeres de…”. Pero allí había una nicaragüense que trabajaba en radio Moscú. Era una época en la que ellos mismos no sabían qué iba a pasar con la radio, todo era muy confuso. Por intermedio de esa nicaragüense, le hice una entrevista al director de la radio y la envié a la sección española de la Agencia de Noticias Alemana (DPA) y me aceptaron. Al principio no era una corresponsal y me pagaban por línea. La corresponsalía se fue armando por las necesidades, porque cuando llegué a Moscú en 1996, Rusia no era un tema, parecía un país en el que no pasaba nada y no estaba en las breaking news, pero al poco tiempo explotó. Lo más grande fue la crisis económica.
—En la escalera de la Biblioteca de Lenin, encontraste “uno de los símbolos más sutiles del sistema”. ¿Es cierto que da tanto trabajo subirla?
—Escribí esa crónica como un ejercicio, a lo Cortázar. “Esto lo construyen así para que uno vaya más despacio”, era mi teoría. En algunos edificios oficiales, las pedadas, que es donde uno pone el pie en el escalón, tenían gran profundidad, y la altura era casi la mitad de un escalón normal. Era algo entre una escalera y una rampa, había que decidir si se daban dos pasos, aunque en esas escaleras no entraban dos pasos. De alguna manera esos escalones te desaceleran. Es una teoría mía, a lo mejor totalmente disparatada: a pesar de que a mediados de los 90 había otro sistema, de un capitalismo feroz, aún quedaban esos rasgos del viejo sistema. Estaba en las escaleras o en la forma en que uno compraba mercadería. Un día fui a comprar un metro de tela y fue un proceso larguísimo lleno de pasos intermedios dentro de la tienda. No me atendió una sola persona, a veces eran tres, cuatro o cinco que iban anotando todo. Ahí es donde había quedado el sistema, el control.
—¿Qué fue lo que más te costó para adaptarte?
—Me costó mucho tiempo ponerme en el lugar de los rusos, despojarme de los prejuicios. En el libro cuento cuando fui por primera vez a una lechería y no me atendían y yo no entendía por qué. Con el tiempo entendí que esas señoras que trabajaban en la lechería tenían una vida muy difícil. Es lo que se logra con la crónica, una mirada diferente con cierta profundidad. Si lo hubiera escrito como un diario de viaje o como las cartas que escribía en esa época, habría hecho una crítica mucho más superficial a partir de lo que me pasaba cotidianamente. Con los años uno se pone en el lugar de los otros. En ese momento yo era joven y vivía en pareja con mucha libertad. Ahora tengo un hijo y sé ponerme en el lugar de esas madres rusas.
—En esa crónica saltan los problemas con el idioma. ¿Fue difícil aprenderlo?
—Si no te vaciás, no lo podés aprender. Por más que yo hablaba alemán, que también usa declinaciones, el ruso tiene muy pocas palabras que vienen del latín y está muy alejado de nuestro idioma. Cuando empecé a estudiar alemán me gustaba eso de hablar como una chica de tres o cuatro años. Me acuerdo que tenía compañeras que no lo soportaban, que querían hacer frases completas e inteligentes. Pero yo disfrutaba de esa ingenuidad de empezar de cero. De esa forma, un idioma te enseña a ser menos que el otro, a callar, a escuchar, a ver el mundo desde otras palabras y otra mentalidad. Cuando te adaptás a esto, te das cuenta de que sos otra persona con ese idioma.
—¿Y te adaptaste al frío? En un capítulo aparece como una presencia corpórea, difícil de transmitir.
—El frío ruso es diferente a cualquier otro frío, incluso al alemán. Hace poco me encontré con la corresponsal de la agencia TASS en Buenos Aires y le pregunté qué extrañaba de Rusia. Me contestó así: “Acá en el sur no hay frío”, en lugar de “no hace frío”. Casualmente en la crónica La idea del frío, la gente dice “hay o no hay frío”, como si fuera algo que viene de afuera, tiene personalidad y se instala. El frío cambia todo, es como si tranquilizara a los rusos. Si hace frío está todo bien, el mundo está en orden.
—Escribiste sobre Moscú: “Todo es extraño sin llegar a ser exótico”. ¿Cómo lo explicarías?
—Es que tenemos la idea de que lo exótico es lo tropical o el Oriente. Lo ruso tiene un componente europeo muy fuerte y al mismo tiempo no es Europa. Esa es una de las discusiones más importantes de la filosofía rusa: qué somos, dónde estamos, a quién pertenecemos. Por ejemplo, a San Petersburgo le dicen “la ventana a Europa”. La fundó un zar con la idea de una Rusia europea, y no tiene una historia anterior a esa fundación. Moscú sí, es más rusa. Cuando te alejás de las avenidas principales, de los edificios monumentales de estructura estalinista, podés entrar en callecitas que parecen de una Rusia antigua, de pueblo. Cuando yo viví allí, el 80% de la población de Moscú había llegado de los pueblos y tenían características campesinas.
—A través de Sina, la señora que limpiaba en tu casa, aparece el tema de los tártaros. ¿Es como dice el dicho: “Si se rasca la piel de un ruso aparece un tártaro?”.
—Es una frase típica, traducida a varios idiomas. Para muchos rusos los tártaros representan su parte salvaje. Lo que sucede es que hay una mezcla entre lo ruso, lo soviético y lo asiático. Sina es producto de esa mezcla: una tártara de ojos verdes. Pero en época de la URSS los diferenciaban. En los pasaportes soviéticos tenía que aparecer la etnia. Incluso consideraban a los judíos como una etnia. No sé si hoy pasa lo mismo.
—¿Por qué lo hacían?
—Era una política de diferenciarlos que venía de la época de Stalin. Él fue redistribuyendo las etnias dentro de la URSS, a pesar de que era georgiano, y creó en el extremo más oriental, cerca de Mongolia, una república judía. En los 90 la mayoría emigró a Israel, pero algunos todavía quedan en ese lugar. La caída del Imperio soviético no fue solo política, también tuvo algo étnico que después se hizo evidente con las guerras y conflictos, por ejemplo, con los chechenos o con Georgia. Son montones de satélites y de problemas que aún no están resueltos, un mapa que aún no está armado.
—En la primera noche en Moscú te encontraste con nuevos ricos desagradables…
—Sí, y me decidí a quedarme a pesar de todo eso. El mundo de los nuevos ricos rusos tiene muchas historias. Algunas me las contó Anke, una arquitecta alemana que trabajaba con los nuevos ricos porque iban a pedirle para construir palacios. Era gente acostumbrada a vivir en apartamentos pequeños, pero tenían tantos millones que compraban casas gigantescas y le preguntaban a Anke si alcanzaban 50 metros cuadrados para un dormitorio. Ponían en los baños inodoros de oro puro. Era la decadencia total.
—En un momento decís que los moscovitas no hablaban en público. ¿Eso era tan común?
—Los propios rusos me contaron que para ellos fue muy difícil después de la II Guerra Mundial diferenciar víctimas y victimarios. A través de ese proceso de casi 70 años de comunismo, en el que se quería crear el homus sovieticus, en una misma familia había culpables y víctimas. Y a veces la propia víctima se convertía en culpable cuando lo mandaban a Siberia. Estaba mal visto tener ascendencia aristocrática y entonces algunas personas se sacaban el pasado. No puedo analizar del todo el fenómeno, hay gente que lo compara con la sociedad actual rusa y piensa que en la soviética había más solidaridad. Pero está estudiado que durante la URSS para los rusos era muy comprometedor hablar no solo en público sino en su propia casa. Hubo muchas historias de hijos que acusaron a sus padres de ser contrarrevolucionarios. Además vivían en comunalcas: en cuatro habitaciones había cuatro o más familias. Entonces todo se escuchaba y cualquier opinión podía ser comprometedora. Por eso se dice que los rusos cuando están en privado hablan en susurros. El historiador inglés Orlando Figes plantea esto en su libro Los que susurran, a través de historias sencillas y particulares.
—También está la idea de que los rusos no sonríen…
—Sí que sonríen, lo que sucede es que tienen diferentes sonrisas. A la sonrisa más “capitalista”, al estilo norteamericano, le llaman sonrisa de caballo, que es la menos natural para ellos. Después está la sonrisa funcional, la de las fiestas oficiales. También es cierto que con 27 grados bajo cero nadie tiene ganas de sonreír en la calle. Cuando viví en Moscú el que sonreía en la calle era considerado loco o miembro de una secta. Y realmente me pasó de cruzarme con alguien que me sonreía y luego me daba un papelito de una secta para engancharme.
—¿Y ustedes sonreían en la calle?
—Fue un proceso natural. Cuando volvimos a Alemania nos preguntaban por qué teníamos esa sonrisa funcional que habíamos aprendido. Son códigos sociales y también modas. Claro que en los lugares privados o en las fiestas los rusos se ríen. La cuestión no es si sonríen o no, sino cómo actúan y se comportan en lugares públicos y privados.
—Hiciste una larga fila para ver el cuerpo embalsamado de Lenin. ¿Qué sentía la gente que iba a verlo?
—Yo había leído Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez, que habla del cadáver de Evita y de la locura necrológica de los argentinos. Entonces ver el cadáver de Lenin embalsamado en una caja de cristal me pareció raro, pero no tanto. Había gente a favor y en contra de Lenin, pero todos respetaban su figura. Eso se sentía.
—¿Y qué pasa con la figura de Stalin?
—Con Stalin los rusos están más divididos. Hace poco leí que hay una especie de resurgimiento de su figura, quizás porque la gente está tan perdida. Desde 1991 hasta acá hay un par de generaciones que no crecieron en la URSS, y cada vez van quedando menos soviéticos. Los que quedan forman una sociedad muy compacta. Mi amiga Natasha, que aparece al final del libro, es soviética, aunque trate de ocultarlo. Hay algo que se mantiene en esta gente, no sé cómo definirlo. Es como una especie de hogar, de olor, de sensaciones, de hablar en susurro, de reírse con ciertos chistes.
—¿Te interesa leer sobre lo ruso?
—Cuando estaba allá me hablaban del alma rusa y yo no entendía qué era. Sin embargo, cuando volví a Argentina, seguí comprando libros de temas rusos. Incluso acá en Montevideo me compré una biblioteca rusa de 600 libros. Aún estoy tratando de entender. Leí a Svetlana Aleksiévich, incluso quise traducirla.
Hablé con un librero que tenía una editorial y me dijo: “¿Quién va a leer a una bielorrusa?”. Al poco tiempo le dieron el Premio Nobel de Literatura. Me interesa la literatura rusa escrita en el exilio y escrita en otros idiomas. Era muy seguidora de Nabokov, después leí obras de Gaito Gazdánov, un ruso blanco que fue taxista en París, para mí casi tan grande como Nabokov. También seguí las obras de ucranianas que llegaron muy jóvenes a Alemania y escriben en alemán.
—También viviste en Senegal. ¿Te sentís una aventurera?
—No, no soy aventurera. Soy una viajera tímida, no me pongo en medio del riesgo. En 2012 me dieron un premio en España por una crónica de viaje. María Ester Gilio también había enviado la suya. El sueño de María Esther era viajar a África, pero ella ya estaba muy mayor. Su crónica se publicó junto con la mía, pero ella murió antes de verlo. Siempre me quedé con la idea de que el premio era para ella. Entonces como consistía en un viaje, cuando pude hacerlo solo quedaba un lugar: Senegal. En ese viaje me enamoré de un senegalés. En el segundo viaje me casé con él. Pero eso es para contar en otro libro.