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    “El rock sigue siendo una guitarra eléctrica distorsionada”

    Gustavo Parodi, los 30 años de Buitres y su aversión por la evolución artística

    Tiene 56 años, pero cuando se cuelga una guitarra eléctrica sigue sintiendo “lo mismo” que aquella noche de diciembre de 1989, cuando Buitres Después de la Una debutó en Laskina, cuatro meses después del final de Los Estómagos, un 25 de agosto en el Cine Cordón. Esa adrenalina, que corre por sus venas cuando su mano derecha descarga un acorde de guitarra eléctrica bien distorsionado, sigue siendo lo que lo sostiene en el escenario. “Cuando empezamos con Buitres aún era un veinteañero, pero había pasado por una etapa muy efervescente con Los Estómagos, una banda a la que recién en los últimos años comenzó a concedérsele su originalidad. Con un repertorio totalmente nuevo, nos sacamos aquella mochila pesada en la que se había transformado Estómagos”. Así recuerda Gustavo Parodi la presión estética que tenía aquel cuarteto de punk-rock que lideró la movida rockera de la posdictadura. Cuando apenas habían transcurrido un par de minutos de esta entrevista con Búsqueda, a propósito del concierto que celebrará los 30 años de la banda este viernes 17 y el sábado 18 en el Antel Arena, el histórico guitarrista de Los Estómagos y Buitres descargó su escueta pero lapidaria declaración de principios: “En la música soy antievolución: con Buitres se dio una decantación natural hacia el tipo de rock que más me gustaba, y mirando estos 30 años en perspectiva, no creo en una evolución. Creo que hay que tocar lo que a uno le parece que está bien tocar y juguetear con ciertos colores, siempre y cuando no te vayas al otro extremo por el que te metiste en la música”.

    —¿Qué sentís cuando un guitarrista te cuenta que aprendió a tocar oyendo a los Buitres?

    —El mayor orgullo. Tanto Estómagos como Buitres influenciaron a una cantidad de gente, movieron a muchos guachos a comprar instrumentos y formar bandas. Es sublime, es lo mejor que te puede pasar, más allá de los discos que puedas vender.

    —En ese rock primigenio que adorás, ¿cuáles son los dos o tres guitarristas que te volaron la cabeza?

    —Para mí el rock es algo muy simple. ¿Hay algo más rock que Surfin’ Bird por los Trashmen? No, nada. Eran horribles, pero alcanzaron la esencia del rock. Johnny B. Goode, de Chuck Berry, es rock. Link Wray era más sofisticado, pero hizo cosas muy básicas como Rumble, que a una persona con devoción por la guitarra eléctrica como yo lo conmueve. Lennon y McCartney dijeron: “Nunca hicimos nada mejor que (el clásico de Jerry Lee Lewis) Whola Lotta Shakin’ Goin’ On”. ¡Y es cierto!

    —¿A los 56 seguís sintiendo lo mismo que a los 22 cuando estás por subir al escenario?

    —Totalmente. El día que no lo sienta más o que no esté nervioso antes de tocar, se termina el encanto. Ya sea en el Antel Arena, en Bluzz Live o en un boliche en un pueblo cualquiera. Esa emoción es lo que sostiene a una banda. Y lo que sucede después, cuando gastás una púa atrás de otra, ya pasa al terreno del placer. Es la delicia total. Estar haciendo lo que adorás y encima que la gente lo disfrute, es una bendición.

    —¿Por qué no te interesa la experimentación en la música?

    —En todo este tiempo, más allá de que hayamos grabado discos diferentes de lo que se esperaba de nosotros, la banda sigue siendo lo mismo. Yo sigo siendo lo mismo. Me metí en la música por el amor que le tengo a la guitarra eléctrica. Desde el vamos, en los cuatro discos de Estómagos le rindo culto a la guitarra eléctrica, la razón por la que hago música. La primera vez que me colgué una guitarra eléctrica me explotó la cabeza. Y no puedo traicionar ese sentimiento. Hay muchos que dicen que a tal edad no podés seguir tocando lo mismo. Sí, yo puedo seguir haciendo esa música porque es la que me movió toda la vida, hasta hoy.

    —Al principio Los Estómagos cabalgaban sobre lo que acababa de pasar en el rock y tenían un juego de guitarras más elaborado, y al final fueron retrocediendo hacia los orígenes del rock…

    —Totalmente, y eso provocó la ruptura. Las dos partes compositivas, el Hueso Hernández y yo, chocábamos. Yo me iba naturalmente hacia el rock de los 50. Para mí, la guitarra es la simpleza, es algo básico, instintivo y hasta en cierto modo, primitivo. Y eso lo plasmamos en el inicio de Buitres. Me reprochaban que ya no tocaba con el sonido de Estómagos. Ta todo bien, pero yo tengo la necesidad de pasar por esto, de pisar un pedal de distorsión y tocar lo que me sale de adentro. No reniego de Los Estómagos porque amo esos discos, pero en aquel proceso, recién en el tercer disco (Los Estómagos, de 1988) fue donde me encontré, me reconocí. Y en Buitres siempre digo que el disco que prefiero es Deliciosas criaturas perfumadas (1995).

    —Se acuñó el concepto de que algo es rock cuando rompe. Entonces, ¿cultivar el rock después de tanto tiempo no es ya una actitud conservadora?

    —No, yo creo que sigue existiendo un rock que rompe, aunque llegó el momento en que el rock como concepto se muerde la cola. Vuelven cosas antiguas recicladas, pero hay una movida muy interesante en Suecia y Dinamarca. Bandas que buscan lo primitivo. Eso me sigue sorprendiendo. Por más vueltas que se le dé, el rock sigue siendo una guitarra eléctrica distorsionada. Y si lo que canta el tipo está bueno, mejor. Ahora, de ahí a que aparezcan cosas nuevas es complicado porque hoy la gente joven, que es a la cual siempre se dirigió el rock, está para otra cosa.

    —Entonces coincidís en que el rock es ya la música de los abuelos...

    —Bueno, el público del rock ya no es joven. Yo tuve la suerte de ir a Inglaterra. En cualquier pub de Londres para 100 o 150 personas, en tres o cuatro horas te ves media docena de bandas, y está lleno de veteranos que podrían ser mis tíos. No te hablo de las bandas de moda, sino del rock profundo, el que oís en una cueva tomando una pinta de cerveza, el rock por necesidad. El rock de verdad vive en los sótanos para 50 personas.

    —¿No hay mucho rock en el hip hop, por ejemplo?

    —Mi hijo tiene 14 años y se junta con los amigos a escuchar hip hop. Para ellos es lo nuevo y revolucionario. Ponen una base y rapean arriba. Para mí es muy raro, pero los miro y los entiendo. Son gurises y es algo que prendió en ellos. Lo peor es querer imponerle lo tuyo a alguien.

    —Decís que Uruguay no está apto para el rock. Parecés bastante disgustado con el funcionamiento de las cosas acá...

    —Una cosa es tener lugares grandes para las bandas ya establecidas. Pero después está el circuito de las bandas chiquitas, las que recién arrancan. Sigue pasando que en los sótanos, que son los lugares buenos para tocar, llegás y no hay enchufes o el escenario está partido al medio o se hunde o el equipo es malo. Y vos decís: ¡puta madre! Entonces los guachos no tienen otra que llevar los equipos, los alargues, las luces. En cualquier pub del mundo está todo puesto. Hablo de los privados, aclaro. Al menos poné enchufes y equipos como la gente. Entiendo que hay limitaciones de mercado, ¡pero hay boliches que siguen sonando como en los 80! No es que yo despotrique, pero a diferencia de otras manifestaciones populares más amparadas por el Estado, el rock siempre estuvo y está a la intemperie.

    —¿Por eso armaste bandas más chicas como Niñera Nueva Ola o ahora con Los Chanchos Salvajes, para poder volver los sótanos?

    —¡Totalmente! Lo compruebo cada vez que tocamos con los Chanchos. Tengo una atracción tremenda por caer, enchufar y tocar media hora de la cosa que me sale de adentro. Así me mantengo en forma.

    —La última: ¿hay alguna chance de que se vuelvan a reunir Los Estómagos?

    —No, ninguna. Nos vemos con todos, pero no. Con los Chanchos tocamos hace poco con Marcelo Lasso (baterista de Los Estómagos). Con el Hueso (Fabián Hernández, el bajista) hasta hemos hecho comidas. Pero él se niega a volver al bajo, y para mí es un bajista excelente y muy innovador. Se mantiene en que su instrumento es el piano, y yo con el piano tengo una guerra particular (ríe). Pero el Hueso es divino, está todo bien.

    Vida Cultural
    2019-05-16T00:00:00

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