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    “El teatro actual es muy bochinchero, entreverado, ininteligible”

    Villanueva Cosse dirige Los cumpleaños de Irina, versión libre de Chéjov

    “Es una ciudad difícil, y mirá que vivo ahí hace 47 años”, dice sobre Buenos Aires Villanueva Cosse, el actor y director uruguayo que tras más de 45 años en Argentina volvió a dirigir en El Galpón, la compañía donde se formó y debutó como actor. En 2017 estrenó La resistible ascensión de Arturo Ui, de Bertolt Brecht, y el año pasado Los cumpleaños de Irina, de la alemana Rebekka Kricheldorff, versión libre de Las tres hermanas, de Chéjov, ahora repuesta en sala Atahualpa. La obra, según Cosse, “reflexiona sobre lo que ocurre con los millennials y su insatisfacción permanente, fiel reflejo de una sociedad apática y trivial entregada a la inercia a pesar de su declamado deseo de encontrar algo mejor”. Y se pregunta: “¿Qué le sucede a esta juventud que tiene acceso a las posibilidades de formación y aprendizaje? ¿Qué pasa con los libros y la tecnología como para que se defienda que ‘leer es perder el tiempo’?”. A los 85 años, Cosse se muestra lúcido y enérgico. Con ganas de pelearla desde el escenario, su tribuna. Esta es una síntesis de la entrevista que concedió a Búsqueda, en la que habló de su vida, del teatro y de cómo es ser el papá de una candidata presidencial.

    —¿Cómo recuerda su infancia?

    Nací en Melo y a los seis años me enfermé de tuberculosis, que entonces podía ser fatal. Me trajeron a Montevideo y pasé hasta los diez años aislado, sin ir a la escuela ni poder jugar con otros niños. Y me curaron. Siempre fui un tipo ligeramente asocial, porque la cosa gregaria me la perdí. Era muy tímido: veía chicas pasar y me cambiaba de vereda, no sabía qué hacer. Un miedo terrible.

    La lectura debe haber sido buena aliada...

    —Totalmente. Aprendí a leer solo y viví gracias a los libros que leí en esa reclusión forzada. Devoré Verne, mezclado con Kafka y Émile Zola. Pasé un cumpleaños leyendo Naná, la historia de una prostituta. No entendía mucho qué era eso (ríe). Salgari, Alejandro Dumas, Rafael Sabatini. Cuando entré a la escuela de El Galpón me di cuenta de que había leído todo el teatro de Valle Inclán sin saber qué era teatro. ¡Me acordaba de escenas enteras! De joven me gastaba buena parte del sueldo en libros, pero con el teatro empecé a tener menos tiempo para leer. De las cuatro bibliotecas que tenía, me queda solo una. Solo conservo los libros que tienen buenas dedicatorias. Y pienso: cuando me muera, ¿qué será de ellos? ¡Son como cien kilos de libros!

    —¿Cómo fue su camino en el teatro?

    —Entré a El Galpón gracias a Ernesto Aroztegui, el creador de tapices, que era primo mío y me enseñó a apreciar el arte y la arquitectura. En todos lados siempre voy a ver iglesias, no por ser creyente sino porque son imponentes muestras de sabiduría y de hasta dónde llega la fe. Los rosetones por donde entra la luz, los famosos arbotantes que diseminan las presiones y las cargas. Las conocí en París, en 1966, donde fui con una beca a aprender pantomima con Jacques Lecoq.

    —¿Y los primeros años en el elenco de El Galpón?

    —Muy lindos. Estaba Atahualpa, Tenuta, Curi, Salzano, pero fueron muy sufridos. Con mi altura, entraba al escenario y los muebles se doblaban (ríe). “Dedicate al básquetbol”, me decían. Me hice muy amigo de Curi, hoy retirado. Un tipo superinteligente, del que aprendí mucho. Coincidimos en Arturo Ui, Androcles y el león y Un enemigo del pueblo. Es un maestro en la diferencia entre ofrecer lo imprescindible pero guardarse cosas adentro y sacar todo para afuera sin más. Moderaba, sabía qué mostrar y qué no. Pero no en el sentido avaro sino de poco es mucho, de dejar lugar a que el espectador complete. Elegir el misterio, lo que está detrás de lo no dicho. Siempre jugó con esa delicadeza. Uno veía las obras de Curi y sabía que había un artista detrás.

    —¿Dónde ve esas cualidades hoy?

    —El teatro actual es muy bochinchero, entreverado, ininteligible. Para mostrar la cacofonía del mundo se pone cacofónico. Expone la confusión siendo confuso. Obvio que a veces es buena la confusión, pero si quiero mostrar la monotonía de la vida no puedo hacer una obra monótona. ¡Se me va la gente del teatro! Chéjov se quejó mucho de cómo Stanislavsky dirigía sus obras. ¿Por qué tanta tristeza si sus personajes tienen mucho humor también? Hay una famosa acotación en La gaviota: “En medio de la tarde suena un sonido extraño, lejano, como la cuerda de un violín que se rompe”. Punto. Los directores se han muerto tratando de resolver cómo sería ese sonido. Han probado mil cosas. Pero eso estaba en la cabeza de Chéjov y está bueno que solo resuene en la cabeza del espectador. Eso es teatro también.

    —Del 75 al 83 fue prohibido en Uruguay y eso se reflejó en su trabajo en Buenos Aires, que mermó bastante…

    —Me refugié en dar clases, me hice docente a marcha forzada. Fundé una escuela y, formado en El Galpón, en vez de dar clases yo solo llamé a cinco más y así comenzó un lento proceso de ruina económica (ríe), pero que me permitió vivir con cierta dignidad con quien hasta hoy es mi esposa. Me salvó la generosidad de mis alumnos. En los momentos de penuria y peligro, el arte te ayuda, pero en forma áspera. Que te prohíban te afirma en tus convicciones pero es demoledor. Dar clases me permitió visitar cosas que nunca había hecho como actor, como Valle Inclán y el Siglo de Oro español, lo que me hizo sentir que vivía y servía para algo. Después vino Teatro Abierto, que me permitió mojarle la oreja y hacerle pito catalán a la dictadura. Nos incendiaron el teatro, nos asustaron todo lo que pudieron y el público se solidarizó y aquello fue algo nunca visto en Buenos Aires, durante tres años. Después vino la democracia y nos desarmó... qué cosa. ¿Y ahora qué criticamos?

    —¿Cómo vivió el camino de su hija (Carolina Cosse) hasta ser precandidata presidencial?

    —Con su mamá nos habíamos separado y cuando me fui a vivir a Buenos Aires (en 1972) ella tenía 11 años. Estuve años sin verla porque al principio no podía venir. Desde chica siempre la admiré por su tesón. Siempre fue una lumbrera en matemáticas, ya en el liceo les daba clases a sus compañeras; después terminó una carrera dura como es Ingeniería con dos nenes chicos. Se hizo empresaria, la llamaron de la intendencia para hacerse cargo de toda la cuestión tecnológica, le dieron Antel y después ministra de Industria. Siempre asistí a su vida como queriendo acostumbrarme. Claro que hablamos de política, pero ese mundo me es bastante ajeno y misterioso. Se interna más ella en mi mundo que yo en el suyo.

    —Tiene fama de tener un carácter fuerte…

    —Es muy dulce, pero si se pone dulce en ese medio tan competitivo… Necesito a los políticos y los respeto, creo que decir los políticos son todos iguales es ir derechito al fascismo. Pero siento que es un universo muy duro, hay que estar calzado con botas muy fuertes para pisar en esos terrenos.

    —Pero usted fue prohibido por expresar ideas políticas...

    —Sí, pero era el afuera. Era “ellos”. En el caso de mi hija es “nosotros”. Un día le pregunté: ¿por qué sos una candidata? Y me respondió: “Tengo la convicción de que puedo hacer algo por mi país”. Punto. No se habló más del tema. Va a ser muy especial poder poner una lista con su nombre en una urna.

    Vida Cultural
    2019-04-11T00:00:00

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