Pianista, actor, director de canales y de programas de radio. Julio Frade se revela como una persona inquieta, que reconoce que estudia música hasta el día de hoy. Actualmente conduce el programa “Frade con permiso” en Radio Oriental. Pero seguramente lo que quedó más grabado en la memoria de los más veteranos es su trabajo humorístico en “Telecataplúm”, “Decalegrón” e “Hiperhumor” en Argentina, programas que marcaron una época, con monstruos como Ricardo Espalter, Enrique Almada y Eduardo D’Angelo.
Frade supo encarnar al terrorífico niño Abelardito y al estudiante eternamente rechazado que arrastraba los zapatos Herminio Aaron Guitelman. Con D’Angelo hicieron el programa infantil “El capitán Cañones”, donde interpretó durante varios años a su asistente “Siempre Listo”. El personaje del Chicho en “Decalegrón”, donde Frade hacía de pedante recalcitrante, era visto por todos y llegó a tener 54 puntos de rating, cuando los programas actuales más exitosos apenas alcanzan los 14 puntos. Además, el músico fue director general de Canal 5 durante tres años, entre otros cargos gerenciales vinculados a los medios. “Siempre me llevé bien con la gente que hace radio y televisión. A los 18 entré a la televisión y a los 19 debuté en Canal 13 de Buenos Aires, que era como Hollywood en ese momento, porque tenía la mejor infraestructura”, comentó Frade, quien luego de estudiar algo de Derecho, se dedicó a la música.
Cumple 55 años como pianista y los celebra en grande con más de 20 invitados en escena. El jueves 21, a las 21 horas en el Teatro Solís, en el espectáculo “55 Aniversario”, interpretará piezas de Fabini, “La Cumparsita” y “Alfonsina y el mar”. Rosario Castillo presentará el tramo que corresponde a la época de la TV y con Eduardo D’Angelo contarán anécdotas de “Telecataplúm”. Acompañarán al músico artistas de la época del programa “Discodromo Show”: la cantante María Elisa, Virginia Berro y Noelia e Idahí Pastor. Habrá un momento dedicado al tango con Edison Bordón, Ledo Urrutia y Valeria Lima. Se sumarán Panchito Nolé, Gastón Buenseñor, el “Cubanísimo” Manolo Sánchez, Nicolás Arnicho, Maximiliano Nathan y Héctor “Finito” Bingert.
—Considero ser una persona muy regalada por Dios y se lo agradezco de todo corazón. Desde muy chico mi madre decidió que yo estudiara música. Después, cuando opté por ser músico profesional, ella no quería y deseaba que siguiera la carrera que seguí en la universidad, que era Derecho y Notariado. Estudié con los mejores profesores que había en Montevideo: Guillermo Kolischer, Hugo Balzo y Santiago Baranda Reyes. Eran tres profesorazos: hoy en día no hay en Uruguay profesores de ese tamaño. También en el Sodre estaban los mejores músicos del mundo tocando en nuestra Filarmónica, que era una sinfónica nacional.
—¿Cómo recuerda sus inicios más formales como músico?
—Cuando tenía 17 años mi madre leyó en el diario que llamaban a una beca. Y me comentó la oportunidad de irme a estudiar, por más que yo era hijo único. Gané la beca y me fui a Nueva York, lo cual en aquella época era algo muy difícil porque estábamos muy alejados del mundo. A partir de ahí se facilitaron todas las circunstancias para mí. Cuando regresé como bachiller empecé a mirar televisión porque tenía claro que mi futuro debía estar ligado a la televisión y a la música. Vine pensando así de Estados Unidos, en el 62.
—Eran los albores de la televisión uruguaya...
—Claro, recién empezaba la televisión comercial en Uruguay, fue el año en que se abrió Canal 12, y Canal 10 estaba en los viejos estudios de Saeta, que eran galpones experimentales. Vi que se iba a iniciar un ciclo que se llamaría “Telecataplúm” y fui a hablar con los productores del programa. Después de una gestión que hice donde les ofrecí la música de la banda que yo dirigía, los Chicago Stompers, se produjo mi debut en televisión y empecé una carrera que duró 40 años con el grupo de humoristas más famosos de toda América Latina. Por la mitad de este relato, allá por el año 68 o 69, integré como director musical el programa más exitoso de la televisión uruguaya: “Discodromo Show”, donde se iniciaron los grandes valores de la música de este país, que persisten hasta el día de hoy. Nunca más hubo un programa como ese que conducía Ruben Castillo. Voy a tener en mi espectáculo a Rosario Castillo y vamos a recordar a “Discodromo” y con D’Angelo vamos a recordar los inicios de la televisión.
—Usted llegó a compartir escenario con el gran Astor Piazzolla. ¿Cómo se dio este encuentro?
—En el año 82 tuve la oportunidad de dirigirlo porque tenía una casita en Pinares de Punta del Este, y en la esquina se reunía mucha gente del espectáculo en la casa de un trompetista y médico argentino que se llamaba Pipo Troise. La familia de los Troise eran todos músicos, si bien no vivían de la música. Y allí venía todos los veranos Eladia Blázquez a pasar una semana. Iba Pipo Mancera y fue Piazzolla alguna vez. Había un escribano que era un gran cantante y diletante del tango, Fernando Tesouro, que me dijo que iba a hablar con Astor porque yo tenía que hacer un concierto con él, que acaba de escribir una suite que iba a estrenar en la RAI. Él habló con Astor y dijo que lo haría encantado conmigo. La suite duraba más o menos 50 minutos y agregamos algo más que hacía yo. Con 39 años dirigí la orquesta de 70 músicos en el Palacio Peñarol. Nunca me voy a olvidar: es un hito en mi vida.
—¿Cómo era Piazzolla para trabajar?
—Tenía fama de ser un hombre cáustico y duro. Conmigo fue buenísimo, extraordinario. Previamente al concierto, ensayé con él. Y esos tres días me dijo lo mismo: “Bien, pibe”. Ese fue el comentario y creo que era mucho en labios de él.
—¿Qué recuerda de sus experiencias en teatro?
—Si me habrá ayudado Dios, que un día me llamó Laura Sánchez y me dijo: “Te llamo para hacer una temporada en la compañía Italia Fausta”. Esa temporada duró ocho años. Con Italia Fausta, dirigida por Omar Varela, en aquellos años hicimos comedias musicales en las que actué e hice la música. Era como estar en Broadway, porque el rigor con el que se trabajaba era el mismo. Me di el lujo de hacer teatro con los mejores y con salas llenas siempre. Dice el dicho “Ayúdate que Dios te ayudará”.
—¿Usted es muy creyente?
—Soy mucho más creyente en estos últimos años. Veo que hay mucha gente que hace el esfuerzo y no tiene suerte. Y no es suerte, es otra cosa: es una determinación. Siempre estoy pensando en proyectos, lo que me mantiene funcionando y joven. Repasando el pasado a propósito de este aniversario, me di cuenta de cuánta cosa hice. Tengo anaqueles llenos de arreglos que escribí. Escribía cuatro o cinco arreglos por semana para grandes músicos y orquestas, tanto en Argentina como en Uruguay. Dirigí 35 festivales de la OTI, en diferentes partes del mundo. Todos los años íbamos a un país distinto, fue una gran experiencia.
—¿Por qué piensa que luego de “Telecataplúm” y “Decalegrón” no hubo programas de humor que funcionaran tan bien en el país?
—No solamente en Uruguay, en Argentina tampoco funcionaron. Siempre creí que en la vida no hay imprescindibles. Ahora tengo que cambiar esta creencia, porque a medida que fueron faltando nuestros compañeros puedo decir que eran imprescindibles. No hubo reemplazo para esa gente y en aquel 1962 se creó un grupo que fue único. Lo demuestran los números. El tiempo siempre te muestra la verdad, hay que saberlo esperar. Y acá el tiempo dijo que este grupo era único. No hay nada ni parecido.
—¿Por qué cree que se reunieron estas personas talentosas para hacer humor en ese determinado momento?
—La gente, sobre todo la uruguaya y luego la argentina por contagio, era bastante más culta que ahora. Cuando trabajás para un público culto, te podés permitir ciertos lujos. Porque el humor es un mecanismo de relojería. Pero tiene que tener respuesta y para ello la persona a la cual lo dirigís tiene que entenderlo. Si no hay cultura, hay cosas que no se entienden. Hoy en día funciona todo lo que es obvio, procaz y vulgar. No soy partidario de que todo tiempo pasado fue mejor. Me gusta mucho Internet, la computación y estar en contacto en tiempo real con cualquier parte del mundo, pero no creo que se use Internet para cosas buenas: se usa para cualquier porquería. Lástima que no la usen para el verdadero conocimiento.
—¿Cómo era la dinámica de trabajo con D’Angelo, Espalter y Almada?
—Estábamos más juntos entre nosotros que con nuestras familias. Pero la relación nunca fue de gran amistad sino que siempre fue de compañerismo y trabajo, que me parece una buena receta: duramos 40 años juntos, difícil hasta para un matrimonio. No nos visitábamos como amigos en nuestras casas porque estábamos hartos de vernos. El rato que teníamos libre, íbamos para casa porque cada uno tenía un mundo totalmente diferente.
—Cuando estaban filmando un sketch, ¿esas diferencias se potenciaban para complementarse?
—Cada uno aportaba su especialidad. Éramos un grupo de especialistas que funcionábamos muy bien juntos. Cuando yo hacía el Chicho con Almada, nos mirábamos y ya sabíamos lo que teníamos que decir o lo que estábamos pensando. Con Espalter logré eso también cuando hacíamos el boliche en “Decalegrón”, en el que hablábamos un poco de política y otro poco de actualidad y yo venía como un erudito a disertar sobre un tema. Él era un cuidacoches que no entendía ni la mitad de lo que yo decía y agarraba todo para el lado de los tomates. Y a veces me pedía: “No me digas de qué vas a hablar así me sorprendo realmente”. Sabía cómo iba a reaccionar él y sabía qué pie darle para que hiciera los goles, porque era el cómico por excelencia. Le tiraba un centro, dos centros, tres centros hasta que hacía el gol.
—Pasando a otra área que lo toca, ¿cómo observa el desarrollo de la música en el Río de la Plata?
—La música ha perdido la industria discográfica, que se murió. Hoy grabar un disco no es negocio para nadie. El artista lo puede tomar como promoción pero no puede ganar un peso. La única manera de ganar dinero es componer canciones. En la primera época de mi trabajo en televisión grababa discos permanentemente y era muy redituable, porque se cobraba muy bien por hora. Fui director de algún que otro sello musical acá y en Argentina. Quiere decir que la tecnología mató mucha cosa y no hay manera de controlarla.
—Su madre lo mandó a estudiar piano teniendo apenas cinco años de edad. ¿A usted le gustaba ya de tan pequeño?
—Era muy obediente: me mandaban a estudiar cualquier cosa e iba. Nunca fui de mala gana, pero no tenía la vocación, que sí se despertó cuando cumplí 13 años. Y a los 14 empecé a trabajar. Y sigo estudiando como el primer día, no el teclado sino la parte teórica para tener más conocimientos. Porque eso se internaliza y viene a los dedos, después lo podés ofrecer cuando tocás y es realmente muy lindo.
Vida Cultural
2013-03-14T00:00:00
2013-03-14T00:00:00