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    “En México queremos una sociedad más justa y respetuosa, pero va a estar complicado”

    Lila Downs volverá a cantar en Montevideo el sábado 23 de junio

    No es exagerado situar a Lila Downs en el mismo camino transitado por Violeta Parra, Mercedes Sosa, Amparo Ochoa, Chavela Vargas y, más cerca, por María Bethânia y Liliana Herrero.

    Esta intérprete y compositora mexicana nacida el 19 de setiembre de 1968 en Tlaxiaco, estado de Oaxaca, cuyo nombre completo es Ana Lila Downs Sánchez, consagrada como una de las mayores voces del canto latinoamericano contemporáneo, actuará el sábado 23 ante un Teatro Plaza casi agotado dos años después de su impactante debut en Uruguay en el mismo escenario, donde presentó su álbum anterior, “Ojo de culebra”. Al igual que aquella vez, cantará acompañada por un acordeonista y un percusionista mexicanos, un bajista siciliano y un guitarrista peruano.

    Hija de la cantante de cabaret Anita Sánchez, una mujer de raíz mixteca, y de Allen Downs, un profesor de cinematografía estadounidense nacido en Minnesota, Downs ha desarrollado su carrera entre México y Estados Unidos, donde se recibió de antropóloga antes de lanzarse a la carretera, a mediados de la década del 90, y de consagrarse en 1999 con “La sandunga”.

    Ahora, acaba de editar “Pecados y milagros”, álbum compuesto en mitades por piezas originales suyas y versiones de clásicos mexicanos. “Alude a la moralidad, a la pregunta con uno mismo sobre qué significa el pecado y qué significa el milagro. Creo que los latinos sabemos más de eso que algunos otros”, dijo Downs a Búsqueda desde su casa en el DF, y soltó una risa liviana.

    “El disco, a nivel conceptual, está inspirado en los exvotos mexicanos, la tradición de pinturas pequeñas que se crean en agradecimiento a algún santo o algún personaje histórico particular por la manda concedida. En la tradición, puede ser que para algunos los exvotos sean pecados y, para otros, milagros. Eso siempre me pareció muy curioso, y me propuse componer temas que tuvieran esa doble posibilidad e interpretar otros clásicos del cancionero mexicano como ‘Cruz de olvido’ o ‘Fallaste corazón’, que son introspectivos y transitan por el inframundo”, explicó.

    Las rancheras predominan en este nuevo trabajo, cuyos arreglos en las seis cuerdas fueron encomendados a un grupo de guitarristas clásicos de la música mexicana que acompañaron a leyendas como Pedro Vargas, Lola Beltrán y José Alfredo Giménez.

    “Me mueve la intimidad que provoca la ranchera. Es la que buscamos en el disco. No me arropo mucho con el mariachi cuando son canciones íntimas. El mariachi me encanta con canciones más prendidas, con sones de tierra caliente”, aseguró con inconfundible estilo mexicano. El mismo que mantuvo durante los veinte minutos que compartió con Búsqueda a través del teléfono, en los que transmitió con elocuencia su pasión por Latinoamérica.

    —¿Por qué usted dice que los latinoamericanos entendemos mejor que otros de pecados y de milagros?

    —Cada país tiene su realidad, pero a medida que conozco nuevos sitios de Latinoamérica, me doy cuenta de que compartimos mucho y de que concebimos la vida de una manera parecida: el respeto a la tierra y el milagro de la vida simplemente son similares. Esto mismo ya me pasó en Uruguay. Cuando llegué, me di cuenta de que también hay una melancolía, una presencia y un orgullo de ser latinoamericanos en el país: esto lo sentí profundamente. De hecho, fue como llegar a casa, a un río que uno ya conoce. Esas tardes, cuando toda la gente sale con su mate debajo del brazo a la Rambla, son una belleza. Ustedes no son pretenciosos: son lo que son. Y eso me encantó.

    —¿Cómo entiende el concepto “latino” en la perspectiva de esa gran usina cultural “latina” que se encuentra afincada en Estados Unidos?

    —Para mí es algo específico y poético. Cuando voy a interpretar el “Cucurrucucú Paloma”, un clásico mexicano, en México nos representa una provincia marginada, la Huasteca. Allí hay muchas realidades económicas y culturales y mucha pobreza. Esa canción representa, justamente, algo muy noble. Y mi versión es un tributo a esa región. Además, cuando pienso en lo “latino”, pienso en Mercedes Sosa, en el Cono Sur, en la chacarera, en los géneros en los que se utiliza el bombo legüero, que permite ese contacto tan particular con el corazón. Lo siento así y lo he aprendido con músicos argentinos y chilenos que me han dado su corazón y su sabiduría. Ese compartir nos une y nos da fuerzas. El baterista de mi banda para las giras en Estados Unidos es del sur de Chile, de Punta Arenas, y su origen es croata. He aprendido mucho con él acerca de la cumbia nortina, de la cultura mapuche y de los estilos de canto de Tierra de Fuego. Con ellos he conocido los enfrentamientos que han vivido los mestizos en Chile, Argentina y otros países latinoamericanos.

    —¿De qué modo experimenta usted la recepción del público latinoamericano de ascendencia europea hacia la cultura y el folclore originarios de Latinoamérica?

    —Cuando yo era pequeña, en México había mucho prejuicio y era tabú hablar de raíces indígenas. Pero, por ejemplo, el Movimiento Zapatista logró que las nuevas generaciones se identificaran fuertemente con símbolos de nuestra identidad. Eso ya no va para atrás y es un cambio positivo. Ahora puedo hablarlo libremente, pero hace unos 18 años no podía.

    —¿Y cómo vive la situación de violencia que impera en México?

    —Todos sentimos mucha tristeza. Este disco, “Pecados y milagros”, es una reacción muy fuerte a esa situación. Es la pregunta sobre la moralidad. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a mentir por nuestra familia, a evadir la Justicia y a proteger nuestros bienes y nuestra clase media? Son preguntas fundamentales para nosotros. Llegaron a ser mentiritas que nos ayudaron a sobrevivir. Pero ahora queremos una sociedad más justa y respetuosa, y eso va a estar complicado. Es como un cáncer que tiene nuestro país. Es una enfermedad en el sistema de justicia que tiene arraigo desde hace cientos de años. Esos hábitos son muy difíciles de romper. Por eso, el disco habla en un modo metafórico del amor que sentimos por nuestro país.

    —¿Por dónde ve la salida para México?

    —Yo soy mujer y soy oaxaqueña, y desde ese punto de vista veo a las mujeres de mi tierra que amartajan (machacan) y muelen el maíz, que es el sustento sagrado de nuestras vidas y que está representado por la virgen de Guadalupe. Veo que podemos salir adelante si nos fijamos en esos símbolos, en los seres humanos fuertes de México, en esas personas a las que les debemos tanto y a las que no tomamos muy en cuenta en el diario vivir.

    —Ese vínculo festivo, esa especie de falta de respeto de los mexicanos hacia la muerte, ¿ayuda a sobrellevar estos tiempos?

    —Bueno, tiene que ver con la sobrevivencia. El culto a los ancestros está muy presente en nuestras vidas. Una vez al año, tenemos el Día de los Muertos, que para mi familia, por ejemplo, es más importante que Navidad. Mi madre pone su ofrenda, pone un plato de mole para mi abuelita, y el whisky y los cigarros para mi papá, aunque eso fue lo que lo mató (ríe). Esas cosas contradictorias son lo que somos. Y así es nuestra música: es jugar con la muerte, acariciarla, darle besitos y también temerle. Una canción que compuse habla de esto a través de la tradición de la calavera, un poema que narra varios personajes pero desde la muerte. Todos los personajes que cantan la canción ya están muertos y “La reina del inframundo” es uno de ellos. A veces surge la confusión de que no le tememos a la muerte. Pero ocurre lo contrario: le tememos mucho a la muerte, y también la queremos.

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