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Con motivo del décimo aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927-Ciudad de México, 2014), la editorial Penguin Random House, con el sello Sudamericana, en el que siempre publicó el autor, decidió editar En agosto nos vemos, un cuento largo o novela corta, cuyo original había quedado inédito y fue conservado junto a varios de sus papeles en la Universidad de Texas. La decisión no fue sencilla porque el Nobel de Literatura (1982) no había querido que esa narración se publicara. De todas formas, no era del todo desconocida porque en 1999 él mismo había hecho una lectura de un fragmento en Casa de América de Madrid, donde la presentó como parte de una futura novela que acompañaría otras cuatro de unas 150 páginas. Esas cinco nouvelles serían autónomas, aunque tendrían una misma protagonista de nombre con ecos musicales: Ana Magdalena Bach.
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En el momento de esa lectura, el escritor tenía 72 años, se había recuperado de un cáncer y estaba apurando la escritura de sus memorias, que al final se publicaron en 2002 con el título Vivir para contarla. El libro fue un éxito editorial, pero dos años después no tuvo la misma suerte con Memoria de mis putas tristes (2004), hasta ahora su última ficción, que recibió cuestionamientos tanto por su elaboración literaria como por su protagonista: un periodista anciano que al cumplir 90 años decide regalarse una noche con una adolescente virgen.
A partir de entonces, el proyecto de las cinco novelas breves se estancó, al tiempo que García Márquez comenzó a sufrir problemas de memoria que en sus últimos años se agudizaron. Sus hijos, Gonzalo y Rodrigo García Barcha, recuerdan en el prólogo de En agosto nos vemos que consciente y angustiado por sus dificultades cognitivas para retomar la novela, su padre les decía: “La memoria es a la vez mi materia prima y mi herramienta. Sin ella, no hay nada”. También les dijo con claridad: “Este libro no sirve. Hay que destruirlo”. Y esa es la frase que despierta controversia porque, al contrario de destruirse, el libro se publicó con toda la promoción de un lanzamiento internacional. Su aparición dejó servida la pregunta: ¿hay que respetar la última voluntad de un escritor con respecto a su obra? La historia de la literatura indica que la respuesta no ha sido ni tan clara ni tan sencilla.
Tal vez el caso más emblemático fue el de Franz Kafka, quien enfermo de tuberculosis y con la muerte cercana dejó por escrito un terrible deseo: “Mi última petición. Todo lo que dejo atrás (…) en forma de cuadernos, manuscritos, cartas, borradores, etcétera, deberá incinerarse sin leerse y hasta la última página”. En realidad el propio Kafka podría haber destruido su obra, pero tal vez no se animó y le tiró ese pesado fardo a su íntimo amigo, Max Brod, quien tampoco lo llevó a cabo. Después del entierro de Kafka, su padre firmó un contrato por el que otorgaba a Brod el derecho a publicar de manera póstuma todas sus obras. Y Brod lo hizo porque no podía destruir la creación de quien para él era “el más profético cronista del siglo XX”. El mundo, agradecido con este buen amigo que salvó la obra de un genio literario.
Otro ejemplo más cercano en el tiempo fue el de Truman Capote, quien al mudarse de su modesto apartamento en Brooklyn después del éxito de A sangre fría (1960) dejó para tirar a la basura una caja con cuatro cuadernos en los que había escrito a mano una novela fechada en 1943, además de cartas y fotografías. El portero del edificio encontró esa caja y, sabiamente, la guardó. En 2004, el material llegó a la casa de subastas Sotheby’s en Nueva York y de allí a Alan Schwartz, abogado y amigo de Capote, quien autorizó la publicación de Crucero de verano (Anagrama, 2006), la novela inconclusa y desechada por el autor, fallecido en 1984.
Es habitual que los escritores hagan descartes o dejen “cajoneado” algún texto que no consideran digno de ser publicado, sobre todo cuando tienen una trayectoria prestigiosa. En ese sentido, podría considerarse una traición publicarlo, aunque a veces se justifica si hay un buen olfato editorial que garantiza la calidad y el aporte del material. En el caso de Capote, su novela sin final tiene la frescura de los primeros escritos y muestra los rasgos estilísticos y narrativos que el escritor desarrollaría en sus mejores obras. Es la novela de un principiante que no parece la novela de un principiante. Fue bueno que el portero la haya guardado.
Con García Márquez la situación es diferente. En agosto nos vemos es el producto de un escritor disminuido al final de una gran carrera literaria, Premio Nobel incluido, que no podía dominar ni corregir su escritura. Y lo peor: se llegaba a dar cuenta de sus limitaciones. En un epílogo, el editor y amigo de García Márquez, Cristóbal Pera, cuenta que el escritor trabajó mucho en esta novela, sin embargo, no le terminaba de convencer el resultado, sobre todo, el final. Como prueba de ese proceso, en el libro publicaron cuatro páginas facsimilares con las correcciones que el escritor iba indicando y que a veces anotaba su secretaria porque él no podía hacerlo.
“La falta de facultades que no le permitieron a Gabo terminar el libro también le impidieron darse cuenta de lo bien que estaba, a pesar de sus imperfecciones”, escribieron sus hijos. Ese motivo, más la oportunidad de recordar a su padre al cumplirse el aniversario de su muerte, los llevó a publicar la novela. “En un acto de traición, decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones. Si ellos lo celebran, es posible que Gabo nos perdone. En eso confiamos”.
Rodrigo García (Bogotá, 1959) es un reconocido cineasta que escribió y dirigió películas como Con solo mirarte (con Glenn Close, Cameron Díaz y una larga lista de actrices famosas) y Amor de madres (con Annette Bening y Naomi Watts), y capítulos de las series Los Soprano, Six Feet Under o Carnivàle, entre otras. Por su parte, su hermano menor, Gonzalo (México, 1964), se especializa en la creación de tipografía para cine, es pintor y tiene dos editoriales destinadas a diseño, cine y artes visuales. Además, integra la junta directiva de la Fundación Gabo, escuela de periodismo creada por el escritor en Cartagena de Indias.
A los hijos del Premio Nobel se los ha acusado de haber publicado esta novela por intereses económicos. Sus trayectorias indicarían que es lo que menos les importa, entonces lo importante debe estar en la novela.
Gladiolos para una tumba
La protagonista se llama igual que la segunda esposa de Johann Sebastian Bach, y la trama de la novela está llena de referencias musicales. Ana Magdalena Bach es hija de un profesor de música y en un momento importante de la novela se escucha Claro de luna, de Debussy, con un arreglo de bolero que canta una niña. A su vez, la protagonista está casada con Doménico, un cincuentón amante del jazz, amigable y chistoso, también hijo de músicos, director de orquesta y de un conservatorio.
Pero el centro de En agosto nos vemos no es la música, sino el viaje real e interior de Ana Magdalena, una mujer de 46 años que tiene el particular ritual de llevar un ramo de gladiolos a su madre enterrada en una isla caribeña muy pobre todos los 16 de agosto “a la misma hora, con el mismo taxi y la misma florista, bajo el sol de fuego del mismo cementerio indigente”. La lejanía de la isla, que nunca se dice cuál es, la obliga a viajar en transbordador y pasar la noche lejos de su casa. “Agosto era el mes de los calores y los aguaceros locos, pero ella lo entendió como una más de las penitencias que debía cumplir sin falta y siempre sola”, escribió García Márquez.
La noche que escuchó a Debussy en el restaurante del hotel, conoció a un hombre con el que terminó en la cama. De allí en más, a los rituales de los gladiolos agregó el de encuentros sexuales furtivos siempre con un hombre diferente. Y así sigue la historia, con los conflictos interiores del personaje y los que comienza a tener con su marido macanudo.
Obviamente que el relato tiene todos los condimentos del escritor colombiano: la sensualidad de los encuentros sexuales, la creación de un ambiente tropical empobrecido y de un personaje femenino atractivo, aunque no del todo comprensible. Sin embargo, la historia no deja más que un cierto eco de su literatura. Tiene un comienzo sumamente detallado y algo aburrido, el ritual de cementerio más sexo se estanca y el final inesperado es poco convincente.
Hay algo profundo que García Márquez quería transmitir con esta novela y que no pudo concretar. Algo relacionado con la existencia, con el amor y la muerte, quizás con la libertad femenina. Pero eso no se lee, se intuye. ¿Es necesaria esta novela? La respuesta sería no. ¿Empaña la trayectoria del genial García Márquez? La respuesta sin dudas es no. Deja sí un sabor amargo por el sufrimiento que implicó tratar de escribirla y la certeza de que su literatura vive en sus otros libros.