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    “En esta pausa obligada, solamente vengo a decir, una vez más, eso que siempre he dicho”

    Fidel Sclavo: 25 años como diseñador e ilustrador de Banda Oriental, publica todos los días una postal de la cuarentena

    En el origen fue Tacuarembó, ciudad donde nació en 1960, comenzó a dibujar y vivió hasta 1977 cuando vino a Montevideo para estudiar preparatorios de Arquitectura. Ahora Fidel Sclavo está aquí de nuevo, en su apartamento de Pocitos, esperando que la pandemia dé un respiro y le permita regresar a Buenos Aires, donde reside desde hace años. Mientras espera, escucha música, lee, cocina y dibuja postales de trazos delicados. Minimalistas, como todo en su obra. Las postales tienen siempre un personaje con un libro abierto, porque el lema que las guía es “Quedate en casa leyendo”. Sclavo sube una de estas postales por día a su Instagram, y la editorial Banda Oriental lo hace en su página oficial. También la editorial está celebrando los 25 años de Sclavo como diseñador de sus libros, y lo festeja publicando sus tapas. Fotógrafo, artista plástico y escritor, para Sclavo todas estas disciplinas tienen un denominador común: “Los pequeños gestos cercanos a la nada o al silencio”. En su trayectoria hay varios premios y varias ciudades: estudió y trabajó en París, Barcelona, Nueva York y Buenos Aires. “Todos mis yo estamos ahí, diseminados, en el tiempo y el espacio. Algo que bien podría ser representado con el título de la última canción de Bob Dylan, Yo contengo multitudes”, dice a Búsqueda sobre lo que le dejaron estas ciudades. Su último libro, que es su primera novela, se llama Yo soy el que no está, un título que complementa con la foto sin rostro de la tapa. Es un relato construido con breves fragmentos autobiográficos y difícil de encasillar en un género. “Me siento cómodo pasando de un territorio a otro y eso, lejos de generar cualquier tipo de incomodidad, me enriquece. Llevo agua de un molino a otro, y al final del día termino con mucha menos sed”, le contesta a Búsqueda por correo electrónico, porque Sclavo es un hombre sin videollamadas y sin celular.

    —En Yo soy el que no está, recordás a tu padre, con quien al parecer no tuviste la mejor relación. ¿Cuánto influyó su prisión en ese vínculo?

    —Entiendo que pueda leerse que no fue una buena relación, pero en rigor tampoco es tan así. La mayoría de las relaciones entre padres e hijos pueden sonar de esa manera cuando uno habla con sinceridad. Muchas veces lo que sucede es una comunicación entrecortada, donde por algún motivo no puede expresarse el afecto de una manera directa, la cual se da solamente por sobreentendidos. En cualquier caso, lo que hablo en el libro no intenta ser un ajuste de cuentas, sino una declaración de amor, donde uno se pregunta por qué motivo la relación no pudo darse de una manera más fluida, relajada, natural. En cuanto a los años de prisión, no tengo duda de que fueron mucho peores para él que para aquel joven que era yo, que siguió con su vida y sus amigos. Recuerdo con mayor angustia todos los meses previos, con gente vigilando la casa y allanamientos recurrentes, cuando existía ese temor o amenaza a que sucediera lo que luego ocurrió. Entre tantas cosas de su personalidad y enseñanza, mi padre me inculcó el respeto por el arte como un bien preciado. El amor por la literatura, la música, la pintura, el cine eran los verdaderos valores en mi casa.

    —¿Es cierto que un día llenó una piscina de sapos?

    —Mi padre era químico y tenía un laboratorio de análisis, donde entre otras cosas hacían test de embarazo. Lo que ahora se sabe en pocos segundos con un Evatest, en esa época se hacía con una reacción en la que intervenía la orina de un sapo. Debido a eso, siempre hubo sapos en mi casa o en el laboratorio, que era una casa vecina. Ignoro dónde los guardaba antes, pero cierto día la piscina de mi casa dejó de ser lo que era —una diversión para mis amigos, hermanas y para mí— y pasó a ser la casa de los sapos, luego de sacarle el agua y llenarla de barro. Acaso los sapos ya no entraban donde los guardaba antes, no lo sé.

    Yo soy el que no está se presenta como una novela, pero se acerca un poco más al diario o libro de memorias. ¿Cómo surgió?

    —Jamás lo pensé como un diario o libro de memorias, sino todo lo contrario, por más que lo escrito sea autorreferencial. En todo caso entraría dentro de eso que llaman “la literatura del yo”, si fuese necesario ponerle alguna etiqueta. No es una novela en el sentido tradicional del género, pero sí fue pensada como tal. El orden no es arbitrario, ni tampoco los silencios entre un párrafo y otro, que a menudo juegan calladamente con lo que viene antes o vendrá luego. Está escrito en tres niveles. El primero es el de la memoria de un tiempo vivido, momentos de niñez y juventud, que por alguna razón imprimieron más que otros y se quedaron. El segundo, de datos externos, fríos o enciclopédicos, que en apariencia no tienen mayor relación con lo anterior (sobre las ardillas, la grabación de un disco de Brian Eno, etc.). El tercero, información sobre lo que estaba sucediendo en ese momento de la escritura y no en el pasado (lo que dice un reloj de la plaza, las luces que se prenden en la calle, una pascualina que se cocina al horno). Del diálogo, aparentemente inconexo, entre esos tres niveles, es de donde surge la narración que a manera de hilo invisible va uniendo los fragmentos dispersos.

    —¿Quedó algo de tus estudios de arquitectura en tus obras?

    —Estudié Arquitectura porque Bellas Artes estaba cerrada en aquellos años, no porque fuera algo que me gustara. Tenía dibujo, me dijeron. Ese fue el argumento con que me convencieron y yo accedí, de manera ingenua. Pero obviamente es tan errado como si me hubiese gustado la Historia, materia que también existe en Arquitectura. No sabría decir si hay algo de arquitectura en mi obra, aunque acaso un arquitecto pudiera decir que sí. Más bien tiendo a pensar todo lo contrario. Pero, por otra parte, todo lo que hicimos en algún momento nos hace ser quienes somos. Recordando un dicho de mi querido Carlos Maggi: todos los pelos van para el peine.

    —“No hay nada más diferente que lo que parece igual a sí mismo”, dijiste en 2011 a propósito de una de tus exposiciones. ¿Cómo lo explicarías hoy?

    —Seguramente lo dije aplicado al minimalismo. Me refería a eso que parece similar pero no lo es, como por ejemplo, las pequeñas baldosas de color en la fachada de un edificio, que lucen todas iguales, pero si mirás bien hay pequeños semitonos entre una y otra. En charlas o talleres suelo poner el ejemplo de esas tiendas de electrodomésticos que tienen un montón de televisores encendidos con la misma imagen. Si mirás la vidriera sin demasiado interés, te parece que son todos iguales. En cambio, si vas a comprar uno, o hacés foco en ellos por alguna otra razón, comprobás que son totalmente diferentes las imágenes: una es más rojiza, otra ensancha las caras un poco, la de al lado es algo borrosa, y así. También ocurre cuando intentás repetir un chiste donde antes todos se rieron y ahora no hace gracia, o volver con tu pareja a un sitio porque la vez anterior fue precioso. Parece todo igual, pero no sucede eso que sucedió la vez anterior.

    —¿Qué maestros uruguayos de las artes plásticas te marcaron?

    —Estudié desde los 10 años con Gustavo Alamón hasta que me vine a Montevideo. Fue él quien me dio todas las herramientas primeras, me enseñó a ver, a pintar, a discernir entre una cosa y otra. Además de cumplir otros roles, paternales y fraternos, que seguramente nunca supe agradecer del todo. Quizá desde afuera no pueda verse tan clara su influencia en mi trabajo, pero él fue fundamental en mi enseñanza y desarrollo.

    —El fotógrafo Duane Michals fue uno de tus maestros. ¿Te atrae especialmente la fotografía en blanco y negro o los retratos?

    —Toda la fotografía me atrae. Pero en Michals especialmente —con quien también estudié en la School of Visual Arts de Nueva York— aprendí entre otras cosas que uno puede rescatar algo que había quedado mal en un principio. Y que una foto no tan buena puede transformarse en una buena obra al agregarle un texto debajo que la justifique. De hecho, uno de mis primeros premios —una bienal que organizaba Coca Cola a principios de los 80— era justamente un ejemplo de eso. Había fotografiado unos arcos de fútbol en la rambla de Punta Carretas. Las fotos no estaban mal, pero las copias eran en un papel de poco gramaje que tenían un laminado plástico que las terminaba arqueando y quedaba todo bastante poco profesional. Las pegué sobre un cartón marrón y escribí debajo con tinta, describiendo todos esos inconvenientes que habían convertido eso en algo fallido y un desastre inesperado. La combinación de esas dos cosas —fotos imperfectas y texto sincero— dio pie a una tercera, que era más interesante que las dos por separado. Ese fue uno de mis primeros premios. Y es pura enseñanza de Michals.

    —¿Hay alguna influencia del cine en tus obras?

    —Mi “educación sentimental”, por decirlo de alguna manera, está formada por el cine. He sido y sigo siendo un dedicado espectador de cine. No tengo dudas de que sí está presente y aparece bajo formas a veces menos explícitas que otras. Pero de igual manera que algunos cuadros icónicos, en paralelo están presentes en mi cabeza algunos encuadres inolvidables de Bergman o Wenders, una secuencia de Truffaut o Hitchcock, que pesan tanto o más que un cuadro de Morandi, Rothko o Agnes Martin.

    —¿Cómo surgieron las postales de la cuarentena?

    —Cualquier actividad, por más alejada que parezca, siempre está dentro de un contexto y se ve influenciada por él, aunque intentes alejarte o que no te toque. Si eso es cierto en cambios mínimos del mundo exterior, como la diferencia entre un día de sol y uno de lluvia, algo como esta pandemia que moviliza al mundo entero es muy difícil que no sea un tema más o menos explícito en tu creación artística. La idea fue acompañar el momento tratando de poner el acento en ciertos aspectos de la armonía en esta nueva situación obligada, tratando de ver un poco el medio vaso lleno, para tomar conciencia social desde la belleza y no dar un discurso desde el miedo o la parálisis. También es cierto que no es algo ajeno a mí, sino que siempre he tenido como concepto en mi obra —como creador y también como espectador— el no ir tan apurado, el detenerse, el volver a mirar. En esta pausa obligada, solamente vengo a decir, una vez más, eso que siempre he dicho.

    —¿Extrañás Buenos Aires en esta estadía obligada en Montevideo?

    —Me alegra que el azar me haya hecho pasar este tiempo acá. Por varias razones prefiero vivir esta situación de este lado del río. Más allá de eso, sí, extraño mi casa en Buenos Aires, mis mesas de trabajo, la luz de las ventanas, mi rutina. Pero estoy bien aquí, donde no permanecía tanto tiempo desde hace muchos años, más que unos pocos días cada tanto.

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