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    “Es una vergüenza el estado del Parque de las Esculturas”

    Mariano Arana: a los 83 años continúa su carrera política en la Junta Departamental

    Fue dos veces intendente de Montevideo, ministro de Vivienda y senador, pero mucho antes había sido fundador de la editorial Banda Oriental y docente en la Facultad de Arquitectura, de donde egresó. “Siempre arquitecto”, aclara Mariano Arana en su actual despacho de edil cuando se le pregunta por la actividad que lo define. Justamente sobre su profesión habló en la Junta Departamental de Montevideo, al rendirle homenaje a la Facultad de Arquitectura que cumplió cien años en 2015. Allí recordó a Julio Vilamajó, a Mauricio Cravotto, a Juan Antonio Scasso o a Leopoldo Agorio, y sus obras más emblemáticas. Hijo de madre gallega, que llegó con sus seis hermanas “en situaciones económicas dramáticas”, de un pueblito cercano a La Coruña, Arana conserva a sus 83 años un aspecto informal, de camisa sin corbata y barba candado. Y a pesar de los vaivenes políticos y de los tres bypasses que le colocaron hace diez meses, también conserva la vehemencia de aquel arquitecto que hacia fines de la dictadura salió en defensa de la ciudad y de su memoria. Sobre su trayectoria, convicciones y decepciones, mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.

    —¿Cómo se siente en el cargo de edil?

    —Bueno, estoy inmerso en los temas de la ciudad, algo que me apasionó desde mucho antes de sospechar que podría estar en un cargo público vinculado a la política. Cuando en la Vertiente Artiguista se decidió apoyar a Daniel Martínez como candidato a la Intendencia de Montevideo, me pareció que también tenía que apoyarlo desde el gobierno departamental. Pensé en figuras como Julio César Grauert, que culminó su trayectoria dentro del batllismo en la Junta Departamental.

    —¿Cómo llegó a la política?

    —Es que yo no llegué, me empujaron. Me negué de todas las maneras posibles a ser candidato a intendente por el Frente Amplio en 1984. Un domingo, el último día en que los partidos habilitados podían llegar a proponer candidatos, me llamaron varias personas, entre ellas algunos colegas. También Hugo Batalla, quien ya me lo había adelantado un 20 de mayo, en el Cementerio Central, al recordar los asesinatos de Michelini y Gutiérrez Ruiz. Pensé que era una locura, y me negaba y me negaba. Al final todo se decidió en unas diez horas.

    —¿Antes no había actuado en política?

    —Desde joven apoyé siempre las corrientes de avanzada, o como quiera llamárseles, quizás más que por un aspecto ideológico por sensibilidad humana. Con mi hermano frecuentábamos la iglesia metodista, la que está frente al Monumento al Gaucho. Allí conocí gente extraordinaria en momentos en que fueron una verdadera referencia ética y de cultura cívica, como el pastor Castro, o en la Iglesia católica Carlos Parteli o Perico Pérez Aguirre. Creo que el mensaje evangélico hizo que fuéramos particularmente sensibles con el más postergado.

    —¿Sigue siendo creyente?

    —Sí, aunque no practico.

    —Su nombre se hizo público en la dictadura por el audiovisual Una ciudad sin memoria. ¿Cómo surgió la idea?

    —A partir de un encuentro de arquitectos y economistas uruguayos, argentinos, brasileños y chilenos, nos pusimos a trabajar para denunciar las barbaridades que había hecho la dictadura al desafectar edificios históricos y conjuntos urbanos. Eso permitió el boom de la construcción de los años 80, que en general es el boom de la destrucción. Entonces salimos a denunciarlo en una patriada brutal. No éramos nostálgicos que defendíamos solo el pasado, sino también el presente, aunque algunos nos llamaban “los preservativos”. Hicimos un primer audiovisual sobre Ciudad Vieja que se llamó Una ciudad sin memoria. Estábamos defendiendo el patrimonio arquitectónico, paisajístico, ambiental y también poblacional. El audiovisual lo hicimos como podíamos, nos importaba menos la calidad que el mensaje. Y había que ser elocuente porque era poco lo que se podía decir. Aquello tuvo una gran resonancia y varias veces fuimos a declarar a la comisaría. Después hicimos un segundo documental que se llamó. A quién le importa la ciudad.

    —Ahora hay edificios históricos abandonados o demolidos, como ocurrió con el de Assimakos…

    —En el de Assimakos tendrían que haber mantenido la fachada con el elemento caracterizador de la obra del arquitecto Jorge Caprario. Me emocionó ver cómo la gente común salió a protestar contra su demolición. Un día vi un cartel enorme en ese predio que decía “A quién le importa la ciudad”. Casi se me saltan las lágrimas. También me sorprendió la actitud de algunos técnicos municipales que en lugar de ser sensibles con lo que estaba sucediendo, estaban nerviosos porque el edificio no estaba protegido. No era lo mejor de Caprario ni de la arquitectura nacional, pero era significativo y la población se sentía identificada. Nosotros en el Frente Amplio decimos que tenemos que escuchar a la gente. Entonces no entendí esa actitud y me calenté mucho.

    —Se está discutiendo la autorización para instalar una estatua de la Virgen María en la Rambla. ¿Qué opina?

    —Me parece increíble que se esté discutiendo eso como si fuera un problema. Colectivamente no hemos tomado postura, pero hay que ser amplios. Hace poco pude ver unas imágenes de esa escultura y me quedé tranquilo de que va a ser blanca porque es mejor para un ámbito colectivo. Yo me opuse a que colocaran la escultura de Juan Pablo II en Tres Cruces porque estaba muy bien en el lugar original, en el atrio de la iglesia de Bulevar Artigas y Goes. Esa escultura es de una elaboración soberbia y de un porte increíble. ¿A quién se le ocurre ponerla en un lugar en el que no se la puede apreciar? Parece que está conduciendo el tránsito.

    —¿Qué obras de los últimos años le molestan?

    —No sé cómo un gobierno del Frente Amplio permitió la duplicación comercial del shopping de Tres Cruces y la construcción de una terminal de ómnibus que desde el punto de vista urbanístico es una aberración. También es una vergüenza el estado del Parque de las Esculturas, que está al lado del Edificio Libertad. Todos deberíamos hacer algo con ese parque, el gobierno nacional y el municipal. También es un error que se haya suspendido el proyecto que ganó por concurso un grupo de arquitectos uruguayos para la remodelación de la vieja Aduana y la Atarazana antigua. Ahora es indecoroso ese entorno portuario.

    —¿Por qué defiende el Antel Arena?

    —Salí apasionadamente en televisión para que no se suspendiera la construcción. Cuando me vi dije: “Me van a echar del Frente”. Me pareció un disparate porque cualquiera sabe que retomar una obra después de suspenderla sale más caro. Va a ser una construcción para el presente y para el futuro. Hay que aprender de lo que hizo Batlle y Ordóñez, quien tuvo una gran audacia en momentos en que la economía no era sustancialmente próspera. En su época se construyeron edificios fundamentales para la educación, como la Facultad de Veterinaria, la de Agronomía, el Instituto Vázquez Acevedo. El Antel Arena es algo más que un centro deportivo y de espectáculos. Puede ser el más importante centro para el anclaje internacional de congresos.

    —La basura en Montevideo, ¿tendrá solución algún día?

    —Hay que contemplar aspectos técnicos que fueron desgraciadamente postergados. El equipo de Daniel Martínez tiene claro que no puede ser que se multiplique el número de contenedores y correlativamente no se multiplique el número de camiones recolectores. Hay que aprender de otras ciudades, aunque no tengamos las mismas condiciones económicas. Cuando estuve en Barcelona había un eslogan: “Barcelona, ponte guapa”. Y la gente con un sentido de orgullo local se comportaba con gran conciencia.

    —¿Por qué no se puede crear esa conciencia en Montevideo?

    —Hay que tener un mensaje machacón, como cuando había cólera y se convenció a la gente de que tenía que lavarse las manos. Hay que ir a las escuelas, porque si convencés a los niños de que no se tiran los papeles en cualquier lado, ellos después les enseñan a los adultos, que son los que están contaminados.

    —¿El caso Bengoa fue su momento más difícil en la Intendencia?

    —No, para nada, no me puse ni nervioso. Yo no lo conocía y me habían hablado maravillas de él. El gobierno municipal era un gobierno de equipo, quien tenía la decisión final era yo, pero todo se discutía en el Directorio, donde no todos éramos frentistas. La crisis económica de 2002 fue un momento difícil porque fue imposible cumplir con el contrato que se había firmado con Adeom y con los compromisos con la ciudadanía.

    —¿Qué recuerdos tiene de Seregni?

    —Lo extraño todos los días. Recuerdo aquel primer acto de creación del Frente Amplio. Yo no lo conocía y me deslumbró su discurso. Ahora fui al festejo de los 45 años del Frente y lo que más me conmovió fue ver un audiovisual con el discurso de Seregni cuando decidió renunciar a la dirección y llamó al respeto mutuo en la interna.

    —Ahora es una interna cada vez más dividida…

    —Me preocupa mucho. ¿Dónde se ha visto una coalición que tiene 29, 30 grupos? ¿Qué tantas variantes ideológicas podemos tener? No puedo creer que haya tantos perfiles diferentes.

    —¿Está decepcionado con el rumbo de la izquierda?

    —He sido muy crítico con muchas medidas y lo sigo siendo. Una cosa es sustentar las ideas básicas de un gobierno con el que me siento comprometido, pero ya lo he dicho: puedo tragar algún sapo, pero no trago camellos. Sin embargo, justamente inspirado en el mensaje excepcional de Seregni, sigo creyendo en esta fuerza política.

    —Se lo ve muy seguido en funciones de teatro, ¿qué le ha gustado últimamente?

    —Voy al teatro, a las exposiciones, al cine. Me parece excepcional lo que hace Roberto Suárez, director de Bienvenido a casa. También es muy bueno Santiago Sanguinetti, igual que Sergio Blanco, director de Tebas Land, que vi hace poco.

    —¿Cómo conoció a China Zorrilla?

    —Bueno, eso daría para otra entrevista. Yo estaba sacando fotografías un domingo en Morini para Banda Oriental. Entonces entró ella y no sé bien por qué me preguntó si era argentino. Ahí empezó a hablarme sin parar y me contó que el actor norteamericano Danny Kaye estaba en su casa. Me invitó a conocerlo y terminó subiéndose a mi coche, que era un Isetta, de aquellos que se abrían por adelante. En la casa estaban reunidos todos los Zorrilla. Los únicos mudos eran su padre, el escultor Luis Zorrilla, y Danny Kaye, quien decían era novio de China. Mientras que la madre, Bimba, y todas las hermanas eran un jolgorio. Ese día pensé que estaban todos locos. Después fuimos muy amigos y nos divertimos mucho, era excepcional, no solo como actriz.

    —¿Hay algo que le hubiera gustado hacer y no pudo?

    —Dirigir una orquesta de cámara. Fui estudiante de violín, pero era pésimo, la humanidad se salvó de mí. Estuve en coros universitarios, me gustó siempre la música, casi tanto como la arquitectura.

    Vida Cultural
    2016-03-10T00:00:00

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