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    “Espíritu de la época” y competencia electoral

    Nº 2266 - 29 de Febrero al 6 de Marzo de 2024

    Hace dos semanas leí una de las frases más perspicaces en mucho tiempo. La formuló Luis Mardones (un exdirigente del Partido Socialista de Uruguay) en un reportaje publicado por el semanario Voces. Dijo Luis: “Pero con el paso del tiempo estoy cada vez más convencido de que existe lo que los alemanes llaman ‘el espíritu de la época’. En los 60 fue la revolución. En los 80 fue la democracia. En los 90 fue el neoliberalismo (…). Con independencia de que ocasionalmente pueden ganar en América Latina o en Europa o Estados Unidos gobiernos de izquierda o progresistas, (hoy) el espíritu de la época es de derecha”. La aseveración merece una glosa con derivaciones hacia la competencia electoral en marcha.

    ¿Qué es el espíritu de la época? Podemos definirlo como el conjunto de creencias descriptivas (es decir, referidas a cómo es el mundo) y causales (esto es, relativas a por qué el mundo es como es) que predominan en un contexto determinado. Se trata, como puede verse, de un concepto muy abstracto. Requiere, por tanto, algunas precisiones. La primera es que, en sociedades libres, siempre hay distintas creencias que compiten en el mercado de las ideas. Por ejemplo, el ideal de la revolución socialista en los 60 competía con otros paradigmas teóricos como el desarrollismo y el liberalismo. La segunda precisión refiere a la tensión entre lo global y lo local. La idea de revolución supo conmover al mundo. Pero no tuvo la misma centralidad en América Latina que en los Estados Unidos.

    Sin perjuicio de los recaudos anteriores, estoy de acuerdo con Mardones: el espíritu de la época es de derecha. Lo es, en primer lugar, porque el socialismo se hundió en el desprestigio. Tras la implosión de la URSS y la desarticulación del otrora extenso y poderoso “socialismo real”, quedó claro el altísimo costo social de los experimentos socialistas latinoamericanos (Cuba y Venezuela). Hace mucho que el ideal de la mayoría de los jóvenes no es luchar por la revolución sino vivir bien y ganar dinero, de ser posible, mediante algún emprendimiento personal. El espíritu de la época es de derecha, en segundo lugar, porque aquí y allá está de regreso el nacionalismo hasta en sus versiones extremas. Lo vimos hace algunos años en el discurso de Trump (“make America great again”) y lo vemos ahora en las imágenes de los productores agrícolas europeos manifestando en Bruselas contra la apertura comercial. La época giró a la derecha, en tercer lugar, porque la ciudadanía anhela mucho más intensamente orden público que justicia social. La demanda de autoridad deriva, en parte, del aumento de la criminalidad. Pero también forma parte de la onda expansiva del backlash moral, es decir, de la reacción de una parte muy importante de las sociedades contemporáneas a las transformaciones en normas y prácticas ocurridas durante gobiernos de izquierda a instancias de las corrientes de izquierda, feministas y LGBT (lesbianas, gais, bisexuales y transgénero).

    Decir que el espíritu de la época es de derecha no significa afirmar que el Frente Amplio no pueda ganar la elección nacional de este año. Pero es un dato contextual de primer orden. La campaña electoral que se viene, desde el punto de vista de los grandes asuntos en discusión, va tomando un tono de derecha. Hay dos asuntos de gran importancia para la opinión pública que encajan mejor en el universo conceptual de la derecha que en el de la izquierda.

    El primer asunto es el problema del orden. El auge del crimen fue una de las razones de la derrota del FA. La seguridad ciudadana ocupó un lugar muy importante durante la campaña electoral pasada. Jorge Larrañaga, prácticamente solo, estuvo a pocos votos de lograr la aprobación, plebiscito mediante, de la reforma constitucional Vivir sin Miedo. No es casualidad que, en el capítulo 6 del Compromiso por el país firmado por quienes respaldaron la candidatura presidencial de Luis Lacalle Pou, pudieran leerse, entre otras, estas dos medidas: “(i) Declarar formalmente la emergencia nacional en seguridad pública, a fin de iniciar el combate frontal al delito en todas sus modalidades. Hace falta ejercer plenamente la autoridad atribuida por la Constitución y la ley para la conservación del orden público y la protección de los habitantes de la República. (ii) Establecer el combate frontal al narcotráfico mediante una acción permanente sobre ‘bocas’ de expendio, rutas y puntos de acceso al país, utilizando e integrando todos los recursos disponibles en el Estado”. El gobierno no tuvo los resultados que esperaba, pero implementó una gama muy amplia de políticas públicas, desde la “mano dura” inicial hasta el programa Cure Violence del Ministerio del Interior y sus “interruptores”. La lucha contra el crimen, si mi lectura es correcta, sigue siendo un tema en el que la derecha se mueve más cómoda que la izquierda, como lo demuestran sus respectivas posiciones en la reforma constitucional que se plebiscitará en octubre sobre allanamientos nocturnos: a favor, la coalición de gobierno; en contra, el Frente Amplio.

    En segundo lugar, y es posible que esto sea menos global y más local, el problema de la carestía. Acá también advierto una ventaja competitiva para la derecha. Uno de los sentimientos públicos más extendidos es que Uruguay es un país caro. Lo dicen todos, empresarios y trabajadores, inmigrantes y emigrantes. La “carestía” ya fue tema durante la campaña electoral de 2019. No en vano la oposición de aquel momento prometía bajar impuestos y tarifas. Pero la cuestión de cómo hacer que producir, trabajar y consumir en nuestro país sea más barato ha cobrado todavía más importancia que en el pasado. Como en el tema de la seguridad, la oposición puede cargar las tintas contra el gobierno. Pero sospecho que le resulta más difícil a la izquierda que a la derecha proponer soluciones. Las propuestas de la derecha se explican fácilmente y están de moda (entre otras razones, gracias a Javier Milei): los precios bajan si aumenta la competencia, se reforma la legislación laboral y se “achica” el Estado. Desde luego, no es lo mismo decirlo que hacerlo. Pero ¿cuál es la solución de la izquierda? ¿Cómo espera bajar el costo de vida en Uruguay cuando piensa en el Estado como palanca para impulsar el desarrollo económico y la justicia social? El FA tiene, en este tema, un desafío programático y discursivo mayor.

    Las candidaturas importan. Pero no más que los temas de campaña, inseparables del espíritu de cada época.