Vive en medio de las montañas, en una zona donde el bosque tropical está prácticamente virgen, inmerso en una masa nubosa, por eso se lo llama el bosque nublado. En verano todo adquiere el color ocre de la sequía y en la temporada de lluvias “todo cambia y se pone verde y lujurioso”. A más de 1.000 metros de altura, donde “las nubes nacen de las quebradas y suben por las montañas” y conviven aves de todo tipo con felinos y serpientes, tiene su casa Germán Cabrera Traversoni. El lugar se llama San José de los Altos, está en el estado de Miranda y a 20 minutos de Caracas. Nombrar a Cabrera con sus dos apellidos se hace necesario porque se llama igual que su padre, Germán Cabrera (Las Piedras, 1903-Montevideo, 1990) y porque igual que su padre es escultor, entre muchos otros oficios vinculados al arte. Él nació en 1950 en Venezuela, a donde habían llegado su padre y su madre, la profesora de historia del arte, Blanca Traversoni, como miembros de una misión pedagógica en 1947. Desde entonces, el periplo de Cabrera estuvo entre Caracas y Montevideo. En su juventud integró el MLN y estuvo preso antes del golpe de Estado. Cuando salió libre, regresó al trópico, formó una familia y allí permanece desde hace 46 años, rodeado de una “guardia pretoriana” integrada por perros filas brasileños, un pastor alemán y otros perritos recogidos de la calle. “Aquí hay que tener perros porque estamos muy alejados y solos”, explica. También conviven desde hace ocho años con Sofía, una mona araguato adulta. Hasta fines de marzo, el edificio de la Corporación Andina de Fomento (CAF), inaugurado en 2018 en Montevideo, volvió a unir a Cabrera padre e hijo a través del arte en una muestra dedicada a escultores uruguayos. La pieza del padre es de 1961; la del hijo de 1998 y pertenece a la colección del artista Daniel Benoit, quien compró algunas de sus obras en los años 90. Desde el bosque nublado, Cabrera continúa dedicado al arte y a la atención de un restaurante-posada, Pozo Suruapo, que construyó hace 15 años al lado de su casa y atiende con su esposa Natacha. También desde el bosque nublado mantiene una activa participación en las redes sociales en oposición al chavismo. De su trayectoria y de la situación en Venezuela intercambió mensajes de voz con Búsqueda a través de WhatsApp, una alternativa de comunicación en tiempos de apagones.
—Antes de empezar como escultor y pintor, había desarrollado otros trabajos. Hice diseño gráfico para organismos públicos y privados en Venezuela, previo al chavismo. Jamás he colaborado con ningún organismo oficial ni he recibido nada cercano al chavismo desde que se instaló este régimen aquí. Trabajé bastante en ilustración, en la Universidad Central de Venezuela, en videos de animación en papel para programas de formación docente. Es una hermosa universidad, patrimonio artístico de la humanidad, con una colección de esculturas y murales de artistas nacionales e internacionales envidiables y unos jardines muy bellos. También participé en El cuatro de hojalata, un cortometraje dirigido por el uruguayo Alberto Monteagudo, hecho cuadro a cuadro con plastilina, que fue premio nacional de Cortometraje en Venezuela en 1979. En los años 80 hice escenografías para eventos en grandes salones, fue una experiencia importante y exigente. Cuando empecé a construir esta casa, contraté a un herrero chileno para la soldadura de la estructura en hierro y retomé lo que me había enseñado mi padre.
—Como me fui muy pequeño, viví el trópico a través de los cuentos de mis padres, que me hablaban de los ríos llenos de caimanes y de los murciélagos en los árboles de Caracas. Cosas que impresionan a un niño. En ese momento, se desarrolló un proceso de violencia política y mi mamá narraba historias terribles. A veces tenía que poner un colchón en las ventanas para atajar los disparos que venían de la calle. Un día abrió una gaveta del escritorio donde estaba dando clase y adentro había una granada. Entonces entró en pánico. Le dijo a mi padre que se quería volver a Uruguay, pero el viejo estaba muy tropicalizado. Entonces me fui con ella. Al poco tiempo mi padre regresó a Montevideo. Estuvieron juntos hasta 1962, cuando se divorciaron.
—¿Cuánto influyeron sus padres en su creación artística?
—Mis padres eran personas muy inteligentes y preparadas, y muy auténticas en su forma de enfrentar la vida, no eran intelectuales herméticos. En mi casa de Montevideo se respiraba un ambiente de creación. Las estanterías estaban repletas de piedras llevadas del Caribe y de maderas con formas escultóricas. Incluso alguna serie que hizo mi padre de esculturas estaba inspirada en los corales recogidos en la orilla. Increíblemente, después yo repetí la historia y fui recolector de piedras y corales aquí en Venezuela, y siempre decoré las casas con raíces y esqueletos de animales. Nunca estudié arte, pero desde los 16 o 17 años dibujaba mucho y pintaba, incluso empecé a hacer unas piezas de terracota policromada, pintada al frío. Para mi sorpresa tuvieron mucho éxito en la galería Bruzzone, en la Peatonal Sarandí. También hacía lámparas de hojalata. Eran trabajos de posadolescente, sin ninguna pretensión artística. Mi padre me había enseñado a manipular los materiales para dominarlos, pero nunca quiso contaminarme con su forma de ver el arte. Él construyó una casa-taller en la calle Sarmiento y Luis de la Torre, muy moderna, con un criterio muy diferente al de los hogares de mis amigos. Las paredes se habían hecho con vaciado de concreto y tenían las marcas de las tablas, no se habían revestido de revoque y estaban pintadas de distintos colores. Había muebles de diferentes estilos, mezclados eclécticamente, algunos recuperados de la casa de mi padre en Las Piedras. El centro de esa casa era el taller del viejo, muy grande, de doble altura, con una claraboya arriba por donde entraba la luz. La puerta era de caoba, tallada, hermosa. Por allí pasábamos del comedor al taller, que era como un santuario. Mi padre dedicaba su vida al taller, se levantaba a las seis de la mañana y se iba a trabajar. También daba clases, refunfuñando. Nunca fue lo suficientemente estable como para dejar la enseñanza de Dibujo en el Dámaso.
—Cuando regresó a Venezuela en 1973, ¿retomó enseguida su carrera artística?
—Cuando llegué a Venezuela después de haber estado dos años preso, retomé el trabajo en terracota policromada con temas que me impresionaron aquí: creencias, brujería y fauna venezolana. Era un momento muy bueno desde el punto de vista económico y social. Para mi sorpresa, tuve una serie de pequeños éxitos económicos y de crítica en Caracas, que me permitieron despegar y por fin instalarme. En ese momento estaba muy contaminado por el asunto ideológico y decía que no era un artista sino un artesano. Esas tonterías cuasi religiosas que teníamos aquellos que nos considerábamos revolucionarios y de las que me costó tanto desprenderme. Igual tontería era avergonzarse por algún bien material que se pudiera tener por considerarlo una deformación pequeño-burguesa. Me costó muchísimos años entender que estábamos equivocados y que ese no era el camino. Y pude declararme librepensador recién en los 80. Para mí fue un hito en mi existencia.
—También hizo escenografías y grandes esculturas. ¿Continúa en esos trabajos?
—Cuando tenía 34 años me contrataron para que armara la seguridad de un parque infantil y lo decorara. Hice una cerca de hierro de dos metros de altura y 200 metros lineales de mural con láminas en forma de animales alrededor del parque. Eso desapareció porque cuando llegó este gobierno sacaron todo y no sé en dónde estarán esas láminas. Ahí retomé el trabajo con el hierro y las grandes esculturas. Primero hice una serie llamada los Mega Ferrum, que eran grandes conjuntos de elementos escultóricos entre los que se podía transitar. También hacía personajes humanos, con retazos de láminas de varilla de hierro, sentados sobre sillas octogonales. Mezclaba elementos geométricos y biológicos. Estuve trabajando muchos años en eso e hice muchas exposiciones en Caracas. En 1996 empecé a hacer viajes a Uruguay y Argentina para exponer allá. Me llevé algunas esculturas de formato pequeño y algunas pinturas. La primera exposición que hice fue en el Cabildo de Montevideo, que dirigía Alicia Haber. Después expuse en el Museo de Arte Contemporáneo de El País, dirigido por María Luisa Torrens y también en algunas galerías, en Arteba de Buenos Aires y en el Centro Cultural Recoleta. En esa época tuve una gran producción y en el Buceo monté un taller de escultura donde dicté cursos durante un año y medio. Últimamente he vuelto a trabajar con esculturas grandes y tengo una exposición en El Hatillo, un pueblo cercano a Caracas, muy turístico. Allí hay una galería que se llama Utopía 19 y acabo de exponer ocho piezas hechas con una madera que se llama urape, o pata de vaca, que tiene un corazón anaranjado bellísimo y encontré en árboles caídos en la quebrada. La muestra se llama El bosque nublado, y es como un retrato de mi entorno.
—¿Cómo es la actividad cultural hoy en Venezuela?
—Aquí hubo siempre una vida cultural febril de galerías exitosas y de museos. El Sofía Imber tiene una de las mejores colecciones de arte internacional. Pero después del chavismo se volvió trizas y dejó de enriquecer su acervo. Esto fue como la invasión de los hunos en Europa. Acabaron con todo detrás de una utopía que nunca se llegó a concretar, y se transformó en una orgía de corrupción, ineficacia e irresponsabilidad. La gente va a exposiciones y conciertos, pero de forma cada vez más menguada. Nadie puede salir de noche porque en Caracas te roban o te secuestran. Los cines y los lugares culturales cierran muy temprano. Se ha reducido todo a una ciudad triste por las noches. Una ciudad que acogió el exilio de todos los países latinoamericanos sin exigirles nada a cambio, ahora se ha transformado en esta oscuridad.
—¿A qué se deben los apagones?
—Ahora te estoy hablando en medio de un apagón que lleva tres días. Es el segundo gigantesco. Yo me defiendo porque tenemos una planta eléctrica que tuvimos la precaución de comprar hace unos pocos años, usada, y me vino muy bien para el restaurante. Los apagones se producen por falta de mantenimiento y porque se robaron millones de dólares que estaban destinados por el propio Chávez para las mejoras de las líneas de transmisión de todo el país. Esto se ha ido degradando hasta que colapsó. Nosotros tenemos un manantial propio en el terreno que da agua permanente. Es una bendición en un país en el que la gente sufre por agua. No es un supuesto, ni una afirmación vacía. Sufre porque no hay agua. Hasta hace poco, sobre todo en Caracas, el agua estaba racionada, la gente la recibía unas pocas horas y en los horarios más inverosímiles. Por lo tanto, a veces de noche se tenían que levantar a lavar ropa y a llenar pipotes de agua. Ahora con los apagones las estaciones de bombeo no funcionan. Es inenarrable lo que vive la gente.
—¿Cómo ve a la distancia su militancia en el MLN?
—Después del divorcio de mis padres muté de personalidad, me puse díscolo. Un día le dije a mi madre que quería integrarme al Partido Comunista y ella me dijo: “Mirá, Germán, si querés, trabajá con ellos, pero nunca te afilies, si no, cuando te vayas van a decir que sos de la CIA”. Esa frase fue fantástica porque desde un inicio pude ver de qué se trataba. Entonces, con mi espíritu romántico, la Revolución cubana, la muerte del Che y todo el contexto del Mayo francés, etc., fácilmente me radicalicé. Me metí en el MLN y en el aparato armado, porque no quería trabajar con las masas, sino ser un guerrillero heroico. Me integré en octubre del 69, con 19 años, caí preso el 2 de julio de 1971, estuve en Punta Carretas durante ocho meses, participé en la fuga, pero no me pude ir por un cambio de guardia. De ahí salí, pero me detuvieron en la puerta, fui a Jefatura y después a Punta de Rieles. Allí estuve más de un año y de ahí salí a los cuarteles. En setiembre de 1973 me dieron la libertad y me vine a Venezuela.
—Escribió el libro Un extupamaro en el trópico. ¿Tuvo alguna repercusión en Uruguay?
—El título no es mío, yo le había puesto Tango, plomo, tambor y guacamayas. La editorial (Sudamericana) quiso hacerlo más explícito y negociamos Un extupamaro en el trópico. Ahí narro todo lo que fue el proceso romántico de mi militancia y cuál fue mi liberación del dogma. Y hago una autocrítica muy severa. El libro no tuvo ninguna repercusión. En ese momento, 2015, había salido el de Amodio y, esto me lo dijo la editorial, había copado el espacio del tema tupamaro. Pero no es un libro político ni pretende ser una expresión de pedantería para perdurar. Es un libro de memorias, el retrato de una época y de un individuo.
Recuadro de la nota
? Chávez, Mujica y Guaidó