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    “Guerra”, una breve novela inédita de Louis-Ferdinand Céline

    Por Ch.

    La vida de Céline fue una locura. Varias geografías, puertos y ciudades, dos guerras mundiales. Del bando de los patriotas al bando de los colaboracionistas. El papel del héroe condecorado. El papel del traidor, que siempre es infame. El papel del escritor genial, cuyo estilo es inimitable. El papel del médico de provincias que hace lo que puede con pacientes que no tienen para pagar la consulta y le dan a cambio una gallina, un litro de leche, media docena de naranjas. Secuelas de la batalla como esquirlas de granadas y obuses, pero también malabarismo con las palabras. Una obra literaria de las más importantes del siglo XX, demencial y maldita, como la historia de esta pequeña novela ahora descubierta.

    Al final de la Segunda Guerra Mundial todo era un caos en Francia, como en muchos otros países europeos. Imaginen los andenes, los trenes, la gente. Imaginen a Céline en 1944, que había apoyado al bando equivocado y ahora desesperadamente intenta salir de su país. Imaginen un par de valijas repletas de manuscritos que resisten al desamparo entre el vértigo y la vorágine de los soldados que regresan del frente y sus familiares que los reciben con ansiedad y llanto. Céline logra huir, las valijas quedan a la intemperie, huérfanas, nadie sabe dónde. La historia se acelera. Céline es condenado y encarcelado, finalmente, redimido en gran parte gracias a su literatura. Vuelve a Francia y trabaja como médico de provincias. Muere el 1º de julio de 1961, suceso apenas notificado al mundo porque los titulares de los diarios se los lleva el escopetazo de Hemingway. Las valijas nunca aparecieron, los manuscritos nunca vieron la luz. Misterio y silencio de años.

    Hasta un día de 2021.

    Aparecen las valijas y se abren (no pregunten más nada). Se ordenan los papeles, se estudian los manuscritos, que tienen cantidad de correcciones y tachaduras. Hay palabras ilegibles, como si fuesen paridas en la trinchera misma, bajo la sirena de alarma y justo antes del bombardeo, palabras chapoteando en el barro. Pero se ponen las cosas en su lugar y se recupera una historia que como en casi toda la obra de Céline es autobiográfica: cuando es herido en la Gran Guerra, hospitalizado y posteriormente condecorado por su valentía. Son un puñado de días y poco más de 100 páginas, si quitamos el prólogo y el apéndice. El comienzo es así: “Parte de la noche siguiente aún debí de pasarla allí tirado”. Y así es el final: “Te pierdes por todas partes”. Entremedio, Céline. Es decir, la genialidad. Esto es, Guerra (Anagrama, 2023, 155 páginas).

    Los estudiosos ubican su escritura entre dos obras monumentales: Viaje al fin de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936). Pues bien: un día de diciembre de 1914 el soldado Ferdinand es herido en el brazo y la cabeza debido a una explosión. A partir de allí sufrirá crónicos dolores de cabeza y un permanente zumbido. Nunca más podrá dormir sin ese ruido atronador. Dice Céline: “Atrapé la guerra en la cabeza”. ¿Existe algo más monstruoso? Lo llevan a un hospital belga y permanece internado con otros soldados heridos y moribundos. Allí está la enfermera jefa, la señorita L’Espinasse, a quien le gusta colocar sondas y masturbar a los comatosos. Y el cirujano Méconille, dispuesto a cortar y serruchar. Y el compañero de sala y de correrías Cascade, marido y proxeneta de la sensual Angèle, que acabará con Ferdinand.

    Es sencillo: a Céline dale una granada y te sintetiza la putrefacción de la guerra. Dale un hospital como el Saint-Gonzef y te lo llena de idiotas maravillosos y entrañables. Dale una medalla y te enseña el reverso del valor y la valentía. Dale unos padres que lo visitan y te monta un número grotesco, descarnado y muy gracioso, porque Céline tiene un sentido del humor único. Dale aire y paseos por el pueblo, con sus batallones de soldados que lo atraviesan, y te muestra el sexo a flor de piel desde la ventana de un cuartucho. Dale un río lleno de peces y te lo transforma en tropas pasadas por agua. Dale cansancio, fatiga y noches de insomnio y te devuelve pasajes geniales como el de Cascade leyendo compulsivamente todo lo que cae en sus manos mientras el resto de los pacientes le gritan que apague la luz y como no hace caso le tiran con sus orinales por la cabeza, me refiero al objeto y a sus líquidos.

    “Jamás —dice Céline— conocería la vida como la conocen los demás, la vida de todos los idiotas que creen que el sueño y el silencio van juntos”. El escritor sabe que el pasado está ebrio de olvido y que las ideas fijas de los demás son incomprensibles, solo se vive con la propia. Sabe que está roto en más de dos tercios, pero con el que le queda se va a divertir. El asunto consiste en pillar el tono. Nadie sabe cómo lo hace Céline, pero lo hace. Por eso se abren dos valijas que llevan años cerradas y allí lo tenemos de nuevo, renaciendo entre los muertos, como si fuese una grabación inédita de Coltrane o un nunca visto autorretrato de Rembrandt.

    Atención, lectores, y también detractores, Louis-Ferdinand Céline volverá en breve con otra pieza inédita, furibunda, alucinada: Londres. Así lo anuncian los editores. La banda de un solo hombre seguirá tocando.

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