El matrimonio de Emilio entró en una rutina insoportable, entonces ante la primera oportunidad él se va a un hotel con una mujer, con tanta mala suerte que en la ducha, y en pleno fragor amoroso, pierde el anillo de bodas. El cuento se llama El anillo y su personaje termina siendo un verdadero idiota. En otra historia, una mujer viaja con su marido y su hijo a un mercado mayorista, y mientras compra enormes paquetes de papel higiénico y de pañales va soñando con una vida de cantante, como la de Sally Méndez, la estrella que vive lejos del Maxiconsumo, con su “útero lleno de canciones”. Estas historias integran Breves amores eternos (Planeta, 2019), último libro del escritor argentino Pedro Mairal. Son 23 cuentos con protagonistas de distintas edades, algunos apuntan a recuerdos de la niñez o adolescencia, otros se ubican en la frustración de las parejas o en el eterno deseo de otra vida o en las fantasías sexuales. A los 28 años, Mairal publicó su primera novela, Una noche con Sabrina Love, que ganó el Premio Clarín de Novela. El jurado lo integraban nada menos que Adolfo Bioy Casares, Augusto Roa Bastos y Guillermo Cabrera Infante. En 2000 la novela tuvo su versión cinematográfica dirigida por Alejandro Agresti y protagonizada por Cecilia Roth. Mairal se había convertido en un muchacho que prometía, pero el éxito lo paralizó y tardó unos años en volver a publicar, hasta que aparecieron, entre otros libros, los cuentos de Hoy temprano (2001), sus ediciones de Pornosonetos, la novela Salvatierra (2008), El gran surubí (2013) y su novela La uruguaya (2016), que tuvo gran repercusión fuera de fronteras. De paso por Montevideo para presentar su último libro, Mairal mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.
—Empecé el ciclo básico de Medicina en la UBA, pero enseguida me derrotó la ciencia dura. Como no me animaba a decirlo en mi casa seguí yendo a la Facultad a leer. Me sentaba en la cafetería y recuerdo que con un lápiz en la mano trataba de descubrir dónde estaban los trucos en los cuentos de Cortázar o de Borges, cómo hacían para pasar del lado A al lado B del relato. Fue un período de enseñarme a mí mismo. Ahí empecé a hacer textos cortos, y de a poco me fui animando a escribir. Después hice un taller literario, entré a estudiar en Letras y me fui exigiendo a escribir más. Entonces el encuentro con la palabra se dio en ese desvío de la carrera de Medicina, que me dio un espacio para la duda y encontrar un lugar de pertenencia.
—Habrá sido difícil enfrentarte con la escritura jurídica…
—Es medio imposible de mejorar porque los abogados arrastran muchos vicios de escritura, modismos y giros muy pesados. Yo trataba de alivianarla y ayudarlos a usar oraciones más cortas, a abandonar un poco la estructura paranoica de las sintaxis, que a veces provoca oraciones de una página. Lo hice 11 años.
—Tu libro El gran surubí está escrito en sonetos, toda una audacia para contar una historia. ¿Cómo surgió la idea?
—Hernán Casciari me propuso en 2013 escribir una columna para la revista Orsai. Ese año iban a salir seis números, uno cada dos meses. La propuesta consistía en hacer un relato que se iba a dividir en seis partes para publicarlas a lo largo del año. Pensé en escribir una historia que sucediera en el río, en Argentina hay poca comida, una especie de emergencia alimentaria, entonces el Ejército recluta a los varones mayores de edad para ir a pescar surubíes gigantes. Era una especie de Martín Fierro y Moby Dick. Pero cuando empecé a escribir no me salía, había algo en la prosa, dónde empezaba, quién narraba, que no podía contar. Yo ya había escrito unos sonetos (Pornosonetos) y tenía el ritmo en mi cabeza. Entonces ahí me salieron los primeros 10 sonetos. Se lo mandé a Casciari y él me dijo que ese iba a ser el primer capítulo, que cada uno iba a tener 10 sonetos y que además iban a estar ilustrados. Eso me ayudó a que tuviera un aire medio de folletín, porque dejaba una intriga al final de cada capítulo que se retomaba en el siguiente. Lo que no entraba en el soneto no iba, y eso fue muy liberador porque para un narrador lo más difícil muchas veces es decidir qué no entra. Si la novela puede tener 600 páginas, ¿por qué vas a dejar algo afuera? El soneto actuó como un editor.
—Los cuentos de Breves amores eternos son cortos, ¿trabajás mucho en pulir la palabra, como en la poesía?
—La poesía tiene una esencialidad que me gusta llevar al relato. Son géneros que le exigen más al lector que la novela porque tiene que meterse en un universo diferente en cada relato. Si son 12 cuentos, hay que hacer 12 esfuerzos. Creo que por esa exigencia los libros de cuentos se venden menos. Cada relato te expulsa como lector cuando termina. Por otro lado, me gusta el género porque el cuento no subestima al lector y lo hace participar. Borges termina el cuento El sur con una frase (Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura) que anuncia un duelo de cuchillos, pero en realidad el duelo sucede en la cabeza del lector. Eso es maravilloso.
—En el cuento Cero culpa la protagonista dice: “No soportaba la persona que era yo con vos”. Ese concepto de las relaciones pesa bastante en el libro…
—Las relaciones en la primera mitad del libro son muy asfixiantes. Me interesa mucho mostrar esa dinámica porque creo que uno es distinto con cada pareja que tuvo. En estos cuentos me gustan los personajes que están en esa frecuencia, como ese personaje de Cero culpa, que de golpe en medio de la rutina del matrimonio se enamora de otro y eso le da una inyección de vitalidad. Se siente viva, pero a la vez muy vulnerable. Es como una especie de droga que enloquece al personaje. En general el deseo está construido en contraposición a la realidad. Eso ubica a los personajes siempre en una dimensión un poco absurda y un poco trágica también. Hay cierto morbo en ver cómo se contrapone la realidad con el deseo. Eso en un relato siempre es fascinante.
—También manejás el humor, aunque las situaciones son angustiantes…
—Es el costado trágico y un poco ridículo de los personajes, o más bien su debilidad. Una vez que mostrás la debilidad hay una empatía con el lector que piensa: “No puede ser que le pase esto, qué ridículo lo que está haciendo”. Esa debilidad humana provoca identificación.
—En La uruguaya el protagonista se identifica mucho contigo. ¿Cuánto de biográfico había en esa novela y cuánto en tus cuentos?
—En La uruguaya había un componente biográfico fuerte. Yo digo, medio en serio, medio en broma, que un 53% era biográfico. En Breves amores eternos me voy mucho más a la ficción, salgo más de mí, necesité hacer eso porque el personaje escritor es medio limitante. Igual me metí en la primera persona y traté de generar un tono muy íntimo. Eso tiene un riesgo. Si escribo un personaje sobre un asesino serial, nadie me dice “che, estás avalando el crimen”, se entiende que es ficción. Ahora, si escribo sobre un personaje cercano al cuarentón, como soy yo, con una actitud machista, la gente me lo señala, me dice “qué misógino”, como si el personaje fuera el autor. Ese riesgo no lo mido mucho. Soy un gran defensor de la ficción, que tiene que funcionar como un territorio de total libertad. Yo no coincido moralmente con mis personajes porque la ficción no tiene por qué ser moralizante ni dar ningún buen ejemplo. La necesitamos justamente por eso, es una manera de que nuestro lado oscuro encuentre un canal donde no hace daño.
—¿Lo políticamente correcto puede estar amenazando la ficción?
—Un poco sí, por eso hay que defenderla. Yo daba por sentado el derecho a la ficción, pero ahora no estoy tan seguro. Una escritora norteamericana (Jeanine Cummins) escribió una novela sobre mexicanos en Estados Unidos que aparentemente es muy mala (American Dirt). Como ella no es mexicana se creó una gran polémica y empezó a ser amenazada y criticada. Una cosa es que la novela sea mala, otra es que no tenga derecho a escribirla. Cuando creo un personaje femenino muchas veces invento una voz, pero no estoy usurpando el lugar a la mujer. Cuando uno escribe se pone en un lugar un poco andrógino, como previo al género. No te diría que tengo miedo por la amenaza a la ficción, pero estoy atento.
—En La uruguaya el personaje tiene una visión idílica de Uruguay, pero se desengaña de la peor manera. ¿Te parece que es una visión extendida entre los argentinos?
—Sí, tenemos una visión medio naif de los uruguayos. En uno de los viajes que hice para participar de un ciclo literario, escuché que un escritor uruguayo le decía a un argentino: “¿Y vos también pensás que los uruguayos somos buenos?”. Le noté un tono medio picante y eso me gustó, ahí vi algo, como un intento de despertar a los argentinos y decirles: “Mirá que este no es el paisito”. Instalo a La uruguaya un poco ahí. El protagonista es un tipo ingenuo, enamorado de una chica uruguaya y de la ciudad donde vive, que cruza el Río de la Plata completamente abierto a pasar a la dimensión de felicidad. Cuanto más estuviera en esa frecuencia, más le iba a doler el sopapo. Quería que el personaje describiera 18 de Julio, el Santa Catalina, la playa Ramírez, la Rambla. Que estuviera conectado con la ciudad. Me encantó hacer eso, cada vez que venía para acá anotaba cosas, cuando los mozos me decían “patrón” y no “jefe”, por ejemplo. Todo eso eran perlitas para mí, la textura del relato. En Montevideo los argentinos pasamos de la familiaridad al extrañamiento.
—En el último año, la literatura argentina escrita por mujeres ha tenido gran auge y varias escritoras recibieron premios internacionales. ¿Cómo ves ese fenómeno?
—Por suerte se está equilibrando la visibilidad. Hay voces femeninas muy fuertes en literatura. Pero en Argentina siempre hubo muy buenas escritoras, lo que sucede es que el canon literario era masculino. Durante mucho tiempo escritoras como Sara Gallardo quedaron a la sombra, o poetas como Olga Orozco. También antes el canon era muy urbano, muy porteño, pero ahora hay imaginarios de provincia que están apareciendo en literatura. Eso es interesante.