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Un gallinero carcelario. El escenario cuadrado, con las cuatro plateas habilitadas en formato 360, fusiona el patio de un recinto carcelario con una jaula para aves de corral. Este dispositivo garantiza la acción en todo el terreno, que puede ser vista en todos los ángulos, desde todas las miradas posibles. Un cuadrilátero hecho de tejido de alambre con altoparlantes en las cuatro esquinas. La escenografía de La gayina, la adaptación teatral de Israel Adrián Caetano que presenta la Comedia Nacional en la Sala Zavala Muniz, configura una casa-gallinero-presidio. Allí dentro hay un cúmulo de sinécdoques escenográficas: cada objeto simboliza un espacio narrado o sugerido en el cuento, La gallina degollada, de Horacio Quiroga, en el que está basada la obra. Arriba, en lo alto, una gran esfera naranja remite a ese sol rojizo que fascina a los niños que protagonizan este tenebroso relato. La presencia esférica es suficiente para anunciar esa tragedia casi impronunciable que conocemos desde la escuela. Ese final que quien leyó estas terribles siete páginas puede narrar sin decir nada, solo tapándose los ojos o tomándose la cabeza con las manos. Abajo, una mesa de comedor, un banco de madera, una cama con su mesa de luz, una mesada de cocina, una olla, una cuchilla, una pequeña jaula con… una gallina.
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“Quiroga me traumó, como me traumó la escuela”, escribe Caetano con letra escolar en el programa de mano. “También me iluminó como las piñas de la maestra”. Contexto: Caetano nació en Montevideo hace 53 años, creció en los 70 y los 80 en el Cerro y antes de cumplir 20 se radicó en Buenos Aires, donde casi de inmediato se hizo cineasta y donde a fines de los años 90, antes de cumplir 30 años, ya era una referencia de vanguardia —gracias al filme Pizza, birra, faso—, uno de los puntales del llamado “nuevo cine argentino”.
“Me enseñó el terror, raro escapar del horror”, le cuenta el director al espectador, dándole más pistas sobre por dónde van los tiros en esta representación. En una reciente entrevista con Galería, Caetano cuenta que ese terror que sintió por primera vez al leer a Quiroga fue uno de los motores de su interés por el cine y que, aunque después su filmografía no transitó el camino del horror, esa pulsión por impactar al público quedó instalada en su sensibilidad. Que después lo que lo movilizó en su camino narrativo por las historias vinculadas a la marginalidad siempre fue denunciar la hipocresía allí donde estuviere. Y en La gallina degollada lo que lo motiva, además de contar una historia movida por la acción y no por los largos parlamentos declamados —algo que le aburre del teatro—, es hablar de la discriminación y el maltrato a los discapacitados intelectuales, a quienes la sociedad sigue escondiendo puertas adentro. “Y la muerte del otro me dio vida. Escapar de mi fin, sumergirme en la noche pero huir y encontrar el día”, concluye en su texto.
Con este espectáculo lleno de ideas —de las buenas y también de las otras— Caetano logró algo similar a lo que sucedió el año pasado con La mujer desnuda, la obra de Leonor Courtoisie basada en la novela de Armonía Sommers que inauguró la gestión de Gabriel Calderón al frente de la Comedia Nacional: divide las aguas entre quienes se rompen las manos aplaudiendo de pie y quienes rechazan la propuesta por considerarla excesivamente morbosa y recargada. También como un año atrás, la Comedia consigue trascender al público típicamente teatral. Mucha gente no asidua a las salas está viendo y comentando La gayina, que cuelga el cartel “entradas agotadas” en todas las funciones (de jueves a domingos hasta el 30).
La adaptación de Caetano trasciende al cuento, que es leído en algunos breves pasajes literales por la empleada doméstica del matrimonio Mazzini Ferraz, dupla que encarna el centro argumental del relato. En primer lugar, representa en escena a los “idiotas”, que son tres en vez del cuarteto que describe Quiroga. Están muy bien logradas las composiciones del jovencísimo trío de intérpretes que recorre la escena con sus espasmos musculares y muecas anómalas, una inquietante partitura con variaciones que sostienen durante gran parte de los 70 minutos que dura la obra. El truculento desenlace se traduce en el escenario con una pequeña niña actriz que, en la piel de Bertita, la hija “sana” de esta historia, está presente unos pocos minutos en escena. Demasiados, quizás. Es cierto que la producción tomó todos los recaudos posibles para asegurar que el trabajo del elenco infantil fluyera de la mejor manera posible. De todos modos, es imposible asegurar que una niña tan pequeña esté completamente aislada de la violencia de ese final, en el que se transforma en el epicentro de la acción. La más violenta de todas las que suceden en la obra. Caetano, que viene del cine, adoptó en esta puesta un buen número de recursos cinematográficos pero que también son propios del teatro, como las múltiples narraciones simultáneas. En este caso, la presencia física de la niña podría haber sido sustituida con algún genuino artificio teatral. Pero no se dio así.
Además de llevar parte del texto al escenario, Caetano se toma la libertad, basado en lo que narra Quiroga, de imaginar algunas de las escenas no escritas por el salteño. El director proyecta un cúmulo importante de acción dramática: los partos de esa madre joven, la aparición de los niños con severos trastornos, la angustia, la desesperación y la resignación del matrimonio, su vuelta a la esperanza de engendrar un niño “normal”. También se toma algunas licencias narrativas —algunas son acertadas, otras, no tanto— e introduce elementos ajenos al cuento, como la fuerte presencia de la religión a través de un cura que influye poderosamente en los protagonistas o una cuestionable trama paralela protagonizada por la empleada doméstica convertida poco menos que en una maléfica villana.
El tono actoral luce intensificado, en clave bastante alejada del naturalismo, con el grito a flor de labios casi como la norma. He aquí uno de los factores que dividen las aguas. La madre (Stefanie Neukirch), el padre (Leandro Núñez), el cura (Pablo Varrailhón) y en especial el médico (Luis Martínez) se mueven casi todo el tiempo en este registro grotesco, algo que para muchos cuadra perfecto con este fresco recargado y para otros resulta excesivo. En el caso del doctor parece clara la intención directriz de cargar las tintas sobre un sistema de salud que —aún hoy— puede ser abusivo en términos de violencia obstétrica.
En el medio, algunas de las tantas decisiones de la puesta en escena resultan intrascendentes, como la solicitud al público de concurrir con vestimenta blanca, negra o gris, para que esté a tono con la paleta grisácea del vestuario.
Más allá de estas valoraciones, Caetano acierta al mostrar cómo se pudre todo entre Mazzini y Ferraz, primero, a través de esos silencios incendiarios y luego, directamente, a toda furia. Otros aciertos rotundos son el radical juego de luces de Nicolás Ciganda y la música de la dupla Tato Castro-Fede Zavadszky. Goles al ángulo. Lo cierto también es que, más allá de sus desbordes, nadie se aburre en La gayina, que transcurre entre la fascinación y el espanto, como una vuelta en una montaña rusa. A pura acción y a pura reacción. A puro goce, a puro miedo y a puro asco.