Un Graffiti del 2009, discos de Brian Setzer Orchestra, George Harrison, Willy Nelson, Jaime Roos y Bufón. Varios estantes llenos de libros polvorientos y desordenados. 31 canciones, de Nick Hornby, en primer plano, sobre una mesita. “Me paso todo el día leyendo”, dice Alberto “Mandrake” Wolf en su casa de Villa Dolores, a metros del Zoológico. Leo de día, toco de noche, sería la síntesis de su vida cotidiana. “De Hornby me gusta todo: Fiebre en las gradas, Alta fidelidad, Juliet desnuda”, enumera, y dice que este libro de canciones le sirve para Letra y música, el programa radial que tiene desde hace poco en El Espectador, los domingos de mañana, junto a la escritora Patricia Turnes. “Hablamos de Cheever, Faulkner, Richard Ford, Sam Sheppard, las cosas que nos gusta leer, con la música que disparan esos libros... y al revés. Bukowski y Violeta Parra”.
—Tenía muchas noviecitas y nadie me daba mucha bola... ¡Mirá de lo que me hacés acordar! Justo esa canción no la vamos a tocar (ríe)... Era muy enamoradizo en esa época. Me salían temas muy adolescentes, por eso nos putearon tanto todos los del Canto Popular en plena salida de la dictadura. Éramos unos guachos, y nos fumamos cada comida... Los del Cuarteto y yo nos conocimos porque estudiábamos música con Luis Trochón, allá por el 81. Era un tipo extraño, manejaba muy bien la voz, y con él yo podía cantar como me salía a mí, como a mí me gustaba. Con El Cuarteto partimos del mismo lugar, de Zappa, Mateo, Maslíah y los Talking Heads.
—Es un disco hijo de la pobreza. ¿Fue fruto de las circunstancias?
—Tocábamos juntos en muchos lados y los de Ayuí-Tacuabé nos ofrecieron hacer un disco a medias y aceptamos de una. Y ellos, que son todos medio ingenieros, diseñaron una portada para el vinilo sin cara A ni cara B, con las dos tapas en el mismo nivel de jerarquía y las dos etiquetas “Cara C” sobre el plástico. Ninguno quería ser más que el otro (ríe). Hace poco me ofrecieron 5.000 pesos por el ejemplar que tengo... los mandé a cagar.
—A los 22 años y con el mismo aspecto que hoy...
—Siempre fui viejo (explota en una carcajada). Es el problema de escuchar mucho blues. Uno hace el pacto con el demonio y queda siempre igual. Cada tanto le pego una llamada, pero aún no aprendió a tocar bien...
—¿Y quién es esa mujer de la portada?
—Ana Atanasio, una chica del barrio, una mujer hermosa, una gran amiga. Estaba muy colgado con Roxy Music, me hice el langa como Brian Ferry y le dije: —Vos tenés que estar en la tapa. Creo que es la única vez que me puse un traje. —¿Matinée va en una línea más mateística?
—Es un afane brutal al toco (la típica percusión tum-pac de Eduardo Mateo) que está en Canción para renacer y en tantas otras. También me inspiré mucho en un tema de Jaime Roos llamado Ella allá, que me encantaba. —Las marcas de tu nicotina (canta, imitando a Roos). Jaime es un animal, con tremenda mano derecha... El cerebro de Jaime, loco... Jaime puso a la música uruguaya donde tenía que estar.
—Y en Ella va está el reggae, que siempre ha estado en Los Terapeutas...
—Esa la vamos a cantar, porque creo que esa canción fue un pequeño hallazgo.
—¿Quién hacía reggae en Uruguay en ese tiempo? —Nadie. El primer reggae que escuché fue Mother and Child Reunion, de Paul Simon, por la radio. Y me llamó la atención el sonido de la batería, muy diferente. Apareció The Police, escuché Walking on the Moon en Lulo’s... Un día cayó un loco de Estados Unidos con Babylon by Bus, el gran disco de Bob Marley. Flashée. Marley aún no había explotado acá. Los Clash empezaron a meter reggae también. Y me partí el cerebro con Remain In Light, un disco superafricano de los Talking Heads, producido por Brian Eno. Estaba metido en el candombe y descubrí que la esencia del reggae es como el golpe del tambor chico pero al revés. A todo esto, en 1984 Mateo saca Cuerpo y alma, que tenía la canción Carlitos. Y escribí el reggae Ella va como una prolongación de Carlitos.
—¿Y Mateo la escuchó?
—Lo primero que hice cuando tuve el disco, antes de mostrárselo a mis padres, fue llevarle el casete a Mateo, que vivía en Malvín. Éramos bastante amigos. Le dije: —Vo, Mateo, saqué esto. —Bueno, vamos a escucharlo, me dijo. Fuimos a su cuarto, se acostó en la cama y le mostré los dos lados sin decirle quién era quién. Y el tipo me dice: —El primer lado me encantó. ¡Y era el mío! Por poco me tiro por la ventana (ríe). Después, cuando con Los Terapeutas tocamos con él, me dijo de hacer Carlitos en reggae, “como lo tocan ustedes”. El tipo, el rey del ritmo, me entendió. ¡Quedé como loco! Nadie se dio cuenta, pero es uno de los grandes triunfos de mi vida.
Junto a la puerta, una vitrina con varias guitarras. La primera que baja es una Hagström, de Suecia. Es eléctrica pero tiene caja acústica, como las Gibson 335. “Yo sabía que los cambas como Jimmy Page tocan con este monstruo que pelea con las Gibson y las Fender. Los suecos no hacen cosas peores que los yanquis, ¿no? Es una Vikinga negra, como yo...” Junto a ella, una Takamine “guerrera” con abundantes cicatrices, la Fender Stratocaster con la que grabó varios discos hasta que lo aburrió, y una Washburn Woodstock muy vieja, “igual a la de Jaime pero con un palo bárbaro, pobrecita... durante años era la única que usaba; hace mil que no la toco, la guardo ahí, afinada un tono más bajo”.
Durante años, Mandrake usó las mismas guitarras, hasta que Jaime Roos grabó Amor profundo —tema compuesto por Wolf a fines de los años 90— en el disco Contraseña, que tuvo un éxito sideral en ambas orillas del Plata. “Con las regalías que cobré pude empezar a comprar guitarras”, cuenta. Su última adquisición es una Taylor de cuerdas de acero. La muestra sonriente. “Estoy tocando mucho solo, y con esta voy en camión, es un Bedford, no hay con qué darle”. Pero su debilidad es su vieja Fender Telecaster: “Es una bomba, tiene una baqueta considerable, está toda rayada pero es terrible viola. La usé en varios discos. Es mi primera novia. Un día voy a tener que hacerme un bunker para las guitarras porque van ganándole espacio a mi familia... las quiero mucho, me cuesta desprenderme de ellas”.
—En Mateo x 6, el lado más lúdico de Mateo, el de Espíritu Burlón calza perfecto. ¿Es así?
—Mateo hacía siempre la Suite de Guli-Guli, una cotorra hace cualquier cosa, hasta gana la vuelta ciclista. La gente no entendía nada y le pedía Príncipe azul. Él nos decía que las canciones más pesadas como Canción para el tamborero o Esa tristeza eran para algunos momentos, pero que él quería divertir, que el público participara. Quería ser un entertainer, pero estaba adelantado. Era tan fino que no lo entendían. No hablaba de libertad y pueblo...
—¿Intentaron eso con Mateo x 6?
—Exacto. Emocionar y divertir. Y a mí me asignaron ese rol... y me encanta, porque disfruto mucho de contar historias. Es importante la historia. El blues es eso. Los negros africanos tenían siempre un tipo que contaba historias mientras laburaban. Yo soy eso, entro en un trance y trato de que te olvides por un rato que tenés que pagar la luz. No tengo problema en ser un payaso o un tipo superserio. Paso de un estado al otro, creo que es así la vida. En los últimos tiempos mis canciones, como Es irremediable, no son precisamente como las de Martinho da Vila, pero sé que a pesar de la tiniebla, la tristeza y la pérdida hay que pasar al otro lado. El uruguayo joven anda muy bajoneado en estos tiempos. Y no me jodan con que el futuro será mejor. Como dice Jaime, “el futuro es muerte”; el futuro es una mierda, es cada vez peor, todo deterioro, se te caen el pelo (ríe), los huesos, los dientes...
—¿El Yaguarón es un buen ejemplo de relato canción?
—El Yaguarón (de su último disco, Monstruo) es una leyenda guaraní. Un bagre monstruo con cabeza de tigre. La escribí hace años con Jorge Geriboni, un hermano, uno de los primeros hippies que hubo en Uruguay. Él siempre contaba esta historia de los tipos que esperaron el gol de Diego Aguirre para pasar por la aduana con el auto lleno de marihuana. Era una Méhari, pero a mí me quedaba mejor cantar que era una Kombi, y mezclé esa historia con aquella leyenda, como una road movie, y le puse la carga de la culpa: “El Yaguarón te queda a ti”.
—¿Cococho fue el primer clásico?
—Sí, y más desde que lo grabó Rada en Fan. Otro pequeño triunfo. Más cuando arranquen y Candombe de no sé quién soy creo que también han quedado. Y Amor profundo, por supuesto, un gran honor cuando la hizo Jaime. Que Bufón haya grabado un tema mío (Llueve) fue increíble y la invitación de No Te Va Gustar a cantar en su primer disco (Cosa linda) fue muy linda. Tocando con La Vela y Buenos Muchachos me siento como Zalayeta en Peñarol: me la pasan, la bajo de pecho y cada tanto la meto.
—¿Es cierto que te hubiera gustado ser negro?
—¡Obvio! Tendría mucho más swing. Si no fuera por los negros seríamos menos solidarios. El candombe impregnó ciertas actitudes, una vecindad en Montevideo, que no están en otras ciudades. Todos tocan y todos bailan. Es música de casas abiertas.
—¿Amor en lo alto (2002) fue la refundación de la banda?
—Es una bisagra. La gente de Sondor nos entendió y nos trató muy bien. Hicimos lo que quisimos, no escatimaron en nada, grabamos en el mejor estudio y despegamos.
—Las críticas a esa portada son mitológicas. ¿Algo que alegar?
—Nos dieron tanto palo por esta tapa, dicen que es la más fea de la música uruguaya, pero qué bien la pasamos aquella tarde en el medio del Parque Rivera sentados en esa mesa. Nos inspiramos en una portada de Manassas, la banda de Stephen Stills.
—¿De no ser cantante, el camino habría sido el del humor?
—De chico iba mucho al tablado que estaba en la esquina de mi casa y deliraba con capos como Capablanca, Roberto Barry y Enrique Guarnerio. Me influyeron mucho para hacer un monólogo entre tema y tema. Les afané mucho. Para mí, Héctor Perry y Cucuzú son unos genios. No tolero la vida sin humor. A mí la gente sin humor no me gusta.