• Cotizaciones
    sábado 21 de febrero de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    “La mentalidad de la escasez solo lleva al pobrismo”

    Con Gerardo Grieco, el gestor cultural que reparte flores

    ¿Y la pizarra? ¿Qué hace esa pizarra con letras multicolores en la virgen, hermosa y amplia oficina de Gerardo Grieco? “Cuando usted pone un tema que está discutiendo con su grupo de trabajo allí, éste deja de ser personal y pasa a ser institucional”, explica con la pedagogía que lo caracteriza el nuevo director general del Auditorio Nacional del Sodre, quien asumió el jueves 15 en una ceremonia poco habitual para el mundo cultural: el público —gente de todas las facciones ideológicas— lo ovacionó y en la sala, repleta, hubo lugar para figuras políticas como el ministro de Economía Fernando Lorenzo.

    Quien comandó con éxito las velas del Teatro Solís durante ocho años ya no tiene “el corazón destrozado” por haber dejado esa institución, según afirma en una entrevista con Búsqueda. Pero aunque aquel proceso haya terminado, dice que conserva un enorme cariño por el Solís y que el desafío que enfrenta ahora es aún “más gigante” de lo que había pensado originalmente.

    Pragmático, moderado, adicto al trabajo, diplomático y eficiente, Grieco admite, sin embargo, que no le es ajeno el “miedo al fracaso”. Pero su ambicioso plan incluye varias páginas que son más dignas de una lección académica que de un reportaje.

    De todas maneras, cuando un presidente asume, suele tener algunas prioridades. Y Grieco tiene las suyas: “Construir la marca ‘Sodre’, poner en marcha la Sala Hugo Balzo, desarrollar grandes espectáculos, construir equipos completos e idóneos centrados en las relaciones humanas en cada área de gestión y ofrecer servicios excelentes con una mirada regional”. Y, yendo más lejos, declara: “Lo que hay que hacer a nivel institucional es ser campeones del mundo en dos años”.

    Su carrera, su relación con Julio Bocca, su opinión de la gestión de los gobiernos de izquierda y su “evolución ideológica” fueron algunos de los temas de un reportaje en el que el ganador del Premio Fabini, ex director de la Sala Zitarrosa, actual docente del Claeh y ex director de la División Promoción y Acción Cultural de la Intendencia Municipal de Montevideo también elogió con entusiasmo a Adela Reta y a Héctor Manuel Vidal y aseguró que el Solís “no pierde” con su partida porque ya ha establecido “un sistema de trabajo colectivo” lejano al “star system”.

    La que sigue es una síntesis de esa conversación.

    —Gran parte del mundo de la cultura conoce el profesionalismo, el rigor, la capacidad componedora y la apertura que usted ha mostrado para gestionar en los últimos años, pero nadie es producto de la nada. ¿En qué medida Gerardo Grieco es producto de sus padres y de su tía, Filomena Grieco?

    —La familia es lo primero que a uno lo forma y en mi caso fue muy importante. Y mi tía Filomena, gracias a quien a los 15 años descubrí discos de los Beatles, de Zitarrosa, de Viglietti y de los Rolling Stones que me rompieron la cabeza, también fue muy importante en mi vida. Mis padres formaban parte de una familia grande de abuelos que hicieron su vida de la nada y que llegaron a Uruguay cerca de los años 40. En aquel entonces de repente los inmigrantes pensaban ir a San Pablo y terminaban en Montevideo. Eran inmigrantes italianos que venían a trabajar a América por razones económicas. En eso, la formación de valores de nuestra sociedad tuvo mucho que ver. Y mi familia era una gran familia, por lo cual era como el sistema político: había de todo. Pero para mí lo más importante sigue siendo la familia y después mis amigos, mis mentores y todos los estudios que he hecho. Aunque si uno tiene la actitud de aprender siempre de lo que hace, aprende todo el tiempo. Eso es algo que me ha mantenido centrado.

    —Ese intento de aprender continuamente, ¿es fascinante o estresante?

    —A mí me resulta sumamente motivador.

    —Sigamos hablando del modo en que el haber pertenecido a una familia y a un entorno particular incidió en que se transformara en lo que es hoy.

    —Mire, a los 18 años entré a la Facultad de Ingeniería: mi generación fue la última que dio el examen de ingreso que había instaurado la dictadura. Y cuando ingresé en 1983 me recibió gente que hoy es amiga mía, pero también entré con gente que ya era amiga del liceo. El día en que entramos, uno de esos amigos repartió carnets de Cinemateca. En aquella época Manolo Martínez Carril organizaba ciclos que, encima, después explicaba. Así arrancamos viendo un ciclo de Luis Buñuel. Ese año, como conté en el acto de asunción, se organizó la Semana del Estudiante. La actividad que promovimos fue repartir flores en el Parque Rodó. Y el impacto que provocó en mí el repartir flores a desconocidos fue inigualable. Además, eran tiempos de recuperación de la autonomía universitaria, era un canto de libertad para la recuperación democrática y era un gesto muy épico, formidable, a través de un acto sencillo en el que casi no había palabras. Y el impacto que provocaba eso en quienes recibían las flores también era formidable. A partir de ahí me empecé a dar cuenta de que en realidad me gustaba más la organización de la actividad cultural y social y de los “candombailes” que matemáticas, álgebra e hidráulica de los fluidos. Justamente a los pocos años aprobé las materias difíciles de la facultad, aquellas materias que eran como filtros para todo el mundo, y la abandoné para dedicarme a fabricar guitarras y para trabajar como productor de Eduardo Darnauchans, un hombre que subía al escenario y tenía la estrella del artista, una cosa mágica. Y lo hice convencido de que si lograba extender la sensibilidad de aquellas canciones, de aquella poesía y de aquella música, iba a cambiar el mundo.

    —Imagino que su visión habrá cambiado sustancialmente...

    —En realidad hoy sigo convencido de eso, pero de una manera más madura. Para mí la gestión en cultura es una forma de hacer el mundo mejor. Y creo profundamente que la cultura es lo que nos ha permitido vivir etapas superadoras en la humanidad. Esa energía es la que me ha traído hasta acá. Por eso cuando asumí terminé pidiéndoles complicidad a todos para seguir repartiendo flores.

    —A los 48 años, ¿cómo combina su pragmatismo para gestionar con ese idealismo que desde afuera puede parecer un poco ingenuo?

    —De la misma manera en que cualquiera que se propone algo y tiene un sueño, después lo baja a tierra y lo lleva a cabo: con profesionalismo, con ética, con rigor y con método. Si no, no se hace realidad y uno se muere siendo un soñador que termina hablando de cómo debería ser el mundo. Por eso me gusta la idea de repartir flores, de animarse a hacer, de animarse a equivocarse y de ser riguroso en aprender de cada error. En ese sentido, me parece que los uruguayos tenemos que ser menos directores técnicos de boliche y, en lugar de decir lo que se debería hacer, hacer más. Aunque uno se equivoque, debe hacerlo honestamente. Y entonces pide perdón y prueba de vuelta.

    —Ni el perdón ni la innovación ni la gestión tienen mucho prestigio en nuestro país, lo que es un asunto cultural, ¿verdad?

    —Claro, es un tema cultural porque la sociedad tiene prejuicios y valores que van cambiando. Precisamente, creo que si usted mira lo que cambió más desde 1983 hasta acá, es la gente, es cómo nos gusta vivir. Obviamente, todo marcha lentamente. Pero para mí tenemos una oportunidad en el siglo XXI. Nos pasamos todo el siglo XX diciendo que Uruguay era un mercado chiquito donde no se podía hacer nada, con una visión un poco marrón. Y ahora, con la revolución tecnológica mediante y los cambios que hay en el mundo, creo que podemos soñar que Uruguay va a ser pronto el mejor país de América para vivir.

    —¿No se fue al otro extremo?

    —Quizás sí. Pero quiero caminar en esa dirección. Y quiero tratar de que todos aportemos un granito de arena para que seamos el mejor país y no un país marrón.

    —Recién hablaba de aquella visión conservadora, y la verdad es que hoy hay sobreoferta de espectáculos musicales.

    —La sobreoferta es notable. Hace unos años, cada vez que se paraban las obras del Sodre, se promovían unas discusiones según las cuales con el Solís alcanzaba porque, total, “¿para qué querés más?”. Si en 1995 alguien pensaba que un título de ballet podía llevar a más de 20.000 espectadores a una sala, era “lo menos” o estaba loco. El razonamiento era: “No nos expandamos, van a quedar las salas vacías”. También pensaban que era innecesario que hubiera más salas de cine, y hoy ni siquiera podemos contar la cantidad que hay. Yo prefiero toda la vida lo que sucede ahora. La mentalidad de la escasez solo lleva al pobrismo.

    —Hay que reconocer que desde que Tabaré Vázquez asumió la Presidencia, la izquierda se ha preocupado por la cultura, al menos desde el punto de vista presupuestario, puesto que el Estado ha incentivado el desarrollo del arte en el acierto o en el error. Pero usted recién hablaba del pobrismo, que lleva a igualar hacia abajo. En ese sentido y como miembro de la izquierda moderada, ¿cuál es la autocrítica que haría respecto a la gestión en materia cultural desde Vázquez hasta la actualidad?

    —Y...yo que sé. La pregunta me toma de sorpresa, pero lo que me rebela es que se está por cerrar el Plaza y que no tuvimos la inteligencia de evitar que los grandes cines se convirtieran en iglesias que venden milagros. Aunque esa autocrítica es a todo el sistema, no solo a la izquierda o a la derecha. Sin embargo, a los políticos les toca un período y tienen que hacerse responsables de su momento histórico y, por lo tanto, deben cargar su mochila. A su vez, esto coincide con algunos de los períodos de izquierda y me parece un signo pobre. Como sociedad tenemos potencialidades y ciertas infraestructuras, pero no hemos tenido el ingenio de evitar que se perdieran estos espacios clave para la cultura. Por ejemplo, en Buenos Aires cuentan con una antigua norma según la cual el edificio que se pone en lugar de una sala de teatro debe restablecerle a la ciudad otra sala con la misma cantidad de butacas. ¿Por qué vuelvo a esto? Porque las salas de teatro, las plazas, los cines y los espacios públicos son los lugares donde la cultura se consolida verdaderamente, más en esta época en que la libertad es virtual, en que todos nos conectamos y en que uno está encerrado entre cuatro paredes. Esos espacios democráticos, que también abarcan los centros culturales, las playas y los parques, son fundamentales. Esa es una autocrítica. Pero también estoy maravillado de que hayamos hecho o mejorado en pocos años el Auditorio del Sodre, el Solís, la Sala Verdi, la Goitiño, la Sala Zitarrosa, la Florencio Sánchez del Cerro, el Galpón, el Teatro de Rocha, el Macció de San José, y que los fondos del Ministerio de Educación y Cultura funcionen en todo el país. Pienso que en un ratito dimos vuelta la infraestructura cultural y no solo por el contexto económico sino también por un tema de decisión. Lo que no quiere decir que no me dé pena ver cómo están el Trocadero o el Ambassador. Esos espacios en el centro tenían una importancia simbólica muy grande y no los pudimos salvar.

    —¿No hay más autocrítica?

    —Cuando se hace una autopista no solo hay que hacerla efectivamente, sino también saber para qué se hace. Y lo más importante es el sentido último que tiene lo que se realiza. Así que puede haber mil autocríticas.

    —Sigamos con este tema. Cuando el argentino Miguel Ángel Estrella tocaba en las villas miseria de Tucumán, los campesinos pensaban que Bach era tucumano y lloraban escuchando su música. Creo que eso sí es progresismo o, por lo menos, acercarle arte de calidad a la población. ¿Usted comparte los talleres de cumbia villera que dictó el gobierno del Frente Amplio? ¿No podrían haber instaurado talleres de murga, de candombe o hasta de cumbia? ¿La izquierda no igualó para abajo con ese género que hace apología de la violencia?

    —Ese cuento de Miguel Ángel es bellísimo. Pero respecto a la pregunta, creo que un principio rector debe ser el de la inclusión social. En un contexto crítico es legítimo hacer un taller de hip hop o de lo que sea si eso da resultados. Siempre recuerdo que en 1995, cuando entré en la Intendencia, hacíamos unos talleres de teatro en algunas zonas raras y uno de los talleristas era Roberto Suárez. Y cuando venía a contarme lo que le pasaba, me decía: “Loco, no sé qué hacer porque los botijas dejan los cuchillos en la mesa y el otro día un pibe dejó apoyada un arma”. ¿Y qué pasó? Esos talleres desplazaron, aunque sea por un momentito, el flagelo de la delincuencia y de la droga, porque los pibes armaron un grupo en el que hubo pasión por el arte. Si uno, en vez de ser un delincuente que termina preso, se convierte a la larga en un laburante, el objetivo se cumplió. Ahora, respecto a la cumbia villera no sé nada, pese a lo cual me parece legítima esa iniciativa si los jóvenes encontraron un puente de inclusión social que les haya permitido alejarse de la pasta base. Por supuesto, si usted me pregunta, no me gusta para nada el género. Pero, ¿cuál es el criterio de lo popular y de lo erudito? El tango nació siendo una música de piringundines y hoy es patrimonio intangible de la humanidad.

    —El tango se enfrentó a prejuicios siendo un género de gran calidad, pero no me diga que la cumbia villera en 50 años será declarada patrimonio intangible de la humanidad.

    —Es verdad, puse un ejemplo extremo. Pero le reconozco algunos méritos, por ejemplo, a lo que ha hecho Calle 13, que utiliza modismos y que tiene el mérito de llegarle a gente que normalmente no se acerca a la cultura. No me imagino que la cumbia villera vaya a ser patrimonio intangible de la humanidad ni en pedo (risas). Aunque es una expresión cultural que existe y con la que, por lo menos, hay que ser respetuoso.

    —Cambiemos de tema. Su relación con Julio Bocca es muy buena. ¿Qué importancia ha tenido para que él aceptara su puesto en el Sodre y luego para que usted se entusiasmara con la idea de ser el director general del Auditorio?

    —Respecto a su decisión, creo que en algo ayudé, pero debería precisárselo él. Pero para mí fue fundamental. Julio es Lionel Messi, y construir una institución para que Messi dé todo su potencial es profundamente estimulante.

    —¿Cuánto hay en usted de diplomático, de trabajador, de malhumorado, de obsesivo y de neurótico?

    —(Ríe) Según el día, un poco de todo. Pero tengo mucho de trabajador. Y por suerte también tengo una familia divina que funciona como el contrapeso del workaholic que llevo adentro.

    —¿Por qué siendo un hombre reconocido al frente del Solís, nunca denunció públicamente los intentos constantes que, según pudo saber Búsqueda, el director de Cultura de la Intendencia, Héctor Guido, realizó para minar su gestión?

    —Uhhhh... bueno, eso no es cierto.

    —¿Está diciendo que Guido no intentó minar su gestión?

    —Creo que no. Uno tiene que aceptar que no todo el mundo tiene la misma visión que uno y que puede no gustarle lo que hace, pero independientemente de esto esa frase es una declaración de guerra y no se trata de eso para nada. Había diferencias con el encare pero como con cualquiera. Esto es parte de un ciclo que terminó naturalmente en el Solís. Guido no hizo nada. El pobre Guido tiene mala prensa y no es culpable de que me haya ido, pues todas fueron decisiones que tomé yo.

    —Durante su gestión en el Solís, ¿Guido no respetó menos su independencia que los directores de Cultura con los que usted había trabajado anteriormente?

    —Yo tuve una buena relación con todos los directores de Cultura con los que trabajé y puede ser que la respuesta a su pregunta sea “sí”. Pero es algo natural. Y explícitamente quiero dar una perspectiva poco contaminada: si usted mañana es director de Cultura de la Intendencia y de usted depende el Teatro Solís, será natural que quiera orientar la gestión de quien está al frente del teatro. Así que no es un tema personal. Y menos institucional, porque con la Intendencia hoy en día solo siento agradecimiento.

    —¿Con la última también?

    —También. Fíjese que estoy aquí muy feliz y que ya he hablado con la intendenta, quien vino a mi asunción, para solucionar temas de coordinación que son muy importantes.

    —¿Por ejemplo?

    —El problema estructural entre los músicos y las orquestas, que es sistémico.

    —¿Y cómo es el otro Grieco, el padre de familia al que hacía referencia recién?

    —Es un padre de trillizos de seis años que vive con su esposa y comparte una vida familiar que le encanta. La verdad es que estar en casa me fascina. Y para mí ser un buen padre es un tema de preocupación permanente. Hacer cosas con los chiquilines me gusta mucho. Aunque debo decirle que no deja demasiado lugar a lo artístico: ¡hace seis meses que no vamos al cine y cuando estaba en la facultad iba todos los días! (risas) Pero con tres botijas chicos es complicado.

    —Regresemos a su juventud. Usted fue consultor de la empresa Tea Deloitte & Touche y recientemente, durante la entrega de los Premios Búho, se mostró como un fuerte defensor de la inversión privada como requisito imprescindible para el desarrollo del arte. Sería interesante saber si ha recibido reproches de sus compañeros y si evolucionó o siempre pensó de esta manera.

    —Noooo, yo evolucioné pila. El ensayo y el error, el estar dispuesto a seguir aprendiendo, el tener mentores y el ir superando los prejuicios es un camino natural para mí. Pero frontalmente nunca recibí reproches, aunque sí me han dicho: “No estoy de acuerdo contigo”.

    —Pero cuando está en aprietos, ¿a quién le pide ayuda? ¿A su ser interior, a un ser espacial, a su familia, a Dios o a John Lennon, que para usted deben ser lo mismo?

    —(Ríe) Yo tengo una máxima según la cual debo pedirle ayuda a quien me puede ayudar en cada circunstancia. Eso es algo difícil pero valioso de aprender. Una cosa es hacer catarsis y recibir apoyo, pero otra cosa es recibir ayuda verdadera. Si, por ejemplo, el problema es con los músicos, es entre ellos y no entre los actores que habrá que buscar ayuda. Y eso es complicado porque resulta difícil evitar el elogio: es más fácil encerrarse en sí mismo o pedirle ayuda a Dios, a Lennon o a amigos íntimos tomando alcohol en un boliche.

    —¿Usted no tiene fe?

    —Yo fui monaguillo, considero que la religión es una manifestación cultural y la respeto profundamente, pero no sé si tengo fe en Dios. La fe es un valor que mueve montañas. Y yo la tengo en cosas concretas y en sueños.

    —¿Dijo “monaguillo”?

    —Sí. Recuerdo que cuando mi tío Donato Grieco, un tipo fenomenal que fue diputado por Fernández Crespo, era presidente de Danubio, yo le pedía a Jesús que por favor ganara mi equipo antes de que fuéramos en familia a verlo. Y bueno: a veces sucedía (risas).

    Vida Cultural
    2012-11-22T00:00:00

    // Leer el objeto desde localStorage