Había “plata fácil”. El dinero ingresó con fuerza al sector agropecuario en la década de los 1970, una época de créditos baratos. Aunque fue invertido en tecnología, no logró mejorar en gran medida la productividad. Pasaron 40 años y, en un proceso que se fue dando de a poco, las preocupaciones pasaron a incluir también los temas ambientales, el cambio climático y la sustentabilidad.
“El tema ambiental ni siquiera existía en la agenda, en la cabeza de la gente”, no se hacía presente “en el diálogo a ningún nivel”, ni cotidiano y mucho menos en las autoridades o agencias internacionales, recordó Walter Baethgen, ingeniero agrónomo y director para América Latina y el Caribe de Servicios Climáticos en el Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad de la Universidad de Columbia, en Estados Unidos.
Hoy la tecnología, la maquinaria y la manera de “encarar la producción” es moderna.
“Cuando voy a las jornadas que organizan las empresas privadas en Uruguay veo que podría estar en el primer mundo, en Estados Unidos o en Alemania es igual, salvo que se habla en español”, comentó Baethgen a Búsqueda.
Pero existen otras diferencias, en la década de 1970 se utilizaban pocos fertilizantes y no existía casi protección contra enfermedades en los cultivos. En cambio hoy los sistemas tienen desde el comienzo altos insumos, porque el precio de la tierra se multiplicó por 15 y el de los commodities —de soja, trigo y maíz— aumentó tanto que el productor tiene que proteger ese rendimiento.
Cambio enorme.
La introducción de tecnología moderna no fue el único cambio. “El otro gran cambio enorme si saco una foto de 1970 y otra de 2012 es que hoy hay una cantidad de factores en el sistema productivo agropecuario que están relacionados con el medioambiente” y a los que se les brinda mucha atención, comentó el ingeniero agrónomo. Estos son la preocupación por el uso de agroquímicos para proteger el rendimiento de los cultivos, el impacto que pueden tener en los cursos de agua y en la contaminación de ambientes y la degradación de los suelos y su difícil recuperación. Aunque las amenazas estuvieron siempre, “no había tanta conciencia”.
“Fue en esa misma década, en 1970, cuando comenzaba el semanario Búsqueda, que hubo un movimiento liderado por el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) que empezó a pensar en lo que ahora estamos hablando”, en ver qué pasa si se hace un cultivo tras otro, explicó Baethgen. El INIA continúa realizando este trabajo comparativo y ha demostrado que la productividad de los cultivos que rotan con pasturas se mantiene o aumenta, logrando cada vez rendimientos más altos. En cambio en los otros el suelo se degrada a tal punto que cada año sus rendimientos son menores.
De moda.
Décadas atrás, el cambio climático era considerado “un invento”. “La preocupación ambiental como la que hay hoy no existía, estaban los temas de degradación del suelo, de mejora de la productividad de los sistemas y no se hablaba mucho del uso de los herbicidas o químicos. Eso no estaba en la cabeza de la gente”, recordó Baethgen.
La reunión de Naciones Unidas en Río (1992) marcó un hito al introducir el concepto de desarrollo sustentable como objetivo de trabajo de las agencias internacionales. Fue a partir de ahí que “empezaron a empujarse agendas” que antes no existían, como la de biodiversidad, desertificación y cambio climático.
La película de Al Gore “Una verdad incómoda” sobre los efectos del cambio climático en la Tierra terminó por posicionar el tema “en la cabeza de la gente”. Fue una “explosión”, porque el asunto pasó a ser “popular” y a convertirse en una tendencia que permanece.
Desafíos.
En este contexto, el país tiene “desafíos” por delante, porque los consumidores más sofisticados de los principales productos exportados como los cárnicos empiezan a exigir que se les proporcione información sobre la huella de carbono —que registra la emisión de gases de efecto invernadero que contribuyen al cambio climático.
Considerándola de forma aislada, la carne producida a feedlot —en base a granos— genera una huella más baja que la pastura, pero la producción a corral está vinculada a la contaminación del agua, la erosión y el uso de agroquímicos. Según Baethgen es “peligroso” brindarle mucha importancia solo a la huella de carbono sin considerar otros aspectos.
“La oportunidad de Uruguay en 2012 es que todavía tiene 70% de su área como pasturas verdes y naturales, y la enorme mayoría de la producción de carne, leche y lana se hace con animales libres en pastoreo, no estabulados”, comentó el especialista.
“Hay una moda en este momento, es clave que se le dé importancia a la huella del carbono, pero que no lo usen como una barrera no arancelaria para los productos uruguayos. Al negociar con alguien hay que decirle que es alta (la huella) por el sistema de producción —natural—, ¿usted qué carne prefiere darles a sus hijos?”, comentó y añadió que la estrategia es apuntar a consumidores sofisticados que aprecien esto.
Reunión.
En la década de 1990 el cambio climático había tomado forma y comenzaba a tener injerencia en la economía y las negociaciones internacionales. Por eso científicos de todo el mundo se reunieron en lo que llamaron el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC).
“Hubo impactos no esperados. Empezaron a generarse escenarios de cambio climático futuros. La razón fue poder decir: ‘miren gobiernos del mundo, si no hacemos algo esto de verdad se complica’”, recordó Baethgen, quien participó de los últimos tres informes.
El investigador advirtió que el informe del IPCC funciona a nivel mundial, por lo que se incurre en errores si se utiliza esta información para ver qué pasa a futuro en sitios puntuales de todo el planeta.
Cómo poder ser un ejemplo en los temas ambientales
“Cuando se habla de adaptación —como enfrentarse de la mejor manera posible a los cambios del clima— la pregunta que hay que hacer es: ‘¿considerás que estás bien adaptado al clima de hoy?¿Cuando hay una sequía, desastres, inundaciones, estás armado para enfrentarlo? En el 99% de los casos la respuesta cuando los gobiernos se hacen estas preguntas, es no. ¿Entonces por qué no empezamos a adaptarnos al clima de hoy?”, planteó el investigador Walter Baethgen, que integra el equipo por la Universidad de Columbia.
Este es el trabajo que emprende el gobierno junto con la academia y otras instituciones que participan —como la Universidad de Columbia— del Proyecto de Desarrollo y Adaptación al Cambio Climático financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial (por 55 millones de dólares).
Parte de la tarea será instrumentar seguros que les garanticen a los productores agropecuarios que por temas climáticos no perderán la inversión de ese año. Es un trabajo que ya realiza la Universidad de Columbia en Etiopía, y el modelo “funciona” porque los productores arriesgan más cuando se sienten seguros, en años de bonanza ganan más, y si algo malo ocurre están amparados.
Son mecanismos que permiten “transferir el riesgo”.
“Cada vez que hay una crisis severa el gobierno tiene que salir a tapar agujeros, pero no necesariamente es la mejor manera”, comentó Baethgen. Además, el especialista plantea la posibilidad de incorporar un sistema que permita ayudar al productor, al ingeniero agrónomo y al gobierno en sus decisiones para realizar alertas tempranas, por ejemplo.
“Este proyecto puede revolucionar el financiamiento internacional si prueba que la adaptación al cambio climático hay que pensarla desde el hoy, mejorando la adaptación al clima. Si Uruguay hace un buen trabajo podría ser un ejemplo”, opinó Baethgen.
Ciencia, Salud y Ambiente
2012-11-08T00:00:00
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