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    “Las orquídeas son mi droga”

    Lenine toca por quinta vez en Uruguay, el martes 15, en el Solís

    “Hablamos en portuñol”, dice desde su casa en las afueras de Río. Es Oswaldo Lenine Macedo Pimentel, un músico nacido en Recife en 1959, hijo de un pernambucano “muy comunista” llamado José Geraldo y una mujer “muy católica” de Paraíba llamada Daisy Pimentel. “En esa mezcla prevaleció mi padre, que me bautizó en honor a Lenin, pero yo siempre me he sentido más cerca del anarquista Bakunin”, bromea.

    Lenine es uno de los grandes músicos brasileños de la generación de los años 80, la misma de Carlinhos Brown, Arnaldo Antunes, Cassia Eller y Herbert Vianna. Editó ocho discos de estudio y dos notables registros en vivo, Lenine In Cité, grabado en París, y Acústico MTV. Su figura trascendió al punto que sus canciones se han transformado en estándares interpretados por los más grandes de la MPB: Gilberto Gil, Elba Ramalho, Milton Nascimento, María Bethânia y Ney Matogrosso.

    “Estoy muy entusiasmado con volver a Montevideo, una ciudad que siempre está en mi agenda. Cada nuevo proyecto que hago, cada nuevo disco, ya cuento con mis amigos uruguayos, que son muchos”, dijo Lenine a Búsqueda, y abundó sobre su gusto por el sonido de esta parte de Sudamérica: “Me interesa mucho esa cultura pampera que involucra a Uruguay, Argentina y el sur de Brasil. Músicos como Vitor Ramil, Daniel y Jorge Drexler, Kevin Johanssen, Pitufo Lombardo. Es un grupo muy grande, una generación que piensa más planetariamente su región, y que está muy en contacto entre sí. Es una felicidad para mí saber que Montevideo ya es parte de mi itinerario”.

    El quinto show de Lenine en Uruguay, previsto en un principio para octubre en el Teatro de Verano, fue reprogramado para el próximo martes 15 de diciembre en el Teatro Solís (entradas en Tickantel, de $ 750 a $ 1.900), donde actuó en el invierno de 2008 y en mayo de 2014, junto a la cantante Maria Gadú. El pernambucano presentará su nuevo disco de estudio, Carbono, junto a su banda histórica, la misma que lo acompañó en los 90, cuando consolidó su obra: Julio Tolstoi y Bruno Giorgio (guitarras), Pantico Roger (batería) y Quila (bajo).

    Más que en portuñol, Lenine habló en un castellano aceptable, y recordó con especial emoción la noche de su primer concierto en Uruguay, en febrero de 2008, cuando fue el número central de un festival de música brasileña en el tambo Lapataia. Pero no precisamente por su show sino por la figura de “un cantante muy pequeño pero un músico enorme”, en referencia a Pitufo Lombardo, quien no por casualidad abrirá el recital en el Solís.

    Lenine habló de Pernambuco, de Carbono, de Marcos Suzanno, de ecología, de literatura, de la crisis política brasileña y de su pasión por las orquídeas, cuya colección de seis mil ejemplares alimenta en cada escala de su itinerario. A continuación, la entrevista.

    —¿Cómo explica esa mezcla permanente que define su carrera y su música?

    —Viví hasta los 20 años en Recife, una ciudad puerto abierta a todo el mundo, que conjuga influencias de África, Europa y América… y árabes también. Hay una presencia mora muy fuerte en el nordeste del Brasil, que tiene la modalidad de la expresión árabe. Yo soy además una mezcla de indígenas, portugueses y franceses. La música en mi vida llega del lado de mi papá Pimentel, que viene de pimienta. Nosotros creemos que quiere decir “cristal nuevo”. Pensábamos que era un nombre judío o algo similar, que inventó alguno de nuestros ancestros para esconder su pasado. Luego descubrimos que mi tatarabuelo era de la Bretaña francesa. Pienso que sería un corsario, que estaba perseguido. No lo sé (ríe).

    —Aquel concierto en Lapataia fue una tromba, un ventarrón de rock and roll que pasó por un escenario acostumbrado al jazz. Mucha gente sin auto llegó caminando desde la ruta…

    —Recuerdo que la banda que tocó antes que nosotros hizo una música maravillosa llamada rock and roll, ¡que era un tango! ¡Era increíble! ¿Qué es eso que pasa? Un cantante uruguayo muy pequeño pero un músico enorme, algo así como Tufo Lombardo….

    —Pitufo Lombardo…

    —¡Pitufo! ¡Increíble! ¡No me lo puedo olvidar, quedé encantado! Lo recuerdo mucho más que el concierto que dimos. Pitufo fue un gran descubrimiento para mí.

    Carbono es una vuelta a sus raíces musicales, a los discos de los años 90, con esa impronta de la percusión. ¿Cómo se construyó este Carbono?

    —Sí, es un retorno al grupo duro, es el núcleo que hace muchos años llevó toda esa experimentación que hacíamos en el estudio para el ambiente del escenario. Son grandes músicos, los conozco hace más de 25 años. Es un colectivo importante para comprender mi trabajo. Mi trabajo es muy colectivo, es la sumatoria de muchas autorías. Es solo un trampolín de lanzamiento de esas personas. Con Carbono pude volver a esas personas, Tico en la batería, Quila en bajo. En el trabajo precedente, Chão, había una especificidad muy grande con el sonido. No usamos percusión ni batería.

    —¿Ese fue un punto de inflexión a nivel sonoro?

    Chão está hecho solo con ruidos orgánicos, es la banda sonora de los sonidos que me rodean en mi día a día, sin edición ni loops. Hay un track entero con el ritmo hecho con el sonido del corazón de mi hijo Bruno. Es un disco totalmente orgánico, lleno de audios originales de mi vida cotidiana. Un trabajo muy loco (ríe). En aquel momento fue la posibilidad de profundizar la mecánica de la bidimensionalidad, pero eso fue posible por causa de la organicidad de los sonidos. Es imposible hacer eso con muchos instrumentos. Somos seres humanos bidimensionales: tenemos dos oídos, tenemos el lado izquierdo y el lado derecho del cerebro, cuando ponemos varias emisiones en diferentes direcciones se crea una espacialidad, pero no es real para nosotros. Ese fue un proyecto cargado de experimentación.

    —¿Por qué bautizó su nuevo disco Carbono?

    —El significado más importante de la palabra carbono es la vida. Pero el elemento carbono tiene una propiedad muy interesante que es la alotropía, la propiedad de juntarse con cualquier otro elemento, generando nuevas moléculas, nuevas cadenas, nuevas funciones. Creo que eso define lo que hago. De alguna manera, Carbono para mí es la posibilidad de experimentación y nuevos caminos.

    —Porque aquí hay un camino por toda su historia musical…

    —Así es, me interesa todo. No creo que la música necesite adjetivos. Música es música, seguida de puntos suspensivos, para significarle la continuidad. Música no es música y punto; es música y punto punto punto.

    —En Carbono hay música nordestina, baladas y hasta un tema a lo Ze­ppelin…

    —Bien Zeppelin. ¡Yo soy un rockero! (ríe). Eso es porque en Brasil un tema mío, llamado Do it, tuvo un gran suceso. Entonces ahora quise hacer el tema contrario.

    —Otra dimensión de este disco es la ecología…

    —Es una constante en mi trabajo… Como cronista, yo siempre me siento un periodista, creo que mi trabajo pasa forzosamente por un ambiente de información, y la música es una plataforma de lanzamiento de esa información. La sustentabilidad de la relación entre el ser humano y el medioambiente es un tema que recorre todo mi trabajo. En los primeros discos siempre está presente esta visión, esa mirada, ese poner una luz sobre las cosas que son importantes para mí.

    —¿Cómo es la propuesta en vivo de Carbono?

    —El disco tiene once canciones y las tocaré todas. Pero el show homónimo al CD tiene 24 canciones adaptadas al concepto Carbono. Hay muchas de otros discos, un paseo por todos ellos, con la condición de tomar solo las canciones que se adecuan a este ambiente sonoro de Carbono, al regreso de la banda, a recuperar una actitud más rock, más contemporánea, más pesada.

    —El pandeirista Marcos Suzanno, que reinventó la percusión brasileña con la microfonía interna, un músico clave en su carrera, estuvo este año en Uruguay con Ney Matogrosso. ¿Piensa volver a tocar con él?

    —En el reciente Rock in Rio nos juntamos y tocamos en el mismo escenario todos los participantes de Olho de Peixe, el disco que hicimos juntos. Fue un momento increíble, algo muy especial en mi carrera, con 50 personas en escena, dos orquestas muy diferentes, como la Martin Fondse Orchestra, de Holanda, y la brasileña Naçao Zumbí. ¡Todos juntos! Dos años atrás, cuando cumplí 30 años de trabajo, pude realizar 30 conciertos y nos reunimos con Suzanno para hacer el repertorio completo de Ojo de pez, un recuerdo hermoso. Ese show de Ney que ustedes vieron es muy especial para mí porque él abre con una canción mía y de Arnaldo Antunes, Rua de Passagem. Nadie la dice como él: “Todo el mundo tiene derecho a la vida, todo el mundo tiene los mismos derechos”.

    —Ud. posee una colección enorme de orquídeas. ¿Tiene que ver esa preocupación por la ecología con su afición por las orquídeas?

    —Sí, las orquídeas son mi droga.

    —¿Es cierto que trata de conseguir una orquídea de cada lugar que visita?

    —No tanto de conseguir sino de apreciarlas. Siento un gran placer en verlas. No es tan necesario sacarlas y llevármelas como mirarlas. Además no es posible llevarlas por las leyes fitosanitarias. Me gusta mucho conocer las especies endémicas de cada lugar donde voy a tocar.

    —¿De dónde viene esa obsesión?

    —Creo que es una pasión. Las orquídeas son actualmente mi sanidad y también son un banco de memoria, porque tengo más de seis mil orquídeas en mi orquidiario. Con ellas estoy construyendo un mapa de las plantas brasileñas. Dónde crecen, qué bioma tienen, qué tipo de sustrato, tiempo de floración. Y también el último show que di cuando me dieron esa planta, y quién me dio la planta. Tengo un centenar de especies, porque cada una de ellas tiene una floración distinta. No tengo todo en mi cabeza, pero cada planta tiene una etiqueta con todas las informaciones. Entonces, veo la planta y recuerdo: esta flor me la dio Donha Teresinha cuando di un concierto en Belem, en el norte.

    —Es como un diario hecho con flores…

    —Es un precioso diario, y el banco de mi memoria.

    —¿Donde está el orquidiario?

    —Empezó cuando mis hijos comenzaron a crecer, cuando tenían seis o siete años. Pensé que sería bueno conseguir un terreno no en la playa sino hacia el interior, porque yo vengo del mar y compré un sitio a una hora y media de Río. Lo primero fue investigar qué había en el sitio en botánica. En esa pesquisa descubrí una cosa increíble, una planta que parecía un alienígena. Y fue como un virus. En esa época ya existía San Google (ríe), que abrió para mí un mundo botánico fascinante.

    —Un artista con ese desarrollo poético debe tener una buena biblioteca, ¿no? ¿Cuáles son los autores a los que siempre vuelve?

    —Tengo una buena biblioteca y una buena discoteca, bien compartimentadas. Pero no las tengo ordenadas por autores, sino por el universo de la literatura. Tengo una colección de poesía muy grande, y estoy encantado por la ciencia ficción. Creo que el mejor ficcionista de todos los tiempos es Jorge Luis Borges. También leo mucha novela. Estoy siempre con dos o tres libros en simultáneo. Tengo Días de inferno na Siria, un relato muy pesado, de un periodista y documentalista brasileño que ha presenciado la guerra: Klester Cavaucanti. También acabo de descubrir un libro muy interesante de ficción científica del finlandés Emmi Itäranta llamado Memoria del agua, que trata sobre la crisis hídrica que estamos viviendo. Es una cosa inconcebible. Un país como Brasil, con su gran e icónica imagen turística, con el Amazonas, el río San Francisco, con las Cataratas del Iguazú, ¡pero la verdad es que nos estamos quedando sin agua! Es un problema generalizado en todo el planeta. De hecho, hay una canción que hice para este último disco llamada Quede agua.

    —¿Cómo vive la situación política y económica en la que está Brasil ahora?

    —Es muy confuso todo. Económicamente, es un problema de todo el mundo. No se puede pensar y entender la crisis de Brasil sin pensar y entender una crisis mundial. Pero el gran problema en Brasil es la impunidad. La población no aguanta más. Y por primera vez estamos viendo a los grandes poderosos en las páginas policiales (hace una pausa). Va a demorar todavía un tiempo, pero es un gran paso para moralizar a la clase política, no a la económica, sino a los dirigentes. Hay una gran diferencia entre el gobierno y el Estado, pero los brasileños estamos muy desesperanzados.

    —¿Cómo ha visto la crisis de corrupción en el poder?

    —No hay más izquierda. No hay más derecha. No hay nada más. Lo que hay son personas, y tenemos que saber qué personas escogemos para poner en las Cámaras y en el gobierno. Los partidos están partidos. No existe más coherencia ideológica. No existe más nada. Existen solo personas en nichos diferentes. Tenemos que moralizar a la clase de los dirigentes brasileños y estamos comenzando a hacerlo.

    Vida Cultural
    2015-12-10T00:00:00

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