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    “Lauchhammer: muerte en Lusacia”, reciente serie estrenada en Netflix

    Cuando el destino nos alcanza

    Columnista de Búsqueda

    ¿Qué tanto importa el contexto físico en una serie policial? ¿Es importante ocupar una parte de la historia en presentar ese entorno, ese paisaje donde se instala la acción? Muchos productores dirán que no, que ese entorno es apenas el telón de fondo sobre el cual transcurre la trama criminal. Otros dirán que ese telón de fondo sirve para explicar las reacciones de los protagonistas ante el hecho delictivo. Y quizá algunos, no muchos, digan que ese entorno no es solo un telón de fondo sino el centro del drama policial que plantea la serie. Ese parece ser el caso de Lauchhammer: muerte en Lusacia, miniserie policial alemana que estrenó hace algunas semanas Netflix.

    Ambientada en Lusacia, la vieja cuenca minera de la antigua Alemania del Este, la miniserie narra en seis capítulos una historia que se engarza de innumerables maneras con la historia económica y política del lugar. Por supuesto, el disparador, como en cualquier serie policial que se precie de ser tal, es un asesinato. Pero, tal como ocurre con las novelas policiales de la escuela Ross MacDonald, el origen del crimen puede rastrearse en el pasado. Un pasado en el que se cruzan, por un lado, el régimen socialista, autoritario y hermético, capaz de interrumpir una investigación policial si esta perjudica a algún jerarca del Partido Comunista, y, por otro, la sobreexplotación del territorio con la minería a cielo abierto para extraer carbón, un asunto que si bien en Europa es cuestionado desde hace muchos años, se reactivó de manera radical en particular en Alemania a partir de la invasión rusa a Ucrania. Y es que, si esa sobreexplotación se venía deteniendo de manera lenta (Alemania aún sigue dependiendo energéticamente del carbón y también del gas ruso), en la actualidad, y con el cierre de las pocas centrales nucleares que le quedaban al país y el precio del gas ruso por las nubes, es probable que la depredación minera en esas tierras se vea reactivada.

    En efecto, lo que la serie muestra es una cantidad de terrenos despedazados por las inmensas máquinas extractoras alternado con una sucesión de lagunas y charcos de agua ultracontaminada. A eso se suma un entorno deprimido económicamente, en el que las viejas familias de mineros apenas sobreviven gracias a los subsidios estatales. Una población que complementa el ingreso echando mano a recursos menos legales, como el tráfico de drogas, la estafa y los incendios provocados, entre otras cosas. Y que choca de frente con sus propios jóvenes, quienes entienden que el uso del carbón es un peligro real para el planeta y se organizan para combatirlo.

    Como ocurre con buena parte de la ficción televisiva europea, en Lauchhammer: muerte en Lusacia los personajes y sus motivaciones son bastante más complejos que en las series made in USA. Allí donde los estadounidenses suelen construir personajes planos, impresos y recortados sobre cartón, los creadores alemanes proponen un montón de sutilezas y contradicciones que vuelven mucho más realistas a los protagonistas de la trama. Y eso incluso cuando el paisaje destruido por las minas, casi lunar, hace que la acción transcurra en un escenario tan irreal que parece de una serie de ciencia ficción.

    Así, el protagonista, Maik Brigengard (sólido Mišel Maticevic), es un detective con un pasado dudoso y cierta propensión a solucionar algunos asuntos a trompadas. El también policía y abiertamente corrupto André Pötschke (correcto Matt Hosemann) puede, yendo en el sentido contrario, ser capaz de mostrar humanidad y cierta dosis de decencia. Más unidimensional es el protagónico femenino de la detective Annalena Gottknecht (convincente Odine John), que no muestra falencia moral alguna y acaso tiene como único rasgo negativo de carácter ser un poco rígida en su relación con los colegas y con los lugareños vinculados a la investigación. El resto del elenco es también excelente y no ofrece fisuras de ninguna clase en su interpretación. Por supuesto, a eso ayuda la densidad de los diálogos y la riqueza de los personajes, entre los cuales un traficante puede ser al mismo tiempo una víctima de su circunstancia familiar o de las decisiones macroeconómicas que desde la reunificación alemana afectan a la región. Una región que, si uno debe creerle a la serie, se limita apenas a ir languideciendo lentamente, sin más perspectiva que desaparecer por completo.

    Otro punto de especial interés es la presencia de una minoría étnica, los sorbios, quienes hablan una lengua aparte y parecen ser más pobres que el promedio de la población de la ya de por sí empobrecida excuenca minera. Ajenos a la Alemania del presente, viven en una suerte de pobreza rural, encerrados en una cultura y unas tradiciones (su ropa, por ejemplo) que permanecen incambiadas desde hace muchas décadas. El pasado socialista del lugar también se revela en la pobreza generalizada del lugar, hasta el punto de no parecer siquiera parte de la Alemania que tiene a la muy cosmopolita y próspera Berlín como estandarte e imagen más visible.

    En todo sentido, la experiencia de la serie es sombría. No solo por su temática policial con asesino en serie incluido. También por la fotografía y por las locaciones escogidas, que siempre ponen especial énfasis en mostrar la destrucción ambiental, el abandono y mal estado de muchas de las viviendas. Y también por la corrupción generalizada retratada, que a veces es simplemente una prolongación actual de la desidia estatal heredada de la vieja RDA.

    En resumen, una serie competente e intensa que es capaz de reunir en su propuesta una sólida trama policial (que por momentos avanza de manera algo lenta) con una profunda mirada social, política y medioambiental. Logra, y esto es difícil, combinar todos esos niveles narrativos de manera natural y atractiva, haciendo que los seis capítulos pasen volando y hasta resulten cortos. De hecho, si algo se le puede reprochar a la miniserie es cierto apresuramiento por cerrar todos los hilos narrativos abiertos en los primeros cinco capítulos en un sexto que se hace un poco precipitado.

    La pregunta final que parece plantear la serie es hasta qué punto es valioso resolver un crimen o varios, no importa demasiado, en un contexto de absoluta y radical desesperanza. Quizá, como ya parece ocurrir con el medioambiente, la respuesta a esos crímenes llega demasiado tarde, cuando ya nada puede cambiar el destino de esa comunidad. En ese sentido, Lauchhammer: muerte el Lusacia plantea una potente metáfora reflexiva: hasta dónde somos capaces de controlar los monstruos que nosotros mismos desatamos y después pasamos por alto, hasta que nos devoran. Ver esta serie quizá no sea una experiencia luminosa, aunque sí una necesaria.

    Vida Cultural
    2023-04-26T16:51:00

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