En 1998 se creó la primera página web de la Real Academia Española (RAE), y con ella nació el Departamento del Español al Día, un servicio de atención a consultas lingüísticas que hasta entonces se hacían por correo postal. Durante 20 años, allí se centralizaron las dudas que los usuarios enviaban después de llenar un formulario. “El departamento se inició con un solo miembro, que era yo”, dice su directora, Elena Hernández, al recordar aquel comienzo en solitario. Cuando las consultas comenzaron a llegar en aluvión, se formó un equipo para contestarlas con ocho especialistas españoles y dos colaboradores en América Latina. “Ellos nos dan la perspectiva de lo que es la norma del español al otro lado del Atlántico, donde están la mayoría de los hablantes”, explica Hernández. Ahora las consultas se hacen solo a través de Twitter (@RAEinforma) y varias de las respuestas han tenido tanto éxito que se volvieron virales. Es que el equipo ha sabido captar no solo el ritmo acelerado de Twitter, sino también su tono. Y allí, en ese ámbito caótico y de incorrección lingüística, Hernández y su equipo lograron algo impensado: que haya interés por el lenguaje y su buen uso. Las preguntas son múltiples: si se escribe “lamer” o “lamber”, si se dice “detrás de mí” o “detrás mío”, si está aceptado escribir “niñes” o decir “almóndiga”, son algunas de las más de 500 consultas sobre léxico y normativa que reciben por día. La siguiente es la entrevista que Hernández mantuvo con Búsqueda vía telefónica desde Madrid.
—La filología se dedica al estudio de la lengua y la literatura. En mi caso, estudié filología española. Por otro lado, los lexicógrafos son los técnicos especialistas en la elaboración de los diccionarios. Mi primer trabajo fue elaborar el Diccionario Histórico de la Lengua Española. Básicamente, me ocupo de las cuestiones de norma lingüística en el plano de la ortografía y en el gramatical, que tiene que ver con la morfología y con la sintaxis. Pero debo aclarar, porque hay gente en esto que tiene mucha confusión, que son normas que nacen del uso, no son impuestas por los académicos. Los académicos pueden decidir las normas ortográficas, pero cómo hablamos lo determina el uso cotidiano. Por lo tanto, lo que hago es estudiar cómo se da ese uso y en qué registro (formal o informal).
—No, también se ha ocupado de elaborar los borradores de las dos grandes obras normativas de la RAE: la Ortografía, cuya última edición es de 2010, y el Diccionario Panhispánico de Dudas, que se publicó en 2005 y esperamos poder actualizarlo próximamente. Por otro lado, también detectamos neologismos (nuevos términos), que elevamos como propuesta a las comisiones del diccionario para su incorporación.
—¿Cómo fue la decisión de usar Twitter para responder consultas?
—Hasta 2012, el departamento solo atendía consultas que llegaban por correo electrónico, pero a partir de ese año nos dimos cuenta de que los hablantes planteaban dudas en las redes sociales. Como la RAE tenía ya una cuenta institucional en Twitter, vimos la posibilidad de que los usuarios hicieran allí las consultas. Ha tenido mucho éxito, quizás porque es más rápida la respuesta, que además requiere de menos explicaciones porque los pocos caracteres imponen límites. Entonces se interactúa de forma más dinámica con el usuario. Desde setiembre de 2018, Twitter es la única vía para hacer consultas. Tuvimos que estructurar el trabajo porque la demanda crece de manera muy rápida y el personal que atiende el servicio es siempre el mismo.
—¿Cuántas consultas reciben por día?
—El informe de gestión de marzo dio una media de 508 consultas diarias. Afortunadamente, tenemos mucha experiencia acumulada y una gran base de datos de respuestas cuyo porcentaje de recurrencia es alto, entonces nos es fácil recuperarlas y reenviar al consultante. Pero siempre llegan nuevas y nos permiten estar al día con los cambios y novedades.
—¿Le sorprende que haya tanto interés por la corrección en el lenguaje en Twitter, donde la gente suele escribir con errores?
—Es una paradoja curiosa, pero también es un fenómeno esperable. El interés por la lengua siempre estuvo, pero antes solo una parte de la población se comunicaba por escrito. Ahora casi todas las relaciones interpersonales pasan por las redes sociales, que utilizan la escritura como herramienta. Entonces los usuarios están más vulnerables porque su manera de expresarse también condiciona la opinión que se tiene de ellos. Por eso están cada vez más preocupados por causar buena impresión y no ser puestos en ridículo. Eso hace que el interés por aclarar dudas sea cada vez mayor. A veces las personas que hacen preguntas manifiestan bastantes incorrecciones en el propio modo de preguntar. Pero no podemos ponernos a corregirlas y un poco hacemos la vista gorda.
—¿Cambió el tipo de dudas desde que están en Twitter?
—Hay preguntas clásicas que no varían, como las relacionadas con la ortografía o la sintaxis. Las que cambian son sobre todo las dudas léxicas, vinculadas a neologismos o extranjerismos, como ocurre con “selfi”. Muchas consultas están relacionadas con asuntos de actualidad, pero solo respondemos a cuestiones que tienen que ver con la lengua y la norma, porque algunas tienen aroma a deberes.
—A veces da la sensación de que en España consideran que el español de América no es el correcto. ¿Les ha llegado alguna observación al respecto?
—Esa postura no la sostiene ninguna persona con un mínimo conocimiento lingüístico. Para nosotros, el español de América y de cada área diferenciada es una variedad legítima y absolutamente pareja a cualquier otra. Para nada desde la academia y desde los españoles eso está en debate.
—Sin embargo, Alfonso Cuarón se quejó porque su película Roma la pasaron con subtítulos en España y transformaron los modismos mexicanos. ¿Cómo se explica?
—El subtitulado de la película es una decisión que tomó la plataforma Netflix, y los españoles no entendemos muy bien por qué lo hicieron, los primeros sorprendidos fuimos nosotros. Y también los primeros enfadados, porque de alguna manera nos sentimos tomados como ignorantes, como seres incapaces de entender la variedad lingüística mexicana. En el cine hispanoamericano que se exhibe en salas y el que se consume a través de plataformas como Netflix, no se usan subtítulos. Lo de Roma sinceramente no lo entiendo. Fue un error y no es muestra de lo que se piensa aquí del español hispanoamericano. Nos sentimos encantados de oír los diferentes acentos.
—Algunas de sus respuestas en Twitter tienen humor o ironía. ¿Decidieron alejarse de la solemnidad de la RAE?
—Nosotros decidimos mantener la formalidad en un medio que se caracteriza por la informalidad extrema, entonces nos dirigimos a los usuarios tratándolos de usted. No sé si somos una institución que tenga solemnidad, eso suena muy rimbombante, pero sí seriedad. Esto no quita que haya guiños a consultas que se hacen con cierta ironía o usando juegos de palabras. Nosotros lo captamos y respondemos con un tono sutilmente irónico o con trazos de humor que son muy bien recibidos. Hubo algunas de esas respuestas que se hicieron virales.
—Una de ellas fue si “te invito a mi casa a ver Netflix”, se escribe con “g o con “j”. Ustedes respondieron que el verbo “coger” va con “g”. ¿Cómo se les ocurrió la respuesta?
—Cuando llegó esa consulta yo la recibí. Me quedé un poco perpleja, pero de inmediato recordé que había habido consultas previas sobre si “coger”, en el sentido sexual, iba con “g” o con “j”. Entonces pensé: “Ay, acá va a haber un juego con este asunto”.
—¿Se divierten pensando en respuestas como esa?
—La verdad es que sí, nos reímos mucho porque hay consultas hechas con mucha gracia. A veces es curioso observar cómo se acerca la gente a los hechos lingüísticos. Hay toda una terminología popular que para un especialista resulta francamente divertida. Pero además, en muchas ocasiones los usuarios son realmente ingeniosos o nos plantean consultas que nos obligan a pensar, a estudiar y a discutir. Entonces el trabajo es muy divertido, aunque el ritmo que nos tenemos que imponer para contestar es estresante, como en el mito de Sísifo: cuando ya crees que contestaste todas las consultas, refrescas la aplicación y tienes otras tantas pendientes, es un flujo incesante.
—En general, la gente se siente agradecida, pero también reciben críticas. ¿Es difícil evitar la discusión?
—Las críticas las recibimos como un acicate para la mejora, como una manera de descubrir errores en el diccionario. Por ejemplo, definiciones con cierto sesgo sexista que no se han tocado desde hace dos o tres siglos. Algunas no pueden desaparecer porque los diccionarios son claves de lectura y sirven para interpretar los textos. Por eso tienen que darse las definiciones de los hablantes de ayer y de hoy, aunque no nos gusten por la realidad que describen o la actitud que manifiestan. Hay críticas que vienen con tono maleducado o son fruto del desconocimiento. Pero nosotros no entramos en la polémica, tratamos de mantener las respuestas en el terreno de lo lingüístico y de la pedagogía.
—¿Las consultas sobre lenguaje inclusivo son las más ásperas de responder?
—Siempre que hablo sobre este tema aclaro que es a título personal. También aclaro que habría que decir el “llamado lenguaje inclusivo”, porque parece que quienes no asumen sus presupuestos están utilizando un lenguaje excluyente, y yo no lo creo así. Hay una parte de la población que tiene una posición muy visceral en relación con este tema y nosotros no entramos en discusión. Simplemente explicamos cómo funciona la morfología de género en español, qué cambios son necesarios y cómo se pueden eliminar los sesgos sexistas. Tratamos de desmontar las críticas que se nos hacen, porque a veces parece que hubiera una voluntad machista entre los académicos.
—¿Le parece que el lenguaje inclusivo va a terminar imponiéndose como un uso?
—Si te fijas y haces el ejercicio de escuchar cómo habla la gente en el mercado, en su casa, en el café, con los amigos, verás que utiliza el masculino genérico gramatical. Solo se desdobla (las/los) o utiliza la “e” en el ámbito de lo político, de la reivindicación, del mitin, de la declaración pública, etc. Eso me hace pensar que no va a pasar a formar parte del sistema lingüístico. Claro que hay gente que ha hecho tal ejercicio que ha logrado incorporar a su habla cotidiana el uso de la “e“ como marca de género neutro. Pero los cambios lingüísticos no se producen de manera consciente, ni se imponen desde un sector. Como feminista, me parece que estamos equivocando la lucha si perdemos energía en este uso en lugar de pelear por lo que verdaderamente importa.
Vida Cultural
2019-05-23T00:00:00
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