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    “Los músicos somos unos tarados que pensamos que valemos menos si nos volvemos más populares”

    Drexler debuta como actor y a fin de año presentará un disco hecho en base a canciones para dispositivos móviles

    Es simpático. Es tranquilo. Es, incluso, dulce y entrador, pero con perfil bajo. Porque es un uruguayo típico que puede pasar camuflado en cualquier ambiente de cualquier país. Es Jorge Drexler, el músico y compositor que ganó el Oscar en 2005 por su canción “Al otro lado del río” y que ha editado alrededor de una decena de discos, entre ellos “Sea”, “Frontera” y “Amar la trama”. Artistas tan diferentes como Mercedes Sosa, Víctor Manuel, Pablo Milanés, Adriana Varela, Jaime Roos y Bajofondo han grabado canciones suyas en sus trabajos. Drexler fue nominado a los Grammy Awards en tres oportunidades y a los Latin Grammy Awards durante cuatro años consecutivos.

    No contento con desarrollar esta sólida carrera musical, Drexler —que también es otorrinolaringólogo— se tiró a las aguas peligrosas de la actuación con una película romántica sobre el amor de pareja y las relaciones filiales. Su vínculo con el cine proviene de su intervención musical, pues canciones suyas integran filmes como “No sos vos, soy yo”, “Retrato de mujer con hombre al fondo”, “Antigua vida mía” y “Spoils of War”.

    Jorge Abner Drexler Prada compuso también la banda sonora y dos canciones de la película “The City of Your Final Destination” (“Las páginas perdidas”), de James Ivory, en la que actúan Anthony Hopkins y Laura Linney.

    A los 47 años edad está casado con la hermosa actriz y cantante madrileña Leonor Watling y se animó a explorar el mundo actoral con el papel protagónico de la película “La suerte en tus manos”, de Daniel Burman, que permanece en la cartelera montevideana.

    —En el filme usted interpreta a un neurótico redomado, a un disfuncional del amor. ¿Cómo hizo para construir ese personaje? ¿Él tiene manías o tics que son también suyos en la realidad?

    —Todos tenemos algo de neuróticos redomados o de disfuncionales del amor, más adentro o más en la superficie, lo cual me hizo fácil meterme en ese personaje. Por alguna razón nada extraña, me fue fácil reconocer esos tics de divorciado cuarentón con el tipo de cuestionamientos de Uriel. Aunque en el fondo los dos resolvamos los problemas de maneras diferentes, evidentemente hay algo de él que está adentro mío y hay algo mío que está adentro de él, pese a que nos hagamos preguntas diferentes sobre la vocación y a que sea también diferente nuestra relación con las mujeres y con nuestros hijos. Pero eso está: estuvo en mi vida, lo puedo entender y creo que cualquier persona de cuarenta y algo lo entiende.

    —Entonces, ¿con qué características concretas del personaje se identifica usted?

    —En ese movimiento que hay a esa edad en que las certezas caducan (en la canción “Noctiluca”, Drexler habla de “la edad aquella en que la certeza caduca”), hace todo “crack-crack” y entonces tratás de rearmar tu mundo como podés, aprendés a vivir con tus hijos de una manera diferente a la de antes y estás rehaciendo tu vida sentimental. Son cosas que aunque no te divorcies podés entenderlas, porque hay algo que pasa a esa edad que hace que vuelvas a renovar algunos pactos.

    —¿Cómo fue trabajar con grandes figuras del cine argentino como Norma Aleandro y Luis Brandoni?

    —Con Norma lamentablemente no tengo secuencias, aunque sí disfruté de tres días en los que coincidimos, cenamos juntos, charlamos y nos visitamos en nuestros rodajes. Es increíble verla trabajar, y fue la primera que me dedicó un piropo: “Qué buena cara de poker que ponés”, me dijo (ríe). “Eso es muy difícil de hacer”, agregó. Me quedé supercontento de que me lo dijera ella. La verdad es que estaba muy asustado el primer día en que fui a trabajar con Brandoni. Pero es espectacular. Yo tenía una secuencia en la que él lo único que decía era “sí” y “no”, pues todo el texto era mío. Y son divinos todos: Luis es una maravilla, y ¿qué te voy a decir de Valeria (Bertuccelli), que fue mi amiga durante esos tres meses y con quien nos reímos como locos? Nos conocimos mucho, tenemos un sentido del humor en común y todo es mucho más fácil cuando se establece esa complicidad con ese humor tan salvaje de ella que a mí me encanta: se juntaron el hambre y las ganas de comer. Porque en pantalla tenés que aparentar una familiaridad con esa persona que es tu pareja en la ficción. Teníamos unos códigos internos que eran solo nuestros e iban por el lado del humor. La verdad es que arruinamos un montón de tomas riéndonos con Valeria. Decíamos “perdón, perdón”, y Burman nos decía: “No, no, eso es maravilloso, porque se están riendo de verdad”.

    —Su personaje, Uriel Cohen, miente todo el tiempo a las personas que más quiere. ¿Considera que es imprescindible mentir en las relaciones afectivas?

    —Creo que no es necesario mentir, pero sí que la verdad es una entidad relativa. Nadie dice toda la verdad todo el tiempo a todas las personas que tiene enfrente. Uno no va por la calle haciendo pis cuando tiene ganas de hacerlo o dándole un beso a quien quiera. Hay unos códigos de convivencia, así como no vas por la calle diciendo “qué feo que sos”, “qué linda que sos” o “qué sombrero espantoso que tenés puesto”. No vas por la calle con la verdad en la solapa, digamos. Vas dosificando, y en ese límite creativo funcionan las parejas. Mi mujer vino a ver la película y me dijo que le encantó cómo estoy y señaló dos o tres cosas positivas. Pero ¿esa es toda la verdad? Probablemente no, y dentro de unos meses ella me diga: “La verdad es que en esa secuencia te convendría haber hecho esto”. Uno elige en qué momentos decir la verdad. Y ya elegir es mentir un poco.

    —En relación con el tema romántico de la película, ¿qué opina de los grupos musicales históricos de Uruguay que, como Los Iracundos, le han cantado al desencanto amoroso?

    —Los Iracundos son increíbles. Te das cuenta del valor real de lo que hicieron cuando vas a tocar a Perú o a Ecuador y ves la presencia que tienen ahí. Eduardo Franco era un compositor dotadísimo para el pop. En realidad los conozco mucho más de lo que pensaba, porque me di cuenta de que me gustaban canciones que escuchaba por ahí sin saber que eran de ellos. De todas maneras a mí me cansa el monotema del amor de pareja en la canción. Prefiero hablar del amor como una energía un poco más abstracta, como una motivación: el amor filial, la nostalgia de un sitio, el amor erótico, diferentes ramas.

    —¿Hay otros compositores románticos que le interesen?

    —La palabra “romántico” no es algo que me inspire en el momento de buscar música, porque está tan manida que el romanticismo se volvió más un tic que una característica. La gente escribe eso porque es fácil y porque toda la vida escuchó canciones de amor. Tampoco estoy de acuerdo con Joaquín Sabina cuando asegura que triste se escribe mejor. Así como no estoy de acuerdo con cerrarse al amor para escribir, no me parece que haya que cerrarse al malditismo para escribir. El ser humano tiene una paleta alta emocional. Estoy contento con canciones mías de celebración y también de duelo: me gusta ese espectro. Es como dice Martín Buscaglia en las canciones “Ante la duda, todo” y “Pobres Pandas”. A mí también me gusta todo el menú emocional.

    —El año pasado, Jaime Roos, entrevistado por Búsqueda, se refirió a algunos artistas que admiraba, dijo que entre los músicos más jóvenes reconocía el trabajo suyo, y agregó: “Curiosamente, Drexler no es un artista muy apreciado por los músicos uruguayos. Pero yo lo considero un músico excelente y por sobre todas las cosas un compositor de primera línea mundial”. ¿Qué sensaciones le generan estas palabras?

    —Es un honor enorme porque soy un gran admirador de Jaime desde “Candombe del 31”. Tengo todos sus discos en vinilo y no comprados retroactivamente, sino en 1979, cuando alguien los traía aquí. Jaime debe ser uno de los músicos que más he escuchado en mi vida, y que diga eso verdaderamente es un orgullo. Él trasciende los límites musicales de este país: es el responsable de la mayor transformación en el carácter de nuestra sociedad en los últimos 30 años, de la inclusión de la murga y el candombe en todos los espacios de la ciudad, de la proliferación de las cuerdas de tambores y la aceptación de la murga como un género válido de la música popular y no marginal. El relato del fin del siglo XX ha estado, sobre todo, en su pluma. Así que, de la misma manera en que Chico Buarque inventó una identidad brasileña con el samba, Jaime Roos inventó una identidad uruguaya y la ha sabido condensar. Roos es a la música uruguaya lo que Chico Buarque es a la música brasileña.

    —¿Pero le molesta esa constatación de que su arte no es valorado demasiado por sus colegas uruguayos?

    —Lo curioso es que cuando voy a hacer una conferencia de prensa en otros países, el periodista me dice: “Tú, que eres un músico admirado por los músicos y no por el público general...”. Es extraña la percepción invertida. Sabina decía: “En España me miran como si fuera José Luis Perales y en Latinoamérica como si fuera Leonard Cohen”. Me gusta eso. Me parece bien que en el país propio se lo crea menos a uno, porque si no, sería insoportable. Si la gente pensara que soy un genio inédito de la canción, no podría andar en bicicleta por la Rambla, algo que me gusta mucho. Jaime lo dice porque él siente lo mismo. Los músicos somos unos tarados que pensamos que valemos menos si nos volvemos más populares. Prestarle atención a la popularidad de alguien para juzgarlo me parece una estupidez. Comprar o no un disco porque lo tiene mucha gente me parece idiota. Si yo me guiara solo por valores de popularidad, no hubiera disfrutado a los Beatles, el grupo más popular de la historia, y si me guiara por los discos que compra todo el mundo, no hubiera tenido los de Fernando Cabrera, que es el mejor compositor en castellano de hoy en día.

    —¿Está preparando algún disco en este momento?

    —Estoy haciendo un proyecto diferente de una aplicación con canciones “combinatorias”, porque las termina de armar el escucha en su teléfono inteligente o en tabletas. La canción se arma como si fuera un rompecabezas. Son cinco canciones diferentes y al final se juntan todas para un álbum que saldrá a fin de año. En junio se estrenará también el ballet que me encargó Julio Bocca. Así que es un año de muchas experiencias nuevas.

    Vida Cultural
    2012-04-12T00:00:00

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