A continuación, un resumen de la entrevista que mantuvo con Búsqueda el martes por videollamada.
—¿Por qué motivo visita Uruguay?
—Voy a Uruguay porque es uno de 34 Estados miembros de IDEA Internacional. Es un organismo intergubernamental, desde democracias enormes como las de India, Brasil e Indonesia, a pequeñas como las de Uruguay y Costa Rica o altamente desarrolladas como las de los países nórdicos. Voy a tocar base con nuestra contraparte en el Ministerio de Relaciones Exteriores y con el Parlamento.
—¿Por qué en Uruguay no se conoce? ¿Hay una autopercepción de que estamos bien?
—No sé si sea eso. En todo caso, la percepción no sería equivocada porque Uruguay es un país en el que, en términos generales, le va bien en cuanto al funcionamiento democrático. Creo que IDEA internacional es muy bien conocida dentro de un círculo pequeño que trabaja en temas electorales, de reforma constitucional, de reforma política. No es conocida en el gran público, pese a que en los últimos años sí hemos hecho un esfuerzo muy grande. Esfuerzo que incluye la publicación de este informe sobre el estado global de la democracia y que está basado sobre una cantidad enorme de datos, 173 países con datos que van desde 1975 hasta hoy.
—En el informe que presentaron sobre el estado de la democracia un año atrás describieron un panorama complicado. ¿Eso se repite en el informe de este año? ¿Por qué se está dando el deterioro democrático a escala global?
—En efecto, lo que el informe hace es confirmar la tendencia que hemos visto ya desde hace unos cuantos años, que es de una proliferación de desafíos muy graves para la democracia a escala global. Los vientos que está enfrentando la democracia a escala global son cada vez más severos, posiblemente los más severos desde los años 30 del siglo pasado. Y eso lo ves de diferentes maneras en el informe.
Lo ves, primero, en la cantidad de países que están moviéndose en una dirección autoritaria. Esto es, que de ser democracias están pasando a ser regímenes híbridos o, directamente, regímenes autoritarios. La cantidad de países que se está moviendo en esa dirección en los últimos seis años es el doble de los países que se están moviendo hacia la otra dirección, hacia la democracia. Ese dato solo te dice en qué dirección está soplando el viento. Pero si a eso le añadís que la calidad de la democracia se está deteriorando en todo el mundo... Y cómo sabemos esto: nosotros desagregamos el concepto de democracia en 29 atributos y hablamos de erosión democrática cuando alguno de esos atributos —que en algún país puede ser la transparencia electoral, en otro país puede ser la libertad de prensa— sufre un deterioro sistemático en un período de cinco años. La erosión democrática hace una década la sufrían el 12% de las democracias en el mundo, en este momento esa cifra ha aumentado hasta el 50%. O sea, el 50% de las democracias en el mundo está experimentando erosión de la calidad democrática. Eso te dice no solo lo extendido que está el problema de la democracia, sino también lo rápido que está cambiando.
En tercer lugar, hay un tipo particularmente severo de erosión democrática, que es lo que se llama el deslizamiento democrático, en inglés se le dice democratic backsliding. Los datos que tenemos son que eso ha empezado a suceder en países muy importantes, muy relevantes, como la India, como Brasil y, quizás, más preocupante que cualquiera: Estados Unidos. El caso de Estados Unidos es muy alarmante porque una de las cosas que queda clara de nuestra medición es que el proceso de deterioro en el desempeño democrático de Estados Unidos no se alteró fundamentalmente con la elección de una nueva administración; o sea, continúan aumentados los niveles desaforados de polarización política. En el año 2021, que es el período que cubre el último informe, vimos un fenómeno muy preocupante de un grupo muy grande de gente dispuesta a erosionar la credibilidad del resultado electoral echando mano a la violencia. Además, en un momento más reciente hemos visto un retroceso en Estados Unidos en la tutela de los derechos sexuales y reproductivos. Eso es muy llamativo, muy excepcional, porque en todos lados los derechos sexuales y reproductivos están expandiéndose, mientras que en Estados Unidos dieron un gran salto hacia atrás. Todas estas cosas configuran un panorama muy alarmante en cuanto al desempeño democrático de Estados Unidos.
Cuarto hallazgo en el informe: los regímenes autoritarios están volviéndose cada vez más autoritarios, más represivos. Lo ves en el caso obvio como el de Rusia, pero lo ves también en el de Nicaragua; cada vez están más alejados de los preceptos básicos de tutela de la democracia y los derechos humanos. Hay un recrudecimiento del autoritarismo.

Asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 tras la derrota de Donald Trump. Foto: AFP.
—¿Hay algún aspecto positivo identificado en el informe?
—No todas son noticias negativas, hay algunos destellos de esperanza, pero son muy pocos. En África, por ejemplo, si bien, por un lado, ha habido una sucesión de golpes de Estado en lugares como Mali, como Guinea, como Chad; hay otros casos como Zambia, como Gambia, como Níger, donde ha habido elecciones que se auguraban muy complejas que han salido bien y que han reencauzado el proceso democrático. En Europa está el caso de Moldavia, por ejemplo. Y, en términos generales, una buena noticia es el vigor del activismo cívico en todo el mundo. Eso lo vemos desde los movimientos de juventud globales en la lucha contra el cambio climático, pero lo ves también en las protestas que están ocurriendo en un lugar como Irán, donde la gente sale a demandar sus derechos fundamentales de una forma cada vez más incisiva.
—Cada país tiene sus particularidades, pero la tendencia es global, según su informe.
—Sin duda, sin duda.
—¿A qué atribuye este deterioro?
—Hay muchas cosas pasando. Hay tendencias de largo aliento y otras más coyunturales. Entre las coyunturales, claramente los vientos que enfrentaba la democracia estaban ahí antes de la pandemia y la guerra en Ucrania, pero esos dos fenómenos han tenido un efecto negativo a través de la crisis económica que han generado. O sea, la crisis económica está empezando a pasar una factura política, que fue lo que pasó en la crisis financiera de 2008-2009. Esas facturas políticas no llegan de inmediato, tardan unos años en decantarse. En el caso de la crisis financiera, pasaron cinco, seis, siete años antes de que llegara la factura política del colapso económico. Lo mismo está pasando luego de la pandemia y ahora con la guerra en Ucrania, a través de la espiral inflacionaria, a través de la contracción económica, a través del estrechamiento del espacio fiscal que tienen los gobiernos después de haber hecho un esfuerzo enorme durante la pandemia para mantener las economías a flote. Todas esas consecuencias económicas han empezado a pasar una factura política.
Esos son los factores inmediatos, ahora los factores de más largo alcance son complejos. Se me ocurren dos o tres factores que explican lo que está pasando con la democracia a escala global. Creo que las comunidades democráticas están siendo fracturadas internamente por fuerzas muy poderosas. Por un lado tenés los altísimos niveles de polarización; y si hablás de altísimos niveles de polarización, inevitablemente tenés que hablar del papel de las redes sociales y de las campañas de desinformación. Pero además las comunidades democráticas están siendo disgregadas, digamos, por los niveles atroces de desigualdad que estamos viendo en todo el mundo. O sea, hay fuerzas centrífugas muy poderosas. Y, al mismo tiempo, los mecanismos que tenían las democracias para agregar demandas y reclamos sociales como los partidos políticos están muy debilitados. Entonces, tenés un primer grupo de factores que tienen que ver con la agudización de las fracturas internas de las sociedades democráticas.
Tenés un segundo nivel de factores que yo llamaría la pérdida de fe en las instituciones democrático-liberales, que tiene que ver, en primer lugar, con la percepción de que las instituciones democráticas no están respondiendo a las expectativas y demandas sociales de una manera eficaz, particularmente en tiempos de crisis. En segundo lugar, esta pérdida de fe en las instituciones democrático-liberales tiene que ver con un factor tóxico que verdaderamente está pulverizando la legitimidad democrática en todas partes, que es la corrupción y la percepción de corrupción.
Diría que el tercer grupo de factores tiene que ver con que el clima internacional de protección a la democracia se ha vuelto mucho más inhóspito. En otras palabras: los líderes autoritarios, o quienes aspiran a ser líderes autoritarios, pagan un precio mucho menor hoy por sus transgresiones democráticas de lo que pagaban hace una generación. Creo que eso es un dato muy importante. Y lo ve uno en América Latina. Uno ve casos como el de El Salvador y Nicaragua, que son proyectos autoritarios que reciben una mano amiga de otras autocracias de fuera de la región, como Rusia y China. Eso no pasaba antes. El precio que se pagaba era mucho mayor, ya no. Y yo lo que le añadiría, en este mismo ámbito de los factores internacionales, es que el atractivo del modelo democrático-liberal y, particularmente, de las potencias democráticas occidentales se ha visto enormemente debilitado por la cantidad de decisiones calamitosas que han tomado en los últimos 20 años, o los sucesos calamitosos que han pasado: la guerra en Irak, la crisis financiera de 2008, la experiencia horrenda con Donald Trump en Estados Unidos. Todas esas cosas han ido erosionando la credibilidad del modelo democrático-liberal. Creo que le han hecho un daño enorme en un momento en el que al modelo democrático-liberal le han salido competidores creíbles en términos de modelos alternativos de gobierno, como es el modelo chino.

Rosario Murillo y Daniel Ortega, la pareja que gobierna Nicaragua. Foto: AFP
—En los últimos años han salido muchos libros que hablan sobre la muerte de las democracias. El modelo democrático-liberal no tiene tantos años en la historia política, lo sucedieron otros modelos antes y quizás haya otros después…
—Como vos decís, el modelo democrático-liberal es muy nuevo. Y marcha contra impulsos muy arraigados en la naturaleza humana. O sea, la noción de que es mejor ser parte de una comunidad en la que todos somos iguales en nuestros derechos, es una noción muy nueva. La norma histórica ha sido pertenecer a comunidades donde nos agrupamos con los que son iguales a nosotros, en la que nos agrupamos con nuestra tribu y en la que el poder se ejerce de manera vertical y no está sujeto a controles. Esa ha sido la norma histórica. La construcción democrático-liberal es muy nueva y lo que estamos aprendiendo es que la expansión de la democracia en el mundo no es un proceso inevitable, sino que está sujeto a reversiones y que es una batalla que hay que pelear todos los días. Eso es lo que está resultando cada vez más y más claro. En algún momento, allá por los años 90, había una gran exuberancia sobre el futuro de la democracia y la expansión inevitable de la democracia a todo el mundo; bueno, la cosa ya no está tan clara en absoluto. Claramente, hemos aprendido que en esto la reversión de las tendencias es posible.
—¿Entonces la democracia está pasando de moda?
—Me parece que el caso a favor de la democracia sigue siendo muy fuerte. Y te doy dos o tres argumentos que me parece que siguen siendo muy fuertes. La democracia es el único sistema que protege la agencia de las personas y que tutela la dignidad de las personas en términos de su posibilidad de participar en la definición de su destino y del destino de su comunidad. Eso no es menor. Segunda cosa, y esta no es pequeña, es un sistema que resuelve de una forma muy elegante algo propio de los sistemas autoritarios: el problema de la sucesión política. La democracia, salvo raras excepciones, te resuelve eso de una manera institucional y elegante. Y, finalmente, y este es el tema clave, uno de los atributos más importantes de la democracia es su capacidad de autocorrección. Es decir, en una democracia vos sabés que si no te gusta quien te gobierna y si no te gustan las políticas públicas, en cuatro o cinco años tenés la oportunidad de expresar tu opinión y con algo de suerte deshacerte de quien te gobierna. Los regímenes autoritarios son el equivalente de jugar a la ruleta. O sea, si tenés mucha suerte podés caer en las manos de Lee Kuan Yew, el presidente de Singapur, y te va muy bien. Pero si no tenés tanta suerte, y la mayoría de la gente que vive en regímenes autoritarios no tiene esa suerte, te toca Idi Amin o Pol Pot. Y, amigo, te jodiste. Quedaste metido en la habitación con Idi Amin y no podés ir a ninguna parte y no podés cambiar absolutamente nada. Entonces, la posibilidad de autocorrección de la democracia es un atributo muy potente. Me recuerda aquel argumento que puso en boga hace muchos años el economista indio Amartya Sen, que se preguntaba por qué era que nunca había habido una hambruna en una democracia, y la respuesta es porque en una democracia, en primer lugar, la información circula libremente y la sociedad puede organizarse para demandar un cambio de rumbo en la política pública. Esas dos cosas garantizan que haya una posibilidad de corregir el rumbo. Ese es el argumento más potente a favor de la democracia. Eso me hace optimista.
El tema es que podés hacer ese caso todo lo que quieras, pero para el 98% de la gente que está ahí afuera, la democracia se juzga de acuerdo con los beneficios que le genera en su calidad de vida. Ese es el tema clave y por eso es tan importante poner énfasis en la capacidad de las instituciones democráticas para satisfacer las expectativas y demandas sociales. Y ahí tenemos un problemón, porque la brecha entre expectativas y demandas sociales y la capacidad de satisfacerlas está creciendo día a día. A mí me da la impresión de que lo que ha pasado en la última generación es que la globalización ha democratizado las expectativas y demandas sociales, pero no los medios para satisfacerlas. Entonces, cerrar esa brecha me parece que es clave.
—Ustedes hablan de regímenes híbridos. ¿Qué alertas pueden sonar en una democracia de que se está deslizando hacia el autoritarismo? ¿Hasta dónde las críticas al sistema son parte del juego democrático?
—En esto hay un manual. Creo que en los casos de deslizamiento democrático los síntomas que uno ve tienen que ver con la erosión de los controles sobre el ejercicio del Poder Ejecutivo. ¿Cuáles controles? La independencia de los jueces, la existencia de una prensa libre y cuestionadora, la capacidad de la sociedad civil para operar y obligar a quienes están en posición de poder a rendir cuentas, y la capacidad de celebrar elecciones transparentes y creíbles. O sea, cuando esas cuatro cosas se empiezan a debilitar, cuando ves un ataque sistemático sobre la independencia judicial, sobre la prensa libre, sobre las autoridades electorales creíbles y sobre el espacio cívico, tené seguridad de que hay un proyecto con designio autoritario detrás. Y los países lo hacen en diferente orden, algunos empiezan atacando primero al Poder Judicial, otros empiezan atacando primero a los periodistas independientes, otros empiezan atacando a la autoridad electoral autónoma; pero todos siguen ese manual. En ese momento, cuando se empiezan a activar esos procesos de ataque, de asedio a esos controles sobre el ejercicio del poder, es cuando deben activarse las resistencias democráticas para denunciar lo que está pasando.

—Hay ejemplos locales sobre ataques al Poder Judicial, la Fiscalía, periodistas, pero aseguran que lo hacen en defensa de la República. ¿Cómo distinguirlo?
—Todas estas situaciones son complejas, hay veces que la Justicia comete excesos, o la prensa se extralimita, pero aquí estamos hablando de algo diferente. Estamos hablando de procesos tendientes a hacer desaparecer la independencia de los jueces, hacer desaparecer a la prensa independiente o cooptarla, hacer desaparecer la autonomía de las autoridades electorales. Y al tema de las autonomías electorales quisiera ponerle particular énfasis porque es una cosa que estamos viendo en América Latina. Estamos viendo casos en América Latina de países donde autoridades electorales creíbles están bajo un proceso de asedio político por parte de quienes están en el poder. Este punto es clave, porque en última instancia sobre el ejercicio del poder son las elecciones libres y transparentes. Entonces, en muchos casos, controlar a la autoridad electoral, y por ende los procesos electorales, y por ende la alternancia en el poder, es crucial para proyectos con designios autoritarios.
—¿Uruguay sigue como democracia de alto desempeño, como sucedió en todos los informes anteriores?
—Uruguay quedó justo por debajo. Era la única en América Latina, pero ya no. Pero cuidado, que es por un artificio del sistema de medición. Fijate que, literalmente, en una de las categorías… nosotros hablamos de democracias de alto desempeño cuando obtienen un cierto puntaje por encima en todas las categorías y en una de las categorías Uruguay quedó una centésima por debajo del punto de corte. Entonces, para todo efecto práctico sigue siendo una democracia de alto desempeño y por mucho la que mejor desempeño tiene en América Latina. Así que no me preocuparía demasiado por el cambio.
—¿Cuáles son los desafíos?
—Tengo aquí la tabla de puntuación de Uruguay. Baja un poquito en temas de ausencia de corrupción, baja un poquito el score, pero sigue siendo el más alto, el mejor score de América Latina. Se queda un poquito corto en participación política de la sociedad más allá de las elecciones. Y un poco, al igual que el resto de América Latina, pero en menor grado, aun un caso como el de Uruguay tiene niveles de desigualdad que no son menores. Son mejores que en el resto de América Latina, pero son comparativamente altos a escala internacional. Ciertamente, si la memoria no me falla, tanto a Uruguay como a Costa Rica, en el atributo que tiene que ver con el funcionamiento de las instituciones representativas, que es todo el tema de la realización de elecciones creíbles, de la capacidad de los partidos políticos de operar libremente, les va muy bien, están entre los cinco puntajes más altos del mundo.