—Es un montón de trabajo y no sé si puede funcionar para todo tipo de música.
—Ni para todo tipo de música ni para ciertas edades. Llega un punto en que crecés, que estás más grande y que pedís poder dormir por lo menos como dormís en tu casa. No digo un hotel de cinco estrellas ni nada parecido: digo contar con las comodidades mínimas.
—Una cama limpia y una ducha caliente.
—Exacto. Pero ese ciclo se rompió con el cambio que se produce con la desaparición del disco. Yo igual siempre estoy superatenta a lo que están haciendo los de otras generaciones. Acá y en el exterior. Con la tecnología trato siempre de estar superatenta, no quiero ser una vieja de 61 años sentada y lamentándome de que nadie me dé bola.
—Te leo en las redes y sos cuestionadora y activa…
—Creo que mi generación artística lo que tiene que hacer, imperiosamente, es vincularse con generaciones más nuevas. Porque nosotros tenemos muchas cosas para dar, pero también necesitamos que nos enseñen un montón sobre el momento este en que estamos.
—¿Y la gente más joven tendrá una receta o irá más bien pispeando por dónde?
—Creo que van pispeando. Pero algunos son muy buenos en eso. Yo tengo a alguien muy cercano que es Florencia Núñez, que es alumna mía, pero también alguien cercano. La admiro mucho porque es una tipa talentosa en lo que hace, pero además recontra activa. Nunca se queda quieta, siempre está tirando lianas hacia gente de su generación que toca en Chile, que toca en México, que toca en España, que toca en Estados Unidos. Es horrible lo que voy a decir, pero no parece uruguaya (risas). La verdad es que conozco pocos artistas de diferentes generaciones que tengan esa actitud tan proactiva, que estén siempre generando cosas, vínculos, con gente más chica y más grande.
—¿Surgirá un nuevo mojón que sea el centro de la actividad musical o simplemente no existirá más una industria musical en torno a un único elemento central?
—Ya no hay más mojón y lo que hay se va moviendo día a día. Por ejemplo, Natalia Lafourcade, que me gusta mucho. Me gusta su actitud y su postura, que me parece diáfana, que no tiene subterfugios. Vos la mirás y pareciera que ya no importa si hay un disco. Ella va mechando ramificaciones de una búsqueda. A veces es una canción con su video, a veces es un documental sobre cómo se grabó el disco, a veces cosas como el proyecto Macorinos, otras veces otra cosa. No hay un único eje. Ella va, avanza y genera cosas. Eso me parece interesante.
—No es solo la música entonces, está lo visual, el registro de cómo se hizo la cosa.
—Es un registro del proceso, que supongo que es interesante no solo para quien está vinculado con la música. Es como cuando vas a ver un espectáculo: si sos músico te fijás en unas cosas y si no sos músico te fijás en otras. Para mí, el mejor espectáculo y la mejor película y el mejor libro son aquellos que no tienen ninguna arista que me distraiga, o aquellos que no me hagan ir más hacia una arista que hacia otra. Quiero sumergirme como público en la obra. Si voy a ver un espectáculo de acá o uno extranjero, si voy a ver una película uruguaya o de afuera, quiero que me permita zambullirme y no darme cuenta a los 20 minutos de que estoy observando.
—No ponerte a mirar los mimbres, sino estar adentro del canasto, digamos.
—Exactamente, mirá qué poético, me encantó (risas).
—¿Como llegás a Chile? ¿Como fue que arrancaste para allí y no para Argentina? Fue una apuesta que funcionó.
—Funcionó. Cuando Alfonso Carbone se fue a trabajar a Chile, a dirigir Warner, lo primero que hizo fue reconstruir un catálogo que estaba completamente abandonado, recuperando cosas de Violeta Parra, Quilapayún y otros artistas esenciales de la canción chilena. Cuando terminó con esa tarea, Alfonso empezó a pensar en desarrollar ese catálogo con cosas nuevas y ahí me invitó a ser parte de un nuevo catálogo de Warner. Cuando él se fue en 1996, yo estaba terminando de grabar mi disco Interior. Era mi último disco para Orfeo, que en ese momento estaba dejando de existir.
—¿Qué recordás de ese disco?
—Fue un disco en donde dejé la vida. Por primera vez hice de productora, nunca lo había hecho. Y con un formato muy sui generis. Medio de almacenera: esta es la plata que consigo, estas son las canciones que quiero grabar y quiero que Fulano sea el arreglador de esta, Zutano de esta otra. Bueno, Fulano: tenés esta plata; Zutano, tenés esta otra, producime estos temas. Yo aseguraba el estudio y el arte, pero todo lo demás cambiaba en cada canción. Fue una locura, hasta me quedé disfónica en medio de todo, de los nervios. Justo cuando tocaba grabar voces, tuve que parar la grabación 15 días y hacer tratamiento hasta recuperar la voz. Y el disco es lo que es, esa especie de colcha de retazos que yo armé. Eso es algo que si lo hace un productor queda genial, pero al hacerlo yo, que no era productora... De todos modos aprendí un montón. Ese fue el ultimo disco que hice para Orfeo y justo entonces Alfonso me llamó. Así que me fui a Chile con una cantidad de temas y con Bernardo Aguerre y Jorge Nocetti, que eran mis músicos en ese momento, a producir un nuevo disco en Chile. Un poco con lo que me ofrecía Warner, que era un estudio de puta madre, toda la tecnología y músicos de allá. Y ahí fue que grabamos Pasajeros permanentes, que es un disco que me encanta, me gusta la idea, lo que suena, los arreglos. Ese disco salió en el 98. Y claro, yo que era una piojita, caí en medio de una estructura muy primer mundo. Warner Chile, primer mundo. Y toda la gente que trabajaba alrededor de Alfonso, estaba laburando también para mí. Entonces fui disciplinadita a hacer lo que me decían que había que hacer. Ese proceso lo pongo en paralelo a lo que pasó cuando grabé el jingle de Diet Pepsi en el 90: cuando vos ponés toda la parafernalia de marketing alrededor de un producto, si es un producto bueno, ese producto va a destacar. Ese jingle provocó que mi disco del 85, Esa tristeza, que había pasado sin pena ni gloria, se vendiera y fuera Disco de Oro en Uruguay. Y en Chile pasó lo mismo: el encargado de prensa de Warner se colgó con el disco y se lo mostró a la mujer, y a la mujer le gustó Al sur de tu corazón. El loco no lo veía claro, pero la mujer le dijo que para ella era ese el tema. El loco se peleó con Alfonso y logró imponer que además del cover de Dylan, que quedó muy bien, Al sur de tu corazón fuera el otro corte. Y con eso lograron posicionarme en Chile.
—Trabajar en una compañía grande tiene cosas buenas y malas, ¿no? Tenés recursos y te insertás en una estructura que ya funciona, pero a veces quedás medio perdido dentro de esa estructura.
—Sí, se idealiza mucho eso. Mi experiencia es que ese primer disco fue alucinante. Quizá porque todo se hizo en torno a una moleculita que ya venía desde acá. Yo viajé con Bernardo y con Jorge y ya había un núcleo conceptual y artístico fuerte. Y todo lo que se agregó después fue superenriquecedor.
—¿Quién fue el productor?
—El productor artístico fue Alfonso junto con Bernardo y Jorge como arregladores. Y el ingeniero fue Mariano Pavez, que fue el que grabó mis discos allá. Además, los músicos eran muy buenos, de alta calidad, que conectaron afectivamente con el disco y con el trabajo que teníamos que hacer. Fue todo muy serio. Alfonso es un tipo superserio, detallista. Se creé un colchón creativo y artístico que funcionó muy bien.
—A la hora de encarar el trabajo artístico, ¿qué te ha resultado mejor: la conexión afectiva en donde todo fluye, o, al revés, el roce con quien tiene ideas fuertes aunque no sean como las tuyas?
—Depende mucho del momento en el que estés. Si estás preparado espiritualmente para una cosa o para la otra. A mí me pasó antes con Jorge Nocetti y desde hace casi diez años con Andrés (Bedó), de generar esa clase de simbiosis artística en la que no hace falta ni hablar. Pero también trabajé con Jaime (Roos), que no es la antítesis pero es bien distinto. En mi primer disco solista yo no era muy consciente de eso. Estaba megaencandilada de laburar con Jaime y hacer mi primer disco: si él me decía que me tenía que tirar abajo de un tren, lo habría hecho sin cuestionarlo. Siendo que soy una persona de opiniones fuertes. Cuando hicimos el segundo disco, que ya estaba más paradita en los pedales y le cuestionaba más cosas. Y eso lo recuerdo como algo malo. Mi actitud no estuvo buena. Y para mí, de esa época, el primer disco es mejor que el segundo. Y a esta altura me pregunto: ¿habré incidido demasiado, habré molestado demasiado para que sucediera eso? Creo que es como cuando te metés en el agua y la gente que sabe te dice: “No pelees con la corriente porque te ahogás, dejate llevar”. Uno tiene que ser sabio en las decisiones y a veces las decisiones se hacen tomando en cuenta opiniones de gente que no tiene nada que ver con el hecho artístico. Siempre he estado rodeada de gente muy diversa, alguna vinculada al hecho artístico y otra que no. Y converso de mis cosas con gente que es del palo y gente que no. Además, le dedico mucho tiempo a la reflexión.
—Te leo desde hace tiempo y me da la impresión de que tu zona de preocupación vital no es solo la música, que la música es más un…
—Vehículo.
—Eso, un vehículo. Que tu reflexión estética es más general. ¿Tendrá que ver con tus estudios de arquitectura? ¿Sos arquitecta?
—No, no me recibí. Hice hasta cuarto.
—¿A qué se debió el cambio de rubro?
—A que la música empezaba a ser una presencia muy grande en mi vida y además sustituyó algo muy lindo que tenía la facultad, que es la parte social, la parte vivencial. En cierto momento, la música comenzó a ocupar ese espacio, que era lo que más me gustaba de la facultad. Igual me fui muy dignamente, salvando con once una materia. Tiré los apuntes a la mierda y nunca más. Mi padre, que me había dicho que no estudiara arquitectura porque la veía muy masculina, cuando le dije que dejaba, empezó: “No dejes, estás tan avanzada”. Y le respondí: “Mirá, papá, yo creo que como cantante puedo hacer la diferencia y como arquitecta voy a ser mediocre y del montón”. Igual la facultad me dejó muchos intereses abiertos por cosas que no son solo de la arquitectura.
—La arquitectura es una disciplina que se planta en un cruce de intereses: se cruza lo funcional, lo artístico, lo humano, lo económico.
—Para mí fue un aprendizaje. Lo más importante es armar el equipo: eso lo aprendí en facultad. Todo bien con saber calcular estructuras, pero podés colaborar con el mejor haciendo eso. Y qué error es armar un equipo solo con tus amigos, porque al final todos quieren proyectar y a ninguno le gusta vender, a ninguno le gusta la realidad. En la música es exactamente así: tiene que haber un balance, un equilibrio. La gente que yo veo que le va mejor es aquella capaz de relajarse y delegar ciertas cosas. Como aquel texto que se ponía en los discos de los 70 y 80, que nosotros lo aprendimos de Jaime y él de no sé quién: “Cada músico desarrolló sus partes”. Esto es básico.
—Por más que, al final, siempre podés decir: “Esto me gusta y esto no”.
—Claro, tampoco hay que tener miedo a evaluar el trabajo que se hizo, por más que lo hayas dejado fluir. A veces pareciera que cada disco, que cada espectáculo y cada entrevista, es culminante. Es la entrevista o el show. Y con los años te das cuenta de que no es así.
—Contame un poco lo que se podrá ver en el show del Solís con el que cerrás tu año, que, por cierto, fue superactivo y variado.
—Es mi espectáculo del año en Montevideo. Y es un show en donde tengo invitados, que siempre es una forma de decir “esto que hace esta persona me interesa”. El show también es un poco una forma de animarme a entrar en un universo en el que sola no me metería. Es una fecha superespecial, un 27 de diciembre. Hay mucha gente que viene al país a ver a su familia, hay gente que se comunica por las redes desde afuera y me pregunta cuándo voy a tocar. Y yo no soy una cantante muy de verano (risas), nunca laburé mucho en verano. Cuando me propusieron esta fecha, primero me dio miedo pero después pensé: “Esta bueno hacerla en ese momento en que mucha gente viene de afuera”. Y me dieron ganas de honrar a toda esa gente con algunos temas, los que yo cantaba cuando se fueron hace muchos años, y que me recuerdan por esos temas, como Piropo, Detrás del miedo. Versionamos esas canciones, algunas muy respetuosas del original, pero otras no.
—¿Quiénes integran tu banda?
—Andrés Bedó, que toca piano y acordeón, arregla y dirige; Matías Romero, que toca la guitarra y la guitarra eléctrica; Andrés Pigatto en el bajo y contrabajo y Pablo Pelao Meneses en batería y percusión. Y además me acompaña un coro dirigido por Martín Angiolini, con Agustín Amuedo, Damián de Wailly, Nicolás Grandal y mi hija, Anaclara Alonso. Y tengo dos invitados: Gabriel Peluffo, cuyo espectáculo de tango me gustó mucho (yo además hago Mincho Bar desde hace tiempo), y Florencia Núñez, que, como ya dije, me encanta.
Vida Cultural
2018-12-13T00:00:00
2018-12-13T00:00:00