Deliotti sufre del corazón y por eso le colocaron un marcapasos, sin embargo el resultado no ha sido bueno. Ahora tiene que decidir si quiere someterse a una nueva operación, pero los médicos no le han dado garantías sobre el éxito de su recuperación. Esa es una de sus mayores preocupaciones.
Este año, se publicó el libro Walter Deliotti. En la soledad del taller que incluye una selección de sus dibujos menos difundidos, algunos hechos sobre servilletas, papeles o cartones, con prólogo de Elisa Roubaud y editado por la Corporación Andina de Fomento (CAF). “El artista no se separa del lápiz y el papel; dibuja constantemente y así ha sido a lo largo de su vida”, dice Roubaud en su estudio.
En el libro, de cuidada y lujosa edición, aparece la mirada cotidiana del dibujante, que en algún momento de los años 80 se detuvo en las calles de Nueva York y pintó una serie a lápiz y tinta o a acuarela, llena de movimiento de personas, sombreros, flechas y carteles. A medida que se pasan las páginas se suceden retratos, imágenes portuarias y ferroviarias, varias cachilas. Dibujos constructivistas, abstractos o más figurativos, en blanco y negro o a color, algunos croquis, otros de mayor elaboración. “Las cachilas me gustan mucho, igual que el ritmo de la ciudad. ¿Viste el nombre que le puse a este?”, dice señalando La Gioconda, un retrato de mujer “invadido” por señales de tránsito, carteles de bares, números y símbolos.
“A veces camino mucho, me gusta caminar por las ciudades. En mi sensibilidad, todo lo que veo en las calles de la ciudad, los colores, los ruidos, las imágenes de la propaganda, la gente, los autobuses, los cafés y sobre todo los hombres y los puertos —y todo se me vuelve un caos— es lo que trato de expresar tal como lo he sentido, pero organizándolo plásticamente”, dijo Deliotti para el libro.
El año pasado, el artista culminó un mural con piezas de madera y pintado al óleo que se instalará en la sede de la CAF-Banco de Desarrollo de América Latina, en estos momentos en plena construcción en el predio que antes ocupaba el Mercado Central. El mural es de estilo constructivista y está inspirado en el paisaje portuario de Montevideo. Deliotti lo pintó primero en un lienzo y un equipo de arquitectos lo proyectó a escala. Fue una obra inmensa y colectiva: además del artista y de los arquitectos, trabajaron veinte carpinteros y técnicos. El mural se ubicará en la entrada protocolar del edificio que se piensa inaugurar en 2018.
—¿Cuánto tiempo le llevó construirlo?
—No recuerdo bien, pero habrán sido cuatro o cinco semanas. Es como un puzzle de cerca de cien piezas de madera pintadas con óleo. Ahora lo desarmaron y está guardado en un depósito para cuando esté el edificio pronto. El mural va a instalarse en una pared de ladrillo visto que me gusta más que esas de metal gris con el que se está haciendo el edificio. Estoy deseando que se inaugure. Ojalá llegue, ojalá me aguante. Me gustaría verlo instalado.
En 2013, el Banco Central del Uruguay (BCU) instaló en su sede un mural de grandes dimensiones que Deliotti realizó en 1967, justamente en el año de creación del Banco. Se llama Construcción portuaria y también tuvo como resultado un libro con obras del pintor.
—¿En su familia había artistas que lo inspiraran?
—No, mi familia fue muy pobre. Siempre lo cuento con orgullo: mi padre era un hombre humilde que trabajaba en los bañados, en la época en que se rellenaban con la arena de las dunas. Yo trabajé desde adolescente: de albañil, de verdulero, de panadero. Empecé bien de abajo. Cuando era un muchacho de 18 años, por intermedio del padre de un íntimo amigo, entré a los casinos municipales. Fui croupier durante 30 años. Era uno de los mejores empleos en aquella época.
—¿Y cuándo aparecieron el dibujo y la pintura?
—Yo tenía un primo hermano, Raúl Deliotti, que estaba aprendiendo a pintar con Alceu Ribeiro. Un día le sugerí si podía ir con él a mirar cuando pintaban en el Molino de Pérez y en la Quinta de Mendizábal. Estaba inquieto, quería hacer alguna otra cosa. Ahí encontré la solución a esa inquietud. Empecé con Alceu Ribeiro y en 1954 ingresé al Taller Torres García, primero como discípulo de Julio Alpuy y después con Augusto Torres.
—¿Cómo era la relación con esos discípulos de Torres?
—Era un núcleo fenomenal. No teníamos una relación maestro-discípulo, sino que nos ponían a la misma altura. Con Alceu nos habíamos hecho muy amigos. Estaban los discípulos directos que eran como los hijos de Torres: Alceu, Alpuy, Gonzalo Fonseca, José Gurvich, además de Horacio y Augusto Torres. Y después veníamos nosotros que éramos como sus nietos.
—¿Conoció a Joaquín Torres García? Dicen que era un hombre difícil…
—Lo vi dos veces. Un día yo estaba en la casa de Alceu y me preguntó si quería ir a ver “al viejo”, porque él lo llamaba así. Allá fuimos y Torres nos atendió en la puerta de entrada. Estaba muy viejito. Yo no me daba cuenta delante de quién estaba. Sé que lo vi otra vez, pero no me acuerdo. Tenía fama de ser muy estricto, pero con una cabeza y un sentido de lo que era la pintura, fenomenal.
—¿Cómo era el proceso de aprendizaje? Supongo que no empezarían directamente a aprender constructivismo…
—Empezábamos por naturaleza muerta, pasábamos por el paisaje y después llegábamos al constructivismo. Pero en realidad todo pasaba por el constructivismo. Había que medir exactamente. Alpuy era un bicho, para decirlo de mala manera, hacía medir hasta que estaba justo el objeto, la proporción y la distancia. Pero estaba bien, era la única forma de que la gente aprendiera. No que aprendiera a imitar o a copiar, sino a crear.
—Se ha criticado al taller por establecer una línea muy uniforme en la pintura. ¿Está de acuerdo?
—Al taller le hicieron la guerra. Había un grupo de pintores oficialistas que no lo querían, los que hacían una pintura más figurativa. Por supuesto que había cosas buenas, como la de Cúneo, que no sé si era amigo de Torres, pero se llevaban muy bien. A veces a mí me consultan por algunas obras que están sin firma y me preguntan de quién es, si pertenece a algún pintor concreto. Algunas son tan evidentes que no hay duda, pero en otras, como pertenecen a una escuela, se confunden. Muchos dicen que en el taller todos pintaban igual, pero siempre hay algo que se diferencia en el constructivismo, y es en la manera de construir. Yo aclaro siempre que hay una diferencia tremenda. Y pongo ejemplos: agarrá a Monet, a Sisley, a Pizarro, todos pintores impresionistas y ponelos sin firma. El que sabe, sabe quién es Pizarro, quién es Monet y quién es Sisley. El Taller fue una escuela prácticamente única acá y diría que en el mundo, aunque el constructivismo de Torres está asociado a Piet Mondrian (pintor neerlandés).
Deliotti ha ganado numerosos premios nacionales y lleva más de cien exposiciones entre individuales y colectivas, tanto en Uruguay como en el exterior. En 1966 fue su primera muestra individual, y en 2014 fue la última en el Museo Nacional de Artes Visuales. En 1961 fue la primera muestra del Taller Torres García en Nueva York.
Con las muestras ha recorrido el mundo, y también en viajes familiares con su esposa Susana, con quien lleva 28 años de matrimonio. Las huellas de esos viajes están en algunos objetos de su taller. Sobre todo unas máscara africanas de madera que cuelgan de una pared. “Cada vez que iba a París compraba una. Pero solo una es auténtica, aunque todas son fenomenales”, dice mientras señala una de largos cabellos y barba.
Con su señora y otros miembros de la familia habían programado un crucero por el Mediterráneo, pero el artista lo suspendió por su condición cardíaca. “El destino se metió en el medio, metió la cola el Diablo. Además, qué órgano fue, justo el corazón”, dice con pena.
—Ha viajado por varias ciudades, ¿de cuál tiene los mejores recuerdos?
— Viajes hice muchos, por suerte pudimos hacer ocho o nueve a Europa, pero ahora con este problema al corazón se me cortó. Me gustaría volver a París, mi París querida.
El taller tiene luz, mucha luz que entra por cuatro vidrios ubicados en el centro del techo. Un amigo arquitecto, a pedido del propio Deliotti, construyó ese techo que tiene dos pisos de altura y forma piramidal. Como en todo taller hay tarros, pinceles, papeles y muchos cuadros recostados uno tras otro contra la pared. También hay esculturas que el artista ha hecho en madera con figuras estilizadas, pescados, un búho y construcciones en madera. Sobre todo prima la madera.
“Necesito estar en el taller, a veces pasan muchas horas, vengo de tarde temprano y cuando quiero acordar ya es de noche y no me había dado cuenta. Las horas pasan y me hace muy bien estar”, contó Deliotti para el libro publicado por la CAF.
—¿ Sigue pintando al ritmo de siempre?
—Sí, claro. Este es mi último cuadro (señala uno grande en el que se destaca la palabra “bar”). Sobre todo hago construcciones con madera y las pinto con óleo. A veces vienen compradores y vendo alguna obra.
—¿Visita exposiciones de otros artistas? ¿Ha visto algo de arte contemporáneo como instalaciones o videoarte?
—Voy muy poco y sé que está mal. A las que no falto nunca, por lógica, son a las de los compañeros de taller. Igual miro de todo. A las instalaciones no las siento… No creo que estén mal, pero poner un objeto en el suelo, no sé… No me entusiasman. A veces hay cosas muy ingeniosas, pero tienen más de ingenio que de arte.
—Usted ha usado una frase de Pablo Picasso que dice “Yo no busco, yo encuentro”, para explicar su proceso creativo. ¿Por qué la usa?
—Sí, tomo esa frase de Picasso porque yo experimento. A veces en un objeto veo algo especial y no es que yo lo haya buscado. Por ejemplo, esa escultura que hice (señala la parded) surgió un día que encontré un tarro con un pincel y una espátula, todo pegado. Ahí tuve la idea de hacer esta escultura y enseguida pensé en una pareja. Yo no lo busqué. Estaba ahí en los objetos, que además tienen lo masculino (el pincel) y lo femenino (la espátula). Me la quisieron comprar, pero no la vendo.