—¿Crecerá este mercado ambientalmente exigente?
—Estas exigencias de medir la huella de carbono tendrán efectos en el comercio pero no creo que se convierta en algo importante. No quiere decir que para algunos negocios en particular no sea importante, tal vez lo sea para algunos sectores empresariales.
Para reducir la huella no necesitas hacer un cambio radical, son pequeños cambios en el estilo de vida o en la forma de producir que muchas veces tampoco son caros. También el mercado podría permitir que un sector con altas emisiones ayude con dinero a otro para que el segundo las reduzca. Esta ayuda se contabilizaría como saldo positivo en la huella del donante. Se trata de crear los incentivos correctos para que ocurra.
—Ya debería haber ocurrido. Hace 10 años los expertos vaticinaban que existiría un gran mercado de compra y venta de bonos de carbono, un auge en la preocupación por las emisiones de productores y comerciantes, que tomarían cartas en el asunto para reducirlas. Pero no ha sucedido.
—Es que esperábamos ese acuerdo internacional que crearía los mecanismos, luego los países debían implementarlos, así crecería el mercado. Es un camino elegante pero no ha funcionado. Hace 10 años que estamos esperando y no ha aparecido nada. Ahora cada uno tiene que imponerse sus compromisos. Pueden montar un mercado local, un paquete de incentivos de carbono, una serie de exigencias o subsidios. Los gobiernos deben hacerlo, no va a funcionar nunca si ellos no toman cartas en el asunto. Son los gobiernos los que deben diseñar e implementar los incentivos para sus países.
Cuando se emite carbono, la persona o empresa no paga por contaminar. Entonces, ¿por qué van a pagar por reducirla? Hasta que no venga alguien y te fuerce a reducir tus emisiones o de lo contrario pagar por ellas, no tienes incentivos para hacerlo solo.
Hay muchísimas cosas para hacer, opciones diversas para crear los incentivos, formular indicadores, generar transferencias de recursos para reducir emisiones, tiene que haber voluntad de los gobiernos para transitar este camino.
—Estados Unidos es el segundo país con mayores emisiones de GEI, solo superado por China. La posición de Estados Unidos ha sido discutida. No se comprometió a reducir sus números, como otros, mediante el Protocolo de Kyoto. ¿Qué opinión tiene sobre esta postura?
—Hay dos piezas importantes si hablamos de legislación y ambiente: cómo actúa Estados Unidos en las políticas internas y cómo lo hace en las negociaciones internacionales. Hay conflicto entre estas dos. Existen cuestionamientos sobre la forma de abordar correctamente el plano internacional. En el pasado la opción ha sido confiar en las negociaciones internacionales como vehículo para controlar las emisiones de GEI. La idea era que los países no iban a actuar hasta que existiera un régimen internacional. Una vez que existiera ese régimen todos los países iban a unirse.
Las negociaciones internacionales se convirtieron en la pieza central del esfuerzo mundial por combatir el cambio climático. Hemos aprendido de esta experiencia. Durante la época del Protocolo de Kyoto (firmado en 1997), pos Kyoto y luego de Copenhague (la reunión de Naciones Unidas en 2009) no hemos visto avances en el plano internacional.
—¿Por qué cree que cada año en las reuniones de Naciones Unidas hay menos expectativas de lograr un acuerdo mundial fuerte para reducir las emisiones?
—Hay varios motivos. El primero: hemos tenido una crisis económica. Es muy difícil lidiar con promesas ambientales a largo plazo cuando tienes una situación económica que apremia. Lo segundo: nos hemos dado cuenta de lo complicado que es esto. Si Estados Unidos, Europa, China, India, Brasil y otros países van a juntarse para hacer un acuerdo, tiene que haber una certeza de que los acuerdos van a cumplirse, con un mecanismo que lo asegure. En otros regímenes internacionales funciona, como en la Organización Mundial del Comercio, con consecuencias para el país si tras un reclamo se decide que incumplió. No es imposible de lograr.
El gobierno de Estados Unidos opina que, en caso de firmar un acuerdo para reducir las emisiones, todos los países se tienen que someter a un sistema de monitoreo para verificar el cumplimiento de los compromisos. China no está dispuesto a aceptar un monitoreo internacional que se meta al fondo en su economía. No sorprende su postura y es un punto de fricción importante.
¿Cómo construimos este régimen mundial? Este tema es mucho más complicado que cualquier otro que se intenta abordar en el plano internacional, está a nivel del lavado de dinero. Requiere un nivel de cooperación internacional que es muy profundo.
—¿Qué está haciendo falta para lograr importantes decisiones en un campo que lleva años sin grandes avances?
—Los pasos son al revés de lo que se ha intentado —se quería primero un régimen internacional y luego los países aplicándolo—. Trabajen dentro de su territorio primero, comprométanse y cumplan lo que sea que hayan pautado para luego integrar sus sistemas y motivar a otros países a unirse. Este es el camino. Es un paso a paso para coordinar esfuerzos, no liderarlos.
—Europa ya está liderando este camino de compromisos internos...
—Europa ha sido líder definitivamente. Tienen su sistema de compromisos y han hecho inversiones significativas en energía verde y eficiencia. Han estado gastando dinero en esto y merecen reconocimiento por lo que han hecho, no lo dudo.
Las oportunidades más baratas de reducir la huella de carbono están la mayoría en lugares como China, India o Brasil. En Europa ya montaron una economía ambientalmente eficiente, no pueden hacer mucho más. Podrán seguir gastando dinero para seguir reduciendo su huella pero estos costos van a ser cada vez más altos. China es el mayor emisor de GEI en el total, pero per cápita lo superan Europa y Estados Unidos Si bien China sigue creciendo a ritmo bastante rápido, ha empezado a invertir para reducir sus números. Los desafíos están aquí. ¿Y si China no asume realizar grandes reducciones? ¿Quién va a pagar por estas reducciones y controlarlas? Políticamente es muy difícil para EE.UU. y Europa poder decir “transferimos a China e India una suma grandísima de dinero para reducir sus emisiones”. No pasa, a los países no les gusta transferir el dinero así.
—¿La dificultad se debe a que el dinero para combatir el cambio climático se invierte de manera muy diversa y vaga?
—Exactamente. No es ayuda concreta, se va a gastar de una manera muy abstracta y a largo plazo. Soy escéptico en poder llegar a tener un sistema internacional que lidere. No quiere decir que no exista un rol para las negociaciones internacionales. La línea conductora va a estar formada por los compromisos internos de los países. Esto no ocurre tan rápido como quisiéramos, no es tan agresivo.
El límite de la contaminación
—Existe una dificultad para establecer cuáles son los límites permisibles de contaminación. La ciencia no ayuda a la política en este punto, según argumentó usted este año en un artículo publicado en la Red de Investigación de Ciencia Social, que trata sobre las dificultades de poder aplicar en Estados Unidos la ley sobre “aire limpio”. ¿Cómo debería fijarse el límite?
—Las leyes ambientales en Estados Unidos buscan proteger la salud pública pero para muchos contaminantes no hay niveles seguros al exponerse a ellos. El único nivel seguro es cero, pero no podemos eliminar toda la contaminación existente, es imposible. Conducir, encender la estufa, muchísimas actividades generan partículas, no es posible bajarlas a cero. Las leyes exigen “eliminar el peligro para la salud” pero ¿cómo establecemos el límite aceptable?
Deberíamos usar la economía y estudiar el costo-beneficio. Cuando mejoramos la calidad de aire mejoramos la salud de la gente. Les asignamos un costo a esos problemas de salud que podríamos ahorrar si mejoramos la calidad del aire. Cuando los costos de actuar son tan altos que superan los beneficios en la salud, hay que detenerse a pensar. Es la única manera sensible de elegir un punto medio. ¿Cómo manejaremos nuestros recursos para maximizar nuestro bienestar? Es una pregunta económica y ética, no científica.
Hace unos días la Suprema Corte aprobó una nueva regulación para mejorar la calidad del aire. Hicieron el análisis de costo-beneficio y las diferencias son abismales. Los beneficios en salud son inmensos con respecto a los costos, millones de dólares. Medidas fuertes para proteger el medioambiente pueden ser justificadas desde el punto de vista económico.
Uruguay está en proceso de mejorar sus leyes ambientales y crear controles. Estados Unidos tiene importantes lecciones de lo que hacer y lo que no. La ley de “aire limpio” decía que las plantas en funcionamiento que contaminaran no debían ceñirse a los nuevos estándares, solo regía para nuevas plantas. Fue una manera terrible que dejaba contaminar de por vida. Se pensaba que las viejas quedarían obsoletas pero si es tan caro construir nuevas las otras se mantendrán el mayor tiempo posible.
Ciencia, Salud y Ambiente
2014-05-15T00:00:00
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