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    “No hay nadie como Roberto Carlos en todo el mundo”

    Lenine, un fenomenal mixturador de géneros, antes de su recital en el Sodre

    Evidentemente, dar entrevistas no es lo que más les gusta a los músicos, sino estar arriba de un escenario. Pero las palabras quedan, y por eso muchos de ellos se esmeran cuando tienen que pronunciarlas.

    Lenine es, desde hace años, una de las voces más inteligentes, talentosas e inquietas de la música popular brasilera. Pero no solo hay que prestarle atención a su obra, puesto que sus declaraciones son meditadas y provienen del cerebro de un hombre con una cultura general poco frecuente.

    Hijo de “una católica macumbera” y de un fanático de Marx que de todos modos intuía la presencia de Dios, el pernambucano es cantante pero también compositor, arreglador, productor y escritor, ha ganado el Grammy Latino, ha trabajado con estrellas como Roberta Sá, Maria Rita, Milton Nascimento, Julieta Venegas y Elba Ramalho, ha grabado discos notables como “Falange Canibal” y “Acústico MTV”, y es uno de los artistas favoritos de Maria Bethânia, quien acaba de editar su álbum número 50 en 47 años de carrera, “Oásis de Bethânia”, en el cual él participa.

    En una nota que el diario “El País” publicó el jueves 5 de abril, Lenine dijo que se siente “cerca de Bakunin”. Y en otra nota que “Página/12” publicó el sábado 7, aseguró que persigue “la belleza” y que “ya no hay industria y, sin embargo, nunca se consumió tanta música en el mundo como hoy”.

    Aparte, navegó contra la corrección política: “Siempre me pregunté por qué hay tantas herramientas de la música que los músicos no usan”.

    En un impasse dentro de su agitada agenda, que el próximo jueves 26 de abril lo traerá, a partir de las 21 horas, al Auditorio Nacional del Sodre gracias al Jazz Tour, Osvaldo Lenine Macedo Pimentel hizo una pausa para hablar con Búsqueda de su carrera, de su filosofía de vida y de los colegas a los que admira, y explicó que en Montevideo no realizará una síntesis de su trayectoria sino que su concierto, con “sonido envolvente 5.1” y compuesto por 24 canciones, girará en torno al concepto de “Chão”, su nuevo trabajo de estudio.

    —En estos días, Uruguay está viviendo una auténtica fiebre debido al recital que Paul McCartney ofrecerá el domingo 15. ¿Qué hubiera sido del arte de Lenine sin los Beatles?

    —Sin duda tuvieron alguna influencia, pero mis Beatles fueron The Police y Led Zeppelin. Yo soy de otra generación, aunque es posible para mí comprender la importancia que tiene un compositor como Paul, con toda una producción que es increíble y con lo que significa musical y simbólicamente para la historia de la humanidad.

    —¿Pero quién es el Paul McCartney de Brasil? ¿Roberto Carlos, Chico Buarque, Antonio Carlos Jobim o alguien más joven?

    —Paul McCartney hay uno solo y es imposible hacer una analogía, incluso porque no puedo comprender todos los matices culturales que contiene su obra. En contrapartida, cuando tú nombrás a Chico y a Tom Jobim, mi comprensión es mucho más profunda. ¿Por qué? Primero, porque hablo portugués, así que entiendo la palabra de otra manera. Y segundo, porque la lengua brasileña, a diferencia de la portuguesa, posee una profundidad que solo es accesible para quien conoce realmente la cultura de Brasil.

    —Hablando de la parte lírica, y teniendo en cuenta que usted es escritor, ¿qué lo enriquece más: la música o la escritura?

    —Esa es una confusión en mi cabeza, porque yo trabajo mucho solo, algo que no me gusta. Lo que me gusta es el intercambio y la construcción conjunta con otras personas. Entonces, depende, pues la composición es una herramienta de aproximación y cada canción tiene un objetivo distinto y puede ser escrita por mí parcial o totalmente. Por ejemplo, cuando trabajo con Paulo César Pinheiro, estoy al lado de un poeta especializado, y por lo tanto mi participación es más musical. En cambio, cuando trabajo con Francis Hime o con Ivan Lins, mi contribución tiene más que ver con la palabra. De todos modos, es difícil determinar cuál de las dos facetas me enriquece más. Lo que sí puedo decir es que la composición es solamente el camino y que mi mayor deseo es viajar por el mundo con la música que hago.

    —¿Y la escritura?

    —Me gusta mucho, pero siempre tuve la impresión de que sería cineasta. Aunque la música, dentro de mi vida, ha sido arrebatadora.

    —¿Qué quería hacer usted exactamente en el mundo del cine?

    —Dirigir, dirigir. Pero algunas veces trabajé con el sonido y muchas veces trabajé como guionista. En definitiva, la palabra es una gran compañera.

    —¿Quién es su director de cine favorito y por qué?

    —Kubrick, por su diversidad. Cuando quiso hacer un filme de terror, hizo “El resplandor”. Cuando quiso hacer un filme de ciencia ficción, hizo “2001: Odisea del espacio”. Cuando quiso hacer un filme de violencia urbana, hizo “La naranja mecánica”. Para mí, su cine es parte fundamental de la historia.

    —¿Recuerda cuál fue la primera película que lo cautivó?

    —Sí: “Sombras del paraíso”, de Marcel Carné.

    —Hablemos de “Chão”, su último disco. Me da la impresión de que es un trabajo cautivante pero también denso, extraño y experimental. ¿Cómo lo definiría usted?

    —Creo que a pesar de la extrañeza que causa, es un álbum extremadamente orgánico que dialoga con la música concreta de artistas como John Cage, Hermeto Pascoal y Frank Zappa. Y la impresión que me ha dado es que este es mi disco más íntimo y que ha sido el que más me ha expuesto emocionalmente. Además, todos mis discos requieren procesos experimentales o, diríamos, de laboratorio.

    —En “Paciência”, uno de sus temas más hermosos, usted afirma que “la vida no para”. ¿Cómo hace, entonces, para encontrar las pausas necesarias para tener una mejor vida?

    —Creo que aprovechando la formación familiar que tuve, con un padre comunista que percibe lo divino en todo lo que lo rodea y con una madre católica y macumbera. Entonces, a partir de ese sincretismo, mis padres nos enseñaron a mí y a mis hermanos a formularnos anualmente tres preguntas que relaciono justamente con la pausa: la primera consiste en escoger una fecha, tomarme un respiro, mirar para atrás y preguntarme qué estoy haciendo; la segunda consiste en saber por qué hago lo que hago; y la tercera en determinar para quién lo realizo. Yo continúo contestándome esas preguntas e imponiéndome esa pausa.

    —Usted tiene 53 años. ¿Quién ganó: la madre católica o el padre marxista?

    —Mirá, soy un anarquista a causa de ellos dos. Y no cualquier anarquista: un anarquista budista (risas).

    —¿Qué aprendió usted, y qué les enseñó usted a ellos, de Chico César, Paulinho Moska, Maria Rita y Milton Nascimento?

    —Chico y Paulinho son mis contemporáneos, entonces pensamos lo mismo, hablamos sobre lo mismo y trabajamos sobre un mismo universo. En cambio, Milton para mí es todo, y me ha influenciado tremendamente, entonces es un gran orgullo haber grabado, producido y cantado con él. Por otro lado, Maria Rita pertenece a otra generación y se debe mucho al olfato de un gran productor que Brasil perdió: Tom Capone. Él murió precozmente y nos dejó huérfanos, especialmente a ella. Entonces, recurrió a mí para su segundo disco. Antes le había dicho que no, pero después me sentí en la obligación de aceptar. Y lo cierto es que fue muy agradable.

    —¿Por qué las colaboraciones son tan importantes dentro de la música popular brasilera?

    —No lo sé. Yo puedo hablar sobre lo que me ha movido y puedo decir que, al componer, busco un pretexto para aproximarme a otros artistas y profundizar nuestras relaciones. Y la música brasileña tiene mucho de eso. Este país es tan extenso y tan rico que tenemos la necesidad de conocernos. Y, ¿qué mejor manera de conocernos que componiendo, tocando y creando?

    —Usted participa del último disco de Maria Bethânia, con quien ha colaborado como arreglador, productor y cantante. Un ejemplo de ello es el tema “Saudade”, de Chico César y Paulinho Moska, que figura en el álbum “Tua”, publicado en 2009, en el que ustedes cantan a dúo. La pregunta es: ¿cómo se lleva con Bethânia? ¿No es una persona difícil y neurótica?

    —Hace años que la conozco, y me ha dado tantas pruebas de buena conducta que nos tornamos amigos. Además, ambos admiramos el trabajo de cada uno y ella tiene esa cosa de ser uno de los mayores exponentes, una de las mayores intérpretes de este país. Siempre la he admirado y siento mucha gratitud por la ventana que me ha abierto. Respecto a la segunda parte de la pregunta, las personas son neuróticas para algunos y santas para otros. Yo te puedo hablar de lo que pasa conmigo. Y lo que pasa conmigo es que Bethânia es una persona dulcísima, de una delicadeza increíble, y una artista que delega el trabajo en otros en los que confía, como Jaime Alem. Mi gran cariño no es solo hacia ella, sino hacia todo su equipo.

    —Hoy, ¿quién le interesa más? ¿Alcione, Marisa Monte, Roberta Sá, Diogo Nogueira, Zeca Pagodinho o João Bosco?

    —Todos, cara, todos. Yo tengo dos caminos: el del compositor y el del intérprete. En este último camino, solo grabo el 40% de lo que produzco. Y componiendo soy un tipo diverso: me encanta componer tanto para Bethânia como para algo inmensamente más popular, como la apertura de una telenovela. Esto tiene que ver con descubrir sonidos y palabras que se tornan verdaderas en la boca de otros. Es una búsqueda tan maravillosa... La verdad es que adoro mi trabajo.

    —Pero como oyente, ¿quién es el músico que no ha dejado de conmoverlo?

    —Dominguinhos. Es la única persona que conozco que no ha perdido la pureza.

    —¿Por qué Roberto Carlos es respetado y querido por la crítica, por los músicos y por el público?

    —Porque durante cinco décadas ha creado una obra única y lo ha hecho con maestría. Yo nunca oí demasiado a Roberto ni compré sus discos. Hace quince años, sin embargo, fui a verlo a un recital y recibí un impacto loco, una verdadera patada en el estómago, un show de tres horas formado por medleys que contenían pedazos de canciones en lugar de temas enteros. Pero canté todas las canciones, a pesar de que no sabía que efectivamente las sabía. Y cuando abrió la boca, salí cantando. Aunque haya pocos que no lo quieran admitir, su música ha penetrado tan profundamente y durante tanto tiempo en la vida de la gente, con una correspondencia tan grande de excelencia y continuidad, que es imposible que un brasileño medio no se conmueva con él. No hay nadie como Roberto Carlos en todo el mundo. Además, es una persona muy tranquila. En aquel show, en la platea estaban Zeca Pagodinho, Gilberto Gil, Djavan: estaban todos, y después fuimos a hablar con él. Yo, que vivo en el mismo barrio, no era tan conocido entonces, pero cuando me vio, gritó: “¡Acá está mi vecino!”. Y ciertamente cuando nos abrazamos yo estaba muy conmovido.

    —Para terminar, ¿qué significa la música para usted?

    —Salud.

    —¿Y Dios?

    —Un objetivo del que hay que alejarse cuando uno se acerca (ríe). Dios ya fue la luna, ya fue el sol, ya fue un gato, ya fue de todo. Pero para mí es un objetivo de excelencia que todo ser humano debe perseguir. Dios es, también, especulación e invención: Dios es lo desconocido.

    “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo Único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Final del prólogo del “Evangelio de Juan” citado por Joseph Ratzinger en el libro “Jesús de Nazareth”)

    Vida Cultural
    2012-04-12T00:00:00

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