En 1986 fue su primera muestra con grandes telas en el Anglo. Se llamó Ventanas a la calle, y allí ya aparecía la ciudad y sus mujeres asomadas a las ventanas. Desde entonces, su arte se ha expuesto en forma individual y colectiva en varios países latinoamericanos y en Estados Unidos, Japón, Alemania, Austria, Francia, España e Inglaterra.
En 2003, Patrone emigró hacia Barcelona, como también emigraron sus hijos. Ahora tiene nietos catalanes. “Pasé ocho años sin volver a Montevideo. Para mí, no era bueno estar un poco allá y un poco acá. A partir del 2012 sí comencé a ir periódicamente y a exponer”, explicó la artista a Búsqueda en una entrevista por videollamada. Algunas de sus muestras llevaron la impronta femenina en sus títulos, como La señora Macbeth, que se expuso en 2014 en la sala de exposiciones del Teatro Solís, o Iris, la curación de un fantasma, en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) en 2015. Gran parte de la obra que integra la muestra pertenece a la colección Engelman-Ost.
Una ciudad extraña
El recorrido por la retrospectiva comienza en un tríptico de grandes dimensiones de 1991 que fue restaurado para la muestra. Su título es Búsqueda de raíces (1991). Las “raíces” de Patrone hay que rastrearlas en sus antepasados franceses e italianos, pero son básicamente rioplatenses y tienen un lenguaje propio. “Cuando comencé a exponer había una tendencia hacia el arte latinoamericanista. Pero yo no me sentía identificada con la pintura mexicana ni tampoco con la europea. Nunca me pasó en Europa que me consideraran una artista europea”.
El paisaje urbano aparece entretejido con su propia historia, donde hubo un tío con una empresa constructora que funcionaba en el mismo edificio donde vivía su familia. Patrone veía frecuentemente planos y tuvo desde muy temprano una mirada especial hacia la ciudad. Pero en sus pinturas el paisaje urbano no es perfecto, siempre hay algo un poco fuera de foco o un poco caído o un poco torcido. Es la mirada urbana de la artista que un día estudió para ser arquitecta.
“Mi pintura refleja mi camino de pensamiento. Me interesa la filosofía, la ciencia, todo lo que busca responder mis interrogantes. Siempre hay un hilo conductor que es la imagen de lo femenino, porque soy yo y porque estoy hablando de mi pensamiento, pero me interesa el acercamiento con el público. Siempre en el arte hay caminos misteriosos y crípticos, pero quiero que mi obra pueda hablarle a cualquier persona, que no sea para entendidos”.
Desarrolló principalmente la pintura y el dibujo, pero le atraen todas las formas expresivas del arte. Ha hecho escenografías y su vínculo es muy estrecho con el teatro, la poesía, la fotografía y el video.
En esos cruces entre las artes se inscribe el trabajo con su hijo, Rodrigo Spagnuolo, que es músico, guionista y director de cine. Con él hizo el video Odd City (Ciudad extraña) que se exhibe en la muestra y es el cierre del itinerario, como una vuelta al tríptico inicial y a la búsqueda imposible por la ciudad. Es un corto inquietante que tiene como protagonista a Gassman, un hombre desesperado por Lenore, la mujer sirena. El video se terminó de filmar en el propio museo el 13 de marzo, el día que todo se cerró por la pandemia.
“No es la misma mujer, pero una o varias veces suponemos que es Lenore, miren el detalle, peces, en sus manos, peces. Hay seda en Lenore. En este infierno, el decorado es un recordatorio permanente. Todos amamos monstruos sin saberlo”, dice la voz en off de Patrone, que también actúa en el video. El nombre Lenore lo tomó de un poema de Poe.
Sensuales, monstruosas y tangueras
La sirena es uno de los seres mitológicos frecuentes en su obra, porque Patrone ha trabajado mucho sobre la figura femenina asociada tanto a la belleza como a lo peligroso y deforme. “No somos divinas, buenas y geniales; no hay una inocencia perfecta del ser femenino. Me parece importante la monstruosidad. La mujer creativa, y santa, pero también monstruosa y con pasiones y necesidades humanas”. Las suyas son mujeres voluptuosas y sensuales, que a veces muestran su desesperación como la de su pintura Claustro, que exhibe su cuerpo desnudo, dado vuelta y suspendido en el aire, frente a la ventana y a la cúpula de una iglesia.
En esa línea aparecen sus mujeres del tango. “Es el personaje femenino del que se habla, pero que no habla. Empecé a investigar sobre las milonguitas y terminé identificando a los tres tipos de mujeres que se retratan en el tango: a la mujer buena, por lo general es la madre, una santa casi virginal; a la novia, que también es virginal y santa, y a veces hasta se muere. Después está la mujer que despierta pasión y en general es mala, es un peligro, es el mito. Traté de darle humanidad a esa milonguita, que proviene de una clase pobre y elige la ropa, los zapatos, el maquillaje para ser luminosa en la noche”.
Aunque se siente más roquera que tanguera, y su larga cabellera canosa al estilo Patty Smith lo confirma, Patrone sintió siempre el tango como parte de su identidad. Vivió hasta los 10 años en la Ciudad Vieja, con una madre amante de la ópera, pero con sensibilidad para todo tipo de música. Allí, entre una abuela que tenía una casa de lutos, la biblioteca con los libros de Shakespeare de su padre y las clases de ballet en el Sodre, también sentía desde la terraza ensayar a Pintín Castellanos La puñalada.
“Una vez iba en auto por París y en la radio comenzó a sonar un tango. A mí me empezaron a saltar las lágrimas, y eso me sorprendió. Me puse a escuchar todo Gardel y después hice mi primera muestra sobre el tango en Galería Sur. Sentí que me vinculaba con las mujeres pasadas. Empecé a reconstruir los recuerdos de cuando paseaba por la Ciudad Vieja con mis padres y en las casas el sonido era el del tango”.
Explosión de color
Las obras de Patrone impactan por su tamaño y por el estallido de color. “El color tiene que ver con la emoción”, explica la artista. “El dolor, el espanto, el sufrimiento, el erotismo están vinculados al color. En una pintura el rojo puede significar locura, en otra, pasión”. En su muestra hay sirenas vestidas de rojo y encerradas en bolsas de nylon que miran con desconcierto y dolor a quien las mira, pero también hay rojo en el abrazo de los enamorados.
Patrone trabaja el óleo, la acuarela y sobre todo el acrílico. Tiene también hermosos dibujos en blanco y negro. Para elaborar sus trabajos, primero parte de una idea, la investiga, a veces la representa, actúa, saca fotos. “Las ideas las empiezo a atrapar con bocetos y dibujos rápidos, y también escribo. A veces si no puedo atrapar una idea, hago nuevos bocetos”. Después, frente a la tela, trabaja lo intuitivo, lo menos racional. “Trato de conectarme con los arquetipos, con el inconsciente, con los misterios”.
El misterio está en todas sus obras. Puede aparecer en sus mujeres duplicadas frente al espejo o reflejadas en el agua, que nunca son exactamente iguales, o en sus lunas o en las sanadoras que se lamen las manos.
En 2001 Patrone participó en una muestra colectiva en el Museo Zorrilla invitada por la crítica y curadora Alicia Haber. Los artistas tenían que elegir a grandes maestros de la historia del arte uruguayo y establecer un diálogo con sus obras. Patrone eligió a Petrona Viera: “Su pintura planista se fue colando en mis obras, sobre todo por el color y por la luz”. En este momento coinciden en Montevideo las muestras de Patrone y de Petrona (El hacer insondable, en el MNAV), y además de tener a Panella como curadora, hay un nexo entre ambas exposiciones que va más allá de las similitudes fonéticas de nombres y apellidos.

La danzarina ausente
En cuanto a abrirse camino en las artes plásticas, Patrone afirma que nunca pensó en las consecuencias de ser mujer en sus obras. “Sufrí, sí, esas consecuencias, por ejemplo, que algún galerista me dijera: ‘Nos gustás más tú que tu obra’ o ‘pintás como un hombre’, como si fuera un elogio. Pero al mismo tiempo siempre sentí el reconocimiento y el apoyo de mis colegas. No me detengo a pensar en las diferencias, aunque siento que he tenido que trabajar mucho, tal vez más que un hombre. Con mis obras peleo por los derechos de la mujer, y la escenografía para Extraviada, dirigida por Mariana Percovich, me hizo reflexionar sobre la locura, la violencia y el maltrato y terminé haciendo la muestra en el MNAV”.
Esa exposición se inspiró en Iris, una estudiante de Magisterio que en 1935 conmovió a Montevideo al matar a su padre de cuatro balazos. La historia quedó registrada en el libro de los psicoanalistas Raquel Capurro y Diego Nin. Iris terminó deambulando por 18 de Julio y durmiendo en las escalinatas de la Biblioteca Nacional. Era un fantasma en la ciudad, y la idea del espectro está en la muestra de Patrone.
Patrone dice que ella tiene dos corazones, uno en Montevideo y otro en Barcelona. También vivió en Madrid cuatro años y aún recuerda sus visitas casi diarias al Museo del Prado. “Barcelona tiene una diversidad muy grande y un gran apetito cultural. He visto obras, charlas de filósofos y de escritores que me interesan mucho. Y su arquitectura es una felicidad”, dice.
Primero llegó allí su hijo Rodrigo con su esposa después de vivir en Roma. Le habían preguntado a Patrone a dónde podrían irse y ella les dijo: “Barcelona”, casi sin pensarlo. “De alguna forma fui yo la que elegí la ciudad. Siempre me sentí muy bien, pero mi vida diaria es exactamente igual acá que en Montevideo. Estoy en mi casa trabajando, pensando, leyendo. Claro que encuentro cosas nuevas que disfruto mucho, pero mi trabajo me lleva a ser una persona solitaria, si bien disfruto de la compañía de otras personas”.
En Barcelona no es fácil vender sus obras. “El arte es misterioso y lo comercial también”, explica. “Recibo mucho reconocimiento, pero la mía no es obra para grandes coleccionistas y tampoco es comercial. Estoy entre dos lugares que amo pero no son mercados”.
De todas formas, los trabajos de Patrone andan por el mundo en manos de coleccionistas, y ella ha podido vivir del arte y de sus clases. Empezó a los 29 años y tiene 70. Su retrospectiva en el Museo Figari habla de esas cuatro décadas entre telas, bosquejos y pinceles. No hay que perdérsela.