Publicó su primer cuento a los 17 años y desde entonces no paró de escribir y de ganar los más destacados premios literarios. Pero ahora hizo un paréntesis en su etapa creativa porque siente que debe concentrarse en la situación angustiante que vive su país. Entonces escribe columnas, atiende entrevistas, denuncia. Abogado, escritor, periodista, ensayista y expolítico, Sergio Ramírez (Masetape, Masaya, 1942) también tenía 17 años cuando sobrevivió a una represión en la ciudad de León, en la que murieron dos de sus compañeros de la Universidad. Hace unas semanas, escribió una crónica sobre esa tarde de 1959, en la que hubo cuatro muertos y 70 heridos, y que tituló Ayer es hoy, multiplicado, porque considera que es más brutal la represión que hoy viven los nicaragüenses que la de aquel momento bajo la presidencia de Luis Somoza.
“En 100 días 400 muertos, 1.000 heridos, más de 200 desaparecidos. Es una verdadera catástrofe humanitaria”, explica a Búsqueda en entrevista telefónica. Desde aquellos 17 años a sus actuales 75, Ramírez apoyó y vio triunfar al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que en 1979 derrotó con las armas al dictador Anastasio Somoza; fue vicepresidente de su país (1985-1990) en el primer gobierno revolucionario, con Daniel Ortega como presidente; vio perder al sandinismo en las urnas con Violeta Chamorro, y vio ganar de nuevo a Ortega, de quien ya se había alejado en 1995 por discrepancias con su gobierno.
Un año después, en 1996, abandonó la política para dedicarse a la literatura. Su itinerario político lo contó en Adiós muchachos (1999), memorias de una generación, con sus ideales y sus decepciones. Premio Cervantes de Literatura en 2017, Ramírez ha publicado más de cuarenta libros, entre cuentos, novelas y ensayos, además de columnas en varios medios de prensa internacionales. En su discurso de agradecimiento por el Premio Cervantes, recordó un ensayo de su juventud que tituló Balcanes y volcanes y en el que escribió sobre una Centroamérica “marcada a hierro ardiente en su historia por los cataclismos, las tiranías reiteradas, las rebeliones y las pendencias”. Del “hierro ardiente” en que se ha convertido su país, Ramírez habló con Búsqueda desde Managua.
—En 1977 integró el Grupo de los Doce, que respaldó al FSLN. “Mucho cura y mucho burgués, decían algunos revolucionarios”, porque había intelectuales, empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles. ¿Ahora la resistencia es tan variada o la lideran los jóvenes universitarios?
—La lideran sobre todo jóvenes, universitarios y no universitarios, y también dirigentes de organizaciones civiles o empresarios jóvenes que rompieron con Ortega. La diferencia mayor con lo que vivimos nosotros es que la de ahora ha sido una resistencia prolongada sin el uso de armas de guerra y sin enfrentamientos militares. Lo que hay es represión del Estado, la resistencia no tiene armas. Esta es su gran virtud y lo que la diferencia de los levantamientos anteriores en Nicaragua.
—¿Se está en riesgo de una guerra civil, de que la gente tome las armas?
—Esos riesgos siempre existen, pero por ahora no hay una voluntad manifiesta sobre un enfrentamiento armado. La gente que está involucrada la sigue considerando como una resistencia pacífica y civil.
—En el enfrentamiento a Somoza hubo un sector de la Iglesia, vinculado a la Teología de la Liberación, que apoyó a los rebeldes. ¿Qué papel está jugando ahora la Iglesia?
—Desde el principio ha jugado un papel trascendental. Ha actuado como mediadora por un diálogo nacional que ahora está paralizado. Los sacerdotes y obispos han tenido una actuación muy íntegra y valiente. Han tratado de parar la violencia contra la población desarmada, salieron a las calles, fueron amenazados de muerte y agredidos, como ocurrió en la Basílica Menor de San Sebastián, donde fueron agredidos físicamente el cardenal y el obispo auxiliar de Managua. Otras iglesias han sido saqueadas y vandalizadas o prendidas fuego como el caso de la Divina Misericordia en Managua, la que tuvo más repercusión. Las catedrales e iglesias han servido de asilo, de puestos de socorro médico, de alimento o de medicinas. Eso hace que la gente se haya sentido muy cercana a la Iglesia, le da una autoridad moral muy importante.
—En Uruguay y en otros países latinoamericanos, hay sectores de la izquierda que afirman que lo que está ocurriendo en Nicaragua está orquestado desde Estados Unidos. ¿Por qué le parece que siguen apoyando a Ortega?
—Debe de haber distintas razones. Por un lado, una nostalgia por lo que fue el socialismo en los años 60 y 70, alrededor de Cuba. Han quedado algunas telarañas ideológicas enredadas, gente que no ve que el tiempo ha pasado. Después se sumó Venezuela, con Chávez, y Evo Morales en Bolivia. Para ellos Daniel Ortega es un santo de esa religión que no puede ser examinado de manera crítica de ninguna forma. Apenas ocurren fenómenos como este en Nicaragua, corren un telón que oculta lo que está ocurriendo: en 100 días 400 muertos, 1.000 heridos, más de 200 desaparecidos. Es una verdadera catástrofe humanitaria. Tratar de culpar al imperialismo norteamericano o a la oligarquía nicaragüense es bien pueril. Se olvidan de que Ortega hizo una alianza con Arnoldo Alemán, el caudillo liberal condenado a veinte años de prisión por lavado de dinero en 2003, y hasta hace poco era socio del gran capital en Nicaragua. Responder a la realidad con consignas ideológicas hace que la izquierda deje de ser izquierda. Siempre he entendido a la izquierda como algo muy apegado al humanismo, a la solidaridad y sobre todo a la actitud crítica con la realidad. El que no lo hace se convierte en un fósil, no es capaz de mirar al futuro.
—Escribió una crítica muy dura a los líderes de izquierda que firmaron la declaración del Foro de San Pablo.
—Me parece una vergüenza esa declaración que apoya el discurso de Ortega. Él está culpando al país de estar propiciando un golpe de Estado organizado por Estados Unidos. Ese discurso está basado en una gran mentira, y es cada vez menos creíble.
—Usted ha escrito que entre Somoza y Ortega no hay diferencias. ¿Por qué los compara?
—Este país tiene una tradición muy caudillista. Hemos tenido largos períodos de autoritarismo, con reelección indefinida de sus caudillos que concentran el poder y abusan de los derechos humanos. Por lo tanto, no conocemos períodos democráticos importantes, y es eso lo que hay que empezar por construir: instituciones verdaderamente democráticas. Cuando cesaron las dictaduras militares en países como Chile y Uruguay, las instituciones estaban ahí, no hubo que inventarlas, había una tradición institucional. Lo que sucede en Nicaragua es que nunca existió esa tradición, hay que empezar por inventarla.
—Rosario Murillo es ahora la vicepresidenta de Nicaragua, además de esposa de Ortega. ¿Es cierto que tiene más poder que su marido?
—Ella tiene el poder que él le da, y es cierto que le ha concedido muchísimo. Pero los sellos del sandinismo oficial son de Ortega, también las lealtades de los más radicales del partido son hacia él, no hacia ella. Murillo comparte mucho del poder, pero Ortega es el responsable.
—¿Es posible una izquierda diferente en la región?
—Eso creo, porque esta izquierda del ALBA (Alianza Bolivariana para América) está en crisis terminal porque siempre dependió del petróleo de Chávez y ahora se le acabó. Al nuevo presidente de Ecuador, Lenín Moreno, seguramente lo estarán acusando de pasarse a la derecha, porque su país votó la condena a Ortega en la OEA. Pero Moreno es un hombre que entiende lo que está ocurriendo: que la represión ni de derecha ni de izquierda puede ser justificada. Por otro lado Bolivia, otro miembro del ALBA, no tiene una posición muy firme porque su embajador a la hora de la votación en contra de Ortega se fue de la sala, y el representante de El Salvador, un gobierno que proviene de la guerrilla de izquierda, se abstuvo. Los únicos que votaron en común fueron Nicaragua y Venezuela. Mi aspiración es que lleguemos a tener una izquierda como en Uruguay o Chile donde, si se pierden las elecciones, cambia el gobierno y juntan fuerzas para regresar. Son izquierdas que gobiernan con la institucionalidad. Son las que yo quiero ver en Nicaragua.
—En 1999 escribió Adiós muchachos, sobre el proceso sandinista y su alejamiento. Está dedicado a Dora María Téllez. ¿Por qué?
—Dora María Téllez fue parte del movimiento de mujeres que hizo una contribución crucial a la revolución con otras comandantes guerrilleras como Mónica Baltodano. Cumplió un papel brillante. Además de guerrillera es una intelectual, una historiadora muy inteligente, de gran calibre, también como ser humano. Juntos creamos el Movimiento Renovador Sandinista, tenemos una gran identidad.
—Ese libro tiene un epígrafe de Ernesto Cardenal: “La canción de gesta fue un periódico que se llevó el viento…”. ¿Qué importancia ha tenido la figura de Cardenal?
—Fue otro de los hombres clave para explicar lo que fue la revolución en los 70, en la que los intelectuales cumplieron una función crucial. Y no se puede explicar la revolución sin la poesía. Cardenal ha sido realmente valioso no solo para la Teología de la Liberación, sino para la poesía latinoamericana y para el cambio revolucionario mismo. Ahora está malito porque tiene 94 años, está muy frágil, pero muy activo mentalmente.
—Cardenal le envió una carta a José Mujica para que se pronunciara por la situación en Nicaragua. ¿Cree que influyó para que tomara posición en una izquierda dividida por este tema?
—Sí, se la envió hace un mes. Supongo que el expresidente la tiene que haber leído, porque escuché sus declaraciones en el Senado y me parecieron importantes.
—En su blog recordó la represión que sufrió en 1959 en León donde murieron dos de sus compañeros. Esa ciudad fue un bastión de la resistencia a Somoza y ahora vuelve a ser reprimida. ¿Qué siente al respecto?
—En ese momento yo era estudiante, tenía 17 años y vi morir a dos amigos. Ahora la represión es desmedida. Lo que me ha asombrado muchísimo es la falta de piedad y de misericordia de quienes en un tiempo fueron compañeros. Por eso con otros escritores hemos alzado nuestras voces. Esa falta de piedad es un shock para mí. Una terrible decepción.
—¿Está escribiendo algo?
—Nada. No sé cuándo tendré el ánimo de ponerme a escribir. Pero sin dudas que volveré.
—En 1996 abandonó la política y se dedicó a la literatura. ¿Volvería a la política si la situación cambia?
—¡No! (se ríe). Eso pertenece al pasado. Ahora mi futuro está en la literatura, y hay que contar cuidadosamente los años. Hay que verlos individualmente, ya no en tropel como antes. Mi compromiso es con la literatura, pero nunca dejé de tener un compromiso ciudadano, que es el que estoy ejerciendo. A esta edad y con mis posibilidades es lo único que puedo hacer. No soy más que un vocero de lo que está ocurriendo. Quiero explicarle al mundo lo que verdaderamente está pasando en Nicaragua. Sé que mi voz es lo único que puedo usar y la uso a fondo. Sé que es mi deber, desde dentro de Nicaragua.