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    “Si es legal, no es grafiti”

    “El francotirador paciente”, última novela de Arturo Pérez Reverte

    Están organizados, usan tácticas casi militares y son precisos, rápidos, ingeniosos. De día seleccionan su objetivo, que tiene que ser muy visible, y de noche lo atacan mientras sienten la policía al acecho. Ellos cargan sus aerosoles y disparan en lugares prohibidos, porque “si es legal, no es grafiti”. Al otro día, su obra aparece en vagones de trenes, edificios públicos, monumentos. Y los autores, que se llaman a sí mismos “escritores”, estampan sus firmas, S04, Topo75, U47, Zomo, As Irmàs, porque la firma importa. Cada tanto aparece la huella de Sniper, “el artista más famoso y más buscado del arte urbano, a medio camino entre Banksy y Salman Rush­die”.

    Este grafitero misterioso es el protagonista de El francotirador paciente, novela en la que Arturo Pérez Reverte incursiona en el mundo del grafiti. Inspirado en seres reales, Sniper transita sin rostro, ni nombre, ni paradero por varias ciudades europeas, convertido en leyenda.

    Para escribir su última novela, Pérez Reverte convivió con un grupo de grafiteros por las calles de Madrid y entrevistó a policías de brigadas especiales que los persiguen cuando cometen vandalismo. En ese sentido, el escritor, hoy famoso por sus novelas históricas, volvió a la adrenalina de sus épocas de periodista. Además de trabajar en periódicos y de conducir un programa radial nocturno en el que le daba micrófono a personas marginales, Pérez Reverte fue durante 21 años corresponsal de guerra. Tal vez su más recordada crónica sea “Territorio comanche”, sobre la guerra en la ex Yugoslavia, que es también una despedida furiosa de su trabajo para la televisión española.

    En El francotirador paciente, Alejandra Varela, una especialista en arte urbano conocida como Lex, recibe un ofrecimiento extraño y tentador de un importante editor: encontrar a Sniper para que autorice la publicación de un catálogo completo de su obra. Varios galeristas británicos y norteamericanos quieren que Sniper entre en el circuito del arte y están dispuestos a convencerlo con suficientes euros.

    Pero desde hace dos años, el grafitero está oculto, no solo para mantener su leyenda, sino porque hay muchos que quieren atraparlo, incluso matarlo. Entre ellos, el padre de un joven de 17 años que murió al caerse desde setenta y ocho metros, cuando estaba interviniendo la fachada de un edificio que inauguraría una muestra de arte contemporáneo. Su obra había quedado a medias, igual que su firma “Holden”, que usaba en homenaje al desconforme protagonista de “El guardián en el centeno”, de J. D. Salinger. No era la primera vez que un grafitero moría de esta forma, y sobre Sniper caían acusaciones por incitar a adolescentes a arriesgar la vida por un grafiti.

    Uno de los aciertos de la novela es elegir como voz narrativa la de Alejandra, quien viaja por Madrid, Barcelona, Portugal y Verona en busca de Sniper. Con ella, una mujer inteligente y audaz que escucha a Chet Baker, aparece, sin excesos, el toque erótico en la novela. Pero lo que mueve la acción es su investigación, casi detectivesca, y muy periodística.

    En su trayecto, Alejandra se cruza con varios obstáculos y con personajes curiosos del mundillo del grafiti que tienen sus propios códigos de trabajo y de vida. Entre esos códigos está la lealtad, por eso ninguno rebela dónde está Sniper. Él había llegado a reunir hasta diez o doce grafiteros para ataques masivos. “Se dice que, cuando le dio por los trenes, hasta hacía maquetas para preparar las actuaciones. Llegó a ser un experto en horarios de cercanías”, le comenta un policía español a Alejandra.

    A partir de estos relatos se conoce la historia del grafitero, desde sus comienzos a fines de los 80, su pasaje por la pintura de “calacas” (calaveras) mexicanas hasta su obsesión por la intervención de vagones: “Aquellas facciones de esqueleto ahora frecuentes, junto a la diana de francotirador o sustituyendo rostros conocidos en obras clásicas que solía parodiar con mensajes alternativos, daban un giro siniestro a sus piezas callejeras. Y el término terrorismo urbano acudía a la cabeza con inquietante facilidad”, reflexiona la narradora.

    Entre quienes rodearon a Sniper está Topo, un grafitero retirado que conoce muy bien cuál es la intención de su colega. Él lo compara con Banksy, el artista del street art británico cuyas obras terminaron cotizándose muy alto en el mercado. Para Topo, Sniper sabe “enmascarar su identidad para captar primero la atención ciudadana y luego la del mercado. (...) Ha sabido mantenerse en apariencia digno, sin venderse aunque el mercado lo habría acogido de forma espectacular. Eso ha aumentado su cotización”.

    Ese es uno de los temas que plantea Pérez Reverte en esta novela: la fidelidad de los artistas callejeros hacia la “pureza” de sus obras, lo que significa que rechacen ofertas de quienes comercializan arte. Al respecto, un buen complemento de esta novela es el documental “Salida por la puerta de regalos”, de Banksy, el artista anónimo que se hizo famoso por intervenir el muro de Gaza, cuyas obras valen cientos de miles de dólares.

    Otra reflexión que despierta la obra es sobre lo delictivo o no del grafiti. En la novela se relatan varias intervenciones de Sniper por las que se ganó el rechazo de las autoridades y de mucho público. Una de ellas fue en Portugal, donde dibujó en varias zonas de Lisboa ojos tachados: “Miles de ojos ciegos orientados hacia los transeúntes, la ciudad, la vida”, en alusión a “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago. “Lo lamentable es que haya ocurrido en la ciudad más tolerante del mundo en materia de grafiti”, dice un personaje que recuerda que al Ayuntamiento le costó medio millón de euros limpiar esos ojos tachados.

    En El francotirador paciente, Pérez Reverte, quien también es un francotirador en sus columnas publicadas en la web o en sus comentarios en Twi­tter, retrata personajes creíbles, cuestionables, pasionales y muy vitales: “En un museo compites con Picasso, que está muerto, mientras que en las calles compites con los cubos de basura y con la policía que te persigue’”, dice, recordando palabras de Sniper, una de las hermanas As Irmàs, las gemelas grafiteras que aceptan “lo legal” para financiarse “lo ilegal”.

    Esta novela, con siluetas que se mueven en las sombras, aerosoles de pintura que se cargan como armas y hombres y mujeres dispuestos a asesinar por venganza, es una de las más atractivas de Pérez Reverte, incluso mucho más potente que sus novelas históricas. Será por aquello de que “bombardear periódicamente es necesario”.

    “El francotirador paciente”, de Arturo Pérez Reverte. Alfaguara, 2013, 302 páginas, $ 480.

    Vida Cultural
    2013-12-12T00:00:00

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