El taller queda al fondo de su casa del barrio La Blanqueada. A primera vista es un enjambre de poleas, cadenas, ganchos, trozos de chatarra y de cables, de planchas de espuma plast y de madera. Y de hierro, mucho hierro. Podría ser el taller de un herrero, pero es el de un escultor que tiene su enjambre bien ordenado con cada pieza en su lugar. Octavio Podestá (Montevideo, 1929), con más de 60 años de trayectoria, es uno de los maestros de la escultura uruguaya. Sus obras de grandes dimensiones están repartidas en la ciudad, en las avenidas, en el patio interno de algún edificio o en escuelas y universidades. También están en el interior, como en el centro de Guichón, o entre olivas y vides en los campos de una bodega de Rocha. Para los más allegados, Podestá es Toto, un apodo que trae desde niño. A sus 90 años, es un hombre afable, con un gran sentido del humor y una energía envidiable que le permite seguir trabajando en proyectos y dando charlas, resabio de su época docente en Bellas Artes y la UTU. “Hice de todo y siempre solo. Ahora estoy pagando las consecuencias. Tengo la espalda hecha un desastre. Si me siento en una silla baja parezco un personaje de Gasalla cuando quiero pararme”, dice entre risas. Tiene dos hijas, un hijo y ocho nietos. Estuvo casado 60 años con Elena, que murió hace 7 años y a quien nombra con frecuencia durante la entrevista. En su taller de dos entrepisos que le ganaron espacio a la azotea, están sus primeras obras de la época de Bellas Artes y hechas en yeso. Después vino la madera que fue abandonando por el hierro. Y hay cantidad de esculturas que mezclan material de desecho, desde hormas que le regalaron zapateros y le sirven como cabezas, hasta un aro y una escoba que encontró en la calle. Sentado en una silla que él mismo reparó, y con su perra como testigo, Podestá mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.
—En una época vivía cerca y tenía un taller más chico, pero desde hace una vida que trabajo acá. Siempre consideré que el taller tenía que estar en mi casa y trabajar a cualquier hora. Si tuviera que salir de casa, vestirme y tomar un ómnibus, de pronto estaría menos tiempo. Acá siempre todos tuvieron su lugar y nos respetábamos. Mis hijos venían al taller cuando eran chicos, jugaban y había un momento que les decía que se tenían que ir. He pasado siempre acá adentro. Mi madre le decía a mi señora: “Sacá a pasear a ese ratón de taller”.
—Cuando fui al liceo nocturno, dibujaba bastante, pero no sabía si me gustaba. Un día un profesor me llevó a un boliche y me dijo que yo tenía facilidad para el dibujo y me recomendó que fuera a la Escuela de Bellas Artes. Yo quería entrar en Arquitectura, pero me costaba mucho estudiar. Entonces lo pensé un año y me anoté en Bellas Artes. Ahí me sentí como pez en el agua. Éramos muy pocos estudiantes en la facultad y en la clase de escultura unos ocho o diez. Era un tet a tet con los docentes. Después de clase nos íbamos al boliche o los visitábamos en sus casas. Hasta mi señora se hizo amiga de dos modelos de la clase.
—Estuvo becado en Europa, ¿qué aprendió de esa experiencia?
—Había una beca de la Escuela para egresados, concursé y me la gané. Estuve un año en Europa. Más que de las clases, aprendí del contacto con otros artistas. Eso decían los profesores, que lo más importante era el contacto con otros talleres.
—¿Siempre realizó esculturas o experimentó en otras artes?
—Siempre en la escultura. En la escuela se daba pintura, pero eran cursos aparte. Recién desde hace pocos años estoy empezando a aplicar el color, pero sin haberlo aprendido. Empecé trabajando el barro porque en la escuela nos enseñaban a modelarlo. No había otro material, no salíamos del barro. Una de las enseñanzas era que la escultura tenía que salir de la tierra. Parecíamos egipcios (se ríe). Cuando egresamos y empezamos a ir a las bienales y a conocer otros escultores tomamos contacto con otros materiales. Por ejemplo, Alexander Calder colgaba sus obras, hacía esculturas que se movían en el aire. Eso fue todo un descubrimiento y nos empezó a mover todas las estructuras y los esquemas. Fue una revolución. Cuando mi egreso de la escuela, Yepes nos hacía trabajar mucho con la imaginación. Había pasado cinco años con modelos y de pronto nos ponía música y nos hacía crear a partir de lo que escuchábamos. Él modelaba en barro, pero tenía otro concepto de la escultura.
—¿Y cuándo apareció el hierro?
—Cuando volví de Europa me volqué de lleno al hierro, sobre todo al de desechos. Iba a un taller y me llevaba lo que estaba tirado en el suelo. O incluso me interesaban desechos más viejos, como partes de barcos, los remaches oxidados. Me sentía más cómodo que con el material sin uso. Cuando empecé a hacer esculturas por encargo había un taller metalúrgico y me regalaban los desechos. Siempre me surtieron. Me llama la atención lo que aparece alrededor de los containers. Esa silla donde estás sentada o en la que yo estoy son de un container. Las encuentro, veo que les falta una pata y las arreglo. Trabajo como si fuera a hacer una escultura. Hay una parte táctil y manual de la materia que la siento mucho. La parte técnica siempre me gustó.
—¿Le gusta que su obra esté al aire libre?
—Siempre pregoné que el arte tenía que estar en la calle, en las escuelas, en las universidades, en los parques. Y se fue dando. Yo paso por una plaza, veo que se puede hacer una escultura y hablo con los encargados. Ahora hace muy poco pasó en la Estación Goes, donde arreglaron la plaza para los niños y comenzaron a sacar las vigas del tranvía. Eso es un testimonio fenomenal. Con la arquitecta de esa reforma, con quien trabajé en el barrio, vimos que había una viga de unos ocho metros retorcida. Entonces le dije: “Con esto hacemos una escultura”. Y así fue. Ahora le están poniendo luz. La más grande que tengo es en Guichón, en Paysandú. Un día fui a ver a unos amigos y en la estación de tren vi un vagón cargado de chatarra. Me dijeron que hacía seis meses que estaba allí. Entonces pensé en hacer algo para el pueblo. Fui a hablar con el ingeniero jefe, miró la nota que llevaba escrita con mi pedido y me dijo: “Son los vagones que estaban perdidos”. Le expliqué que quería solo la chatarra. Finalmente la obra tardó como 13 años en hacerse porque con cada intendente cambiaban de idea.
—En el Parque de las Esculturas, hay una obra suya. ¿Qué piensa del deterioro de ese lugar?
—Es una cosa horrible, está todo roto y grafiteado. Una desidia. Es un parque que tendría que tener cuidador, como había antes, cuando cualquier placita lo tenía. No saben qué hacer. En un momento iban a sacar todas las obras para hacer un garaje en ese lugar. Pero ahora parece que no.
—¿En qué está trabajando ahora?
—Estoy haciendo una obra que tendrá cuatro o cinco metros para el patio interior de un edificio (muestra la maqueta que tiene a un costado). Para estas obras tengo que ir a un taller metalúrgico por las máquinas que necesito. Hay esculturas que las trabajo acá cuando no tengo que cortar el hierro. También está en marcha una grande en Bulevar y General Flores de 9 metros. Es importante el espacio, sobre todo en una esquina como esa. Hubo que elevarla porque si no el tránsito la tapa.
—¿Cuánto le lleva hacer una escultura?
—Depende del día, de si te levantaste bien y tuviste suerte, de los materiales que tengas, si coinciden con lo que querés hacer. A veces una escultura se hace en un día. Desde luego que las grandes, que dependen de un taller metalúrgico, llevan mucho más.
—Algunas de sus esculturas tienen color. ¿Cómo lo decide?
—Una vez un escultor me dijo que no pintara las obras porque cuando se deterioran nadie las vuelve a pintar. Pero a veces las pintan y hacen cosas horribles. En 8 de Octubre y Propios hay una de mis escultura que simboliza los Juegos Olímpicos. Era celeste y azul. El otro día fui al CASMU con mi hijo y me dijo para ir a verla. A mí nunca me gustó mucho y ahora menos porque la pintaron de blanco. Horrible. Lo mismo me pasó en el Crandon, que tenía tres de mis esculturas. Un día las pintaron todas de rojo porque de ese color habían pintado las papeleras. Cuando las vi, casi me muero.
—¿Se arrepiente de haber hecho alguna obra?
—Tengo épocas. A veces miro de nuevo las esculturas y pienso que le hubiera hecho algo diferente. Por lo general no corrijo nada, lo que está hecho, está hecho. Tenía un amigo que me surtía de hierro y se llevó un torito que había hecho. Un día fui a visitarlo y lo vi y quise cambiarlo. Lo modifiqué tanto que al final se lo quedó mi hija porque a él no le gustó más. Por eso es mejor no tocar las obras.
—¿Qué opina del arte contemporáneo?
—Responde al momento, a la situación actual. Yo todavía estoy en los años 30, considero que ese fue un arte revolucionario con los rusos, los alemanes. A veces veo algo y pienso: “Esto ya está hecho”. No es que esté en contra de lo que se está haciendo ahora, pero todavía me sigo regodeando con el arte de aquellas épocas.
—¿Qué hace con sus esculturas cuando ya no tiene más lugar para guardarlas?
—Ahora estoy regalando mucha chatarra porque tengo acumulada como para 50 años más de trabajo. Hay unos muchachos jóvenes que vienen a ayudarme, que también son escultores y herreros, y se la llevan. Voy a donar al Estado una cantidad de obra, aunque creo que no la quieren. Es que los museos están abarrotados. El otro día me llamó el director del Museo Nacional de Artes Visuales para que fuera a ver unas estanterías nuevas. Entonces le pregunté si tenía que donar de acuerdo a las estanterías. Yo nunca fui un gran vendedor de mi obra. Hice exposiciones en sitios culturales, y allí nunca se vendía nada. Ahora El Galpón abrió una sala de arte y la inauguran con obras mías, antiguas. Tengo prestada mi obra en facultades, por todos lados. También estoy en la época de los regalos a la familia.
—¿Cómo festejó los 90 años?
—Hicimos una festichola acá, en el taller. Mis nietos lo adornaron, le pusieron luces y parecía una boite. Una de mis nueras hizo en papel una de mis esculturas que está en Bulevar y la puso arriba de la torta. Cuando yo estaba en Bellas Artes y algún compañero sacaba un premio o se iba de beca, siempre terminábamos festejando en este espacio, que estaba más vacío. Entonces ahora para mis 90 quise hacer lo de aquella época con la familia y unos cuantos amigos.