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    “Soy un atrevido de la caricatura”

    Gráfica ilustrada: 40 años de trayectoria de Óscar Larroca

    Tiene todo: figuras del cómic, retratos, caricaturas, portadas de discos, pósters, collage digital, fotografías, dibujos a tinta en blanco y negro, dibujos a color con técnica mixta. Tiene poemas legendarios y otros más actuales, canciones de Pink Floyd, de Frank Zappa o de Fernando Cabrera, y ensayos sobre la sociedad uruguaya. Y todo va acompañado de una ilustración. El libro se llama Gráfica ilustrada, pesa más de dos kilos y recoge 40 años de trabajo como ilustrador de Óscar Larroca (Montevideo, 1962). Con una cuidada y lujosa edición y un diseño atractivo a cargo de Rodolfo Fuentes, el libro festeja también los 40 años en el medio editorial de Ediciones de la Plaza. Artista visual, ensayista y docente, Larroca comenzó a los 17 años a realizar portadas de discos y a partir de entonces no paró de ilustrar en la prensa y en otras publicaciones. Un trabajo que fue haciendo en paralelo a su creación como artista visual, cuyas obras se expusieron en Nueva York, París, Barcelona, Viena y Buenos Aires. En 2011 obtuvo el Premio Figari a la trayectoria artística, y en 2013 presentó Santas Pascuas, una enorme muestra en la que figuras del cómic dialogaban con otras de la política. Desde joven, Larroca fue un provocador, y aún muchos lo recuerdan como el muchacho que fue censurado en 1986 por el entonces intendente de Montevideo Jorge Elizalde, quien consideró que su exposición en el Atrio de la Intendencia era pornográfica. Pero esas obras forman parte de otra historia que no se incluye en este libro, ni en esta entrevista.

    —¿Recordás cuál fue tu primer dibujo?

    —No podría decir “este es uno de mis primeros dibujos”, pero sí que mis padres descubrieron desde que yo era pequeño, a los cuatro o cinco años, que tenía un cierto virtuosismo para el dibujo comparado con otros niños de esa edad.

    —Recopilaste 3.000 ilustraciones de prensa. ¿Dónde las conservabas?

    —Siempre hice un acopio de mis trabajos, sobre todo los que me gustaban. A eso de los 15 años comencé a ponerles firma, eso me dio la posibilidad de poder hacer un registro cronológico. Con los años, a partir de una sugerencia que me había hecho Manuel Espínola Gómez, empecé a tener una actitud más rigurosa y a clasificar cada uno de esos trabajos en diferentes biblioratos. Espínola Gómez les decía a los artistas más jóvenes que no había que tirar absolutamente nada, ni los bocetos ni los esquemitas. No tengo todas las ilustraciones que había hecho para la prensa, pero para esta recopilación pude dar con los diarios y semanarios correspondientes. Como el papel de diario amarillea, algunos trabajos se tuvieron que volver a diseñar porque la línea estaba un poco perdida. Esta reproducción llevó 14 meses.

    —¿Cuánto influyó la aparición de lo digital en tu trabajo?

    —Bueno, fue una de las razones por las que dejé de trabajar en la prensa. En el 89 ingresé a El País Cultural y en el 90 a la página de espectáculos de El País, donde hacía muchas ilustraciones de los estrenos cinematográficos. Fueron pasando los años y las imprentas empezaron a generar un tipo de definición mayor en el tratamiento del color; entonces algunas distribuidoras querían que se publicaran las fotografías que ellos suministraban. Los ilustradores que trabajábamos en blanco y negro fuimos quedando un poco para atrás.

    —¿Fue en tu viaje a París que empezaste a tener una mirada urbana del dibujo o venía de antes?

    —No tengo memoria de haber hecho antes ese ejercicio de andar con una libretita por la calle. Creo que nació en París ese recurso que mantengo hasta el día de hoy. Algunos personajes en el capítulo Estereotipos están basados en esas referencias parisinas. En las libretitas voy tomando apuntes de los personajes que me interesan y luego saco flechitas con explicaciones como “bufanda a cuadritos” o “camisa estampada”. Después, con mayor tiempo, lo paso en limpio.

    —También retrataste a personajes callejeros de Montevideo de diferentes épocas.

    —Sí, son personajes conocidos por los montevideanos, como la vieja de los perros o la mujer de chocolate, una señora que andaba embadurnada con una especie de pasta marrón, a veces vestida de novia. También estaba la chica que se afeitaba la cabeza con una pinza, andaba con gatos y muchos bolsos. De buenas a primeras algunos de ellos desaparecieron. Por ejemplo, no vi más al “hombre-pancito”, el que pedía con un pan en la mano.

    —En el capítulo Estereotipos, usás los globitos de la historieta, pero sin palabras. ¿Te parece mejor no usarlas?

    —En ese caso no trabajé con globitos de pensamiento sino con imágenes. Aparece un plato con una milanesa o alguien pensando en el próximo examen. El estereotipo se genera no solo por la vestimenta, la pose, la moda o el corte de pelo, sino por un conjunto de cualidades que te llevan a imaginar en qué podría estar pensando esa persona. En cuanto a la historieta, nunca me sentí muy cómodo con los resultados. Sobreviven algunos ejemplos, entre ellos, una que hice con Elvio Gandolfo en 1991, El dibujo de América. Hace pocos meses, Leo Maslíah me pasó tres guiones para que yo hiciera las historietas.

    —¿De qué tratan?

    —Son personajes muy locos, diálogos cortos y muy surrealistas entre un personaje y otro. Todavía no le encontré la vuelta con qué tipo de estilo trabajar para que acompañe ese relato tan genial de Leo sin que haya distracciones estilísticas. Tengo que encontrar un estilo que se case con el guion.

    —Trabajás con diferentes técnicas, entre ellas el collage, que parece un arte muy minucioso. ¿Te lleva más tiempo que otros?

    —Depende del tamaño del trabajo, si el collage es en frío, pegado sobre una hoja, o si la intervención es digital, que es un proceso más rápido. Nunca tuve un estilo muy definido: trabajé el dibujo de línea continua, el de línea interrumpida, el gestual, el puntillismo, el color con pastel o el trazo más deshi­lachado, como el que usé para los dibujos del documental Sangre de campeones. Nunca me definí por una técnica o estilo. Soy un atrevido de la caricatura. Hay caricaturistas que trabajan hace años, puliendo y perfeccionando la técnica. Admiro a los que pueden sacar el alma y parecido del personaje aun en la deformación. Yo pruebo distintas técnicas, pero no me dedico, me siento un outsider de la caricatura.

    —La temática futbolera no era habitual en tu obra. ¿Fue un desafío trabajar para el documental Sangre de campeones?

    —No tenía trabajos sobre fútbol, no soy muy futbolero. Creo que el dibujo en ese documental se pudo cohesionar bien con el resto de la documentación audiovisual y fotográfica. El hecho de trabajar en un estilo más gestual me permitió tomar distancia del material; si hubiera trabajado con un estilo más preciso, más definido, hubiera producido una especie de ruido visual, como un paréntesis narrativo extraño. Son escenas de distintos partidos de fútbol entre el 24 y el 30. Hay algunos retratos a partir de fotografías que me fueron suministradas y muchas de ellas tenían mala definición, por eso tuve que recrear estampas o caras. Solo se podían recuperar a través del dibujo porque no había otra manera documental de hacerlo.

    —Tenés caricaturas de funcionarios de centros de exposiciones. ¿Te inspiraste en casos reales?

    —Sí, son todos casos reales. Me pasó con exposiciones mías y de colegas. Lo único que hice fue modificar algunos rasgos de los personajes para no mandarlos al frente. Son casos puntuales, no podría decir cuántos funcionarios públicos trabajan de esta manera: el portero que siempre solicita licencia por enfermedad, la que desconecta las luces para conectar su laptop, algún ñoqui de confianza.

    —Otros parásitos son los del Parlamento...

    —Hay una parte de la clase política que es una secta parasitaria. Ahí sí, trabajé más con la ironía sobre el que hace la plancha, el que va a dormir, el de la mano de yeso, el que come, el que va vestido como si fuera al boliche. Algunos los representé en forma más reconocible, otros son personajes más genéricos.

    —En las redes sociales cada tanto volcás tus broncas políticas. ¿Necesitabas este libro para plantear con mayor reflexión algunos temas?

    —Uno busca la manera de hacerse escuchar en distintos ámbitos. En mi caso, las redes las tomo con pinzas y no demasiado en serio. No son ámbitos donde exponer cuestiones con mucha profundidad y si opinás diferente al resto, automáticamente sos calificado de fascista. Este material me dio la posibilidad de trabajar con otra mesura, tanto con ilustraciones como con textos.

    —En tus inicios quisiste sacar una revista sobre arte llamada Lápiz, que no prosperó. ¿La revancha fue La pupila?

    Lápiz no pasó de un boceto y de un conjunto de fotocopias. Muchos amigos me decían que era un nombre horrible, pero resulta que diez años después salió en España una revista internacional de arte, muy prestigiosa, que se llama Lápiz. Con La pupila estamos cumpliendo en estos meses diez años. Tuve el apoyo imprescindible de Gerardo Mantero, sin él no hubiera salido el proyecto. La verdad es que no pensé que llegáramos a la década en un momento en que las publicaciones culturales están desapareciendo, mucho más las dedicadas a las artes visuales, que son el nicho del nicho. Removedor, que sacaba el Taller Torres García, llegó a los 29 números; nosotros vamos por los 45.

    —Hace poco tiempo trascendió en Búsqueda que te habías acercado al Partido Nacional. ¿Cuál es tu vínculo con la política?

    —En verdad compartí con varios asesores de Cultura, de casi todos los candidatos de la oposición, mis breves insumos para el área. Algunos pocos respondieron de buen grado y otros con indiferencia. Entregué mis planteos a quienes quizás el día de mañana puedan estar administrando el dinero de todos los uruguayos. Milité durante muchos años para el Frente Amplio y colaboré en diferentes comisiones del área cultural desde 1984 hasta 2006. Con otros colegas, artistas, escritores, actores, también hicimos propuestas y reclamos en una conocida mesa de diálogo que se hizo en el Teatro Circular en 1993 dirigida a todos los partidos políticos. Creo que en esa ocasión fue solo Mariano Arana. Para mí, este capítulo está cerrado desde mi convicción de que la izquierda ha tocado techo en varios asuntos y su gestión cultural está agotada.

    —¿Por qué?

    —Una izquierda atravesada por la inoperancia, el nepotismo y la corrupción solo puede sobrellevar una buena gestión sobre las espaldas de algunos funcionarios, como es el caso de Enrique Aguerre, quien está cumpliendo una excelente tarea al frente del Museo Nacional de Artes Visuales. Pero, ¿qué pasa si el mismo gobierno saca a Aguerre y pone a otra persona? No sabemos, porque no hay un plan preestablecido, sino que todo se lleva a impulso de los gestores de turno sin un compromiso de base. El ejemplo más claro es el de la Intendencia de Montevideo. Cada director de Cultura borraba lo que había hecho el anterior y refundaba a partir de cero. Y esa experiencia fue terrible: desde el cultivo de hortalizas y la creación de un Cinecittá, que quería imponer Mauricio Rosencof, hasta el adefesio de la inclusión forzada dentro de la cultura popular que está impulsando la actual directora Mariana Percovich.

    —¿Pensás que alguien va a tener en cuenta tus sugerencias?

    —La clase política está muy lejos de la cultura, pero las próximas elecciones son una buena oportunidad para que todos los políticos de algún modo puedan tomar como propia esa bandera en una contienda que me imagino será muy reñida. Tal vez eso sirva para presionarlos.

    —En el prólogo del libro, Elvio Gandolfo dice que siempre le llamaron la atención tus ojos demasiado abiertos, como para captar varias imágenes. ¿Mantenés la misma curiosidad de siempre?

    —Me considero un lector atento de la realidad, una persona inquieta. Me gusta preguntar y preguntarme, y también meter el dedo en la llaga.

    Vida Cultural
    2018-07-05T00:00:00