La última charla que Gerardo Bleier mantuvo con su padre fue a principios de 1975 en una mesa ubicada al fondo de donde hoy está el Bar Luz, en la avenida General Rivera esquina Joaquín Requena. Allí recibió el “testamento del viejo”, aunque eso lo supo después. Tenía 14 años, era “precoz y alocado”, todo hormonas, y al principio del diálogo se distrajo con la minifalda de una profesora de inglés que estaba a pocas mesas. Ya había caído preso por pintar muros que auguraban la caída de la dictadura y su padre, referente comunista, militaba en la clandestinidad y quería ver a su hijo. De él heredó un parecido físico por “código genético” y ciertas convicciones por filiación política. Así lo cuenta este periodista, escritor y poeta, mientras reconstruye aquella despedida entre restos de pizza y cocacolas, sintiendo aún el peso de una mano paternal sobre las suyas: “Los hombres somos esencialmente instinto de supervivencia y necesidad de satisfacción de deseos; pero, si somos solo eso, no somos nada”.
Eduardo Bleier Horovitz fue detenido a los pocos meses del último encuentro con su hijo Gerardo, alguna noche de finales de octubre de 1975, en la vía pública, y falleció entre el 1º y el 5 de julio de 1976 por torturas en algún centro clandestino de la dictadura (1973-1985), según el informe de la Comisión para la Paz publicado en 2003, y las pericias forense y antropológica. Tenía 47 años, cuatro hijos, estudios avanzados de Odontología, integraba el Comité Central del Partido Comunista (PCU) y se ocupaba de su Secretaría de Finanzas.
Sus restos fueron hallados el 27 de agosto de 2019 durante los trabajos de búsqueda de personas detenidas y desaparecidas en predios militares y su identificación tardó más de un mes. “Lo peor es esa espera..., fueron los días más difíciles..., la charla con mis hijas la llevaré siempre grabada en el alma..., pasamos por mucho”, relata Gerardo Bleier, quien había participado en todas las investigaciones sobre su padre y tenía la convicción de que era él.
¿Y si no era? Baja los ojos, tarda en responder, como quien se enfrenta a algo inesperado o demasiadas veces pensado. “El drama más profundo de un familiar de desaparecido es no saber, no poder honrar la memoria de un ser querido muerto y, acaso, intentar, luego del dolor de la noticia, comprender para ayudar a sanar”, contesta Bleier, hijo, 44 años después de aquella charla con su padre en un bar.
—“Yo perdono a los que políticamente no hicieron todo lo que había que hacer para encontrar antes los restos. Pero no perdono a los responsables, es decir, al fascismo”, dijo usted. ¿Qué quería decir?
—Es una distinción muy importante. La transición de la dictadura a la democracia implica enormes desafíos. Esa transición se puede hacer a la española, con un Franco que estuvo 40 años y que antes de morir dijo que dejaba “todo atado, y bien atado”; con una élite política emergente que administró como pudo y con una Europa que también ayudó a ese proceso. Quiero decir que cualquier transición demanda de quienes tenemos una cultura democrática radical un esfuerzo comprensivo de la élite política —que en Uruguay esencialmente fueron Sanguinetti, Wilson y Seregni—, que tuvo la responsabilidad de administrar ese proceso.
Yendo a lo de mi padre, el aparato represivo fue controlado durante las prácticas de terrorismo de Estado por grupos que profesaban la ideología fascista y representaban a estructuras de interés que siempre han manejado la política con criterios autoritarios, aunque no siempre fascistas. A estas prácticas no se las puede perdonar, por dos razones sustanciales: una es ética y otra cultural y económica. Porque la política no es la continuación de la guerra por otros medios: es la aptitud humana para organizar su evolución cultural y espiritual. Ocurre que a veces los conflictos de interés “se van de madre” y entonces retrocedemos al casillero de nuestra animalidad y surgen acciones violentas en defensa de intereses o privilegios que son desafiados. Pero la política es también la producción de un marco normativo que permite superar nuestra animalidad. ¿Y qué hacen todos los fascismos? ¡Anulan a la política! Por eso a los fascistas no los puedo perdonar.
—Sin embargo, Guido Manini Ríos, senador electo por Cabildo Abierto (CA) y ex comandante en jefe del Ejército, dice que no se debe politizar el tema de los derechos humanos…
—Pero, ¿qué son los derechos humanos si no uno de los contenidos básicos de la democracia junto con los de la libertad de expresión, de asociación, de preservación de la vida? ¡Son fenómenos políticos! ¿Qué es no politizar? Un hecho político no puede no politizarse. Lo que está diciendo Manini Ríos en realidad es: “No me vengas con este tema que me trae problemas, porque yo fui formado en el Ejército durante la dictadura, tuve como mandos a muchos de los responsables que no hablaron y prefiero este ‘dar vuelta la página’ porque quiero preservar la institución militar”. Pregunto: ¿cómo puede explicarse que ninguno de los militares, y algunos civiles, responsables de la dictadura fue capaz de informar que hay desaparecidos detenidos en tal lugar? ¡Pasó casi medio siglo sin que ni uno de quienes tenían la información tuviera el coraje de decir “están acá” para terminar con un drama que no es solo humano y familiar, es un drama social!
—Manini Ríos insiste en que el tema de los detenidos desaparecidos “ya ha sido reconocido una y mil veces” y que hoy suele plantearse “para no hablar de los reales problemas” que tiene el país. ¿Qué responde a eso?
—Trataré de no responder a esa pregunta como un familiar de detenido desaparecido que fui durante más de cuatro décadas. Las sociedades que no toman precauciones cuando emerge el fascismo o formas de autoritarismo termina padeciéndolos. ¿Por qué? Porque se deteriora la calidad de la convivencia democrática. Tengo enormes prevenciones en relación a Manini Ríos y a CA. No por algo emocional, ni por antimilitarismo —ya que no soy antimilitarista a priori—, sino porque observo que cada vez que alguien de CA habla lo hace reproduciendo contenidos autoritarios.
—¿Pueden producirse “desvíos autoritarios” por la participación de CA en el gobierno?
—Hay que estar alerta frente a desvíos autoritarios que este neopopulismo de derecha puede imponer. Pero hay que esperar a ver cómo se desempeñan cuando estén en el gobierno, porque CA tampoco es una cosa radicalmente homogénea. Es un grupo político que se organiza en torno a un caudillo. Manini Ríos conoce muy bien la historia del Uruguay, aunque la lee con un solo ojo, dogmáticamente, pero es un señor culto, que lee, que estudia, que tiene una valoración de las tradiciones uruguayas: el artiguismo, el respeto por esa cosa corajuda y el espíritu libertario del gaucho de la Pampa. Es un fenómeno complejo y no solo nacional: hay que mirar a Bolsonaro y al ultranacionalismo en Europa. Manini Ríos representa eso: un personaje autoritario, un militar adusto, rudo y con un discurso de “mano dura”. Y mucha gente compró eso.
—Usted afirmó que la sociedad uruguaya y estos últimos gobiernos no han “procesado bien” el tema de “la disciplina ética de las Fuerzas Armadas” (FF.AA.) y que en el Ejército hay una “lumpenización cultural” de una parte importante de los oficiales que todavía piensa en términos de “enemigos”. ¿Cómo explica eso?
—Cuando fui llamado para ir al batallón Nº13 a ver los restos que habían aparecido y que podrían ser de mi padre, llegamos antes que la habilitación de la Justicia y debimos esperar mucho rato en el auto para ingresar. Ahí vi la actitud de los oficiales que están formados en el odio por cómo nos miraban, como enemigos; esa es la lumpenización cultural, esa conservación de un gueto corporativizado. El Ejército es la institución más fuerte de las Fuerzas Armadas y ha sido incapaz de hacer la autorreflexión sobre sus desvíos barbáricos. Parte del Ejército tiene un apego al nacionalismo vulgar, no por los valores artiguistas, sino por la noción de “nosotros contra los otros” que tiene mucho de patrioterismo, de chovinismo, de barrabrava. Eso se ha manipulado por algunas élites y a eso llamo lumpenización cultural.
—¿Cree que nunca hubo una autocrítica seria, profunda, de parte de los mandos militares en temas de derechos humanos?
—Hubo un intento, desgraciadamente brevísimo, de parte del general (Pedro) Aguerre, que fue comandante en jefe del Ejército. Pero no reunió la masa crítica para ir más allá, hasta el hueso; en este caso, dicho sea de paso, hasta los huesos, y aquello se debilitó. Yo no digo que no haya habido humanamente alguna voluntad de actores particulares, porque hay oficiales que intentaron abrir brechas. Pero, como institución, el Ejército uruguayo se debe una profunda autocrítica, seria y rigurosa autocrítica.
—¿Por qué cree que no existió autocrítica de los autores materiales o intelectuales después de casi medio siglo?
—Las razones son muchas, pero la principal es porque el Ejército uruguayo procuró distanciarse de las cosas horrorosas que se cometieron en Argentina y en Chile, por aquello de que en Uruguay no fue lo mismo. Y se puede admitir que hubo otras contenciones, pero eso no implica que lo barbárico no sea barbárico, porque si no ingresamos en aquello que decía la filósofa Hannah Arendt sobre la banalización del mal. El mal es el mal y hay que someterlo a crítica. Por eso la lucha por encontrar los restos de los detenidos-desaparecidos continúa, y si no se pueden encontrar los restos, por lo menos, las Fuerzas Armadas tienen que exponer la verdad sobre lo que pasó: si se exhumaron, cómo los exhumaron, quién los exhumó y qué hicieron con ellos.
—¿Cree que existe un compromiso del gobierno entrante de continuar con la búsqueda?
—Este gobierno dejó establecidas las instituciones para continuar, con leyes y gente calificada, de altísimo nivel profesional, y nadie interferirá en ese esfuerzo. En este sentido, tengo confianza en (Luis) Lacalle Pou para avanzar en la búsqueda de la verdad. Si bien él cometió un error (cuando en 2013 aseguró que de ser presidente suspendería las excavaciones y la búsqueda de desaparecidos para poder cerrar un capítulo), luego rectificó. De suerte que la lucha de la mayoría abrumadora de la sociedad continuará trabajando por saber la verdad. La clave es el llamado segundo vuelo. Hay que llegar a la verdad sobre qué pasó con esa posiblemente veintena de personas que se trajo desde la Argentina y que posiblemente se las asesinó y luego se las enterró en una fosa común.
—¿Hay profesionales calificados para trabajar en ese tema en el nuevo elenco gobernante?
—Yo creo que las personas que están a cargo de estos temas continuarán porque ya están trabajando y hay un instituto de derechos humanos autónomo de los gobiernos. Pero, si uno mira el entorno más cercano que armó el presidente electo, ve que hay gente madura, sobria, seria, democráticamente hiperconfiable y, sobre todo, no ha puesto a gente envenenada con la izquierda. Eso habla bien sobre los posibles problemas vinculados a la calidad de la convivencia democrática, más allá de conflictos que seguramente haya.