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Con una calidad de sonido inusualmente buena para el Estadio Charrúa, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina presentaron el espectáculo “Dos pájaros contraatacan”
“Hace 40 años, Serrat era Gardel y yo era una rata de alcantarilla”, comentó en un momento del concierto Joaquín Sabina. En otro momento, aseguró que lo único que falta para que él y su compañero sean íntimos es el sexo, y agregó: “Pero es porque no quiere”. Finalmente, afirmó que, a pesar de la buena relación que tienen, los separan “la envidia” de Sabina y “el talento” de Serrat. Fue un mimo más para un artista al que admira con profundidad, un hombre que evidentemente posee más talento musical que él y que, sin embargo, durante la noche del miércoles 27, no pudo cautivar al público como lo hacía antes, es decir con una voz potente, cálida y hermosa, sino con una triste sombra de lo que ésta fue alguna vez.
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En cambio, Sabina, cuyo timbre es más áspero, mostró un swing y una fuerza que durante su peor época no se podía disfrutar. Pero, ¿por qué estos dos señores emocionan tanto a la gente si ninguno cuenta con las armas naturales de, digamos, Sting, Paul McCartney, James Taylor, Paul Simon, John Mayer o Djavan? En el caso de Serrat, por aquella voz que hoy extraña el aire y la fuerza, y por un puñado de canciones inolvidables. Y en el caso de Sabina, por un carisma y una capacidad poética poco frecuentes.
Lo que parecía que iba a ser un concierto correcto, tras una hora y media de espera en la que el viento y la lluvia fueron insoportables, terminó siendo un recital conmovedor, puesto que permitió que la audiencia se enfrentara a un espectáculo guionado, visualmente rico y compuesto por un conjunto de temas que apuntan directo al corazón.
Cuando el final del show estaba más cerca que el comienzo, Serrat le dijo a Sabina que ya no hacía “tanto frío”. Y Sabina le contestó: “¡Pero si están cagados de frío!”. Poco les importó a estos cantautores, uno de 63 años, pura sonrisa, puro disfrute al lado de su ídolo, y otro de 68 años, menos actoral, más sobrio y avejentado pero con un inmaculado aire catalán, a la hora de cantar en Montevideo, una ciudad que conocen y que quieren auténticamente.
Sobre ella y sus habitantes, elaboraron varias rimas. Hicieron rimar a Onetti con Benedetti y con Viglietti, a Galeano con “ciudadano” y con “montevideano”, dijeron que Rubén Rada “no rima con nada” y, para la tribuna sensiblera, subrayaron: “Macarena rima con Juan Gelman”.
Al mando estuvo “la orquesta del Titanic”, una banda que nuclea a algunos músicos imprescindibles para ellos, como Pancho Varona y el pianista y arreglador Ricard Miralles, dueño de una técnica y un buen gusto impresionantes.
Hubo, es cierto, momentos aburridos, como cuando el público, fatigado por el viento, la lluvia y la desidia de la organización, se quedó quieto en algunas canciones nuevas de los españoles, o cuando Serrat interpretó “Eclipse de mar”, un tema de Sabina que corrió mejor suerte cuando fue grabado por el rosarino Juan Carlos Baglietto.
Pese a ello, “Mediterráneo”, “Una canción para la Magdalena”, “Princesa”, “19 días y 500 noches”, “Y nos dieron las diez”, “Cantares”, “Fiesta”, “Contigo”, “Tan joven y tan viejo”, “Noches de boda” y “Esos locos bajitos” fueron los puntos altos de una velada en la que Serrat y Sabina ofrecieron un concierto de tres horas de duración que culminó quince minutos antes de la una de la mañana del jueves.
Después de tanta generosidad, la gente volvió a la casa contenta a pesar de las condiciones climáticas, y quedaron flotando en el aire los versos de dos canciones notables: “Para la libertad”, de Serrat, sobre un poema de Miguel Hernández, y “Que se llama soledad”, de Sabina.
En la primera, Serrat canta: “Para la libertad, sangro, lucho y pervivo/ Para la libertad, mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo/ Doy a los cirujanos”.
Y en la segunda Sabina demuestra que sus letras están a la altura de las de maestros como Bob Dylan y Georges Brassens: “Algunas veces vivo, y otras veces, la vida se me va con lo que escribo/ Algunas veces busco un adjetivo, inspirado y posesivo, que te arañe el corazón/ Luego arrojo mi mensaje, se lo lleva de equipaje, una botella, al mar de tu incomprensión/ No quiero hacerte chantaje, sólo quiero, regalarte una canción/ Y algunas veces suelo recostar, mi cabeza en el hombro de la luna/ Y le hablo de esa amante inoportuna, que se llama soledad/ Que se llama soledad”.