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    ¿Una Navidad religiosa o comercial?

    N° 1796 - 24 al 30 de Diciembre de 2014

    Esta columna la adapto de un artículo escrito por Leonard Peikoff (filósofo fundador del Ayn Rand Institute - www.aynrand.org) que está publicado en www.objetivismo.org, con el objetivo de reflexionar nuevamente sobre ciertos paradigmas contrarios al capitalismo y el libre mercado.

    Es claro que la mayoría de las personas vemos la celebración de la Navidad como una festividad religiosa de los cristianos y muchos de ellos critican el derroche de gastos en regalos, comidas y fuegos de artificio. Sin embargo, Peikoff hace exactamente lo contrario: celebra la Navidad como “una exuberante muestra del ingenio humano, de la productividad capitalista y del disfrute de la vida. Sin embargo, todo eso es condenado como ‘materialismo’; el significado real de la festividad, nos dicen, es un conjunto de cuentos navideños y de obligaciones altruistas (por ejemplo, amarás a tu prójimo) que nadie se toma muy en serio”.

    De hecho, la Navidad tal como se la celebra hoy es un invento americano del siglo XIX. La libertad y la prosperidad de la pos Guerra Civil americana crearon la nación más feliz de la historia. El resultado fue el deseo de celebrar, de deleitarse con los bienes y placeres de la vida en la Tierra. La Navidad (que no fue declarada fiesta federal en Estados Unidos hasta 1870) se convirtió en la principal expresión americana para este sentimiento.

    Históricamente, los pueblos siempre han celebrado el solsticio de invierno como el momento en que los días comienzan a ser más largos, indicando que la Tierra vuelve a la vida. Los antiguos romanos festejaban y se regocijaban durante el festival de Saturnalia. Los primeros cristianos condenaron estas celebraciones romanas, ya que ellos estaban esperando el fin del mundo y solo tenían desprecio para los placeres terrenales. La fiesta era en sí misma un festival en pro de la renovación terrenal, pero los cristianos predicaban renuncia, sacrificio y preocupación por el otro mundo, más que por este.

    Entonces llegaron los principales acontecimientos del capitalismo del siglo XIX: la industrialización, la urbanización, el triunfo de la ciencia —todo eso resultando en el transporte fácil, la entrega de correo eficiente, la publicación generalizada de libros y revistas, nuevos inventos que hacían la vida cómoda y emocionante, aumento de los empresarios que entendieron que la manera de obtener un beneficio es producir algo bueno y venderlo en el mercado de forma masiva.

    Por primera vez, dar regalos se convirtió en una característica importante de la Navidad. Los primeros cristianos denunciaron el dar regalos como una práctica romana y los puritanos lo llamaron algo diabólico. Pero los americanos no se sintieron disuadidos. Gracias al capitalismo, había suficiente riqueza para que los regalos fueran posibles, un gran sistema para producirlos, para anunciarlos y hacerlos disponibles a bajo precio. Todo el país aceptó alegremente dar regalos en una escala sin precedentes.

    Santa Claus es una invención completamente americana. En 1822, un americano llamado Clement Clarke Moore escribió un poema sobre una visita de St. Nick (Papá Noel) y junto con otros neoyorquinos inventaron la apariencia física y la personalidad de Santa Claus y se les ocurrió la idea de que viajara la víspera de Navidad en un trineo tirado por renos, bajara por la chimenea, pusiera juguetes en las medias de los niños y después se volviera al Polo Norte.

    Este Santa Claus les daba regalos tanto a los niños ricos como a los pobres, con una sola condición: que fueran niños buenos, que hubieran estudiado y se hubieran comportado correctamente. Es decir, que hubieran sido individuos de buenas costumbres. En definitiva, un sistema de premiación justo.

    Las mejores costumbres de la Navidad, todas ellas, desde villancicos hasta árboles y decoraciones espectaculares, tienen su raíz en ideas y prácticas paganas. Estas costumbres fueron muy amplificadas por la cultura americana, como el producto de la razón, la ciencia, los negocios, la mundanalidad y el egoísmo racional, es decir, la búsqueda de la propia felicidad sin afectar a otros.

    Dice Peikoff que no hay una oposición entre lo “espiritual” y lo “material”, ya que lo espiritual debe comenzar con el reconocimiento de la realidad, no en fantasías ni en misticismos. La vida requiere la razón, el egoísmo (no en el sentido de avaricia, sino en el de cuidar primero de uno mismo para luego poder cuidar de los demás) y el capitalismo; ese sistema que permite que cada persona, en forma libre y voluntaria, busque la manera de ser feliz y realizarse como ser humano, sin presiones ni violencia.

    Concluye Peikoff que “es hora de convertir esta festividad en una celebración comercial sin culpa, a favor de la razón y de este mundo”, no de otros mundos.

    Vemos cómo —una vez más— la figura del empresario es clave para estos momentos de festejo, produciendo, distribuyendo y comerciando productos y servicios que satisfacen las necesidades de los consumidores. Sin embargo, no figuran en ningún árbol, en ningún pesebre y en ninguna tarjeta de salutación. Pero todos sabemos que están allí.

    Feliz Navidad.

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