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    A la velocidad que va mi vida

    Se llama Simple, término acorde al concepto de la obra, pero la tarea no fue sencilla. En su flamante disco, Fernando Cabrera traslada al estudio su experiencia de los últimos años en vivo, en los que viene aplicando un proceso paulatino de sustracción en su interpretación, un viaje a la esencia de sus canciones que pudo apreciarse una vez más en su reciente concierto el jueves 28 en Medio y Medio. Hace un buen tiempo que el cantautor guardó en un cajón su anterior formato en escena, de quinteto, y se ha consagrado a tocar solo, con algún invitado ocasional. Pasadas por ese alambique, muchas de sus canciones han salido fortalecidas y la emoción ha resultado, aunque parezca extraño, maximizada. Publicado por Ayuí en la última semana de diciembre, Simple es su vigésimo disco y el primero en sus 40 años de discografía, iniciada en 1981 con MonTRESvideo, en ser grabado totalmente en solitario. Como en un fogón pero con un micrófono y con abundantes capas de grabaciones y posproducción. Estas nueve canciones fueron compuestas, arregladas y grabadas partiendo de esa concepción ya arraigada en sus presentaciones en vivo. Se puede afirmar con total seguridad que es el disco más experimental de su carrera. Sobre Simple y sus canciones, Cabrera conversó con Búsqueda. Lo que sigue es lo medular de la charla.

    ¿Cómo se cocinó este plato tan particular en tu carrera?

    —Te confieso que no lo tengo teorizado. Como a todos, las cosas se dan sin que uno se dé cuenta. Son procesos que se inician mucho tiempo atrás y te parece que tenés algo naturalizado. Es probable, sí, que en este disco me haya acercado más a como toco en vivo y como planteo los arreglos y la interpretación. Fue una grabación muy larga, me tomé un año y medio. Empecé a mediados de 2019 y grabé muy espaciado en el tiempo. No me encerré durante muchos días seguidos en el estudio sino que iba dos días, tres o cuatro horas cada tarde, dejaba planteadas una serie de cosas y dejaba pasar dos meses hasta la siguiente sesión. Ahí ya con las ideas bien reposadas, le agregaba algo a ese tema o retocaba algo de lo ya grabado y dejaba pasar otros dos o tres meses. Y así. Quise hacer lo contrario a lo que fueron las grabaciones en toda mi vida, que siempre han tenido un componente de estrés y de velocidad para cumplir plazos, que se viene fin de año y hay que grabar todas las canciones en una semana encerrado en el estudio, que llenás planillas con horarios, que vas todos los días. No quería volver a quedar desconforme con una grabación, no quería sentir esa sensación de que entregaste y ya no podés volver atrás. ¿Qué apuro tengo? ¿Qué me importan los plazos de la industria? Decidí tomármelo con la mayor tranquilidad, a la velocidad que va mi vida, la misma marcha que aplico para ir al cine cada tanto o leer un libro cuando tengo ganas. Se fue convirtiendo en algo presente, estaba ahí, instalado en mi vida, durante un buen tiempo.

    Mientras tanto seguías tocando y probando en vivo algunas de las canciones que luego grabaste, como Estaba en otra vida y Cartas de Cristo, algo que has hecho en otros discos...

    —Antes era porque quería tener a la banda bien afiatada para grabar. Ahora quería tenerlas bien terminadas. Las grabé como las toco en vivo, pero aproveché el estudio para agregarles detalles de arreglos, como guitarras y voces dobladas, un coro aquí o un pequeño armonio en tres o cuatro temas. Como siempre, primero grabé las guitarras y después el canto, para poder estar concentrado y tranquilo en cada una de las dos funciones. Es muy difícil lograr en el estudio el rendimiento que lográs al tocar en vivo. La energía que te da la presencia del público no la tenés nunca, por más que te esfuerces. El intercambio energético y vibracional que se da en el vivo es único. Pasan cosas imposibles de explicar con palabras. Así como se emociona el público, muchas veces me emociono yo y suceden cosas inmanejables. Uno reacciona distinto, las cuerdas vocales, los dedos en la guitarra, el timbre de voz, todo es muy diferente cuando estás en un alto nivel de emoción que cuando estás frío.

    En los últimos años se aprecia que en los dos primeros temas comenzás en un estado más frío y luego de un rato entrás en calor y vas en coche en el resto del concierto.

    —No debería pasar, pero me pasa. Estaría bueno empezar ya a punto, pero es así. Del camarín y al escenario cambiás de estado y te lleva unos minutos ajustar todo. Tendría que ponerme a cantar un rato antes con gente en el camarín (ríe).

    En esta grabación en la que te autoprodujiste se aprecia una amplia gama de timbres de voz y estilos de emisiones, desde el ataque más lírico a la voz susurrada o enronquecida, que controlás voluntariamente.

    —Ese es el ideal de la interpretación: que uno pueda tener distintas personalidades vocales. Si en un concierto hacés 20 temas seguidos y en todos la emisión y la personalidad vocal es la misma, o si en un disco alguien canta igual de principio a fin, creo que se pierde el interés. Yo no soy un gran cantante, todo el mundo lo sabe, pero lo ideal es que uno interprete con la expresión que cada canción pide. Pasa lo mismo con los instrumentos. El oboísta no toca con el mismo matiz e intención en todo el concierto. La partitura indica cambios de volumen, piano, forte, fortisimo, como el bocaquiusa o la voz plena. Y luego juega la inventiva del intérprete. En mis comienzos cantaba de un modo más lineal, pero de unos años a esta parte he adquirido una cierta plasticidad en la expresión. Ahora la exploto más y me siento muy cómodo en ese lugar. La voz es un instrumento y dentro de las limitaciones propias, hay que explotarlo al máximo. Incluso dentro de cada canción hay distintos momentos. De concierto a concierto hay formas que cambian. Y eso también puede suceder con las canciones nuevas.

    Como Era el águila de la libertad...

    —Es así. Esa canción me gusta mucho, por eso está al principio, pero si la tomamos como un personaje, es una libertad en un sentido menos literal, no es una libertad plena, que llega, manda e impone condiciones. Es una libertad que se puede ir y volver, difuminarse, ser fuerte o debilitarse. Es lo que me interesa de esa canción, que deja a la libertad en el aire.

    Y ya en vivo tiene cosas distintas al disco.

    —Hay una pequeña postura improvisativa allí también. Como un jazzista reinterpreta los temas cada vez, hace muchos años que tomo mis canciones como un estándar. Con todas las distancias del caso, claro, dentro de los límites que impone la canción, como el género, la melodía, el ritmo y la armonía. No hablo de hacer lo que me dé la gana en el momento sino de manejarme con cierta flexibilidad según como estoy ese día. A veces llego a una nota o una palabra que toqué un millón de veces y esa noche la hago más corta, más larga, más suave, más fuerte, más estirada. Esa noche pueden pasar cosas que nunca más se repiten.

    En una canción como Agua, de las que más has cantado en tu vida, siempre aparece algo nuevo. Un giro melódico, una línea adelantada o una variación en la guitarra.

    Totalmente. Agua es mi canción. La más paradigmática. Ha mutado mucho en estos 40 años desde que la grabé por primera vez. Y en los últimos años le incorporé una pequeña influencia de la versión que grabó Jorge Galemire, algo que me gusta mucho. Es la canción que me define, la que tiene lo mejor que yo puedo dar y la que seguiré cantando siempre.

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