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    Acostumbrándonos a la excelencia

    “La Bayadera”, por el Ballet Nacional del Sodre

    Si un uruguayo muy distraído fuera a ver La Bayadera sin ninguna información previa, tal vez preguntaría: “¿Y esta compañía de dónde es?”. Al responderle que es de acá, seguro que diría: “¡Qué va a ser! ¡Es demasiado buena!”. Pero para los 80.000 espectadores que fueron a ver al Ballet Nacional del Sodre (BNS) en 2011 ya no quedan dudas: se están acostumbrando a la excelencia, y eso sí que es bueno. Por eso Julio Bocca ha programado tres giras para este año: una por el interior (23 de junio al 30 de julio), otra por Latinoamérica (18 de junio al 5 de agosto) y la última por Estados Unidos (24 de octubre al 11 de noviembre). Porque lo bueno hay que compartirlo. Y, además, hay que sentirse orgullosos de ello.

    Ahora que tenemos un espléndido teatro de 2.000 localidades que se agotan en pocos días (y pensar que los pesimistas decían que iba a ser difícil llenarlo) y a uno de los mejores bailarines del mundo como director estable del BNS, lo que correspondía era montar grandes espectáculos con figuras relevantes a nivel global. Porque el cuerpo de baile está en un gran momento y seguramente se sentirá estimulado al alternar en el escenario con renombrados artistas del Royal Ballet of London (RBL), del English National Ballet (ENB) y del Royal Swedish Ballet (RSB). Y si como coreógrafa viene la notable Natalia Makarova, el resultado no puede ser otro que el que vimos durante la noche del jueves 12 en un colmado Auditorio Adela Reta: brillante hasta el entusiasmo.

    Claro: La Bayadera es uno de los grandes títulos del repertorio universal, de montaje muy complejo y desempeño coreográfico muy exigente. Por ello sólo las grandes compañías se animan a ponerla en escena. Al levantarse el telón, la escenografía realizada en Estocolmo por la Royal Swedish Opera (pero adquirida en propiedad por el Sodre) luce en todo su esplendor, así como el vestuario de igual origen. Con la Ossodre en el foso (como debe ser) sonando de maravilla bajo la batuta del uruguayo Martín García, el entorno prepara al espectador para lo mejor. No tarda en aparecer el cubano Arionel Vargas (del ENB) en el papel de Solor, bailarín de buen porte, elegancia y elasticidad, y más tarde la brasileña Roberta Márquez (del RBL) como Nikiya, la bayadera del título, de físico pequeño pero gran autoridad escénica y gráciles movimientos. Allí comienza la trágica historia de amores desencontrados, traiciones y venganzas en lugares exóticos y míticos.

    El argumento tuvo su origen en el poeta Théophile Gautier, más precisamente en su ballet “Sacontalá”, con coreografía de Lucien Petipa, hermano de Marius, quien en 1877 escribió La Bayadera junto a Sergei Kuschelok, inspirado, como Gautier, en dos poemas en sánscrito del poeta indio Kalidasa. La música le fue encomendada a Ludwig Minkus, autor de las célebres “Paquita” y “Don Quijote”, entre otras. La obra se estrenó en el Teatro Mariinski de San Petersburgo con Lev Ivanov en el papel de Solor. Posteriormente, Ana Pavlova (1902) y Rudolf Nureyev (1958) lograron enormes triunfos en los papeles principales. El título alude a las mujeres de oriente consagradas a la danza por motivos religiosos y rituales. Los navegantes portugueses las denominaron “bailadeiras”: de ahí su deformación en “bayaderas”.

    El príncipe Solor está enamorado de Nikiya, la bayadera de la India que a su vez es codiciada por el gran Brahman del templo. Pero Solor debe comprometerse obligadamente con Gamzatti, la hija del rajá, mujer vengativa que envenena a Nikiya por celos y que deja a Solor devastado. En un ensueño de opio, el príncipe ingresa al País de las Sombras, donde se reencuentra con Nikiya por última vez. Vuelto a la realidad, el día de la boda se entera de la traición de Gamzatti, la rechaza y los dioses enfurecidos derrumban el templo sepultando a los protagonistas. La obra requiere varios cambios de escena, por lo que está estructurada en tres actos, subdivididos a su vez en cuadros que ocurren en distintos lugares con gran despliegue técnico para lucir los decorados, incluido un tul que cubre toda la boca del escenario para difuminar el reencuentro de los amantes en el País de las Sombras.

    No solamente sus dos estrellas se lucen. Vanessa Fleita, en el rol de Gamzatti, tuvo un desempeño notable (sustituyó a Giovanna Martinatto en la noche del estreno), así como el faquir de Maximiliano Alzogaray y el ídolo de bronce de Ciro Tamayo. Pero el momento culminante se ubicó en el segundo cuadro del segundo acto, cuando 24 bailarinas de figura espectral fueron entrando una por una en escena bajando por una rampa inclinada y repitiendo el mismo movimiento con impecable sincronización. El resultado fue un instante de poética ensoñación.

    La hermosura de esa secuencia mantuvo en vilo a la audiencia durante varios minutos, para estallar en un merecido y estruendoso aplauso. Muchos habrán pensado: “Ah, eso es la perfección”. ¿Hubo algún descuento? Francamente no, pues lo que le objetamos al “Cascanueces” (el sonido estridente) acá se resolvió con un desempeño orquestal de primera categoría. Porque todo fue de primera categoría, que nadie tenga dudas.

    Vida Cultural
    2012-04-19T00:00:00

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