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La vida y el pensamiento de la escritora y activista política italiana Luce d’Eramo durante la II Guerra Mundial es el tema que unió a la dramaturga y directora teatral Sandra Massera y la actriz Noelia Campo en su primer trabajo juntas: La bailarina de Maguncia abre el ciclo Ellas en la Delmira, compuesto por monólogos a cargo de actrices. Se estrena este viernes 22 en la sala oval del primer piso del Solís, con funciones el sábado 23 y el domingo 24, y del viernes 1º al domingo 3, todas a las 20.
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Antes de hablar con Massera y Campo, mejor conocer de qué va la cosa. Lucette Mangione nació en Francia en 1925, hija de un aviador italiano fascista. Ya como Lucetta creció en un castillo en Vicenza, Italia, pues su padre ocupaba un alto cargo en el régimen de Mussolini: era subsecretario de Aviación de la República de Saló, Estado títere pergeñado por Hitler y Mussolini para facilitar el control alemán del norte italiano. Durante la guerra, Luce descreía de las versiones sobre el asesinato sistemático de judíos y otros grupos étnicos por parte de Alemania, por lo que apenas cumplió 18 años, en 1944, se escapó de casa y se alistó como obrera voluntaria en un campo de trabajo alemán, la IG Farben de Fráncfort. Quería conocer directamente la realidad y refutar las “calumnias” dirigidas al Eje. Ipso facto conoció el horror.
Su primera reacción fue organizar una huelga junto a varios internos, lo que le valió su detención y envío inmediato a otro campo, Dachau, cerca de Múnich, ahora en calidad de prisionera, donde fue confinada a limpiar los pozos negros de la ciudad. Logró escapar durante un bombardeo aliado y permaneció varios meses oculta en Múnich y luego en Maguncia, a orillas del Rin, donde presenció el ingreso de las tropas aliadas. En medio de los festejos, acudió junto a una cuadrilla a socorrer a una familia atrapada en una casa bombardeada y, entre los escombros, explotó una bomba y un muro destrozó su cuerpo de la cintura hacia abajo. Desde ese día de 1945 hasta su muerte, en 2001, Luce d’Eramo (su apellido de casada y como autora) vivió en silla de ruedas, paralítica y con incontinencia urinaria y fecal. Se convirtió en activista por los derechos humanos, nunca se alineó con partidos políticos y fue madre de un varón. Recién en 1979 logró vencer a sus fantasmas, terminar de procesar sus recuerdos y escribir sus memorias noveladas en Deviazione, el libro con que se dio a conocer, uno de los mayores sucesos editoriales en la segunda mitad del siglo XX en Italia. Luego desarrolló una prolífica obra como ensayista y novelista y en 2018 Seix Barral publicó la primera versión de Desviación en castellano (traducción de Isabel González-Gallarza), que llegó a manos de una dramaturga uruguaya que la llevó por primera vez al teatro.
Massera y Campo se conocieron en el curso de la noche de la Escuela de Acción Teatral Alambique, que dirigía Mario Aguerre, con un fuerte énfasis en el teatro físico y el desarrollo corporal, donde se hablaba de la antropología teatral de Eugenio Barba, la gimnasia consciente de Inge Bayerthal y el teatro mudo de Jacques Lecoq, todo con altas dosis de experimentación e improvisación lúdica. Poco después Massera fundó junto al también dramaturgo Carlos Rehermann Teatro del Umbral, una compañía marcada por los personajes históricos laterales, no demasiado conocidos. Juntos hicieron obras sobre artistas como Modigliani (A la guerra en taxi) y Camille Claudel (Locas), sobre mitos medievales como Minotauros y sobre historias de amor demenciales como la de Alma Mahler y el pintor Oskar Kokoschka (La mujer copiada y su segunda parte, Vida íntima de una muñeca). Massera también escribió sobre Ana Frank (Diario de Ana) y Ryunosuke Akutagawa (Hotel blanco), además de adaptar Rashomon a la ópera, para el Sodre. Es una fuerte cultora de la fusión del teatro y la danza, y suele incorporar una “partitura de movimientos” a sus puestas en escena.
Noelia Campo hizo cine y teatro, pero es la primera vez que hace un unipersonal: “Nunca pensé que iba a estar sola en escena. Hasta que empecé a ensayar y me dije: ‘Uy, ¡dónde me metí!’. Prefiero ni pensarlo”. Massera la interrumpe: “Al principio te sentís sola pero después te sentís muy acompañada por el público; se genera una complicidad increíble y muy difícil de explicar. Para mí es un género que potencia las posibilidades expresivas del teatro y del actor, y son más poderosos aún cuando son el testimonio, como este caso”. Varios años atrás, Noelia protagonizó una versión de La violación de Lucrecia, ese imponente poema trágico de Shakespeare, dirigido por Luis Vidal en el Circular. No era un unipersonal porque había dos personajes más, pero la obra recaía sobre sus hombros.
Golpe de timón
Massera quería escribir una obra sobre la filósofa francesa Simone Weil, que había combatido en la Resistencia a los nazis. Pero se topó con la historia de Luce d’Eramo, que la movilizó tanto que la hizo cambiar de planes. “Desviación me desvió totalmente. Weil me había interesado por su historia, pero no le encontraba carne, no tenía sustancia. Era todo muy correcto. Después de estudiar cientos de documentos y de que había llamado a Noelia, me empecé a desanimar. No le encontraba humanidad a ese personaje, no se relacionaba con nadie, ni con hombres ni con mujeres, no tenía carnalidad, no tenía dudas, era tan perfecta, sin luces ni sombras. ¡Un embole! Y ahí apareció Luce. No había llegado a la mitad del libro que ya estaba decidida. De todos modos, Simone Weil aparece en una escena porque hay algo que las une”.
Según Massera, más allá de lo extraordinario de haber ingresado voluntariamente, y más de una vez, a un campo de concentración, el personaje de Luce inclinó la balanza por sus dudas, sus errores y sus luchas internas. “¡Se tiraba del tren que la sacaba y volvía caminando al campo de concentración! ¿Y esto cómo se come? ¡Por favor! Las entrevistas que están publicadas son impresionantes. Una lucidez…”. La autora subraya el hecho de que aún hay mucha obra de d’Eramo sin traducir al español. “En Italia es muy importante pero hasta el año pasado era una total desconocida en esta parte del mundo, y lo sigue siendo, por eso también me interesó mostrarla”.
Campo destaca el texto por su equilibrio: “Esta mujer vivió al límite de sus fuerzas durante más de un año, y asegura que su cuerpo conoció extremos inimaginables de sufrimiento. La obra tiene una linda dinámica de los estados, con cambios drásticos. Y como la novela, carece de orden cronológico. El texto te dirige muy bien, va y viene en el tiempo según el pulso de las emociones. Y eso me ayuda mucho porque a veces la cabeza te trabaja: uy, me estoy poniendo muy dramática o la estoy embolando. Me frena la ansiedad (ríe)”. Massera acota: “La gráfica del texto sube y baja como un electrocardiograma”.
Actriz y personaje
Noelia introduce una punta interesante sobre su oficio: “Está muy bien que el actor se contagie del personaje y se meta a fondo en su piel. Que venga el personaje y me acapare, es lo que más quiero. Pero lo que no está nada bueno es que pase al revés: que el personaje se impregne demasiado del actor y aparezcan los hilos. Cuando ya estoy instalada dentro de la historia, la obra comienza a andar y todo fluye. Estar ahí, experimentar esa sensación, cuando todo lo demás deja de existir, es lo que más me apasiona del teatro”.
La actriz está convencida de que el público es el que te ayuda a terminar de comprender al personaje: “Hay momentos en que más allá del oficio que una pueda traer, una mirada, un gesto de incomodidad, una risa o un sonido cualquiera de un espectador, te hace dar cuenta de que si esa persona se siente así es porque al personaje le está pasando tal cosa. Y ahí me cae la ficha de una partecita de la obra que quizá no la tenía tan clara. Y eso es maravilloso”.
Una platea puede transmitir mucha información y los actores aprenden ese lenguaje de pequeños signos apenas perceptibles. “Los celulares son todo un mundo. Siempre está el peligro latente de que suenen o se iluminen. Y ese es otro factor de ansiedad”, sostiene Campo y lanza un deseo al aire: “¡Habría que dejarlos en la puerta!”. Y suelta otra carcajada. Massera habla de algo más inasible: “Se instala una sensación muy desagradable cuando te das cuenta de que la función no está saliendo bien. Es una energía fea, difícil de definir, pero uno la siente hasta corporalmente. Y al revés, cuando hay buena onda todos la sentimos. Termina la función y decís: qué buen público. Estaban siempre en silencio pero hay muchos tipos de silencio. Hay miradas y posturas corporales que comunican mucho. Sin hablar de nada místico, pura acción física y psicología. Hay silencios pesados que son espantosos. Si decís algo supuestamente gracioso y nadie se ríe… tierra: trágame. Por eso muchos prefieren la comedia, que te da la respuesta inmediata de la risa, aunque lo peor es planificar dónde se va a reír la gente. Eso no se hace”.
Ni siquiera anarquista
La síntesis de Massera se enfoca en el último año de la guerra (1944-1945) y algunos relatos posteriores cuando ella va, ya inválida, con su hijo chico, a visitar Dachau y la IG Farben, donde se desarrolló la fórmula y se fabricaba el gas que se usaba en las cámaras de exterminio de toda Europa. “Es una historia de vida muy intensa que atrapa por todos lados. Una chiquilina que parte de una gran ingenuidad, sale de su burbuja y se mete en el infierno para demostrar la verdad de los valores en los que creía, y a pesar de todo lo que le pasa continúa una vida rica en lo afectivo y en su lucha por la justicia social sin alinearse con nadie, ni el fascismo, ni el capitalismo ni el socialismo. Ni siquiera con el anarquismo. Muy independiente en su pensamiento, siempre”, dice Campo. Y Massera completa con una frase de Luce: “Nunca me he comprado una buena conciencia social con las cuatro monedas de una etiqueta ideológica”.