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“Dos jóvenes policías, amigos desde la infancia, enfrentan en pocos días una serie de acontecimientos que afectarán sus vidas para siempre”. El texto promocional parece uno más de tantísimos thrillers policiales acumulados en la retina. Nada más alejado del lugar común que la versión de Lluvia constante que está en cartel desde mayo en la sala Cero de El Galpón, un espacio hermético donde 60 personas pueden ver bien de al lado esta historia urbana habitada por dos seres al límite, tan oscura como movilizadora.
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A steady rain es una obra teatral del dramaturgo estadounidense Keith Huff (guionista de varios capítulos de Mad Men, House of Cards y American Crime, entre otras), estrenada en 2007 con gran éxito en Broadway, con las actuaciones de Hugh Jackman y Daniel Craig, que luego fue versionada en Londres, Madrid y otras capitales teatrales. Tal fue el suceso que Steven Spielberg la tuvo en la mira para adaptarla al cine, un proyecto que aún no se concretó. La versión porteña, de 2011, dirigida por Javier Daulte, fue protagonizada por Rodrigo de la Serna y Joaquín Furriel y llegó a Montevideo al año siguiente.
Esta producción uruguaya, dirigida por el también cineasta Santiago Ventura (realizador del filme distópico Ojos grises) en cartel desde principios de mayo, y protagonizada por Carlos Rompani y Gastón Torello (en los roles de Gabriel y el Mudo), es un proyecto llevado adelante por Rompani, quien adquirió los derechos para Uruguay y realizó la excelente traducción que ostenta esta versión, hablada en un lenguaje muy cercano al oído local pero sin caer en uruguayismos redundantes. El actor movió las fichas para poder cristalizar esta ambiciosa producción subvencionada por el Programa de Fortalecimiento de las Artes de la Intendencia de Montevideo, el mayor apoyo público para puestas en escena.
La historia transcurre en Chicago, aunque podría suceder en cualquier ciudad, no solo de Estados Unidos. Los protagonistas son dos policías con personalidades antagónicas, unidos desde su niñez por una sólida amistad. Uno, extrovertido y avasallante, con un proyecto familiar exitoso; el otro, sumergido en su timidez, solitario y depresivo, con todas las características del arquetipo de perdedor. El relato nos presenta a los personajes en un impecable juego narrativo que combina presente y pasado. De a poco se va presentando la situación límite, que desnuda las limitaciones morales de ambos y no solo pone a prueba su vínculo de amistad sino su auténtico sentido del honor, la lealtad y la justicia, conceptos claves para ejercer su trabajo.
A medida que la trama policial se complejiza, con ingredientes como el tráfico de drogas y la dura realidad social vinculada a la inmigración, también comienzan a aflorar los sentimientos más profundos, que revelan una intrincada concepción familiar que involucra a ambos y que configura paulatinamente una situación límite. Una bomba de tiempo a punto de estallar. La dramaturgia aprovecha con gran efectividad el recurso de la narración bifurcada, de acuerdo a lo que cada uno recuerda de la historia, durante aquella semana en la que no paró de llover. Un convincente juego metafórico entre la ambientación de la historia y su esencia conceptual.
Y aquí es donde resplandece la puesta en escena de Ventura, que amplifica los austeros recursos de ese espacio reducido y resulta exuberante en todos los rubros. La oscuridad de la caja negra es ideal para la escenificación de la noche. La copiosa lluvia que cae desde el techo no solo reverbera en el plano visual, sino también en el sonoro. Y en el emocional. Esa precipitación es lluvia ácida, es metal pesado en gotas, que vuelve cada vez más dura la simple tarea de respirar y seguir adelante. Y lo invade todo, porque la potencia de un actor empapado en escena es un recurso inmejorable para causar impacto en la platea. Las tablas en el piso, las sillas de tijera típicas de los rodajes, el vestuario, el maquillaje, la utilería, y sobre todo el uso de la iluminación son recursos utilizados con mano experta para lograr una ambientación de alta factura cinematográfica.
Sí, cinematográfica. Porque aquí el cine es llamado al escenario para compartir —y competir— con el teatro. Un camarógrafo (Javier Ventura) y una maquilladora (Martina Piñeiro), de invisibles ropas negras, filman a los dos intérpretes en planos muy bien ensayados —ejecutan verdaderas coreografías— que cuentan con micrófono e iluminación y son proyectados en una pantalla colgada en lo alto de la sala. Las escenas filmadas en vivo son breves, de no más de dos minutos, y funcionan como un acelerador de la intensidad dramática. No se abusa del recurso. Y en lo estrictamente plástico, resulta muy acertada la decisión de filmar en una caja negra con la luz enfocada en los rostros en primerísimos primeros planos, lo que redunda en imágenes altamente contrastadas y un lenguaje de cámara —en mano— con alto grado de realismo y muy reconocible por el ojo del espectador.
A la alta factura visual —Ventura es docente de la escuela de cine Dodecá— se suma un óptimo provecho del sonido cinematográfico, pues se aplica desde la consola una cuidada puesta en escena sonora, con diferentes volúmenes y dinámicas, así como el uso de efectos puntuales como el reverb, que aumenta el dramatismo en varias secuencias.
Y hablando de cine, y sin revelar demasiado, la obra contiene un roce argumental tangencial con El silencio de los inocentes muy bien planteado. Se complementa con una crónica policial que reciben los espectadores al ingresar a la sala, en el programa de mano, que emula la diagramación de una página de diario, y cuyo sentido se cierra en la escena en que esta historia se roza con la del magistral filme de Jonathan Demme.
Pero nada de esto sería destacable si no estuviera defendido por las actuaciones. Y hay que decirlo claro: Rompani y Torello dejan todo en la piel de Gabriel y el Mudo. Ponen cuerpo y alma al servicio de estos personajes extremos, que oscilan entre la interpretación de sus roles y la narración en primera persona, en clave literaria. Termina la obra y se los ve exhaustos. No es para menos. Con todo el escenario a su disposición, realizan un intenso despliegue que les exige una enorme entrega física. El rol del Mudo requiere de sutiles matices interpretativos, pues es un hombre que ha vivido su vida callando, aceptando, rumiando las emociones, y Rompani rellena todos los pliegues de su intrincada personalidad.
Lluvia constante es una sorprendente obra teatral que instala una atmósfera densa, plomiza y conmovedora en la sala Cero de El Galpón, donde continuará en cartel hasta fin de mes. Debe de verse.