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    Aguantanamera

    Montevideo, 14 de mayo de 2020. (De nuestras agencias). El embajador de los Estados Unidos en Uruguay, Fred Macmickey, visitó ayer al recién asumido canciller, Dr. Braulio Eleje Cutivo, para expresarle su honda preocupación por la falta de visibilidad del edificio de su Embajada hacia la Rambla Sur.

    —“Le manifesté al canciller que ya no logro ver el Río de la Plata desde mi despacho en la Embajada, y le pedí seriamente que el nuevo gobierno actúe para resolver esta situación” —les dijo el diplomático a los periodistas que lo abordaron a su salida del Palacio Santos —“y me prometió que se lo comunicaría de inmediato al presidente Novick, ya que mi pedido está respaldado formalmente por la presidenta Hillary Clinton” —agregó al retirarse.

    La historia de esta inusual y extraña situación arranca hace siete años.

    Como nuestros lectores seguramente recuerdan, fue entonces que los ex presos de Guantánamo que habían llegado al Uruguay durante el gobierno del ex presidente Mujica se instalaron en unas precarias carpas delante del edificio de la embajada norteamericana, protestando por la falta de respaldo a sus pedidos de ayuda al gobierno uruguayo y también al norteamericano, aludiendo carencias económicas y afectivas, trato discriminatorio y ausencia de respuesta a sus planteos. Estos incluían la solicitud de aumento del subsidio mensual en efectivo que debería suministrárseles para que pudieran vivir desahogadamente, mientras aprendían el idioma español, y se adaptaban al ambiente del Uruguay tan diferente al que habían vivido tanto en sus países de origen, como en la oprobiosa prisión en la isla de Cuba. También se agregaba entonces la exigencia de que se les permitiera traer a sus familias, para no sentirse tan solos, y que se les consiguieran trabajos acordes a sus respectivas especializaciones.

    El gobierno de entonces, presidido por el Dr. Tabaré Vázquez, designó a un interlocutor uruguayo para ocuparse de estos señores, debido al abandono de los mismos que habían hecho sus antiguos amigos del PIT-CNT, que cuando llegaron los muchachos desde Cuba se ocuparon de ellos con un entusiasmo digno de mejor causa, pero que a los pocos meses ya los habían largado por baranda, hartos de tantas exigencias y planteos exóticos.

    El interlocutor iba cada dos días a verlos en su original campamento, y les llevaba borradores y borradores de un supuesto contrato o documento que ellos deberían firmar con las autoridades uruguayas, para que se resolviera esta situación, y ellos se fueran de ese extraño emplazamiento.

    Pero como la solución no llegaba, siempre pedían un aumento más, un subsidio mejor, un planteo nuevo, y estaba empezando el frío en aquel año 2015, los vecinos del barrio les trajeron unos bloques, el Sunca les trajo unos obreros de esos que se remangan y laburan, y los guantanameros vieron crecer ante sus descansados ojos una edificación con techo, en la cual se guarecerían hasta que se llegara a un arreglo con las autoridades uruguayas. Pura solidaridad progresista.

    Ya más cómodos y al abrigo, los ex presos le reclamaron al gobierno (uruguayo, porque el norteamericano de pique nomás había dicho que no pondría ni un céntimo en este asunto) que, además de considerar el último subsidio mensual que habían aceptado (2.500 dólares mensuales, 14 sueldos anuales, segundo aguinaldo y salario vacacional) que les fueran trayendo ya a sus familiares directos, porque los estaban extrañando mucho.

    A mediados del 2016 llegaron al Uruguay 48 personas, entre padres, madres, hermanos, tíos y sobrinos de estos sufridos seres, víctimas de los crueles tratos del gobierno americano.

    Ya por entonces hubo que agrandar la vivienda-campamento de protesta (uno de los refugiados tiene 14 hermanos, y todos querían alojarse junto a él, después de tanto tiempo de no verlo) por lo que la edificación se amplió con una segunda planta, nuevamente construida generosamente por el Sunca, con fondos facilitados por el Fondes, tras la creación por decreto de la cooperativa ficta Liberados del Sur, integrada por los ex presidiarios.

    Tras una exitosa visita más del incansable negociador uruguayo, se logró que los refugiados retiraran su exigencia de traer al Uruguay desde Palestina también a sus entrenadores de tiro, un deporte al que se declararon aficionados, diciendo además que extrañaban no haberlo practicado por años. El retiro de esta exigencia se compensó, en el borrador número ochenta y cuatro del documento aún no firmado, con la inclusión de la instalación de un servicio de televisión por cable en el edificio-campamento, al cual se le adosó una segunda construcción que contenía una barbacoa, un spa y cuatro jacuzzis.

    En el 2018  el documento seguía sin firmarse, los edificios-campamentos  verdaderamente impedían ver el edificio de la embajada norteamericana desde la Rambla, pero seguramente la concreción del acuerdo estaba ya cerca, tras habérsele concedido a los refugiados un viaje pago por año a visitar a los parientes que no habían logrado repatriar, y un seguro de paro similar al de los empleados de la ex Pluna (hoy Alas-U, cuyos vuelos se asegura que comenzarán en breve) para todos los familiares de primer grado de consanguinidad de estas sufridas víctimas de la insania capitalista.

    Finalmente, en el 2019 el Sr. Edgardo Novick ganó las elecciones, y a dos meses de haber asumido el cargo el 1º de marzo de 2020, se produjo esta visita del embajador americano al nuevo canciller.

    Lo que pudo saberse en las últimas horas, tras esta comentada visita, es que el presidente Novick designó por decreto a los refugiados y sus familiares como soldados honorarios de la República Oriental del Uruguay, habiéndoseles encargado de inmediato una misión a todos ellos en el Congo, por lo que se les dará el desalojo de las precarias construcciones de la Rambla, las que serán derribadas de inmediato, y se les enviará a todos en fecha próxima a cumplir con su nueva y patriótica tarea.

    Gestión ejecutiva, que le dicen, y no tanto bla-bla.

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