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Dentro de las cosas que más emocionan están aquellas que se producen durante nuestro más tierno aprendizaje, cuando todavía somos una materia tierna moldeable o una sustancia con muchas variaciones químicas por delante. Sí, las cosas que nos marcan. ¿Y qué tipo de cine es el que uno ama? Precisamente el cine con el que nos hemos formado.
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Con tantos estímulos visuales en la actualidad a nuestro alrededor, es muy probable que la pantalla grande ya no impresione como antaño. Pero lo que yo veía en una sala de cine en mi infancia y adolescencia me resultaba hipnótico, me lo creía. O resultaba parte de mi familia de fantasmas, que está tanto o más poblada que la real. Uno de esos fantasmas que no te podías quitar de la cabeza era un tipo con un ridículo cerquillo azabache, chaqueta de cuero negro y lentes de sol redondos, una figura absolutamente repulsiva, terrorífica, capaz de saltarle como un lince a una pobre cieguita en su apartamento neoyorquino, esos apartamentos que están por debajo de la vereda y permiten una visión de la gente no más arriba de sus pantorrillas.
La cieguita era Audrey Hepburn, la película se llamaba Espera la oscuridad (Terence Young, 1967) y el sujeto repulsivo, Alan Arkin. Hoy en día ese thriller de suspenso ha perdido fuerza, le ha pasado el tiempo por encima. Los malos van detrás de una muñeca que en su interior tiene heroína (el control en los aeropuertos era tan cándido…), y la muñeca va a parar a la casa de la cieguita. Bueno, es casi una pieza de teatro, hablada, correcta, pero alejada de la dosis inquietante que necesitamos para esta cruel realidad actual donde ya casi nada nos asombra. Hepburn es una cieguita inocente, de otro tiempo; Richard Crenna, un delincuente bobeta, también de otro tiempo. Pero el que se mantiene, el verdadero clásico, el que pegó en el arquetipo es Alan Arkin. Me animo a decir que el Anton Chigurh de Javier Bardem en Sin lugar para los débiles, de los hermanos Coen, está inspirado en el personaje de Arkin.
Alan Wolf Arkin, que murió el jueves 29 de junio a los 89 años, es recordado en estos días primero que nada por sus papeles de veterano, por el abuelo excéntrico de Pequeña Miss Sunshine, que le dio su único Oscar (mejor actor de reparto), por la exitosa serie El método Kominsky, un poco más atrás, por Argo o El joven manos de tijera o por aparecer entreverado en varias películas con otros ancianos célebres como Robert De Niro, Michael Caine, Al Pacino o Christopher Walken. En su perfil hay algo del gran comediante sapiente, del tipo gracioso cuya mirada incluye ironía y al mismo tiempo estupor, un poco aquello de qué es lo que sucede en mi entorno que no lo puedo entender, como en No disparen, soy dentista (The In-Laws, de Arthur Hiller, 1979), donde debía soportar a un consuegro delirante (Peter Falk) que le hablaba de moscas del tamaño de pájaros en algún lugar de Centroamérica. “Qué raro”, decía Arkin, “Hace años que en esta casa se compra la National Geographic y jamás leí nada sobre moscas de ese tipo”.
Nacido en Brooklyn en 1934 e hijo de una humilde familia judía de origen ucraniano, enseguida se vinculó al mundo de las artes. Fue músico pop durante un tiempo fugaz (coescribió la canción The Banana Boat Song, que Harry Belafonte convirtió en un hit), actor y director de teatro y también escritor. Su debut cinematográfico fue con ¡Ahí vienen los rusos! ¡Ahí vienen los rusos! (1966), la estupenda y olvidada comedia de Norman Jewison en la que un submarino soviético encalla en las costas de Gloucester y los marinos rusos deben arreglárselas para pasar inadvertidos entre los folclóricos pobladores locales. Arkin es un ruso que habla ruso… a lo Arkin. Ya despuntaba como un tremendo comediante, pero era mucho más que eso, y así lo demostró en el drama El corazón es un cazador solitario (1968, de Robert Ellis Miller, sobre la novela de Curson McCullers y con el debut de una niña llamada Sondra Locke), en donde interpreta a un entrañable sordomudo que se preocupa por todos mientras él mismo permanece como un insondable misterio. Ese Arkin dramático volvería a aparecer en El precio de la ambición (Glengarry Glen Ross, 1992, de James Foley) compartiendo cartel con monstruos como Jack Lemmon, Alec Baldwin, Ed Harris, Al Pacino, Kevin Spacey y Jonathan Pryce.
El inconformista, libre e irónico, el mejor Arkin está en Trampa 22, de Mike Nichols, una amarga comedia sobre la guerra al estilo MASH. Ambas películas se estrenaron en 1970, fueron un éxito y mantienen intacta la rebeldía y el rocanrol de esos revolucionarios días. Nuestro hombre hacía de un bombardero que solo piensa en escapar de la guerra, en rajarse, en volver a casa. Un tipo que navega en una especie de limbo y cada tanto es asaltado por una voz que le reclama:
—Ayuden al bombardero.
—¿A quién? —responde Arkin.
—Al bombardero —insiste la voz.
—Yo soy el bombardero —replica Arkin.
Y el rocanrol se repitió al año siguiente con Pequeños asesinatos (1971), una ácida parodia sobre las armas de fuego en los Estados Unidos en la que Arkin se limitó a interpretar el brevísimo papel de un detective desquiciado porque todo su esfuerzo lo empleó en dirigir la película, que es una obra maestra del humor negro. Y además tenía a Elliott Gould y a Donald Sutherland. Hoy, ese tipo de cine ya no se hace porque no es correcto políticamente. Hay que ver las cosas que nos perdemos en estos tiempos pasteurizados.
Con la partida de Alan Arkin se nos va uno de los últimos rebeldes, de los que mostraban con orgullo el dedo corazón, los tira bombas de los 60, uno de los mejores períodos del cine norteamericano independiente. Arriba ese dedo, Alan, bien alto, bien gordo y para todos.