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A pocas semanas de cumplir 60 años, el 2 de marzo del 2000 el contador Alberto Bensión asumió como ministro de Economía y Finanzas, con lo que esperaba cerrar una carrera profesional que había hecho en el sector privado, mayormente vinculada a los bancos. Y si bien tenía una relación muy estrecha con el entrante presidente Jorge Batlle, en la actividad política empezaba a foguearse. “Toda mi vida me preparé para esto”, confesó cuando Ignacio de Posadas lo saludó en el acto de asunción, según contó el exministro blanco en su reciente libro ¿Te acordás, hermano? Anécdotas de una vida inesperada. El abogado nacionalista quedó impactado por la “composición de lugar” que se hacía el novel jerarca, muy distinta a la que, afirma, se hizo él en los años noventa (“para mí el ministerio era una fruta envenenada”).
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El estreno en sociedad del cargo fue en una charla que dio el 8 de marzo en el salón Punta Cala, organizada por la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas. Bensión hizo un discurso cautelosamente optimista y citó palabras dichas por Batlle días antes frente a la Asamblea General: “No nos puede ir peor”. Allí el ministro trazó como línea de gestión el propósito de ejecutar un “nuevo proceso de reformas” y realizar “algunas adaptaciones del rumbo seguido” en materia económica, en parte ante las “adversas condiciones coyunturales de la región y de los mercados internacionales”. El discurso completo fue publicado por Búsqueda en su edición Nº 1.039.
Bensión estuvo 874 días a cargo del edificio de Colonia y Paraguay, pero los 185 finales —desde que se encendió la crisis bancaria, en los últimos días de enero del 2002 hasta el 24 de julio de ese año— fueron angustiantes. Hoy, con 81 años, prefiere no mirar demasiado para atrás. Sostiene que sobre aquellos acontecimientos puede haber diferentes interpretaciones. Y que las suyas y su relato —lo que entendió que debía contar— ya las dijo en su momento, más largamente en el libro La crisis del 2002. Mi gestión frente al cataclismo bancario, se excusó el exministro cuando Búsqueda lo llamó esta semana.
Aunque inicialmente aceptó contestar solo alguna consulta aclaratoria puntual, luego accedió a dar una reflexión a partir de las siguientes preguntas: “Pasados ya 20 años, ¿cree que Uruguay aprendió las lecciones que dejó la crisis del 2002 en los distintos planos (macroeconómico, bancario, la gestión política)? ¿Qué queda por incorporar?”.
Lo que sigue es la respuesta que dio Bensión.
“A diferencia de las anteriores, esta fue una crisis bancaria. La situación fiscal era más o menos normal y en todo el 2002 el Banco Central no debió vender reservas para mantener el tipo de cambio.
Nuestra crisis fue consecuencia de la crisis financiera de Argentina de fines del 2001, que provocó un desequilibrio irreversible en nuestro sistema bancario a través de la caída del Banco de Galicia Uruguay, que solo tenía depósitos de argentinos, y el daño de fondo causado al Banco Comercial, el primer banco privado del país, por el fraude cometido por el grupo argentino que conducía sus negocios.
La lección de este desastre era obvia: minimizar el riesgo financiero argentino. Por tanto, hoy no hay bancos argentinos y los depósitos de no residentes son muy inferiores a los de entonces, además de estar mejor regulados.
La desestabilización provocada por los bancos Galicia y Comercial se potenció por dos debilidades importantes del sistema financiero de entonces. En el sector público, la vulnerabilidad del Banco Hipotecario (BHU), al que nunca debió haberse permitido captar depósitos en moneda extranjera para financiar préstamos en moneda nacional a largo plazo. En adición, los dos bancos intervenidos, que venían de la crisis de 1982, padecían de una insuficiencia de capital que nunca pudo ser adecuadamente resuelta. En una situación intermedia estaba el Banco de Montevideo.
La solución de estos problemas por la vía de los hechos dejó una banca privada bien capitalizada y un BHU en condiciones normales.
Por tanto, la reestructura del sistema financiero provocada por la crisis del 2001 vuelve imposible la reedición de una crisis como aquella. Aún en la eventualidad de una crisis financiera en Argentina, si no llega a un acuerdo con el FMI, los canales de transmisión hacia nuestro país están bien controlados. A la vez, otros problemas bancarios en el mundo con el que estamos relacionados son de improbable ocurrencia y también están relativamente bien cubiertos.
Todo ello no deja a Uruguay al margen de una baja repentina de la producción y el empleo, que pueda prolongarse en un proceso recesivo de gravedad. A vía de ejemplo, la política de gasto público y de déficit fiscal de fines de la década pasada puso al país al borde de perder el grado inversor de la deuda pública, con el riesgo consiguiente sobre la evolución de la economía. En el mismo sentido, la reforma de la seguridad social es imprescindible para evitar una situación financiera muy comprometida de futuro.
En suma, el devenir económico exige una atención permanente sobre el manejo de las finanzas públicas, que junto con la banca, son los dos grandes sostenes de una evolución económica relativamente normal”.